Laura Klein

Por un feminismo imposible. Laura Klein*

En 2015 el Ni Una Menos sorprendió no sólo a quienes veníamos ligadas al feminismo desde hacía muchos años, sino incluso hasta a quienes lo gestaron. La propia concurrencia estaba alucinada. Algo nuevo estaba surgiendo —con las mujeres, entre las mujeres, en una dimensión vivenciable masivamente y adquiriendo un sentido político. El feminismo no sólo había dejado de ser un término elitista, o vergonzante, incluso rechazado, sino que se convertía en una palabra capaz de subvertir los juicios sobre la vida cotidiana. En el 2018, luego de tres años de caldo de cultivo rizomático, anónimo, popular y contagioso, este fermento se mostró insólitamente fecundo: tras siete negativas, el Congreso de la Nación finalmente iba a tratar el proyecto de legalización del aborto. Un flujo no negociable asaltó las calles, una rabia creativa, una presencia insólita, una combatividad rebelde a las formas tradicionales. Las semanas en que se debatió el aborto, era el tema excluyente principal arrebatando las mesas de los colegios, de la cancha de fútbol, de la cena y de la cama. El pañuelo verde urticó, movilizó a la opinión pública de una manera que atravesó todos los filtros, todos tenían algo que decir. Fueron tan fecundos que esta vez casi podríamos decir que el movimiento de especularidad se invirtió y los pañuelos celestes surgieron como reacción.

Nuevas estrategias del neoliberalismo, naturalización del capitalismo como horizonte (más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, dijo F. Jameson), los derechos humanos como techo de la imaginación utópica, la democracia como fetiche, la centralidad de la víctima, la cooptación de las tradiciones combativas en un lenguaje uniforme que unifica activismo, academia, ongs, norte y sur, inclusiones y exclusiones. Sociedad de control de la cual no quedan afuera los feminismos, y pueden ser tal vez hoy incluso su emergente más visible.

En este contexto, y en el marco de la ofensiva global contra la “ideología de género”, la marea feminista invita a que asumamos viejos desafíos que, al volverse masivos, toman otro cariz. La ola de denuncias de figuras públicas por abusos sexuales, eco del Me Too surgido en Hollywood en la entrega de los premios Oscar en octubre de 2017, provocó debates con el feminismo y entre los feminismos, tensiones entre el deseo de generar algo nuevo y el atrapamiento. Echemos una mirada sobre el entusiasmo y la adhesión con que fue recibida masivamente la consigna “Yo te creo, hermana”. Frente a una sospecha a priori —expresada en qué habrás hecho, qué tenías puesto, para qué fuiste y por qué subiste— se oponía una confianza a priori. Nuevamente la respuesta especular, nuevamente la reacción en espejo frente a la acusación. Al servicio de rescatar a las mujeres de la infame condena, el “Yo te creo”, sin embargo, comprometió su posibilidad de escucharlas. Esos insoportables puntos ciegos que no entran ni en la moral ni en el derecho. Porque las mujeres no decimos La Verdad (¿quién sí?); decimos lo que podemos, lo que no incomode demasiado, lo que nuestras amigas, nuestras madres, nuestras parejas, querrían o necesitan escuchar para seguir queriéndonos.

Me interesó acompañar los avances del movimiento, pero más todavía pensar las aporías a las que conduce poner a nuestro servicio el discurso del amo. El movimiento especular parece difícil de evitar. ¿Se acuerdan del veneno de la iglesia?

Todo movimiento de lucha necesita de consignas. Pero ninguna consigna puede atrapar la experiencia. Y la distancia entre discursos y experiencia es cada vez más honda. El gran atajo fue el lenguaje de los derechos. Todo movimiento de lucha por derechos necesita de estrategias jurídicas. Pero con la creciente apelación al discurso jurídico, la experiencia fue quedando cada vez más lejos de los discursos que pretenden representarla. La telaraña jurídica envuelve casi todas las luchas contra la opresión en la ilusión de que se trata de legislar, denunciar y castigar.

Solemos asimilar derecho y moral. Solemos juzgar que las leyes son buenas, o correctas, o justas, cuando reflejan la propia moral. No es lugar aquí para desarrollar que el derecho moderno se funda justamente en la separación entre derecho y moral. Esto es precisamente lo que significa libertad de culto y libertad de pensamiento: morales diversas y un mismo derecho para todos. Entonces, que los movimientos contestatarios busquen moralizar las leyes, o convertir en derecho la propia moral, no los hace más fuertes, aunque sí más dependientes del control del Estado, lo condenen o no.

Así como hubo una alianza imaginaria entre la ciencia y la liberación de la mujer (la tecnología anticonceptiva como medio para sustraerse al mandato de la maternidad obligatoria) hoy se presenta una alianza mucho más férrea entre derechos individuales y feminismo. La primacía de las víctimas sobre la figura de los vencidos va acompañada de la creencia en que el derecho puede resolver las injusticias de la historia y las tragedias de la vida. Simone Weil echa por tierra esa ilusión: “Es imposible, cuando se hace un uso casi exclusivo de la noción de derecho, mantener la mirada fija sobre el verdadero problema (…) Una joven a quien se está metiendo a la fuerza en un prostíbulo no hablará de su derecho. En semejante situación, esta palabra parecería ridícula a fuerza de insuficiencia”. Insuficiente en primer lugar porque cualquier acción legal posible en nada se parecerá a la justicia, y porque su cumplimiento, fallido o exitoso, favorecerá más a la coherencia interna del Estado que a la persona cuyo derecho ha sido damnificado. La confianza en que el Estado acepte, encarne y represente los reclamos feministas implica abdicar nuestro poder y nuestro querer. Y entraña una delegación de ambos que amenaza perfilarse como un sustituto degradado de la emancipación.

¿Cómo quebrar ese sojuzgamiento a estos ideales, la vanidosa pertenencia a lo que no inventamos? ¿Qué hacer con aquellas sensaciones, deliciosas o inconvenientes, que chocan con nuestra elevada conciencia, que nos vuelven ajenos, alertas, inadvertidamente humanos, esclavos fugazmente liberados de una ética despojada de cuerpo? ¿Cómo romper la fascinación de la condena moral, el anzuelo de la crítica como contrapoder, el regodeo de estar del lado del bien?

Más acá del bien y del mal (en prensa, 90 Intervenciones, en Red Editorial). Este título no llama a abandonar las categorías del bien y del mal sino a algo más humilde: retroceder un paso antes de aplicarlas, hacer silencio para escuchar lo inarticulado de una vivencia que no encuentra representante ni concepto; descubrir, con estupor o con sorna, que nuestras experiencias no entran de inmediato en la grilla del bien y del mal. Están más acá, aunque no sepamos dónde queda esa zona.

* Filósofa, poeta y ensayista. Formó parte del consejo editor de la revista Alternativa feminista (1985) y Mujeres en Movimiento (1986), entre otras, y del Periódico Madres de Plaza de Mayo (1987/1989). Es docente de la Facultad Libre de Rosario y de la Universidad Nacional de Rosario. Da seminarios y grpos de estudio. Publicó Fornicar y matar. El problema del aborto (2005), A mano alzada (1986); Vida interior de la discordia (1994); Bastardos del pensamiento (1997), entre otros.


Recomendación

Feminismo Pragmático.
Marta Lamas.

8M (Un registro en movimiento).

Feminismos: Intervenciones textuales.
Diana Maffia, Danila Suárez Tomé.


Acerca de 27 de octubre

Una revista para pensar en la coyuntura electoral los posibles comunes. Una cuenta regresiva hasta la elección. Cada día una nota escrita por amigues diferentes. En cada nota el pensamiento como potencia de lo presente. Y un punto de llegada: fuerza de rebelión y de fiesta para no quedarnos solo con lo que hay.

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