Alejandra González

Pensar lo impensable o del pueblo que falta, Alejandra González*.

Pareciera que la encuesta nacional de las PASO dejó caer un velo:   donde aparecía una ciudad pujante, en permanente construcción, se denuncian negocios inmobiliarios, donde la alegría de las nuevas carreteras y escuelas recientes  se expandía, se marca la inexistencia de las obras o la reinauguración de otras ya realizadas, donde los medios  masivos marcaban el fin de la grieta,  surge el odio de clases intacto, donde se pregonaba la pobreza cero se ve su diseminación en los sectores populares pero también en los más favorecidos. Caído el velo, cierta sensación de alivio se difunde, al menos en algunos de nosotros, cuando la mentira alevosa puede ser desnudada, y al menos conviven en simultaneidad fragmentos diversos de cosmovisiones, de ideologías, de percepciones. Si la homogeneidad de las representaciones de lo real causa ahogo, no es porque las propias visiones sean las verdaderas  en contraposición a las falsas de los otros, sino porque toda superficie lisa no ofrece refugio alguno para los sujetos que somos ambivalentes, contradictorios y no podemos encontrarnos nunca en un discurso que aísla las palabras del dolor de los cuerpos que somos. 

Pero más allá de la mentira sistemática como recurso del marketing político muy bien desplegado por los totalitarismos y ahora por las democracias formales, se ha festejado en estos días la reaparición de un actor político: el pueblo. ¿Estaba escondido y se atrevió a salir bajo forma de voto oculto en una urna? ¿Fue reprimido y venció el miedo a manifestarse de un modo republicano admisible para las conciencias pacifistas?  ¿Qué es eso que  se visibilizó y que las encuestas no pudieron atrapar o los formadores de opinión no pudieron creer? ¿Se trata del pueblo domesticado que aparece bajo el formato de un voto en esta saga electoral? ¿Son finalmente, los  afectados  en los bolsillos que algún día tenían que reaccionar? ¿O una súbita toma de conciencia por parte de esa masa de obreros urbanos industriales que no termina de convertirse en el proletariado, ese pueblo elegido  que nos desalienará a todos? Genera alegría el fin de esta derecha que no es moderna, sino tan antigua como la opresión, pero más todavía,  la salida de la servidumbre voluntaria en un síndrome de Estocolmo político que justificaba que la defensa de los intereses de cierta mediocre oligarquía se podía extender a la de todos los sectores sociales.  Pero cohabita con esta sensación el temor a que ese “pueblo”, clase social o esa expresión de la argentinidad  al palo vuelva a replegarse, o que haya sido una ilusión, solo la fugacidad de un instante que ningún cálculo  probabilístico puede prever.  Tal duda sobre la imprevisibilidad se asienta sobre una sospecha muy justificada: la imposibilidad de representar una sustancia que no es.  Dicho de otro modo, el pueblo (o como quiera llamárselo) no es la causa sino la consecuencia del acto eleccionario. Y apareció  coloreando en contra del gobierno los mapas electorales. Impredecible porque careciendo de un ser preexistente, se lo pretende identificar  como encuestado,  actor social, o  núcleo duro , o elemento de un  target  que pretenden vincular la propiedad de los electrodomésticos  con la opción ideológica. Como si vida y obra estuvieran encadenadas, en una relación causal donde lo hecho es necesariamente consecuencia de una personalidad que es a su vez efecto del contexto, más la estructura psíquica, más alguna que otra contingencia que se explica con el diario del lunes. 

Pero la política, que no es ninguna ciencia aunque se quiera reducirla a las disciplinas sociales, tiene que ver con el deseo. Y eso es lo ingobernable, lo impredecible, que no implica dejar de lado militancias, ni agites diversos, pero que no se deja domesticar por ninguna estrategia, aunque incluso a veces simule adaptarse. Solo se puede mover el deseo, no representarlo,  rompiendo las barreras de la represión, pero no hay modo de explicar por qué se produce la revuelta, o qué produjo el Cordobazo, movimiento más importante que el mayo francés y que no puede reducirse a sus causas históricas, políticas, económicas.  Quizás la cuestión sea estar advertidos de que el acontecimiento puede darse, no darlo por supuesto, y sin embargo esperarlo activamente. El sentimiento oceánico es una ilusión que dura pocos días, aunque alegre los cuerpos y borre tristezas. No hay unidad, sino fragmento, donde se percibe algo consolidado, siempre aparece una diferencia. Es tiempo, entonces, de rasgar otro velo, no solo el de las mentiras oficiales sostenidas por los medios y enganchadas en ocultos rasgos identificatorios con los ricos y famosos, sino también el que nos lleva a creer que hay un pueblo sustancia que está dormido y apareció y tal vez vuelva a hacerlo. Porque el pueblo, o como se llame a esa instancia que, de tanto en tanto, fractura la omnipotencia de lo existente, es lo que siempre falta, lo que no cesa de faltar en cualquier imaginario de la felicidad común, porque no tiene existencia, ni identidad, y es solo el gesto que desarticula causalidades para interrumpir el tiempo cronológico de la historia del mal. 

 * Doctora en Filosofía, Coordinadora de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas


Acerca de 27 de octubre

Una revista para pensar en la coyuntura electora los posibles comunes. Una cuenta regresiva hasta la elección. Cada día una nota escrita por amiges diferentes. En cada nota el pensamiento como potencia de lo presente. Y un punto de llegada: fuerza de rebelión y de fiesta para no quedarnos solo con lo que hay.

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