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POR UN PAÍS SIN EJÉRCITO

FRAGMENTO Nº5

Quizás llegó el momento en el que la memoria deje de estar anclada en el pasado para abrirse paso –con un pasado desanclado– hacia el porvenir. Tal vez de esa manera la memoria devendría en justicia. Y la justicia alcanzaría una verdad posible. El problema pasa por poner sobre la mesa de disección que tipo de memoria, que tipo de justicia y que tipo de verdad reclaman a futuro ese dolor común que persiste en el presente. Lo que queremos afirmar, sin mayores preámbulos, es que no queremos ni necesitamos un ejército “bueno”, lo que queremos y lo que necesitamos es un país sin fuerzas armadas.

Asistimos en estos días singulares a impúdicos pedidos de sacar al ejército a la calle para controlar y hacer cumplir la cuarentena amparados por la declaración del estado de sitio. Esta histeria autoritaria es la mueca fatal y grosera de una visión positiva del ejército, aparentemente opuesta al griterío autoritario. Habría, entonces, una forma “buena” de utilizar a la institución militar en la urgencia, es decir de sacar a las fuerzas armadas a la calle de una manera amigable. Se las mostró primero fabricando barbijos, después distribuyendo comida, luego preparando un hospital de campaña itinerante y, al parecer, se planea utilizar la capacidad logística para distribuir alimentos masivamente si la situación se complicara. ¿Se trata de un sutil aprovechamiento de la situación para trasladar parte de la política de asistencia desplegada por el renovado consenso progresista a la institución militar, legitimada nada menos que pos la pandemia misma? Este consenso de apariencia ocasional se basa en la imposición de una moral según la cual lo que se está haciendo es lo correcto porque es todo lo posible, como si el gobierno no solo fuese dueño de la decisión sobre lo posible, sino también como si lo posible fuese sinónimo de lo previsible y lo ya trazado.

Pero las huellas del daño urticante producido durante más de 150 años de enfrentamiento con cualquier forma de rebelión por parte de los asesinos profesionales agrupados bajo el nombre de “Fuerzas Armadas” o “Ejército argentino”, en la memoria genética de nuestro pueblo es tan epidérmico que para introducir la idea de un ejército “bueno” hace falta no solo la caricia sutil del guante militar, sino una suerte de portal mágico. Portal que el progresismo viene buscando desde hace casi cuarenta años sin éxito y que ahora parece haberse abierto en base a dos acertijos sensibles generados por la justificada sensación de desprotección ante los efectos de la expansión viral en los sectores populares y más desfavorecidos: el portal entre deseo y necesidad. “Queremos estar protegidos y por eso necesitamos seguridad”. Así el Estado presente se restaura a nivel social en su modelo más conservador y patriarcal, y tiene la oportunidad histórica de que los milicos atraviesen el umbral de los cuarteles para cumplir por primera vez con la función que el pacto democrático les encomienda, cuidar a los ciudadanos de una amenaza exterior.

Curiosa manera en la que la urgencia viral coincide con la idea progresista de unión nacional, pacificación –con la institución eclesiástica y la militar a cargo de una nueva gestualidad benévola– y borrón y cuenta nueva. Está claro que las noticias anunciadoras de la unidad de los argentinos conectan con un portal sensible por el cual el ejército y las fuerzas armadas dejarían de ser lo que son, una institucionalidad asesina, lacaya y obediente enfrentada históricamente a las luchas populares, para formar parte del nuevo “todos”, ya no el electoral Frente de Todos, sino una totalidad  que busca introducir su vacuna ante otro virus que podría estar incubándose entre nosotres si imagináramos nuevas formas de instituir prácticas del común.

El blanco de la maniobra no pasa tanto por imponer la buena nueva militar en los sectores populares, quienes por suerte están más entrenados en el pillaje y sabrán recibir la ayuda del ejercito sin por eso aceptar las prerrogativas morales y subjetivas del caso; sino por su ascendente en amplios sectores de la clase media, sustento y fundamento de una acción de este tipo, que se propaga junto a la enfermedad. Ellos son los que quieren y necesitan también volverse “buenos” también a través de sus instituciones, militares o eclesiásticas, en el marco una pandemia de la beneficencia presentada y representada como único recurso y significado de lo posible.

En otras circunstancias no hubiéramos aceptado a los militares en la calle. ¿Por qué abrirles la puerta ahora? ¡No los queremos y no los necesitamos! Desde nuestro punto de vista (un nosotros y un punto de vista que son historia e invitación) es necesario trabajar para cerrar ese portal y avanzar sobre otros posibles. Operación desordenada y caótica, que puede desatarse de manera aluvional, siguiendo la lógica de una tormenta de ideas. En cuanto a las cuestiones prácticas inmediatas: ¿Fatlan barbijos?, ¿Cuantos millones podrían producir las cadenas de talleres y de costuras y costureros disponibles en sus casas organizadas en una red de solidaridad y provistas de materiales mediante las organizaciones sociales, los clubes de barrio, los centros de jubilados, siguiendo simplemente un tutorial virtual de confección y control de calidad? ¿Hay que repartir comida?, pues bien, ¿quién mejor que los organizadores, durante todos estos años, de merenderos, ollas populares, modos de solidaridad y organización de redes y micro-redes de distribución, cercanas a los habitantes y a sus necesidades, para pensar cuál es el modo más justo y apropiado de hacerlo? ¿Hay que ampliar la capacidad de camas?, manos a la obra: ¿por qué no poner en movimiento un gran censo de casas y edificios deshabitados disponibles para evitar el acinamiento y garantizar mejores condiciones de vivienda frente a la pandemia mientras se avanza en una política para resolver la crisis habitacional? En fin, ¿por qué no licenciar masivamente a los militares, reorientar su lugar en la sociedad ya no como militares, sino como civiles, y dar lugar a las organizaciones sociales y de vecinos existentes para administrar junto al Estado la situación. Y, entre otras cosas, pensar mejores funciones para esos grandes espacios que brindan los cuarteles, con sus jardines, sus cocinas y sus lugares de esparcimiento. Solo se trata de dejar atrás la homologación entre desposeído e invalido y de transformar la verticalidad del poder en liberación de las potencias. En dejar de pensar que lo único posible es lo supuestamente previsible.

Un país sin ejercito puede no resultar previsible a la sensibilidad media, pero es posible. ¿Por qué no pensarlo colectivamente? Argentina no tiene hipótesis de conflictos con sus países vecinos, tampoco forma parte de manera directa o indirecta de ninguna de las conflictividades que se desarrollan actualmente en el mundo. Además, está claro que las fuerzas militares de los países emergentes no solo son insuficientes sino inoperantes para proteger su soberanía y sus recursos. Los países que enfrentaron o enfrentan conflictos contra las grandes potencias mantienen su soberanía en base al potencial de resistencia de su sociedad civil, organizada o tácitamente amenazante, dispuesta a luchar en las calles y, si es necesario, a constituir grupos de combate o guerrillas. Además, el desmantelamiento de las fuerzas militares generaría no solo un importante recurso presupuestario disponible (lo presupuestado para defensa y seguridad en 2019 era de $75.000 millones, cuando lo devengado fue $19.000 millones) para inversión en otras áreas, sino también una gran disponibilidad de recursos humanos y técnicos, que podrían orientarse a una elaboración creativa de una política de cuidado y seguridad ciudadana a partir de la hibridación de recursos: redes eficientes de comunicación no convencionales, poder de intervención sobre la economía, capacidad de sabotaje a bancos, redes virtuales y todo tipo de sistemas de seguridad mundial, relacionamiento colaborativo de millones de ciudadanos en estrategias de acción común en tanto trabajadores, creatividad y propaganda a escala planetaria frente a distintos escenarios de conflicto. En lugar de armamento perimido y deficiente para guerras convencionales, nuevas herramientas para combatir en los escenarios más sensibles. En lugar de subjetivación vertical y obediente e institucionalidad paternalista, protagonismo social y singular, y propuestas colectivas a la altura.

Es un llamado a abandonar la idea de institución como resguardo de una misión constante más allá de los avatares individuales y singulares. Es cierto que una crítica a las instituciones que pretenda reemplazarlas por la suma de las voluntades individuales, por la tendencia natural a la colaboración o por una idea de libertad deshistorizada, lejos de asumir la problematicidad de las paradojas del animal humano permanecería en un callejón sin salida. Pero también es cierto que la respuesta institucionalista (siempre de porte hobbesiano) a la crítica parte de un error significativo: pone a la institución como bien social y a la obediencia como comportamiento razonable para sostener y hasta defender ese bien. Es decir, primero la institución, luego la obediencia. Sin embargo, la obediencia es primera, ontológicamente primera. La lectura de Hobbes por Virno es clara y apegada al texto original de 1642: “nos obligamos a obedecer aun antes de saber qué se nos ordenará”. En el ruedo histórico la obediencia se presenta, a la vez, como causa y efecto de la institución estatal. Este punto no se puede soslayar, menos aun cuando la institución que se pretende “lavar” y justificar es el Ejército argentino. Aunque se trate del presidente que votamos, de nuestras compañeras y compañeros o de la corrección progresista. Los puntos ciegos son más ciegos aun entre afines.

Hobbes justifica la institución por un interés que considera natural: la autopreservación. Es decir, la invención del artificio institucional pretende atender la presuposición de un interés natural. En otras palabras: inventar para preservar la vida. En ese sentido, ¡qué mejor que un Ejército “bueno”! Nuestro problema se sitúa en el mismo terreno –de hecho, consideramos que no habría por qué escaparle al problema que es el terreno–, solo que invirtiendo la ecuación: conservar la vida para inventar. O bien, conservar la vida para inventar para conservar la vida y así… El problema principal de la invención no es el miedo, ni mucho menos su única pasión, sino el deseo y el amor. Por supuesto que no hay deseo sin peligrosidad, ni amor sin dobleces, pero el riesgo mayor, desde nuestro punto de vista, no pasa por la defensa de la institución en nombre de su eficacia para neutralizar los riesgos inherentes a la condición deseante, sino por ese momento en que deseo e institución no se distinguen, hasta alcanzar el deseo de institución.

En estos tiempos de encierro por mor del Estado y de nuevo clamor de más Estado, resulta contraintuitivo y peliagudo señalar la peligrosa génesis de la institución estatal y, en particular, de la institución militar en nuestro país, justo cuando unos soldados se muestran amigablemente como sastres del pueblo en un video institucional y un diario progresista felicita el armado de un hospital militar o la tienda improvisada con olla militar de campaña. Pero si nos interesa detenernos en ese punto no es para detenernos. Nos interesa más aun imaginar nuevas instituciones a la altura de lo común. Instituciones comunes no necesariamente estatales, ni renuentes a la articulación estatal.

¿Sabemos que forma deberían adquirir las nuevas instituciones que reemplazarían a las fuerzas armadas? No lo sabemos. Pero conocemos ejemplos desde los cuales pensar y confiamos en que las nuevas instituciones del común serán hibridas y viven impensadas entre nuestros posibles.

Estuvimos y estamos demasiado tiempo mirando hacia el mismo lado. Enfocados en los alcances retroactivos de la verdad, la memoria y la justicia, en lugar de a partir del potencial común del dolor e ir hacia estos conceptos para reinventarlos, antes que pretender el cumplimiento de su esencia. Desmantelar el ejército sería un verdadero acto de memoria y justicia. No de justicia retroactiva, sino de una justicia del porvenir. No de justicia como reparación del pasado en el presente, sino como acción que habilita en el presente un espacio deseante y constructor de posibles comunes. No de memoria como mero aprendizaje útil o moral de los errores del pasado, sino como agente activo de una experiencia común que reúne la vitalidad de la lucha de siempre de las Madres con los signos de un tiempo que aún es hipotético y de incertidumbre. A esa instancia del presente en la cual podemos compartir lo incierto la llamaremos futuro. A esa capacidad de crear a partir del dolor nuevas realidades la llamaremos justicia. A esa potencia que alberga en el cuerpo una capacidad de reacción singular y micropolítica al presente, basada en la experiencia común, la llamaremos memoria. A la conjunción de esa creatividad de la justicia y la capacidad activa de la memoria la llamaremos verdad.

Tal vez llegó el momento de plantear no tanto una política ecológica sino una ecología política. Una categoría transversal de cuidado ambiental social y anímico y un reciclaje instrumental creativo puramente táctico. En esa ecología política la justicia, la verdad y la memoria deberían formar parte del futuro, esa zona del presente paradojal en el que se crean los nuevos comunes posibles, con el potencial de transformar el ahora desde la construcción de espacios de enunciación y acciones tan mínimas como cotidianas (porque se trata de formas de vida). La pandemia nos asiste. Inédita, impensada rebelión viral del planeta contra el neoliberalismo, imagen espejada de todos sus males y virtudes, abre la posibilidad no solo de replantearlo todo dejando al desnudo la soberbia de ciertas evidencias, sino de actuar en la oportunidad. Para esta ecología política crear posibles debería ser como plantar árboles. Y proponer pensar en común el fin y el reciclaje de las fuerzas armadas generar aire respirable, sin virus ni pandemia.

Excursus

León Rozitchner se encargó en un ensayo de argumentar el rechazo al perdón exclamado por la Iglesia con el objeto de exculparse de la complicidad concreta con los crímenes de la dictadura de la desaparición de personas. Los dos ejes principales del argumento son: por un lado, el hecho de que no hay equivalencia entre el acto simbólico del perdón con rezo y las vidas humanas asesinadas, torturadas y desaparecidas; por otro, que al concentrarse en los cristianos –en las personas– que cometieron crímenes como parte del esquema dictatorial, la Iglesia como institución pretende ponerse al margen, “Como si la institución no hubiera promovido desde sus propios dignatarios la sangre que tiñe al purpurado”. Además, algo tan simple como el hecho de que el perdón debe ser concedido por el agredido u ofendido –en este caso, nada menos que asesinados, desaparecidos y afectos–, alimenta el nudo gordiano. Y, como cuenta cierta historia antigua, los nudos gordianos no se desatan, se cortan.

¿Qué ocurre cuando se pretende imponer la idea de que la institución militar, nuestro ejército dedicado de principio a fin (en su corta historia) a la represión interior, ahora sirve a los intereses y las necesidades de sus históricos reprimidos? ¿No se trata, cuanto menos, de un salto sospechosamente confundido con la mera cronología? Se dice que ya no quedan generaciones de militares en este Ejército que hayan participado de la lógica del genocidio, lo cual es cierto, pero se omite cómo se reproducen sus peores prácticas a través de su heredera, la policía; y se agrega que la institución pidió perdón –aunque no se aclara que la declaración de perdón del entonces General Martín Balza exculpa primero a la institución para ambiguamente terminar por hacerla ver responsable, una vez exculpada.

Esa declaración (1995), producida una semana antes de las elecciones presidenciales por medio de las cuales el gobierno de Menem, es decir, el gobierno de los indultos (1989,1990) sería reelecto, cundieron un efecto importante a la hora de convencer a parte de la sociedad de que había que “dar vuelta la página”. Esa corriente, de manera más y menos explícita, llega hasta nuestros días y, lamentablemente, nuestro actual presidente reiteró el espíritu de aquella declaración de Balza al referirse a la “inconducta de algunos”… donde Balza fue, como es lógico proviniendo de un miembro jerárquico de la institución, más contundente: “Algunos, muy pocos, usaron las armas para su provecho personal.”, o “Creo que algunos de los integrantes, de sus integrantes, deshonran un uniforme que era digno de vestir…”. Alberto Fernández también pidió perdón.

En realidad, en esa declaración de Balza está todo lo necesario para comprender la matriz de este sentido común peligrosamente grabado como marca de agua en las conciencias de buena parte de los argentinos: Se refiere a “Una violencia que se inició con el terrorismo”; lamenta el hecho de que “víctimas y victimarios desde el ayer, intercambiando su rol en forma recurrente, según la época, según la óptica, según la opinión dolida” enlentezcan la reconciliación final, y sostiene que se “necesitarán generaciones para aliviar las pérdidas, para encontrarle sentido a la reconciliación sincera.” El intento de exculpación del hasta ahora tenido como el más sincero pedido de disculpas desde fuerzas militares es completo: “En la historia de los pueblos, aún los pueblos más cultos, existen épocas duras, oscuras, casi inexplicables”, y continúa: “El Ejército, instruido y adiestrado para la guerra clásica no supo cómo enfrentar desde la ley plena el terrorismo demencial. (…) Este error llevó a privilegiar la individualización del adversario…” Para colmo, justifica el fin apelando a un lugar común: “Una vez más reitero: el fin no justifica los medios.” Y, como si fuera poco concluye su declaración pidiendo la ayuda de Dios. Finalmente, en una declaración como ésta, en la puja de intereses o en un genocidio, Iglesia y Ejército se vuelven a encontrar.

Lo que los vivos, los heridos, y los que acompañamos, heridos también a nuestra manera, no podemos aceptar es que el paso del tiempo hace un trabajo que, en realidad, nos compete, o que mejor salvar a la institución y confiar en sus nuevos miembros… No es lo que hicieron las Madres que, en cambio, como dice Rozitchner, se dedicaron a “combatir contra el sistema productor de muerte venciendo el miedo”. Porque en el fondo de la justificación de la institución militar revisitada por el progresismo no hay otra cosa que el fundamento de la institucionalidad moderna: el miedo y la obediencia.


MANIFIESTO ABIERTO ES UNA INICIATIVA COLECTIVA Y ANONIMA DE INTERVENCIÓN EN LA ACTUALIDAD POLÍTICA. SU OBJETIVO DE PENSAR LA POLITICIDAD DE LO QUE OCURRE PARA DINAMIZAR LA POTENCIA DE LO COMUN. SU METODO ES INDAGAR EL ESPACIO POETICO QUE SE ABRE ENTRE LA URGENCIA Y EL PRESENTE ETERNO PARA CONSPIRAR Y FABULAR POSIBLES. ENCONTRÁ TODOS LOS BANDOS DE MANIFIESTO ABIERTO EN REDEDITORIAL.COM.AR

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PURO EFECTO

FRAGMENTO Nº 4

Sin causa, encausados en el grito, momento común de lo indecidible que puede devenir en cauce, vamos hacia una alegría política. No hay reparos en este movimiento. Vamos más allá de los augurios y las señales de una diferencia cada vez más pobre entre lo que hay y lo que vendrá, en un movimiento que desconoce la esperanza (¿progresista?) y el optimismo (¿militante?), desconociendo también la apatía del cambio por el cambio o del cambio por aburrimiento y encerrona. Ni el optimismo ni la esperanza ni el cambio son “causas” para una alegría política. Ahí donde nos permean –a veces sucede– desconfiamos de sus efectos y de sus afectos.

Apostamos al beneficio de unos efectos sin causa que los justifique; a unos afectos que puedan resultar cauces que van tentando su propio recorrido. Porque hay efectos sin causa y hay cauces afectivos en curso apostamos a un efectismo táctico permanente capaz de desvío ante la acumulación de causalidades concebidas como plan de acercamiento a un objetivo estratégico. Afirmamos el terreno de los efectos como vitalidad indispensable para la imaginación política y repudiamos la lógica reduccionista de la relación causa-efecto para pensar nuevos escenarios. Porque en el saber pretendido de las causas anida una idea reversible: así como podemos descifrar lo que nos pasa en términos de una causalidad identificable, del mismo modo pretendemos obrar como causalidad determinando objetivos conocidos de antemano, efectos deducibles de la causa que seríamos. Dice un filósofo que “En los militantes, el objetivo perseguido desaparece detrás de la voluntad de tener un objetivo”.  

Nuestro filósofo sostiene que la alegría nos toma sin explicarnos sus causas. Nos levantamos alegres (o tristes) y aun identificando como causa elementos que logramos razonar (como, por ejemplo, vapulear a los chetos en la elección), existe en la alegría una fuerza propia incontrastable con las causas razonables. Por eso mismo la alegría no puede ser prometida (mucho menos algo semejante a una “revolución de la alegría”), sino solo registrada como forma de estar en el mundo. La alegría como potencia de relación con los otros y con las cosas, como modalidad que tiene lugar en el terreno de los efectos, es capaz de desbordar su objeto o su causa, incluso cuando es más claramente efecto de una causa determinada hay un resto en ese efecto que es puro efecto.

La soberanía de ese efecto es tan trascendental como coyuntural. Es una especie de interface. Las causas, electorales, institucionales, convenientes, no se menosprecian ni se dejan de lado sino que se afirman desde el punto de vista de los afectos liberados de la relación de causalidad. Y esta afirmación es sintomática, no se verifica en un movimiento del intelecto, sino en un agite de los cuerpos dispuestos a la ocupación de un espacio de roce, territorio de una disposición permeable a las singularidades emergentes que pasan de un tipo de vitalidad a otra, de una potencia a otra, sin la necesidad de inscribir ese movimiento en el esquematismo del ideal que pierde fuerza al realizarse, del entusiasmo que se desgasta en los avatares de su institucionalización, de la novedad que envejece.

Si hay novedad hay eternidad. Si hay eternidad todo se vuelve presente. Si todo es presente nuestra presencia es a la vez relación infinita y recorte inmediato. Astucia táctica de la alegría política –o política de la alegría–: recortar… y dar de nuevo. Cortar el devenir temporal de la relación causa efecto para actualizarnos en una novedad permanente y volver a cortar para situarnos en un ahora urgente. Las derechas le echan en cara a los sectores populares una supuesta fiesta indebida; la alegría política corta con esa moral de la culpa y nos reinstala en el común de la fiesta. El progresismo quiere disfrazar la fiesta asociándola a una buena causa que le habría dado origen. La alegría política corta con esa moral de lo justificado y afirma la fiesta injustificable, incluso indebida, la fiesta insolente que informó a un peronismo naciente un 17. ¡No a la culpa, tampoco a la esperanza! La alegría política es a la vez corte táctico y táctica de corte. La alegría política es recomposición en collage, mascarada popular, hecha de partes que no encajan. Principal activo de una política pilla, que anexa lo que puede cuando puede, que habita pragmáticamente más de un espacio reservándose cada vez para sí lo innegociable, que incluye tanto elegir la elección como tentar la tentativa, ir hacia donde se sabe y no saber exactamente a dónde ir. Pura táctica, la acción de la alegría política desborda cualquier aprovechamiento estratégico. Puro efecto, su potencia se manifiesta más allá de las múltiples causas que puedan atribuir un origen.

No existe ni puede existir un programa revolucionario basado en la alegría ni un modo político sustentable para provocarla desde arriba. Solo puede tentarse una apuesta a politizar sus efectos y su capacidad de potenciar una aventura colectiva. Esta política de los efectos se encuentra en las antípodas –o, mejor, en otro registro– respecto al realismo político, a la instrumentalidad partidaria, al goce identitario de las banderas, en la medida en que éstos tarde o temprano olvidan la búsqueda que les dio origen o incluso la alegría que les dio vida; mientras que la demora en los efectos constituye en sí misma una alegría inolvidable. En algún punto, la política misma se trata de esta feliz desproporción, de un quehacer con ese suplemento que nos ubica en otro lugar, que nos desliga de la pesadumbre y nos permite relanzar delirios o gestos mínimos como guiños entre desconocidos igualmente afectados por la alegría de cualquiera.

No estamos alegres por la proximidad del triunfo electoral, nos encontraremos próximos y triunfantes si estamos alegres. Medida posible de lo inmediato y lo permanente.  Alegría colectiva. Superioridad inventada del efecto callejero, intelectual, sensible, productivo, por sobre la causa –en este caso, electoral– desde donde probamos suerte en la coyuntura con una memoria histórica que desde nuestro baldío antiguo se hace presente con su fuerza recreada de efectos y afectos. Desde esa alegría sin tiempo y sin dueños, alegría política, reclamamos la capacidad de plantear nuestros propios problemas y la soberanía de nuestras agendas por venir.   


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Pura conveniencia

FRAGMENTO Nº 3

Por pura conveniencia. Del mismo modo que para insultar a los chetos o para aguantar juntos podemos gritar ¡Viva Perón!, sabiendo que ese grito no nos define, pero que, en algún punto, nos expresa, porque es un grito que quiere ser más grito que otra cosa. Con la misma impune felicidad de desahogo y afrenta, de rebeldía y mascarada, festejamos el triunfo del peronismo en las PASO y festejaremos si el peronismo vuelve a ganar en octubre.

Conveniencia de cálculo premeditado. Como el del manguero callejero que sabe que si establece contacto visual la moneda está casi ganada, iremos por el beneficio indispensable para el pan y el vino, sabiendo que la visibilidad es otra, y la deuda también. Nosotros no somos ellos (los ganadores), pero ellos saben que parte de la victoria es nuestra. No les debemos nada, ellos nos deben y algo nos van a tener que dar. Matiz inmenso para los que viven el hambre y la intemperie, pero grande también para las posibilidades del enmascaramiento y el raje, para el uso derivacional de lo que podamos manguear invirtiendo nada más que gestos, una mirada estudiada, una seña hecha con la mano, aprovechando la interrupción que provoca un semáforo, una esquina. Solo eso.

Conveniencia del cálculo de lo incalculable. Como la de quien va a tirarse a la pileta desde un noveno piso, pero antes de saltar tira un tentempié, a ver como cae, cual es la parábola, iremos atrás del cálculo con un salto hacia otro impacto sensible y estético incalculable, que habilite de nuevo en nosotros una soberanía. Diferencia gigante para quienes después del 2001 quedaron atrapados en las redes ideológicas del regreso a los 70 y la delegación militante, pero también grande para aquellos que no aspirando a ningún tipo de representación que no sea la que surja de la potencia de los comunes, nos reconocemos en lo que vuelve pero nos asumimos como pasajeros disfuncionales, para que cuando la policía golpee la puerta diciendo “salgan, somos iguales”, encarar la ventana, una pileta allá abajo, otras posibles salidas. Solo eso.

La experiencia histórica está en lo que nos ocurre, no es necesario buscarla en bustos de plaza ni en banderas desteñidas. Está en nosotros no volver a tropezar con el regreso de lo mismo, está en nosotros operando en nuestros reflejos políticos: volver incluye, en el nuevo viaje, lo ocurrido en el viaje anterior. Lo que se va es lo sabido, lo que viene apenas un suspenso. Pero el espacio mínimo que se abre entre la certeza y el suspenso es mucho más grande que el que se abre entre una certeza y otra de signo opuesto. Ni todo ni nada, ni bueno ni malo. Es en el espacio amoral de la ganancia pírrica a donde también habita nuestro regreso, el de una potencia no representada ni representable, el de una posibilidad ínfima: en vez de volver caminando el caminito recuperar la capacidad del salto.

¿Mejora el valor nominal de los planes? Que mejore. ¿Una beca para un amigo? Bienvenida. ¿La capacidad ociosa industrial se viste de nueva oportunidad? Ya sucedió, y no estuvo mal. ¿Un manguito para la universidad, la escuela, los hospitales? Se celebra. ¿Respiran más jubilados? Faltaba más. Cada moneda vale más cuando la hacemos bien nuestra y no al revés. Cada gesto de un Estado friendly será correspondido con la máscara correspondiente. Nos conviene. ¿Para qué? En parte lo sabemos –nuestras condiciones de reproducción y alivio diario– y en parte no –nos reservamos ese “no saber” para experimentar posibles, para regalar y regalarnos lo presente.

Conveniencia, entonces, de la generosidad. Posible política de un nosotros generoso, amor a los protagonismos circunstanciales, tan duraderos como el deseo que los motoriza, a las alianzas que sin durar necesariamente una vida, inventan una duración al ser vividas, al derroche cuando faltan horizontes y a los proyectos colectivos cuando no soportamos un horizonte que nos hace iguales a nosotros mismos cada día. ¿Qué nosotros? Un “nosotros” que es, a la vez, múltiple existente y llamado a lo que aún no se dio, linaje escogido y amistades que nos escogen, márgenes de la institución y márgenes a secas. Desconfiados y arrogantes, hermosos y malditos, soberbios, porque esta vez no nos podrán atrapar con la misma red.

Pura conveniencia impura. Garrroneo y generosidad. Instauración de una razón pilla y todas las máscaras por delante. Nada parece indicar que la diferencia entre lo que hay y lo que vendrá después será notable. Aun así, es esa la coyuntura más conveniente. Porque es la que hay y porque es la que pudimos ganarnos. La posibilidad de disputar en la diferencia mínima la ventaja material inmediata y la afirmación radical de una presencia amenazante, que no quiere ser gobierno pero que no acepta que se gobierne de cualquier manera, que exige derechos sin reconocer otra soberanía que la propia, que se sabe autónoma e irreverente, incluso entre aquellos con los que pueda compartir el grito.

Conveniencia programática de griterío y fiesta. Nos expresamos en el grito y nada nos conviene más que el festejo. El grito que viene es potencia colectiva que nos hace parte del común. La fiesta plebeya, tan odiada por los chetos que se van, es el lugar común donde sabernos sujetos colectivos se vuelve ineludible y exacto.


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QUIENES SON LOS FANÁTICOS

FRAGMENTO Nº2

La estrategia comunicacional del PRO, luego de Cambiemos y siempre de los medios de comunicación interesados, viene presentando las opciones electorales en términos de la contraposición moderación-fanatismo. La opción kirchnerista del peronismo supondría algún tipo de “radicalización” populista o incluso izquierdista. Montándose en esa construcción alejada de la realidad, fomentada en espejo por las fantasías ideológicas del propio kitchnerismo, los sectores victoriosos en las elecciones del 2015 se lanzaron a una suerte de contrarrevolución. De modo que vivimos efectos contrarrevolucionarios por una revolución que nunca ocurrió.

Esta tensión parece ingresar en su fase final. Sin embargo, no hay izquierda y derecha en juego entre las fuerzas mayoritarias que se enfrentan en este momento. La polarización deja ver, por un lado, un espacio peronista que reúne fuerzas conservadoras (con Alberto Fernández, Massa, la liga de gobernadores y el sindicalismo burocrático) con parte de la experiencia progresista de los últimos 20 años (de Pino Solanas a Vicky Donda pasando por el Movimiento Evita); del otro lado, la derecha fanática y arcaica junto con el peronismo más rancio, modernizados por el uso de las nuevas tecnologías del marketing y modales esculpidos por el coaching. Y la pelea central parece estar concentrada, aun hoy, en hacer visible o esconder bajo la alfombra al fetiche de los fantasmas ideológicos polarizados, Cristina Kitchner y su liderazgo, reducido a la puesta en valor inevitable de su volumen de votos.

Es decir: ningún capital concentrado, ni acreedor de la deuda externa ilegítima, ni banco, ni concesionaria de servicios públicos corre riesgo alguno. Pero los sectores más reaccionarios de la Argentina, aun contando con un peronismo del otro lado que se propone casi a medida (pagador y moderado, con solo una tibia promesa redistribucionista), aún después de los resultados electorales, perseveran como el escorpión. Su fanatismo no es cuestión de desquicio psicológico, no están locos ni son tarados, apoyaron y siguen apoyando a Cambiemos porque está en su naturaleza. Los señores de los campos, los dueños de la energía, los sectores financieros más delictivos y los contratistas de obra pública asociados a las familias que hoy gobiernan, van por todo. ¿Qué significa eso? Un simple enunciado que no pueden pronunciar, pero que practican y de a momentos se les escapa: «nosotros mandamos y el resto obedece». Esta es la consigna autoritaria que la mezcla de democracia y poderes fácticos hace posible. Este es el eslogan que se impone porque la desmovilización de la creatividad y de la imaginación política lo permitieron y aun lo permiten en un nivel.

A diferencia de 2015, cuando el consenso en torno al ajuste angostó las opciones (los economistas de Scioli lo presentaban bajo un falso binomio: “gradualismo o shock”), hoy se trata de la legitimación o la puesta en suspenso del fanatismo oligarca apropiador y autoritario, del ajuste, de la represión, de la destrucción de derechos y la reforma laboral definitiva, entre otros sometimientos. Frente a esta alternativa el suspenso es una razón precaria pero suficiente para apoyar la alternancia peronista. Pero insuficiente para clausurar la cautela y aplanar los matices del momento en el que estamos.

No permitir que esos matices vuelvan a transformarse en falsos contrastes y, a su vez, afirmar la diferencia entre los dos términos de la coyuntura electoral que nos involucra, es parte del sostén de la condición anímica indispensable para que el entusiasmo vuelva a urdir tramas y habilite una permeabilidad disponible para que esas tramas pongan a prueba nuestra capacidad de habitar nuevos modos de vida. 

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LO QUE ESTÁ EN JUEGO

FRAGMENTO Nº1

No solo pretenden bombardear con el dólar o el riesgo país. No se trata sólo de responsabilizarnos del saqueo de estos años ni de canjear voto castigo por voto pánico. Pretenden apagarnos. Lo que empezó a circular el domingo, la “ola”, tiene un componente institucional y económico, sí, pero lo más significativo, y también lo más peligroso para los garcas, es su resto, el excedente anímico, eso que algunos llaman “ola” y que no se llama ola, ni pueblo, ni nación, ni ciudadanía, ni siquiera “nosotros”. Ese resto impensable, sin nombre, es síntoma corporal, excedente colectivo, y no puede cifrarse en términos individuales.

Lo que comenzó a vivirse el domingo y a circular desde entonces, la alegría cantada y bailada, el orgullo por el otro anónimo que nos acompañó en las calles, materializado en la posibilidad de hablar con cualquiera, de compartir un gesto de reconocimiento, de hacer lazo, de sentir y vivir en un hecho inusual la potencia de un cotidiano Común diferente: otra forma de estar juntos. Eso es lo que está en juego.

El terrorismo económico puesto en marcha de manera irresponsable por el gobierno oligárquico y apropiador busca replegarnos hacia la angustia individual y enredarnos en el territorio siempre permeable del miedo y de la culpa. Es decir, busca volvernos otra vez individuos. Pretende negarnos la posibilidad ser atravesados por el potencial colectivo para volverse potencia consciente, narrativa, dispuesta a nuevas fabulaciones. Modo de estar, pensar y sentir, modo de encuentro. ¿Qué podemos si enfocamos lo hechos desde esa potencia?

La respuesta no puede ni debe ser individual. Dejemos que el enfrentamiento institucional y económico lo protagonicen quienes aspiran a la representación, ejerzamos nuestro poder de crítica y participemos tanto en la campaña como en toda iniciativa tendiente a mantener la soberanía del voto y a disminuir las consecuencias desastrosas del caos desatado. Pero sepamos que esa no es nuestra agenda. Nuestra tarea consiste en sostener el festejo, abrazar y hablar con los amigos, abrazarnos y hablar con cualquiera en quien podamos reconocernos, a su vez, como otro cualquiera. Interpretemos lo que haya que interpretar para atrapar ese resto imprescindible, fabulemos, contagiemos, propaguemos encuentros y mantengamos en juego lo que realmente está en juego.

Estemos disponibles para ser atravesados por ese resto Común que acontece como cotidiano en un hecho nada cotidiano. Desobediencia, desconfianza, encuentro y fiesta. Fugados y participativos. Conscientes y alegres. Ante lo que ocurre y también ante lo que vendrá, después de echar a los chetos, después de que se hayan ido con su estética supremacista y su musiquita moral de fondo. Una imagen nueva se revela en el futuro inmediato y necesitamos celebrarla. Pero nuestra agenda es sin imagen, es acá y ahora, es urgente y es para siempre.

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