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¡A BAILAR! La encrucijada política antes y después de la pandemia

FRAGMENTO Nº6

No se trata de una suma de decisiones políticas mal tomadas, sino de una sola lógica política que provoca una serie de malas decisiones. Una lógica que no es imprevista porque estaba dentro de las posibilidades, una lógica que no nos sorprende y que, por eso, genera una vez más esa sensación de fracaso repetido. El riesgo anímico se expande en varias direcciones, y el riesgo principal nos afecta. La repetición, intentar zafar del mal de maneras conocidas: falta, insuficiencia, auto victimización, refugios privados individuales o colectivizados, comunidades virtuales, memes. Escapes hacia la ‘pureza’ alternativa y otras tantas formas en las que el fracaso se confirma como derrota anímica y libidinal de un nosotrxs forjado como multiplicidad de vínculos que hacen red y abierto como apuesta. Porque las identidades preestablecidas no fracasan, se vacían más, pero sobreviven y a veces hasta transan con lo peor para sostenerse o salvarse. Ellas están con y en la lógica política que precipita la seguidilla de “errores” y que parece ser siempre la misma. Desconfianza en la red inventiva de fuerzas irrepresentables, sectores no representados y la representatividad instituida (incluido el gobierno, ya difícilmente separable del Estado). Sustitución de los vínculos de esa red profusa por una lógica que concibe la acción política como un vínculo de satisfacción, un vector direccionado entre identidad corporativa y clientela, entre medios y audiencia.

Nuestra acción no puede ser pensada desde el alternativismo, sino desde las formas híbridas que se construyen atendiendo a los entramados más que a las identidades. Cuando nos vemos obligados a reponer ciertos principios identitarios es porque puede resultar operativo para la descripción táctica y el conocimiento de aquello que nos acerca a lo que aún no podemos saber de nosotros mismos como potencia política, que empezamos a saber cuándo ejercimos esa potencia. En los últimos veinte años el conjunto de fuerzas impredecibles, a veces ingobernables, agentes que no aspiramos a la representación, movimientos aglutinantes con potencial instituyente, hemos hecho más o menos bien nuestro trabajo. Revuelta del 2001, levantamiento de los feminismos, movimientos campesinos, luchas por el medio ambiente, espacios de las economías populares, entre otros,  dan cuenta de una dinámica intensa y rica como constante insurreccional e inventiva, rica en agrupaciones multiformes, creadoras de nuevos modos organizar el estar juntos. Esa fuerza se expresó también con un poder propio en el triunfo del 27 de octubre. En ese sentido afirmábamos por entonces que debíamos festejar, porque ese triunfo era, también, nuestro. Y porque necesitábamos adueñarnos de nuestro festejo para seguir haciendo nuestra tarea festiva.

La posterior exaltación de la unidad del peronismo como factor preponderante del triunfo, y de la capacidad de Cristina como estratega política, jerarquizó el regreso de la vieja ideología regañando a la prepotencia del presente. Circularon versiones más o menos actualizadas de una imagen de la política como verticalidad intelectual, del liderazgo como capacidad de maniobra o picardía, de la representatividad como rosca, de la efectividad como rating mediático, mezcladas con el regreso de todo tipo de fantasías animadas, patria, estado, pueblo y Argentina. Con ellos se alimentó una versión sincrética y espectacular del triunfo que funcionó sustituyendo una lógica de protagonismo por otra. Por eso es imprescindible desmontar esta versión, en tanto nos aleja de las potencias necesarias para asumir anímicamente el presente en un sentido amplio y la coyuntura, en particular. Fue la confluencia de las fuerzas dinámicas no representables y otros sectores no representados con el peronismo lo que determinó la victoria electoral. Fue el potencial disponible de esa dinámica creativa el que impulsó lo que fue, tal vez, el único gesto creativo de la política institucional de los sectores populares durante el gobierno de los chetos: la creación del Frente de Todos detrás de la candidatura de Alberto Fernández. Victoria acuciante, alentada no solo por peronistas, sino también por un componente diverso que asqueado del olor a cheto encontró en el armado institucional del peronismo una capacidad de confrontación democrática y de insulto estético. En esa red estábamos nosotrxs.

Los límites de la creatividad política institucional no se corren desde el cálculo, sino que es la audacia política colectiva la que le habilita o le demanda otras opciones. Imposible pensar una cosa sin la otra: la conexión entre ambas hizo surgir el entusiasmo vital que nos llevó al triunfo. Entusiasmo que nos dio un necesario e intenso impulso, pero también desconcertó, instalando un primer umbral de desconfianza comenzando a romper la relación que se había establecido. El pasaje entre las PASO y el 27, en el que una prudencia mal llevada, dependiente de las encuestas, primó por sobre la creatividad propia de la situación, originó el achatamiento. Y lo más dinámico (lo dinámico en nosotrxs) retrocedió, en parte, ante ese saber que nos recomendaba prudencia, moviéndose como podía en el fino límite entre el cálculo rosquero y la cautela de los salvajes. En el medio, dejamos lugar a la ocupación de la calle por parte de los chetos y los carcamanes, y a la creación de una mística marketinera del entusiasmo, prefabricada pero efectiva frente a lo poco que propusimos. No lograron darlo vuelta en las urnas, pero nos dieron una vuelta a nosotros. Ni siquiera discutimos un resultado verdaderamente extraño comparando los números del 27 con los de las PASO. Nos costó festejar esa victoria con sabor a poco –tan contrastante con la fiesta de las PASO–, no por el número, que seis meses atrás hubiésemos firmado con los ojos cerrados, sino por lo que en ese período habíamos perdido una parte fundamental de la fiesta y la confianza, de la creatividad latente y la alegría de presente imaginando porvenir. Se había dañado un modo de relación y su desarrollo posible. Desde entonces y hasta ahora arrastramos lo que quedo de esta ruptura y lo que queda de deseo, confundiendo la necesidad de relación con un problema de legitimación o apoyo. Y por eso hay una línea de continuidad clara entre aquel achatamiento post PASO y el actual achatamiento que se pretende ya post pandémico, en tanto ambos tienen que ver con el empobrecimiento de la red que nos vuelve fuertes, tanto como con el crecimiento de las posibilidades de nuestros enemigos, que siguen ganando la calle aún bajo prohibición, transformándose incluso, en los que corren el límite.

Pero ese achatamiento no es ni puede ser nuestro. Tampoco se trata de movilizar para obtener “apoyo”, ¿quién buscaría ese apoyo y por parte de quién? De lo que se trata es de encontrar lo que vuelva confiable a ese nosotrxs que definíamos como la potencia creativa. Un empuje que no surge de la voluntad, sino de la danza. No se trata de corregir, de evitar errores no forzados como el derrape Vicentín, la foto empresarial del 9 de julio, las declaraciones cada vez menos justificables de Alberto Fernández vuelto panelista de cuanto programa lo solicite. Tampoco ayuda la conducta de la mayoría de los medios amigos, tan incapaces de la repregunta como de aventurarse a una visión crítica que complejice lo necesario para escenificar discusiones importantes. No son errores sino consecuencias de una lógica política, la misma que se expresa en la declaración menos afortunada del presidente: responder a la desaparición de Facundo Castro con la promesa del envío de una ley al congreso virtual para tipificar la violencia institucional, mientras se procede con todas las mañas policiales (es decir, el mismo Estado) a la manipulación del caso, el amedrentamiento del abogado y los familiares, con todos los chiches. El patrón se repite con silencio o declaración: en Chaco, en Tucumán, en Buenos Aires. No se pueden pedir silencio o modales para no hacerle juego a la derecha, porque en la lógica mediática imperante todo silencio se vuelve ruido y todo posicionamiento se vacía como defensa impotente de un bando. 

Volver a discriminar qué tipo de diferencia nos compone es fundamental para habitar el presente. En tanto libera posiciones y dinamiza desplazamientos, el gesto de discernimiento puede hacer resurgir el potencial de confianza. Reinvertir nuestra acción sin someternos al ruido, impulsarnos a volver a estar en red, confiar en la red, conocer e instituir los lazos de creatividad y solidaridad que le son propios. Lazos y formas intensas, capaces de generar vitalidades deseables que puedan confrontar con la versión marketinera de nuestros enemigos, un producto semiótico, un logo y una pileta pintada en el suelo. Versión pobre en potencias vitales, pero cuyo envase es más confiable y deseable que el que podemos ofrecer nosotros puestos a diseñar productos con la misma lógica. ¡Porque no es nuestra lógica!  Más bien se trata de una ofensiva inútil  en el terreno de una voluntad de dominio separada de los procesos de red, abrir la puerta al marketing político y al saber Ceo, es decir, pelear con las reglas de juego que nos imponen nuestros enemigos.  

Tal vez no haya un completo afuera de esas reglas porque ellas son la sustancia de estos tiempos, pero sí existe la posibilidad de habilitar otras versiones posibles. Los gobiernos llamados, según a quien le caiga, progresistas o pupulistas, que se construyeron de acuerdo a procesos diversos de participación multitudinaria, ocupación de las calles, con distintas formas de representatividad, fuerzas disidentes y destituyentes confluyendo y afectando a las modalidades institucionalizadas, no cayeron o perdieron elecciones en su momento más dinámico, es decir, no se terminaron como producto de una reacción organizada justo en el momento en que llevaban adelante una reforma agraria, nacionalizaciones de sectores clave o expropiaciones justas asociadas a la transformación del perfil productivo de sus economías. En realidad, fue en sus fases de menor intensidad, o en algunos casos de claudicación, cuando la derrota se consumó. Fue cuando respondieron al desgaste con desconfianza en las redes que habían creado su posibilidad, haciéndole ellos mismos “el juego a la derecha”. Es decir, no “ellos mismos” en tanto actores, sino en tanto reproductores de una lógica en al que creyeron encontrar refugio y terminó transformándose en un corral de engorde. Feedlot de la política, ocupación territorial, cálculo, rosca, emisión-recepción de mensajes e imágenes, identidad y clientela. Ahí donde se creyeron haber recuperado los resortes de lo que consideran una acumulación actualizada al mundo de hoy perdieron la novedad: el potencial de red.  Perdieron nosotrxs, y nosotros también perdimos. 

Los espacios tradicionales de la política partidaria, sindical y cultural se ensimismaron y vuelcan todas sus energías a la tarea de mantenerse en pie, apretándose unos contra otros en un lote alambrado cada vez más reducido. Como siguiendo un presagio ya escrito en los años cuarenta del siglo pasado, hoy se aceleran nuevamente las lógicas facciosas, ahí donde germina el mejor intencionado de los partidos, el sindicato más prometedor, la corriente artística más renovadora, el medio de comunicación de avanzada, aparece la cuestión identitaria como modo de supervivencia a base de engorde y achatamiento. En la medida en que el emergente inicial se rinde al principio de identidad y de autoridad, el bloqueo a cualquier forma de transversalidad está asegurado. ¿Es el “nosotros” cerrado al que oponemos un “nosotrxs” abierto? No, no tenemos nada que oponer, a quienes hacen en esas organizaciones sus tareas los consideramos compañeros y compañeras en la medida en que les dé y nos dé el cuero. Es el alcance de esos espacios y lógicas lo que se pone a prueba, no nuestra apuesta que, en realidad, los contempla e interpela desde una potencia de transversalidad de agendas, formas vinculares, lucha y fiesta. 

¿Qué podemos y qué nos toca a las fuerzas que mostramos capacidad destituyente ante el gobierno cheto-oligárquico, las fuerzas dinámicas no representables, las que pueden devenir instituyentes? ¿Cómo preservar nuestra presencia anímica y apostar, en medio del achatamiento, a la fiesta de la composición y del enfrentamiento? Es nuestro baile. Encontrar respuestas creativas y colectivas que nos afirmen en nuestro lugar y, a la vez, no nos expulsen de la escena. Tal vez, nuestra cuestión pase por pensar de qué manera nos mantenemos dentro de la escena, fundamentalmente porque el afuera es hoy un lugar previsible, donde se conjuran todas nuestras potencialidades. Pero mantenernos dentro de la escena supone la posibilidad de entrever nuestra participación ineludible en la misma, el modo en el que formamos parte de la situación presente. 

Así como a medida que se acercaba el 27 de octubre decíamos que ya éramos parte del triunfo por venir, hoy podemos decir que si ocurre la derrota también somos parte de ella. Se trata de discernir no lo dulce o amargo del resultado, sino la modalidad de participación en una situación y en otra. Tal vez el mantenernos dentro de la escena nos permita activar nuevas confluencias híbridas capaces de devenir instituyentes para activar una táctica tensa de ideas diversas o incluso contrapuestas, pero que nos permitan seguir funcionando. Por un lado, incidir dentro del juego institucional aportando nuestra capacidad de correr límites –y una amenaza latente de destitución– aportando a la red de un frente anti-macrista, anti- bolsonarista o cualquier versión nominal en la que puedan encarnar los autoritarismos de las políticas del espectáculo y la espectacularización de la política y la antipolítica. Por otro, agitar la apertura de posibles, imaginando y poniendo en práctica otras versiones del común. La figura: una red con impronta propia dentro de una red más difusa y en expansión, cuya habitabilidad no nos resultará necesariamente cómoda, pero cuya elasticidad forma parte necesaria, imprescindible, para la contención de nuestra intensidad y nuestra presencia. Desafío plural para la inteligencia de una apuesta sensible disidente, no menor en tanto gran parte de los nuestros, incluidas sus organizaciones más notables, derivan hacia una formulación reaccionaria, es decir, le hacen el juego a la derecha desconfiando de nuestras potencias y disminuyendo las suyas propias. 

No existe un modo voluntarista de recuperar la fiesta, la fiesta es lo que pone en juego cualquier voluntad e incluso la sostiene anímicamente en su precariedad. Es la instauración de la fiesta la que exige algo de nosotros y nos propone un giro anímico. Los habitantes de lo instituido están ahí porque quieren estar ahí, nosotrxs somos parte del impulso que los hizo llegar, pero no queremos estar en su lugar. Nosotrxs no somos su “apoyo”, sino el envión de un gran pogo que abraza y exige, que empuja y cuida, incluye y expulsa. Si mantenemos esa imagen, esa imagen sostendrá también nuestro estado de ánimo y nos dará la pista de un modo de habitar la circunstancia. De lo contrario, corremos el riesgo de agobiarnos en la vecindad de la victimización del fracaso y la profecía autocumplida de una nueva derrota. Hagamos bien nuestra tarea política, es la mejor forma de exigirle a los que no están bailando nuestro baile que hagan bien la suya.

Nos seguiremos preguntando desde dónde decimos, invitamos, compartimos. No lo hacemos desde los saberes adquiridos o desde las experiencias acumuladas, sino, en todo caso, desde el deseo que nos movió entonces y nos sigue moviendo. Un deseo que solo nombra de manera frágil y provisoria. Sabemos lo que no queremos y creemos haber logrado caracterizar nuestras enemistades. ¿Qué hacer? Sólo podemos ofrecer lo mejor que tenemos, desde la fragilidad que tanto la renuncia a la identidad como la generosidad política suponen, convocarnos a experimentar un nosotrxs que deseamos sin saber exactamente de qué se trata.  


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