Raul Cerdeiras

El pueblo como desecho de la democracia. Raúl Cerdeiras*.

Cuando la política queda encerrada en el Estado bajo la forma “democracia” y se organiza en partidos -que son instituciones estatales- que proponen programas a desarrollar una vez instalados en el poder, el mecanismo de la representación viene a completar este circuito cuyo efecto principal es desactivar la capacidad y responsabilidad real de los pueblos para transformar la sociedad.

Afortunadamente, los sistemas no están cerrados para siempre y algunas veces se abren brechas que dejan al descubierto las reglas de su juego. La tarea más importante de esas reglas es impedir que se constate que todas las variedades que organizan no pueden, finalmente, escapar del juego. Más aún –y esto es muy importante tratándose del dispositivo que hoy encierra a lo que aún se sigue llamando “política”–, la ley que organiza el juego consiste precisamente en permitir y alentar que se desplieguen esas diferencias, en crear enfrentamientos y si es necesario que se abran “grietas” insalvables, etc. Cuando se padece este tipo de dominación sin que se corporice y sea visible el mecanismo de opresión, se produce la conocida figura subjetiva de aquel que vive su esclavitud dentro de la ilusión de ser libre. Algo así como una dictadura perfecta.

Entre nosotros, después de las últimas elecciones primarias del 11 de agosto, se presentó una situación que pasó como un fogonazo, pero fue suficiente para desenmascarar el verdadero lugar del pueblo en esta farsa. Después de conocerse que Macri había perdido las elecciones y ganado la oposición se produjo un descalabro en todos los indicadores financieros más directos y sensibles para tomarle el pulso a  la realidad económica del país. El presidente se hizo del micrófono y le dijo al país que “el culpable de toda esa debacle es el voto que decidió apoyar al candidato opositor…” Se podrá interpretar esta afirmación (como se hizo) dentro del marco de las especulaciones de las que viven el periodismo y los analistas “políticos”, pero lo cierto es que si, como lo afirmo, el pueblo en este juego político es un convidado de piedra, esta derecha desbocada ha pronunciado algo inconveniente: primero, ha dicho que el pueblo está presente en esa jaula y, segundo, que “algo” de efectividad le pertenece: es el culpable de algo.

Lo asombroso (pero según mi mirada no tan asombroso) es que del otro lado los ganadores en las urnas, que no hacen más que revolcarse en la palabra pueblo, hasta el punto en sentirse cómodos si se los llama “populistas”, hayan puesto el grito en el cielo. Inmediatamente calificaron al presidente de totalitario porque hizo responsable al pueblo del fracaso de su política económica. “¡Háganse ustedes cargo del desastre que provocaron!” exclaman, el pueblo no tuvo nada que ver en esto…

Una vez más se demuestra que la derecha, cuando se le cae la careta, tiene un discurso mucho más “cercano” a la verdad, al mismo tiempo, que el “progresismo”, “populismo”, o el nombre que gusten –pero que participa del juego–, deja al descubierto su incapacidad estructural para romper con esta jaula.

Porque tiene razón Macri. El acto del pueblo de ir a votar por un representante que cuestiona la política económica del gobierno, es meterle el dedo en el culo al neoliberalismo y desorientarlo respecto a su futuro. ¡Sí, el pueblo tiene la culpa! La tesis que sostengo es que el pueblo quedará impotente mientras no rompa con esa jaula, pero jamás ignorarlo y menos cuando, sumamente castigado, pega un rugido para ser escuchado. Soy consciente que no se sale de la jaula a fuerza de rugidos, pero es imperdonable no escucharlo. Para decirlo con todas las letras: el kirchnerismo/peronismo ignoró la presencia, el acto y la capacidad latente del pueblo. Es que si se acepta que el pueblo (en la medida que sea) es culpable de este golpe que entorpece el circuito económico-financiero, entonces los representantes elegidos por el pueblo tendrán necesariamente que estar a la altura del rugido popular. No pueden estar más atrás.

Inmediatamente el presidente salió a pedir perdón. Pero ¡ojo!, a quien solicita el perdón es al poder real. Les dice: “disculpen, ¡cómo se me ocurrió atribuirle protagonismo al pueblo!, seguro estaría sin dormir…  pásenme el teléfono del que ganó las elecciones, hay que negociar.”

Porque este episodio también sirvió (¡por si alguien no lo sabe!) para poner en evidencia donde está el verdadero poder, detrás de esta democracia. Le dicen “los mercados”, pero pongámosle un poco de encarnadura a esa palabra casi mágica. Los medios masivos de comunicación no tienen ningún reparo en difundir la radiografía del sistema capitalista que sostienen y de tanto en tanto actualizan la información: una ínfima oligarquía de la población mundial, el 10 %, posee el 86 % de la riqueza producida en el planeta (y sólo el 1% de ese 10 % es dueña del 46 %), queda un remanente de 14 %  de riqueza a repartir entre el 90 % restante  de la población, que se realiza así: el 40 % se despedaza entre sí por el reparto del 14 % disponible, es el colchón de la clase media, el resto, el 50 % de los humanos, no poseen nada. Este salvaje entramado mundial, que no podría existir si no fuera explotando a la inmensa mayoría de los seres humanos se soporta, a su vez, en un poderío técnico-militar con una capacidad inusitada de destrucción y, como si esto no alcanzara, van paulatinamente haciendo que este planeta pueda ser, a corto plazo, inviable para que se desarrolle la vida en él.

Frente a esto la humanidad ha creado un recurso que la historia ha nombrado política. Porque la política es una práctica de pensamiento, acción y organización por medio de la cual los hombres y mujeres toman en sus manos el destino de su vida colectiva. El secreto mejor guardado en la actualidad por el poder monumental antes mencionado es que ha logrado destruir la política. En su lugar nos deja este juego inútil donde el pueblo es un desecho.

*Docente de filosofía política en sus célebres grupos de estudio, abogado de profesión, fundador de la revista Acontecimiento, tradujo y dio a conocer el pensamiento de Alain Badiou en Argentina. Autor de Subvertir la política (Autonomía, en Red Editorial). Publicó numerosos artículos y ensayos.


Acerca de 27 de octubre

Una revista para pensar en la coyuntura electoral los posibles comunes. Una cuenta regresiva hasta la elección. Cada día una nota escrita por amigues diferentes. En cada nota el pensamiento como potencia de lo presente. Y un punto de llegada: fuerza de rebelión y de fiesta para no quedarnos solo con lo que hay.

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