Crearon el sistema de puertas giratorias

El autor de “La dictadura del capital financiero”, cuenta cómo ese período fue clave para la financierización de la economía que aún hoy sufre Argentina.

El historiador Bruno Nápoli viaja en transporte público y da clases en una universidad del conurbano. Su cotidianeidad actual está a años luz de la de los personajes que investigó en su libro “La dictadura del capital financiero”, publicado por Red Editorial, que se presenta este martes a las 18 en la Universidad Nacional de José C. Paz (UNPaz).

Allí, Nápoli da cuenta de la profunda y aún vigente desregulación y transformación del sistema financiero argentino operado durante la última dictadura, a partir de la Comisión Nacional de Valores (CNV).

El trabajo original fue publicado en 2012 con formato de informe y tenía 300 páginas. Fue cuando, bajo la presidencia de Alejandro Vanoli, Nápoli accedió al archivo de la CNV y pudo, a través de esos documentos, reconstruir dicha etapa histórica.

Doce años más tarde, “La dictadura del capital financiero” vuelve en un formato más breve. Pero, como él mismo aclara al comienzo de su diálogo con Buenos Aires/12, “no se trata de un resumen sino de una reescritura”, en la que algunas de las hipótesis de la versión original son reformuladas.

Por ejemplo, la que dice que la defensa de cierta industria pesada frente a la apertura irrestricta y desindustrialización total que impulsaba José Alfredo Martínez de Hoz, no se debió tanto a diferencias ideológicas de un sector nacionalista del ejército, sino a lo que denomina “motivos de rapiña”. Los militares que controlaban ciertas empresas no querían perder los negocios que allí se hacían.

–¿En qué medida las transformaciones operadas en la dictadura son condición de posibilidad de los ciclos posteriores de endeudamiento, timba y fuga de divisas?

–La dictadura de 1976 puso en puestos clave de la economía, como el Banco Central, el Banco Nación, la Comisión Nacional de Valores, la secretaría de Hacienda, entre otros, a tecnócratas asociados al mundo bancario y financiero. Algunos de ellos con una visión más clásica y otros que podríamos denominar neoliberales. Ganaron estos últimos, encabezados por Martínez de Hoz y desde entonces el país vive una suerte de historia circular.

— ¿Cómo y por qué?

–A través de una serie de decisiones que modificaron la estructura burocrática y normativa del estado. La más importante, pero no la única, es la Ley de Entidades Financieras, todavía vigente. Esa medida concentra capital en muy pocas manos y desarma controles. Hace medio siglo éramos veintitrés millones de argentinos y había cientoveinte bancos. Hoy tenemos el doble de población y la mitad de bancos. Se destruyeron cooperativas, cajas de crédito y un montón de instrumentos. Se liberaron las tasas, permitiendo una especie de frenesí desbocado.

–¿Hay similitudes con el presente?

–No es casualidad. Era muy tentador. Hubo gente que tenía una pyme y, ante la apertura importadora, la liquidó y se puso a jugar con las acciones sin tener la menor idea y sin saber que no había regulación ni respaldo. Perón decía que, para consumarse una trampa, tiene que haber un tramposo y un tonto. Bueno, en estos ciclos donde se da una suerte de fiebre, de la especulación por la especulación misma, sin apalancamiento en ningún factor dela economía real, se dan las dos cosas. Estos cryptobros y pibes traders de ahora se parecen mucho a los yuppies de los noventa o a los agentes de bolsa de aquella época. Las cryptomonedas terminan siendo negocio para grandes jugadores, para sus creadores y para los que manejan información privilegiada, porque manipulan el precio, se quedan con la ganancia y arruinan a los pequeños inversores.

–¿Cuándo empieza la fiebre especulativa, desligada de la economía real?

–Con Frondizi. Cuando Argentina ingresa al Fondo Monetario, cosa que Perón no aceptaba, Frondizi toma no uno sino cuatro préstamos. Apenas los recibe, se da vuelta y los vuelca en el mercado secundario. Emite un bono y lo vende, el que lo compra emite otro bono y lo vende y así sucesivamente. Para 1968 la burbuja es tan grande que Onganía decide intervenir. Crea la Comisión Nacional de Valores, con poder de policía, porque hasta entonces existía apenas una Comisión de Valores, que era una oficinita del Central, de carácter consultivo, y la ley 17188, la primera ley de Mercado de Capitales.

–¿Qué consecuencias tuvo ese crecimiento del mercado secundario de instrumentos financieros?

–Por un lado, alteró todos los balances de las entidades. Porque si yo tomo deuda tengo un pasivo, pero si puedo emitir un bono sobre esa deuda y venderla, entonces tengo un activo. Por otro, esa dispersión, esa modificación en el esquema de tenedores de bonos hace más complejo cualquier intento de reestructuración.

–Y le transferís el riesgo a un tercero, que probablemente no sabe lo que está comprando.

–Exacto.

–¿Entonces, nunca hubo en Argentina un mercado de valores volcado a la producción?

–Si, con Perón. Después, nunca más.

–En tu libro decís que muchos de los conflictos no eran político ideológicos sino por el botín. ¿Cómo lo explicás?

–En 1978 le renuncia a Videla medio gabinete, todos milicos importantes, con trayectoria, para expresar el malestar con el rumbo económico que le imprime Martínez de Hoz y que él, como presidente, avala. Los que renuncian promueven un industricidio selectivo, no una completo, porque muchos militares de alto rango ocupaban lugares estratégicos en directorios de empresas, que eran muy lucrativos. Hubo mucha rapiña, entre civiles y militares, entre militares y militares. Hubo secuestros por motivos de guita, secuestrados que conocían a sus captores, hasta hubo uno que, estando en cautiverio, los hizo colocar sus sueldos para que ganen una diferencia extra. Son personajes que saben que están en actividades de alto riesgo, por eso se someten a negociaciones permanentes. Te doy un ejemplo. Cuando termina la dictadura, Economía pide explicaciones por una deuda tomada por las fuerzas armadas, supuestamente para comprar armamento, de cinco mil millones de dólares. La respuesta es “nosotros pedimos dos mil cien millones, el resto son comisiones y negocios de intermediarios”.

–¿Es el caso del conflicto entre la CNV, la Bolsa de comercio y el Mercado de Valores?

–Claro. El presidente de a CNV, Alfredo Etchebarne, es civil pero está totalmente alineado con Videla y decide ejercer la autoridad que viene con el cargo. Una vez hasta se ve obligado a declarar “no soy estatista, pero cumplo funciones”. En ese período, la CNV inició diecisiete demandas contra agentes de bolsa, todas bien fundadas. Nunca más hubo una CNV tan activa.

–¿Por qué Alfonsín deja todo intacto durante tantos años?

–Recordemos que Alfonsín se encuentra con un poder judicial que, en una enorme mayoría, fue designado por la dictadura. Alfonsín se mete con el Nación y con el Central. En el libro cuento que un funcionario del ministro de Economía Bernardo Grinspun fue a pedir renuncias y terminó sumariado “por intromisión”. Hubo, durante años, una creencia de que la CNV era una agencia menor, que no valía la pena involucrarse o que era mejor dejarla en manos de los regulados.

–¿Poner el perro a cuidar el asado?

–Algo así. Vos hablás con los funcionarios, casi de cualquier administración, y te dicen “consensuamos tal cosa”. ¿Para qué te dio el estado poder de policía? ¿Qué necesidad de consensuar tanto? La opción es crear una burocracia pública calificada, con gente que no tenga vínculos con los regulados, que no haya laburado en los bancos ni las sociedades de bolsa, que no provenga del esquema de puertas giratorias.

Fuente – Pagina/12: https://www.pagina12.com.ar/2025/11/18/crearon-el-sistema-de-puertas-giratorias/