Diego Valeriano

Dos tiros por la culata. Diego Valeriano*

Jugar al allanamiento en el recreo, saltar la mesa, tirarse al piso, descartar pillo, agitarla como mujer de chorro, patear la puerta del aula corte grupo Halcón. Ponerse como contento porque los días son más largos, más pillos y huelen distintos. Escuchar historias de saqueos y dejarse llevar por la imaginación, añorar lo que tal vez ni pasó. Reírse hasta que se salgan los mocos, ser parte de esa banda que pone la fiesta en los actos, en la cancha, en el barrio. Morir de emoción cuando lo dejan usar el redoblante. Fumar como grandes, aprender a caminar, mostrar las marcas en el cuerpo como trofeo de guerra. Escapar de lo poco que le dan, vagar como malditos, charlar con los mayores, hacer silencio, recibir los retos, comerse el gaste, esperar la oportunidad. No dejarse psicologear, ir a los talleres solo por la beca, mentirle a la trabajadora social, rayarle el auto a la coordinadora del Centro Comunitario. Conocer a Alberto solo de nombre, porque está ahí, en la pared con Cristina, porque lo nombran los de la básica donde la vieja la manda por mercadería. Ir a cada día del niño que arman los candidatos, agarrar las bolsitas de caramelos, desquiciarse en el pelotero sin que lo vean los guachos más grandes, saber que la foto es parte del acuerdo, rapiñar algún teléfono de los gatos que lo acompañan si se puede. Marchar para dar el presente mientras Sandra cuida a sus hermanitas, saber la clave de la tarjeta, acompañar a la abuela a que le den los remedios. Saber que Macri es gato, intuir que ya se va, salir cada vez más lejos del rancho en busca de billete. Saber que éstos se van, pero la gendarmería va a seguir en el barrio, prepotente, extranjera, bien poronga. Saber que lo ortiba sigue latiendo, qué la gorra es siempre enemiga, que de la política siempre se puede buscar un rescatín y que el gabinete de la escuela se parece cada día más a una comisaría.

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Diego Valeriano

¿Cómo vamos a nombrar a las cosas después del 27?. Diego Valeriano*.

Hablamos, pensamos, escribimos sobre otros, sobre cosas, sobre lo que pasa, sobre cómo se dicen las cosas. Posteamos que todo es político como si fuera verdad. Cambiamos la foto de perfil según la coyuntura, wasapeamos a nuestra radio comunitaria, boicoteamos a Coto en Facebook, mostramos a la gorra infiltrada en la marcha a la que ni vamos. No le erramos ni una efeméride de lucha y memoria. Todo entra en el régimen de la opinión, de la urgencia posteadora, de lo explicable, de lo que vale porque tiene likes combativos, porque resistimos estos cuatro años.

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