Eduardo Grüner*

Barro mental y moral de esclavos

Episodio XLIV

Cuando yo era un jovenzuelo estudiante, en los años 60, trabajaba, para sostenerme, como empleado en el Banco de la Nación. El mismo banco que, por directivas del gobierno de Macri, le otorgó la conocida dádiva a la empresa Vicentin. Recuerdo que tenía un compañero –músico de jazz, filósofo al paso y militante de PB (Peronismo de Base)– que solía decir que lo único peor que un amo explotador era el esclavo que se pasaba al lado del amo.

Exactamente eso es lo que presencié anoche, en el paquete barrio de Belgrano en el que vivo, escuchando el cacerolazo en contra de la intervención de la susodicha empresa (y que conste: yo tengo reservas respecto de la “intervención”, creo que debería ser una confiscación sin pago a empresarios que son como tantos, pero más, delincuentes). Sin duda, algunos de los entusiastas abolladores de vajilla serían colegas o pares de la patronal empresaria de marras. Pero no todos. Habrá también, seguramente, empleados bancarios como el que fui yo, amas de casa pequeñoburguesas, pequeños comerciantes, pizzeros, maestras de primaria, kiosqueros, lo que fuere. Esa “gente” no tiene nada que ver con los negocios dudosos de la clase dominante o los chanchullos de los empresarios prebendarios que ideológicamente claman contra los atentados supuestos a la “libertad republicana” pero viven de los subsidios (indebidos) del Estado, o que fugan capitales a paraísos fiscales, o lo que fuere.

Esa “gente”, esa parte (no son todos, desde ya) de los PyMBu (Pequeña y Mediana Burguesía, que no son “clase media”, sino más bien clase a medias) no tienen nada que ver, digo, con la auténtica clase dominante. O, mejor: tienen mucho que ver, en tanto también ellos son indirectamente explotados por aquella, de cien diversas maneras. Entonces, ¿por qué la defienden con la sartén entre los dientes? No se sabe. Ellos no lo saben: “No saben lo que hacen, pero lo hacen” (al contrario de la clase dominante, que, como diría Sloterdijk, arropados en su razón cínica, saben perfectamente lo que hacen, y por eso lo hacen). Por más que puedan darme pena, me niego a “entenderlos”, aunque me gustaría comprender. Por supuesto, se pueden ensayar cualquier cantidad de hipótesis sociológicas, psico-sociales o etnográficas. Tampoco es que desde estas aproximaciones disciplinarias se trate de un gran misterio. Hace más de un siglo y medio Marx explicó que la pequeña burguesía es una no-clase, o una seudoclase residual, que en épocas de crisis oscila entre las clases dominantes y las directamente dominadas. Por su ubicación en el proceso de producción, son incapaces de darse una política propia. Son de extremo centro (expresión de Tariq Ali), es decir, su “ser” es la nada.

Claro que, ya se sabe, la oscilación permanente produce mareos y vértigo: en algún momento hay que encontrar suelo firme para ilusionarse con tener un lugar. Si las clases dominadas y sus organizaciones no han podido o querido ofrecerles una alternativa clara para la defensa de sus intereses, adoptarán la ideología de las dominantes, simplemente porque alguna hay que tener, y ellos no pueden generar la propia. No es mera ignorancia, es impotencia. Los alemanes de 1933, si queda alguno vivo, saben de qué hablo.

Esa explicación, con ser plausible, no es sin embargo suficiente. No explica, entre muchas otras cosas, la consistencia, la forma y el olor del barro mental (así se llamaba, en la década del 70, un grupo de rock under, cuyo nombre traducíamos jocosamente por mierda en la cabeza) que ocupa, bajo sus cráneos, el lugar de las circunvalaciones de materia gris. No se trata de “odio”, o de que los medios de comunicación les laven la cabeza (tampoco me parecen suficientes esas interpretaciones “silvestres”). O, en todo caso, el odio que pueden fomentar los media –en inglés eso se escribe como la “clase” del ejemplo– es semilla que germina en aquel barro abonado ancestralmente por sus oscilaciones climáticas, o climatéricas.

Tampoco me conforma la generalidad del “síndrome de Estocolmo”, o del simple “masoquismo”. No, lo que produce las contracciones de vientre del famoso lodo cerebral es una suerte de otra clase de enigmática perversión, que quizá, con alguna exageración, podría ser comparable a cosas como la pedofilia o la violencia de género, o sin exageración al racismo, si no fuera porque en este caso la víctima y el victimario son la misma persona, actuando como si pasarse al lado del amo fuera (aquí el maestro Sartre da varias vueltas en su tumba) un sublime acto de libertad –en fin, es muy conocida la fábula del caballo que le arrebata el látigo al dueño y se fustiga a sí mismo, para demostrarle que es libre de elegir su propio destino. La misma libertad –porque, en general, se trata de los mismos sujetos– en cuyo nombre exigen, siempre cacerola y cucharón en mano, que se levante la cuarentena para poder contagiarse y matar muriendo ellos mismos (la impotencia se suele convertir en autoagresión).

Tal vez habría que rebuscar en los anales de ciertas filosofías heterodoxas. Allí encontraríamos, por ejemplo, los conceptos de servidumbre voluntaria de La Boétie, o de moral de esclavos de Nietzsche. Enunciado así, sigue siendo un señalamiento puramente descriptivo, claro, pero metiéndose en esas páginas se podría discernir que la idea de libertad –que además no es una, sino que hay muchas– es un campo en permanente disputa y redefinición; que su contenido no depende solo del enunciado, sino del lugar de enunciación. O –llegamos al conejo de Lewis Carroll– de quién tenga el poder de hacerle decir qué cosa a las palabras. Para el caso: ¿quién dice que es libertad salir a hacer running (la rica lengua de Cervantes ha perdido el verbo “correr”, así como las palabras “liquidación” –se dice sale– o “descuento” –se dice off–) y no encerrarse en su casa?

Cuando el gobierno de CABA me dice que puedo salir y yo elijo no hacerlo, ¿no es un acto de libertad? ¿No está, incluso, rayano en la “desobediencia civil” por la que clama el indescriptible Sebreli? Es que “hay más cosas entre el cielo y la tierra de las que tu filosofía puede pensar”, hubiera dicho el hombre más sabio que conozco, Hamlet (únicamente un personaje de ficción puede ser completamente sabio). Y entre esas cosas, me permito insistir, están el barro mental, la moral de esclavos y la servidumbre voluntaria. Yo no sé bien qué son, pero anoche (y no fue la primera ni será la última vez) las escuché claramente desde mi ventana. Lo que sí se puede saber es que la pandemia quizá un día termine, mientras que la imbecilidad humana es infinita.

* Ensayista, sociólogo, crítico cultural. Fue vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y docente de esa facultad y de Filosofía y Letras. Dicta un seminario troncal de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas (UNDAV). Es autor de El ensayo: un género culpable (1996), El fin de las pequeñas historias (2002) y La oscuridad y las luces (2010), entre otros. Fue Premio Nacional de Ensayo Político (2010). Publicó numerosos artículos y ensayos en libros y revistas locales e internacionales.

En Red Editorial publicó ensayos en los libros: Pasiones políticas (varios, 2013), Siete sentencias sobre el séptimo ángel (Michel Foucault, 2017) y Biocapitalismo (Toni Negri, 2013).

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