Hernán Sassi

Malas noticias: Gane o pierda, Macri es la cultura. Hernán Sassi*.

Tras las PASO, Cambiemos fue primero estupor y luego contraofensiva; nunca resignación. Reencarnación de Atila, pero más de cruzados del Bien contra el Mal, no parecen dispuestos a entregar el mando como demócratas. La furia habló: “Nos van a sacar muertos”, dijo en discurso que era digno de retiro espiritual a intramuros y ahora –manotazo de ahogado– se transmite a millones como grito de guerra de una casta oligárquica que no asume el desgarro del velo y la grieta en su discurso.

La ciega confianza en la Técnica le jugó una mala pasada a Cambiemos. El Big Data no rastrilló el barro donde se pudren desechos del sistema. Así fue cómo el capitalismo en fase zombie sufrió un traspié que, si se confirma, tiene consecuencias impredecibles en la región. La zancadilla la dio un pueblo que recuperó memoria de derechos. Sorprendió con cachetazo a contramano del giro conservador en epicentros del pasado (Norteamérica y Europa) y en el hermano pentacampeón, hoy del fascismo. Pero cuidado, ese pueblo es juez y parte. Si clavó un Game Over circunstancial, también es responsable de la cultura que gestó a Cambiemos, esa que será motor inmóvil cuando el rey depuesto termine en su prisión de olvido.

La ontología empresaria que confía en el liderazgo y en el trabajo en equipo de piezas movibles, incluso la del líder; esa que asume la realidad dura, cada día más feroz, como una panacea en la que reina la incertidumbre; que propone un régimen meritocrático y un horizonte emprendedorista en el cual el Estado debe desaparecer, no empezó con el PRO. Gestada y depurada en Think Tanks de derecha décadas atrás, hace tiempo es parte de nuestra cultura y acoge a todo hijo de vecino, sobre todo de buen vecino.

El sujeto libre de equipaje –que rechaza el lazo social, no reconoce legados y es esclavo feliz de la sociedad de las pantallas más que de nada en el mundo– es emblema de esta cultura desde hace por lo menos tres décadas. Para él, el otro, incluso un familiar desocupado por una política que asfixia al mercado interno y privilegia el saqueo transnacional, es no menos que un estorbo. El látigo verbal puede caer sobre los “choriplaneros”, esos “vagos y mal entretenidos” del sistema, ya se encarnen en familias de trabajadores de Inglaterra (lo registra James Owen en Chavs. La demonización de la clase obrera), en refugiados en la Comunicad Europea o en desclasados de estos lares vilipendiados por chetas de Nordelta o por maestras normales del Conurbano. El chivo expiatorio es el sindicalista, el docente, el inmigrante, y por supuesto, el pibe chorro que roba un celular y le espera ora el linchamiento del buen vecino, ora las garras de una gendarmería que es paradigma de las fuerzas del orden (ejemplo de buena pericia ante la muerte de un fiscal y del correcto accionar frente a un díscolo porteño que viajó hasta la Patagonia solo para perturbar el orden público); es esa gendarmería que ayer nomás, en guiño cómplice a la clase media y traición al bajo pueblo, había desembarcado en “zonas calientes” del suburbio cuando se erigía como guardián y protector a un tal Berni.

El kirchnerismo dejó huellas en el cuerpo social. Llevó a cabo una política de Derechos Humanos que se resume en cientos de criminales encarcelados (cucarda que no tienen ni la Alemania post-nazi ni la Francia e Inglaterra post-imperiales) y termina coronándose de manera impensada cuando su gobierno era mala palabra y el pueblo, que empezaba ya a olvidarlos según los medios del establishment, dijo “No” a un 2×1. También dejó en las sienes ardientes una apuesta antisistema, acaso la más radical de su cosecha: “La Patria es el otro”. No fue querido, pero la excesiva celebración del consumo que se hacía hasta en cadenas nacionales –con necesarias argumentaciones sobre el apoyo al mercado interno con subsidios de todo tipo– fue uno de los huevos de la serpiente de esa impronta aspiracional e individualista que es divisa de Cambiemos y se resume en: “Tengo altas llantas, celu, plasma y hasta auto en cuotas; el resto, me importa un carajo”. Efecto no deseado de una política redistributiva dirá más de uno.

Lo sabíamos desde el minuto cero: hay tierra arrasada. Ya sufrimos cosas mejores que esta. En realidad, lo difícil es salir del régimen de terror que empezó con una dictadura y Cambiemos –¡qué virtuales son, che!– solo actualizó: el del terror al otro. El reto, poco menos que imposible en esta etapa del capitalismo de ocaso del sujeto moderno, es restaurar el horizonte asociativo de la comunidad. Lejos de ser malas, las noticias son buenísimas: volvió la utopía comunitaria. ¿Hay algo mejor que ir tras ella?

*Doctor en Letras, docente (UNDAV), autor de Cambiemos o la banalidad del bien (90 Intervenciones, en Red Editorial)


Acerca de 27 de octubre

Una revista para pensar en la coyuntura electora los posibles comunes. Una cuenta regresiva hasta la elección. Cada día una nota escrita por amiges diferentes. En cada nota el pensamiento como potencia de lo presente. Y un punto de llegada: fuerza de rebelión y de fiesta para no quedarnos solo con lo que hay.

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