Laura Klein

Por un feminismo imposible. Laura Klein*

En 2015 el Ni Una Menos sorprendió no sólo a quienes veníamos ligadas al feminismo desde hacía muchos años, sino incluso hasta a quienes lo gestaron. La propia concurrencia estaba alucinada. Algo nuevo estaba surgiendo —con las mujeres, entre las mujeres, en una dimensión vivenciable masivamente y adquiriendo un sentido político. El feminismo no sólo había dejado de ser un término elitista, o vergonzante, incluso rechazado, sino que se convertía en una palabra capaz de subvertir los juicios sobre la vida cotidiana. En el 2018, luego de tres años de caldo de cultivo rizomático, anónimo, popular y contagioso, este fermento se mostró insólitamente fecundo: tras siete negativas, el Congreso de la Nación finalmente iba a tratar el proyecto de legalización del aborto. Un flujo no negociable asaltó las calles, una rabia creativa, una presencia insólita, una combatividad rebelde a las formas tradicionales. Las semanas en que se debatió el aborto, era el tema excluyente principal arrebatando las mesas de los colegios, de la cancha de fútbol, de la cena y de la cama. El pañuelo verde urticó, movilizó a la opinión pública de una manera que atravesó todos los filtros, todos tenían algo que decir. Fueron tan fecundos que esta vez casi podríamos decir que el movimiento de especularidad se invirtió y los pañuelos celestes surgieron como reacción.

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