Toni Negri*

(Europa) Los patrones buscan el shock

Episodio XXXI

Europa se partió en dos por el coronavirus y se partirá aún más duramente por sus consecuencias económicas y sociales: esta percepción es incuestionable cuando se observan los informes de la pandemia, y se traduce claramente por los diferenciales en el alcance de la crisis del producto bruto interno y/o la deuda pública de los países. La sentencia de la Corte de Karlsruhe (Alemania) del 5 de mayo de este año volvió más dramáticos estos dualismos al ordenar al Banco Central Europeo que no mutualizara, en modo alguno, sus intervenciones en apoyo de los Estados miembros de la UE y, por lo tanto, ordenó al Banco Central de Alemania que no cooperara con la labor del Banco Central Europeo –en caso de que se estableciera el «delito de mutualización». El problema que queremos examinar aquí no es de carácter jurisdiccional: el Tribunal de Justicia de la Unión Europea respondió inmediatamente al requerimiento del Tribunal Federal de Justicia de Alemania y lo declaró incompetente en cuanto a la cuestión de fondo.

Pero tampoco se trata de la cuestión de fondo. Destacados economistas han subrayado el afecto senil del Tribunal alemán por la teoría monetaria de Milton Friedman y la total incomprensión de las estrategias monetarias anticíclicas, llegando a la conclusión de que la sentencia de Karlsruhe podría tener efectos negativos sobre el mismo valor de los Bunds alemanes (bonos del Tesoro). Por último, ni siquiera desde el punto de vista ideológico se plantea la cuestión cuando se percibe el prejuicio normativo que las instituciones alemanas expresan a menudo, ultra vires, sobre los sistemas jurídicos, políticos y sociales de otros países de la Unión –entonces, la última sentencia de Karlsruhe fue casi un recordatorio del orden (por así decirlo «histórico-ideal») de la propagación del poder alemán sobre la Unión.

El problema que estamos planteando aquí es un problema político. Es decir, nos preguntamos por qué se ha dictado esta sentencia hoy, cuando el debate sobre la necesaria solidaridad común de los europeos en la pandemia estaba en el centro del interés político. Ahora bien, nos parece que el significado de esta sentencia tiene poco que ver con la defensa del ciudadano germano, sino que está enteramente concebido como un medio para defender y perpetuar el neoliberalismo. El Tribunal Constitucional alemán no sólo es el representante de la clase capitalista alemana, sino que, en esta ocasión, es el agente político de la clase capitalista europea.

Para aclarar esta afirmación, debemos recordar, en primer lugar, que el proyecto neoliberal como marco en el que debía desarrollarse la Unión Europea, fue impuesto no sólo por el Estado nación más poderoso (Alemania), sino por el consenso de las clases dirigentes de todos los demás países europeos, un acuerdo que ha implicado globalmente, y organizado a lo largo del tiempo, a los centros de poder del capitalismo europeo. El acuerdo se basó en el compromiso de construir instituciones económicas y sociales consolidadas en torno a una deuda pública decreciente y una inflación cercana a cero. Y, sobre todo, en la invariabilidad y continuidad –»cueste lo que cueste»–, dijo Draghi (ex presidente del BCE), “whatever it takes”, del modelo de acumulación y desarrollo neoliberal. Este acuerdo (y el consentimiento previo) es la rúbrica de la decisión de la clase empresarial europea para desentenderse definitivamente de los restos del liberalismo intervencionista y keynesiano después de la Segunda Guerra Mundial, y así construir una sociedad totalmente abierta a la iniciativa empresarial representada por el individualismo extremo. La construcción del Banco Central Europeo, la garantía de su total independencia, fueron la obra maestra de este proyecto.

¿Qué lleva a la Corte de Karlsruhe a disparar hoy contra esta principesca institución del capitalismo europeo neoliberal? ¡Y lo hace en nombre de los «derechos humanos», santificados como «ewige» («eternos») en la Constitución alemana! ¿Una «eternidad», en realidad, reducida a la eternidad de la apología de la posesión y la defensa de la propiedad? [Como viejo hegeliano, recuerdo un pasaje de Hegel, todavía joven pero ya muy versado en derecho alemán: «Según sus principios originales, el derecho estatal alemán es propiamente un derecho privado y los derechos políticos una posesión, una propiedad». ¿Seguimos aún ahí?]. Por último, preguntémonos una vez más: ¿puede ser un interés nacional lo que Karlsruhe reclama? Ya hemos subrayado la fragilidad de esta respuesta que, tomada en serio, sonaría profundamente contradictoria. Significaría que el Tribunal alemán actúa en contra de los intereses de los propios capitalistas alemanes, que han encontrado en el funcionamiento del mercado europeo y en la consiguiente fortaleza del euro (así como en su estabilidad) un arma excepcional de expansión. Más allá de cualquier reserva sobre la acción de la Banca, el capitalismo alemán pide un mayor fortalecimiento del euro como moneda de comercio internacional y el mantenimiento del consenso europeo sobre este proyecto –como garantía de la capacidad alemana y europea para conquistar los mercados mundiales. También insiste en la necesidad de establecer, en un mundo verdaderamente agitado, una posición internacional más equilibrada y activa para Alemania/Europa dentro de la llamada des-globalización (es decir, la pérdida de la soberanía imperial y monetaria de los Estados Unidos).

Si esta es la posición de las patronales alemanas, generalmente bien servidas por sus gobiernos, debemos concluir que la reciente posición del Tribunal Supremo alemán, lejos de cualquier otra razón, está fundamentalmente motivada por la previsión de la crisis social que la pandemia ha causado y que afectará a Europa durante un largo período. Con su toma de posición, el Tribunal incita a reaccionar ante la crisis social con la habitual «austeridad» y a proponer, para la salida de la crisis, la renovación pura y simple del régimen ordo-liberal. Mejor aún, el completamiento del, hasta ahora inacabado, proyecto ordo-liberal. La sentencia de la Corte es un recurso para suprimir cualquier cambio en la relación de fuerza entre las clases que pueda producirse a la salida de la crisis y en el largo período de ajuste social y político que le seguirá. Por lo tanto, es pura y simplemente un juicio político, un dispositivo reaccionario.

Si tomamos esta primera conclusión, podemos percatarnos inmediatamente de algunas consecuencias. En primer lugar, que esta sentencia no se dirige contra las decisiones actuales del Banco Central Europeo, ni contra la reafirmación (inmediatamente expresada) de la supremacía del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas por sobre cada Estado participante. La presente y las eventuales nuevas contradicciones entre estas instituciones podrán coexistir dentro de una jerarquía y una gradación política de la governance europea. El camino será difícil, pero, ciertamente, no obstaculizará la coherencia de la governance europea, que hoy en día está completamente concentrada –y de manera unitaria– en la recuperación y mejora de la maquinaria de acumulación construida en los últimos cincuenta años. En segundo lugar, la sentencia de Karlsruhe opera en el sentido de acelerar el proceso de transformación del capitalismo europeo, fijando su objetivo más allá de la primera fase de recomposición de la clase política del capital. No debe leerse en su iniciativa sólo un reclamo por el orden y a la norma capitalista –no se trata sólo de un eventual guiño pícaro al lema de la conservación «todo debe cambiar, para que nada cambie»: hay, sobre todo, un compromiso de renovar –con las fuerzas del capital– el entero mundo de la producción, de la reproducción y de la circulación de los bienes, según criterios de mando cada vez más utilitaristas –rentables y coercitivos. Aquí, de hecho, pasamos de la larga fase de ordenamiento de la explotación de plusvalía absoluta y relativa a otra fase de desarrollo caracterizada por la extracción del común. A través de la Corte Alemana, la clase capitalista europea nos indica que este pasaje se llevará a cabo con el máximo de sus fuerzas, fuera de toda ilusión reformista. El capital actuará en primera persona –las intendencias, incluso las jurisdiccionales, le seguirán.

Así hemos llegado al momento central de la lucha de clases que antes del covid-19 se había abierto y que hoy, dentro de la crisis y el estado de excepción sanitario, se profundiza fatalmente. Cuando se dice que el mundo, después de esta pandemia, ya no será el mismo, no se dice una falsedad: la nueva forma de producir (internet, inteligencia artificial, robotización, plataformas, etc.) asecha, aprovechando esta crisis como una mediación destructiva del viejo sistema, la instauración de una nueva forma política de sociedad productivista. Recordemos, sin embargo, que alrededor de este plazo, en Europa, la lucha de clases fue abierta hace algunos años… La crisis del coronavirus no ha hecho más que aproximarse al punto de contradicción y confrontación definitivo. Una solución violenta, porque decisiva, será el cierre del dilema que ahora caracteriza su contenido central: ¿qué futuro se construirá?

Para profundizar el análisis del enfrentamiento, vale la pena dar a ese contenido su nombre propio: el nombre del común. ¿Será, entonces, una confirmación de la dominación capitalista sobre el común o la ruptura de esa cadena y el comienzo de un proceso de liberación del común? El desarrollo capitalista, invadiendo «absolutamente» («subsunción real» dice Marx, «capitalismo absoluto» interpreta Balibar) la sociedad, también ha reorganizado las relaciones de producción, reproducción y circulación de manera radical. Estos se dan «en red», y en esas redes se conectan, articulan o compactan las condiciones, los procesos y los productos finales de un modo de producción operativo cada vez más conectado y comúnmente vuelto operativo. Hoy en día, la riqueza consiste en esta conexión común. El proceso, por cuyo ritmo, la explotación a través de la extracción del plusvalor relativo pasa a la extracción del plusvalor determinado por la asociación/comunidad (por más burdo o desorganizado que sea) del trabajo social (de la fuerza de trabajo, considerada en todas sus relaciones sociales) revela el poder productivo del común, junto a la violencia expresada por la organización del comando. En efecto, son comunes no sólo las grandes instituciones de circulación de bienes que se basan en plataformas abiertas al consumo y fundadas en el análisis de big data; no sólo las figuras de la reproducción, sobre todo aquellas de la familia y el cuidado, que prevén el welfare como su soporte y producción; y ni siquiera las estructuras productivas que ya tienen en el centro de su concepción y ejecución el valor de una fuerza de trabajo construida en los caminos comunes de la educación y el conocimiento. Es sobre este terreno, dentro de este paisaje, que el tema de Europa se vuelve a proponer en la crisis actual, cuando la excepcionalidad de la asistencia sanitaria está llegando a su fin, pero se reabre la lucha de clases –y los gobiernos son fuertemente instados (desde muchos lugares autorizados como, por ejemplo, la Corte de Karlsruhe) a tomar una línea de decisiones drásticas para reforzar la continuidad y desarrollar (si es posible) las formas de mando de la producción pre-crisis –escalón para dar el salto a la reforma del sistema.

No hay que olvidar, entre otras cosas, que una parte de la patronal europea (y francesa, en particular) pudo considerar la crisis del covid-19 como un regalo caído del cielo, para interrumpir un movimiento de luchas salariales, por una nueva democracia y por el reconocimiento institucional del común, que durante un par de años había vuelto dificultoso el ejercicio de la governance neoliberal. Las luchas del proletariado francés representaron de hecho, a estas alturas, las cada vez más amplias convergencias que produjeron un efectivo contrapoder, capaz de interrumpir la governance neoliberal. Esta ruptura de la continuidad cotidiana de las luchas de clases no borró, sin embargo, la memoria del poder común proletariado tal como se había expresado. ¡Esas luchas están listas para recomenzar!

Pero volvamos a la centralidad del enfrentamiento que se presenta al término de la crisis sanitaria y de los instrumentos excepcionales puestos en marcha para resolverla. Ya conocemos ampliamente a las patronales: reglas de austeridad en la gestión de lo «público» y normas para su privatización. Se añade hoy el intento de prefigurar en términos concretos un nuevo «derecho laboral» que se presenta como un dispositivo para una transformación radical de la jornada laboral social en una jornada de alta movilidad y flexibilidad laboral (con un aumento de las horas de trabajo). A esta política laboral hay que añadir la fuerte presión financiera (y de privatización) sobre las instituciones de cuidados (hospitales, hogares, etc.). –justamente, los más castigados en los últimos treinta años–, un sólido intento de hacer añicos el sistema del welfare contra su necesaria universalización, a menudo proclamada hipócritamente también por los capitalistas durante la crisis de los covid-19. Lo que más nos preocupa, en este caso, es el hecho de estar frente a una iniciativa capitalista debilitada por la percepción de la crisis del modelo neoliberal, pero, al mismo tiempo, asustada por esta debilidad: capaz, por lo tanto, de exasperar sus reacciones en un sentido fascistoide.

¿Cómo podrán los movimientos sociales de los trabajadores sostener la fuerza de clase, la lucha sobre el destino futuro? En primer lugar, construyendo un discurso capaz de aglutinar las luchas desarrolladas antes de su ‘apagón’ por el decreto de la emergencia (en primer lugar, las de los chalecos amarillos y las del movimiento feminista), y las numerosas luchas singulares llevadas a cabo durante el encierro en estos meses, con nuevas y fuertes agitaciones y huelgas en la nueva fase, especialmente en el campo de la reproducción social. La universalización del bienestar y la universalidad de un ingreso social básico incondicional se convierten hoy en el punto central del programa de los oprimidos. A lo que hay que añadir el tema de una democracia reconstruida desde abajo, de un sistema de bienestar gestionado desde abajo, en definitiva, la construcción de un programa ofensivo de luchas en suelo europeo.

Y para concluir, volvamos a la observación de que Europa está partida en dos, entre los países del Sur y los países de la nueva Liga Hanseática, detrás de la cual murmuran las patronales –no sólo las alemanas, sino el resto de las europeas también. ¿Cómo podrán los movimientos europeístas y comunistas, los movimientos del Sur, actuar en esta situación? ¿Cómo actuar en el doble sentido en que siempre han llevado a cabo su iniciativa a nivel europeo, en primer lugar, para dar expresión europea a las luchas que se desarrollan en los países del Sur, y, en segundo lugar, para afirmar el proyecto de una Europa unida, en el centro de su programa? La única respuesta que los movimientos pueden dar a estas preguntas sobre la base de sus experiencias hasta ahora, es que necesitamos unir fuerzas, todas las fuerzas a nivel europeo, para desplazar del comando a los representantes del capitalismo europeo. 

Los movimientos no creen en la posibilidad de separar a los capitalistas de un país europeo de los de otro país europeo y de unir el destino de cada uno de ellos con el de la clase obrera de su propio país: la historia moderna nos ha enseñado que estos caminos no son viables, o mejor, que la socialdemocracia –al intentarlo– ha permitido dos veces monstruosas guerras fratricidas en Europa. Cuando ya no se hablaba más de guerra, el egoísmo nacional no fue menos próvido de los desastres económicos y sociales –así como de las ya enormes contradicciones de la construcción europea. En cambio, estamos convencidos de que se puede poner en marcha un proceso de cooperación entre las fuerzas proletarias que viven y se desarrollan en todos los países de Europa y que se puede construir con ellas una nueva iniciativa europea. Por una Europa unida pero construida democráticamente desde abajo, productiva, pero desarrollada por una población que goza de una renta universal y del welfare; potente como sólo en la defensa de la paz puede serlo un país… y joven porque sus ciudadanos no tendrán miedo del futuro.

Traducción Ariel Pennisi

* Antonio Negri (Padua, 1933). Filósofo. A los 24 años tuvo a su cargo la cátedra de “Doctrina del Estado” (Universidad de Padua) y luego fue electo concejal por el PSI. Su actividad más intensa comenzó con su militancia fabril y la publicación de revistas y periódicos de discusión política (Potere Operaio, Quaderni Rossi, Critica del Dirito). En 1979 fue falsamente acusado como uno de los autores intelectuales del secuestro y asesinato de Aldo Moro por parte de las Brigadas Rojas y enviado a prisión. En 1983 se exilió en Francia, donde fue inicialmente recibido por Althusser, para estrechar luego vínculo con Guattari. En 1997 volvió a Italia, consciente de su inmediata detención, para alentar la discusión sobre los presos políticos. Desde entonces recorre y estudia nuevas experiencias radicales y manifestaciones en el corazón de las transformaciones del capitalismo. Entre la cárcel y el exilio produjo una intensa obra que sigue su curso: La fábrica de la estrategia: 33 lecciones sobre Lenin (1977), Marx más allá de Marx: cuaderno de trabajo sobre los Grundrisse (1979), El comunismo y la guerra (1980), La anomalía salvaje: ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza (1981), Los nuevos espacios de libertad (con Guattari, 1987), Spinoza subversivo. Variaciones (in)actuales (1992), Teoría del poder constituyente (1992), Imperio (con Hardt, 2000), Multitud (con Hardt, 2004), Común (con Hardt, 2010), entre otros. En Red Editorial se encuentra Biocapitalismo. Entre Spinoza y la constitución política del presente (Contemporáneos, 2013).      

Fuente: EuroNomade, 16/5/2020


Toni Negri y Podemos, entre el poder constituyente y la cuestión de la hegemonía

Ariel Pennisi y Bruno Cava, a partir de la entrevista realizada en La Tuerka TV, España, 2015: http://especiales.publico.es/publico-tv/otra-vuelta-de-tuerka/509166/otra-vuelta-de-tuerka:-toni-negri (publicado por la Revista Devenir, N° 38, octubre 2015)

La entrevista que Pablo Iglesias le propuso a Toni Negri dejó ver interesantes tensiones, tanto referidas a Europa como a las miradas que echaron sobre América Latina. Comparten el diagnóstico acerca de los movimientos del último «ciclo insurgente», tanto como sobre las elecciones que colocaron  a los sucesivos gobiernos latinoamericanos bajo cierta expectativa de transformaciones que se venían dando a nivel de las luchas. Sin embargo, parece pasarse por alto que en América Latina el segundo momento del “ciclo insurgente”, el del gobierno/hegemonía, parece agotado. ¡Es un quid pro quo! Ya que se abre un momento de irrupción de nuevas movilizaciones que se da, por ejemplo, en el Tipnis boliviano, en Yasuní de Ecuador, o en las Jornadas de junio de 2013, en las grandes ciudades de Brasil. Movimientos que desbordan el contenido “progresista” de los gobiernos nacionales vigentes y lanzan un grito cuya inteligibilidad está en discusión. 

El neoliberalismo opera a nivel de los comandos y a nivel capilar: en Brasil, el ministro de economía de Dilma Russeff es un “Chicago boy” que aplica una violenta receta de austeridad, los gobiernos de la coalición PT-PMDB aplastan los nuevos movimientos y son copartícipes de asesinatos y violencia institucional en las favelas, en las tribus, o de la ‘gentrificación’ de las ciudades en nombre de los mega-eventos; en Argentina, tras el duro embate que 2001 significó a la legitimidad del neoliberalismo como régimen de gobierno financiero-estatal, se abrió un período de neoliberalismo intravenoso no menos problemático. Un mercado interno urdido por la profundización de economías extractivas, la ocupación de una capacidad productiva ociosa dólar-dependiente, así como la proliferación de mercados paralelos, altos niveles de endeudamiento popular, nuevos parámetros de éxito, etc., da espesor a un neoliberalismo reterritorializado. ¿Dónde quedó el par Estado/mercado como clave de lectura de la conflictividad social? El desafío, entonces, pasa por un hacer-pensar más allá del populismo.

Desde el punto de vista del esfuerzo por hacer-multitud en América Latina, la conversación entre Iglesias y Negri rodea la problematicidad entera de lo que estamos viviendo, de lo que nos provoca un pensar-hacer diferente. Como decía Deleuze, sin un campo problemático el pensamiento se torna repetición de lo mismo y, en ese sentido, la entrevista pasó por alto a América Latina como intercesor de los problemas actuales de Podemos y Syriza, corriendo los riesgos del eurocentrismo. La referencia, por así decir, invertida de los dirigentes de Podemos y América Latina, al privilegiar el momento hegemónico de “asalto al cielo”, coloca en segundo plano la riqueza horizontal de contrapoderes sociales que, en algún momento, se integraron a una lógica hegemónica nacional. Las tensiones cada vez menos soportables en el interior del ‘buen vivir’ ecuatoriano, de la plurinacionalidad boliviana o de la nueva composición social del Brasil post-Lula, demuestran que el “momento hegemónico”, en su tendencia dirigista y vertical, no logró renovarse a partir de los movimientos y de las mutaciones sociales. Se rompió, de esta manera, la relación virtuosa entre contrapoderes y gobiernos, exactamente lo que no desearíamos que suceda en España entre la ecología de movimientos del 15M y Podemos.

Podemos –sobre todo la línea de Errejón– insiste con Laclau como referencia principal, con su reductio del peronismo a los “cultural studies” y la teoría del discurso. La respuesta atrevida de Negri sobre Laclau es seguida por un gesto incómodo en Iglesias, que se toca la nariz con su mano derecha. Podemos dar cuenta de un avance constituyente en España, pero se apropia de una idea de populismo justo en un momento de impasse y hasta de cierto anquilosamiento de los contrapoderes sociales. Sin caer en derrotismos, se puede arriesgar que el ciclo “progresista” se agota. ¿Hay un desfasaje entre la potencia de Podemos como emergente y su auto-teorización?

El 15M, que estuvo atravesado por la Plaza Tahrir y los levantamientos árabes, trajo de entrada una renovación del ciclo global de luchas que había quedado neutralizado con los foros sociales y los Días de acción Global. Los podemistas, al contraponer populismo hegemonista vs. multitud/15M, cometen un “doublé bind”. Pero, curiosamente, la fuerza del 15M, a través de las plataformas municipalistas (BCN, Ahora Madrid, etc.) y, eventualmente, de un Podemos revigorizado a lo largo de 2015, puede ser retraducida, en América Latina, en favor de una replanteo de varios de nuestros nudos problemáticos. Se trata, entonces, de un doble error –una interferencia– que devenido series heterogéneas aun puede funcionar. Un quid pro quo productivo…

Al realismo político que sostiene la imagen del Estado-nación como única salvaguarda de un registro popular, Negri no contrapone una suerte de anarquismo purificado, sino un realismo de la potencia que asume el desafío de reponer luchas e imaginación política al servicio de nuevas instituciones del Común emergentes de redes efectivas cuya autonomía no es principista, sino histórica. Por ejemplo, en España: la combinación entre las movilizaciones del 15M, los vecinalismos, una cierta gimnasia municipalista, la construcción de medios y formas de comunicación alternativas y otras prácticas que dan la pauta de grados de reposicionamiento subjetivo.

Si el capital es, como dice Negri, una “máquina rota” que necesita de la fuerza laboral, de la creatividad de las personas para reproducirse como relación de dominio, ¿es también la constitución fundada sobre el trabajo –como la italiana– una forma rota de institucionalidad? En ese sentido, a un mínimo transicional correspondería la creación de nuevas instituciones en el marco de una nueva constitucionalidad dinámica, abierta a las transformaciones necesarias para neutralizar las relaciones de dominio existentes sin desembocar en nuevas sujeciones o callejones sin salida que alimenten la desilusión y el derrotismo en el interior de los movimientos y del ánimo colectivo. 

Pablo Iglesias reconoce que los diagnósticos de Imperio (Negri, Hardt) tienen pertinencia, pero señala que su aparición coincide con el inicio de un ciclo en América Latina que presentó a la forma Estado como el reducto en que habrán de resguardarse los sectores populares. Es decir, el Estado como límite a los peores efectos del neoliberalismo, como última trinchera con la que habría que conformarse en condiciones en que es mucho más difícil (“imposible”, dice Iglesias) golpear en el corazón de los poderes globales. Para Negri, el planteo según el cual América Latina habría logrado zafar de la maquinaria global a partir del fortalecimiento de los Estados nación es una “intuición” que, cree, no se corrobora en el proceso político reciente en la región. En todo caso, –sostiene– son los niveles de colaboración de diversos actores a nivel continental, tanto como la capacidad de articulación institucional local –incluyendo al Estado, pero también otras instituciones más novedosas provenientes de articulaciones sociales–, los que condicionaron parcialmente el dominio trasnacional empresarial.

Pero la disonancia de fondo de Negri pasa por la focalización de los podemistas  en la dimensión nacional. Por eso su insistencia sobre la necesidad de un proyecto europeo que tome como punta de lanza las experiencias de Podemos y Syriza. Negri, desde el nacimiento de EuroNômade, viene defendiendo la unidad europea como unidad mínima de análisis capaz de imaginar un contrapoder en el plano geopolítico de acción de los movimientos. De hecho, Negri considera que, para el caso europeo, solo a través de un planteo a escala de Europa es posible independizarse localmente y organizar un nosotros heterogéneo y cooperativo: “comenzar a redescubrir una fuerza nuestra”. Iglesias vuelve a reconocer el argumento de Negri, pero se declara carente de herramientas desde su participación en el Parlamento Europeo. Es decir, Negri intenta retomar su planteo desde un punto de vista constituyente e Iglesias responde desde su experiencia, sí, pero fundamentalmente desde el punto de vista de lo constituido. De todos modos, la lucidez de Pablo Iglesias es la del proceso mismo en el que está involucrado: “no hay movimientos sociales que operen a escala europea, que asuman ese escenario (global), los principales movimientos operan a la escala nacional, entonces, estamos atrapados en esa contradicción de ser conscientes de que el poder funciona a nivel europeo, pero que la política sigue funcionando a nivel nacional”, dice.

El dilema está sobre la mesa: no se puede abandonar la posibilidad de asumir procesos de transformación localizados, aun corriendo los riesgos implícitos en la moderna forma Estado en unas condiciones que no son las modernas, pero tampoco se puede abandonar el horizonte global, cuando, como señala Negri, el capital no atraviesa su momento más homogéneo y deja ver fragilidades que el trabajo liberado y autónomo podría aprovechar. La institucionalidad estatal no tendría otra salida que, apoyándose en la fortaleza del movimiento, colaborar en la regeneración de derechos sociales y reparar momentáneamente angustias colectivas agudas. Pero el desafío constituyente se confunde con un llamado a la creación de nuevas instancias de protagonismo de los deseos y capacidades colectivas vueltas nueva institucionalidad, dinámica, abierta y alerta ante la posibilidad de su cristalización, así como con la necesidad de un salto en términos de producción y de finanzas, dos territorios claves –y a veces desatendidos– para la discusión desde abajo. Por ejemplo, el planteo de una “renta básica” universal reúne las condiciones de una institución política con una fuerte raigambre económica. “Solo la liberación del trabajo asalariado, del trabajo explotado, nos dará la posibilidad de construir un nuevo modelo económico de igualdad que consiga la verdadera hegemonía.” (Negri) 

Para los líderes de Podemos, el final de la noche neoliberal y la llegada al poder de gobiernos progresistas se da en dos tiempos; el movimiento y la elección democrática (del liderazgo) que consolida la hegemonía. En España, claramente tuvo lugar el primer momento, el 15M. Ahora sería el turno de la apuesta electoral. La tensión que la entrevista deja ver en este punto consiste en que para los líderes de Podemos el momento de la elección/gobierno goza de cierta autonomía, a través del otorgamiento de un mandato de confianza a la cúpula mediadora. Así, las reglas de éxito del segundo tiempo no son las mismas que las del primero y, en algunos aspectos, hasta pueden anularse entre sí. En cambio, para Negri, no puede haber autonomía de la segunda etapa  respecto de la primera: el sostenimiento del efecto vertical solo es aceptable como resultado permanente de la difusión horizontal de contrapoderes sociales, sobre la base de los movimientos y actores heterogéneos en juego. De ahí (y solo de ahí) el real «poder de Podemos».

Nuevamente, Negri se declara institucionalista, pero de una institucionalidad del Común, es decir, aquella para la cual lo organizativo permanece subordinado a la dimensión constituyente sin jamás mistificarse en una forma de comando, por más atractiva que pueda resultar: “Nunca creí que las luchas pueden avanzar solas. Nunca creí que los movimientos se pudieran sostener simplemente sobre la base del entusiasmo. Pero entusiasmo y liderazgo se asemejan mucho. Es necesario encontrar una fórmula multitudinaria, según la cual al Estado que es ‘Uno’ sigue un Estado múltiple, una soberanía rota, formas de contrapoder insertas a nivel constitucional.” En algún punto, la liberación de las energías sociales, la emancipación como problema central que atraviesa las distintas escalas territoriales y los distintos registros como territorios en sí mismos, es también liberación de la necesidad de liderazgos. Negri insiste: “Creo que la estrategia viene de abajo y la táctica de arriba. (…) Se trata de investir horizontalmente lo social con instrumentos de poder.” La devolución (de gentileza…) de Negri quiere ser una definición posible de Podemos como forma de embestida social horizontal (15M) sobre instrumentos de poder. Es decir, no la “toma del poder”, sino ataque a una determinada lógica del poder, ensamblada, esta vuelta, con una instancia reflexiva –¿autonomía de la política?– y la posibilidad de verificaciones distribuidas en territorios y plazos diversos. Por eso, los “candidatos” politólogos de Podemos no funcionan como especialistas consultores, sino que esta vez tienen trabajo en serio, ya que en el contexto actual está puesta en juego la filosofía política misma. El terreno de las ciencias políticas devino un campo de experimentación. No cabe tanto preguntarse qué es la democracia, como si hubiera que apelar a la definición más correcta, sino qué será la democracia, es decir, de qué democratización seremos capaces.


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