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El regreso de los deudores vivos

FRAGMENTO Nº7

El endeudamiento es una forma de vida y una forma de sentir. Nos hace nacer endeudados. Nos autopercibimos como endeudades, digamos. Es como la culpa cristiana que, en su límite, nos hace culpables por el solo hecho de haber nacido. Deudores por siempre (“el cristianismo nos arruinó el infinito”, decía un filósofo). En particular, países como el nuestro alimentan una memoria que se parece más al síndrome de Estocolmo que a la punta de un iceberg para desanudar un drama central. Pasamos del lenguaje de los patrones a la lengua simplista y opaca a la vez de los acreedores… ¿Nuestro inconsciente está estructurado como un lenguaje obediente? En el país de los psicoanalistas no hay diván que alcance. La tarea es política: ¡inventarse otro inconsciente! Abandonar ese invento de la deuda y dejarnos inventar por lo que sabemos y habíamos olvidado, por lo que no sabemos y nos despierta curiosidad, por las hermanas y hermanos que no dejamos de encontrarnos, por las montañas y por el mar que, como nosotros, no le deben nada a nadie.

La moral de los amos tiene en nuestro país la forma de una frase patética: “¡Alguien tiene que pagar la fiesta!” No es así. Las fiestas verdaderas se pagan solas. Las metáforas que usan a través de sus consultores y economistas son humillantes y hasta morbosas: el padre borracho que endeuda a su familia, el morocho ignorante que se gasta todo lo que tiene sin pensar en el día siguiente, el chanta displicente que pretende vivir de lo demás, choriplaneros, choriendeudados. Mentes blancas, civilizadas y responsables que nos explican desde su racionalidad los vicios de la negrada incorregible… o mucho peor: ¡fiestera! Lo de siempre, el discurso del amo que reza más fuerte en sus siervos y lacera lento y silencioso la carne de los miedosos e indiferentes. Pero los representantes, los que quieren represetnarnos, no contestan la calumnia, se someten a su lógica. Nos excusan sin pedirnos permiso: “no somos fiesteros”, “solo queremos que nos dejen trabajar”. Elaboran fraces célebres: “los muertos no pagan”. Bajo la sintaxis de una toma de posicion “firme” se desliza la transformacion del torturador en perdona vidas. Se lee la súplica subyacente: déjennos seguir viviendo para seguir pagando. Y mientras seguimos pagando devenimos muertos en vida; hordas que van de casa al teletrabajo y viceversa.

Lo que nos mata no es la muerte como acontecimiento indispensable del ciclo vital, sino el punto de vista del amo, del patrón, del acreedor –o, como los llama nuestra Nora Cortiñas, “usureros”. La cuestión que planteamos es vieja, pero permite tensar la historia reciente. El menemismo no impugnó la fiesta, pero fue su privatizador, manipuló el componente festivo que, sin pertenecerle, se aloja en el peronismo. Esta manipulación rosquera de la fiesta tuvo su opuesto moralista en las alianzas del ‘99 y de 2015. Es ilustrador recordar como la reacción progresista encolumnada detrás de De la Rúa y la reaccion conservadora que impulsó a Macri hicieron de la condena a la fiesta una política. La condenaron, ajustaron, reprimieron y mataron. El progresismo respetuoso de hoy parece decidido a instalar una especie de síntesis pacifista: el festejo sin fiesta. Forma comunicacional que tramita la felicitación moderada, y duplicando la lógica que transforma a la política en juego de instituciones, vuelve a un drama nacional un cóctel de élites y representantes. Del mismo modo que se gobierna con los gobernadores e intendentes, se alcanza el acuerdo con los administradores de fondo. El festejo sin fiesta necesita también de una negociación sin multitudes, sin protagonismos deseantes, casi sin cuerpos. Nuestros enemigos están conformes. Nuestra pobreza, nuestras fisuras, nuestra pandemia no los afectan. Algunos de los nuestros intentan renovar las formas de la servidumbre voluntaria, racionalizan la derrota, otra vez palmadas en una espalda que ya no sabemos si tenemos. El acuerdo parece ser el final feliz de una negociacion extraordinaria. Pero, en realidad, nunca hubo negociación porque no se puso sobre la mesa nuestro punto de vista. Nosotros no es un grupo ni una identidad, es un deseo colectivo de hacer lugar a lo que nos sobra, porque no nacimos endeudados sino excedentarios. Nosotros es una disponibilidad: rechazo del mecanismo de la deuda en nuestros cuerpos y, con todo el pragmatismo y realismo necesario rechazarlo también como país (y como región). Condicion germinal que siempre está en curso, punto de vista inacabado, pero real y con historia: suspensión de pagos, auditoría, investigación, impugnación.

El acuerdo no se alcanzó de espaldas al pueblo, sino de espaldas a la fiesta. ¿Este acuerdo es todo lo que se podía en estas circunstancias? ¿Es el mal menor dentro del mal necesario? Suspender pagos, investigar, auditar, también se puede y se necesita, y la política no es solo administración de las circunstancias, sino reinvención y búsqueda de posibles. Y estamos disponibles. Nosotros es una invitación, una autoconvocatoria, un deseo de emancipación y fiesta, que, como ya sostuvimos, fue un componente fundamental del triunfo electoral contra los chetos, porque en ese triunfo también chocaban dos modos de vitalidad, la de ellos y la nuestra. Cuerpos derrochones que buscan su propia medida, no desde el principio de escasez, sino desde el derroche mismo como punto de vista. Es solo de ese modo que la austeridad y el desprendimiento, incluso el desapego, adquieren valor ético y filosófico. Pero cuando se nos vuelve deudores por el mero hecho de existir no logramos experimentar la propia medida, sino que nos sometemos al exceso castigador, a un punto de vista que se arroga la potestad de juzgarnos y entramparnos en su moralina: “honrar las deudas”. Ya no se trata solo de una deuda cuantitativa que tiende al infinito por la imposibilidad numérica de pagarla o por las características del mecanismo, sino de una deuda que pretenden cualitativa: con la sociedad, el Estado o la honorabilidad misma. Una deuda infinita, de un infinito emperrado. La única deuda que reconocemos es con nosotros, y la forma de honrarla empieza con el rechazo de una deuda que se nos impone opaca, impeditiva y eterna.

Es notable hasta qué punto en este momento están anudadas las cuestiones filosoficas de fondo con la coyuntura política. ¿Nacemos endeudados? Cuando el régimen del endeudamiento permanente adquiere su propia fuerza y capacidad de simbolización nos exponemos al más alto grado de sujeción. Porque lo que someten es lo que todo poder teme: lo que cualquiera de nosotros, puede hacer, eso que les “cualquiera” podemos. La deuda domina la potencialidad, las capacidades en tanto conocidas y en tanto aún desconocidos sus efectos. Lo que pretenden las formas de gobierno financieras, estatales y capilares a través de la deuda es prever, neutralizar, embarrar el terreno siempre excedentario, y a veces liberador, de los efectos. En ese sentido hay una relación entre potencia del derroche y puro efecto que representa un alto riesgo para los esquemas de dominación contemporáneos. 

La deuda no es una cuestión estrictamente económica, pero afecta nuestra economía deseante, libidinal, la posibilidad anímica y material de la fiesta; porque nos deja solo una fiesta que solo es posible ‘si tenés guita para la entrada’. ¿Cómo se relaciona el endeudamiento con la moneda? La moneda expresa las asimetrías que no solo reafirman nuestra posición de “gobernados”, sino que nos fragmenta y somete individualmente. Pero la moneda como forma de comando encuentra resistencia en prácticas dispersas de todo tipo, y, fundamentalmente, encuentra un límite físico y conceptual en la lógica del don y la gratuidad, así como en formas de relación que redimensionan el intercambio por fuera de la lógica de la deuda. La política, antes que un medio para transformar ninguna realidad, es decir, antes que racionalidad realista de medios y fines, es la experiencia conflictiva del hacer en común con la gratuidad. Por eso la salida política no es técnica económicamente hablando, sino que la salida económica es política inventando las propias técnicas.

Sin embargo, no alcanza con imaginar la gratuidad inscripta en un marco de contrapoder. Es necesario rechazar el endeudamiento como forma de subjetivación. El poder del capital sobre la potencialidad, el futuro y el reparto de lo social. Ni ciudadanos ni consumidores. Ni espíritu emprendedor ni cultura del trabajo. ¿Seguiremos siendo ese bicho que promete pagar, previsible como lo quieren “los mercados” y trabajador como insiste una cultura estatal y religiosa decadente? ¿Cuáles son nuestros márgenes de movimiento? Pero, sobre todo, ¿cuál es nuestro dinamismo, de dónde obtenemos nuestras fuerzas? Por ejemplo, la potencia de decir no al endeudamiento y la aún más subversiva apuesta a no pagar nos podrían orientar en términos de una gran huelga de los endeudados. Como inquilinos que se dan cuenta un buen día de que, en realidad, son ellos los alquilados. No queremos alquilar ni queremos que nos tengan alquilados. Tampoco queremos volvernos propietarios. Queremos que nuestro lugar sea nuestro sin ser dueños. Este tipo de desplazamiento por afuera del esquema binario poder / anti-poder, oficialismo / oposición, demanda, a la vez, una alegría liberadora y una capacidad de invención organizativa. Una política inventiva de los modos de estar del común. Un agite singular que solo puede surgir de una experiencia colectiva.

La capacidad material de no deberle nada a nadie se contrapone a la capacidad de abstracción (bien concreta) del capital financiero. Su posición fuera de los avatares de todo anclaje, el hecho de ser en sí mismo desterritorializado, le da un poder de evaluar al resto de los flujos, entre los que se cuentan salarios, condiciones jurídicas, política pública monetaria y, claro, nivel de endeudamiento y capacidad de pago. Quién juzga a quién, quién evalúa qué, se vuelven terrenos de disputa. La cantinela es siempre la misma: ser confiables para el mundo. ¿De qué mundo hablan? Un mundo que no podemos usar, donde no podemos crear y recrear condiciones de vida deseables –no necesariamente para acertar, ya que no tenemos la posta–, un mundo en que no podemos hacer la fiesta y darrapar, para levantarnos y volver a probar, no es un mundo. No se trata, entonces, de ser confiables para “el mundo”, sino de inventarnos un mundo confiable para nosotros.

La pedagogía de consultor televisivo abusa de la analogía equiparando el endeudamiento público y externo a la deuda doméstica. No solo trabaja para los acreedores y los dueños de grandes capitales, sino que trabaja el pacto de autoafirmacion narcisista que construye las subjetividades del amo y del esclavo, exacerva la verticalidad, complace opiniones simples y rudimentarias. Su discurso, como el de los periodistas cómplices, omite un hecho que rompe el sustento simplista de la analogía. El endeudamiento de cercanía –aquel en que la confianza e incluso el parentesco con el regalo dejan su marca–, el endeudamiento entre conocidos, nada tiene que ver con los mecanismos de la deuda externa, porque forma parte del intercambio de las sensibilidades y los cuerpos, encuentra otro tipo de justicia y otro tipo de acuerdos compensatorios sobre los cuales la lógica mercantil difícilmente se imponga. La posibilidad de compra y recompra de bonos de deuda de manera desregulada es, en cambio, una condición incorpórea, una suerte de pre-legalidad implícita en la velocidad del capital financiero legalizado ad hoc. Por definición, al deudor se le aplican “estatutos” y normativas que éste resulta incapaz de aplicar como contrapartida a los acreedores. Otrora le llamaban usura, hoy hablamos de estafa –y cuando decimos “las deudas se pagan, las estafas nos”, concedemos, somos pragmáticos. La deuda externa configura un esquema de dominación complejo y perverso que ubica en un mismo conglomerado de acreedores legales a criminales económicos, fauna de guaridas fiscales y ludópatas financieros, junto a simples jubilados desesperados por preservar lo poco que tienen. Todos igualados en la categoría de actores, se vuelven indiferenciados al momento de manipular o someterse a valores abstractos: deuda, pago, responsabilidad, honor, como condiciones conceptuales del acuerdo y del festejo sin fiesta.

Si en la lógica del capital financiero la misma suma sirve muchas veces, se desdobla en “derivados” y productos bien dudosos; los cuerpos, en cambio, pueden lo que pueden las veces que pueden. No les falta, en principio, nada. Ni tampoco lo pueden todo. La plasticidad del capital financiero coincide con la capacidad del régimen de endeudamiento de inventarnos una falta infinita y un reparto jerarquizado de responsabilidades. El capital financiero rompe toda temporalidad, condiciona el presente tomando el futuro; y el endeudamiento nos inventa un pasado en el que estamos en falta, recurriendo, si lo necesitan, a explicarnos que estamos en falta respecto de alguien, ante una autoridad o un “organismo”. En última instancia, somos endeudados en sí. Bien, proponemos rechazar esa autoridad y tomarnos el tiempo necesario para intentar comprender los mecanismos financieros y sus efectos nada abstractos sobre las formas de intercambio, las condiciones materiales de vida, las posibilidades de componer modos de relación, saberes y expectaciones distintas.    

A nivel gubernamental, el accionar del gobierno de Cambiemos puso las cuentas estatales a merced de los acreedores (principalmente, bancos, fondos especulativos de inversión y FMI). A espaldas de los intereses comunes, pero en la cara de todos nosotros, el gobierno de los chetos ubicó al país en condiciones de ser extorsionado por representantes de dueños de bonos, reservándole el secreto a los verdaderos dueños del negocio. Black Rock y las demás piedras negras arman junto al gobierno un rompecabezas de representantes. Algo en ese juego de representaciones despierta la sospecha de unos y alimenta la indiferencia de otros. Los “representantes” le han puesto rostro actoral a un acuerdo que vuelve a beneficiar a esos sin rostro entre los cuales seguramente se encuentran nombres de ricos Forbes, funcionarios, amigos y testaferros. Hace falta conocer cómo está compuesto ese colectivo que llamamos “acreedores” para entender mejor de qué está hecha la deuda pública y la externa, asociada, o bien a la timba financiera, o bien a la remisión de ganancias extraordinarias al exterior, en cualquier caso, contra las condiciones materiales de otros modos de existencia posibles que no sean la vida del zombie deudor.

No es el camino que tomó el gobierno del Frente de Todos del que, a nuestro modo formamos parte. No es el único camino del que disponía, ni el único camino posible. Necesitamos hacer común la discusión sobre la deuda. Pero, sobre todo, necesitamos organizarnos en torno a una subjetivación capaz de no reconocerse como endeudada. Previo a plantearse el pago o no pago de la deuda, o incluso a la necesaria consideración sobre la ilegitimidad, es necesario desobedecerla.


MANIFIESTO ABIERTO ES UNA INICIATIVA COLECTIVA Y ANONIMA DE INTERVENCIÓN EN LA ACTUALIDAD POLÍTICA. SU OBJETIVO DE PENSAR LA POLITICIDAD DE LO QUE OCURRE PARA DINAMIZAR LA POTENCIA DE LO COMUN. SU METODO ES INDAGAR EL ESPACIO POETICO QUE SE ABRE ENTRE LA URGENCIA Y EL PRESENTE ETERNO PARA CONSPIRAR Y FABULAR POSIBLES. ENCONTRÁ TODOS LOS BANDOS DE MANIFIESTO ABIERTO EN REDEDITORIAL.COM.AR

 
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¡A BAILAR! La encrucijada política antes y después de la pandemia

FRAGMENTO Nº6

No se trata de una suma de decisiones políticas mal tomadas, sino de una sola lógica política que provoca una serie de malas decisiones. Una lógica que no es imprevista porque estaba dentro de las posibilidades, una lógica que no nos sorprende y que, por eso, genera una vez más esa sensación de fracaso repetido. El riesgo anímico se expande en varias direcciones, y el riesgo principal nos afecta. La repetición, intentar zafar del mal de maneras conocidas: falta, insuficiencia, auto victimización, refugios privados individuales o colectivizados, comunidades virtuales, memes. Escapes hacia la ‘pureza’ alternativa y otras tantas formas en las que el fracaso se confirma como derrota anímica y libidinal de un nosotrxs forjado como multiplicidad de vínculos que hacen red y abierto como apuesta. Porque las identidades preestablecidas no fracasan, se vacían más, pero sobreviven y a veces hasta transan con lo peor para sostenerse o salvarse. Ellas están con y en la lógica política que precipita la seguidilla de “errores” y que parece ser siempre la misma. Desconfianza en la red inventiva de fuerzas irrepresentables, sectores no representados y la representatividad instituida (incluido el gobierno, ya difícilmente separable del Estado). Sustitución de los vínculos de esa red profusa por una lógica que concibe la acción política como un vínculo de satisfacción, un vector direccionado entre identidad corporativa y clientela, entre medios y audiencia.

Nuestra acción no puede ser pensada desde el alternativismo, sino desde las formas híbridas que se construyen atendiendo a los entramados más que a las identidades. Cuando nos vemos obligados a reponer ciertos principios identitarios es porque puede resultar operativo para la descripción táctica y el conocimiento de aquello que nos acerca a lo que aún no podemos saber de nosotros mismos como potencia política, que empezamos a saber cuándo ejercimos esa potencia. En los últimos veinte años el conjunto de fuerzas impredecibles, a veces ingobernables, agentes que no aspiramos a la representación, movimientos aglutinantes con potencial instituyente, hemos hecho más o menos bien nuestro trabajo. Revuelta del 2001, levantamiento de los feminismos, movimientos campesinos, luchas por el medio ambiente, espacios de las economías populares, entre otros,  dan cuenta de una dinámica intensa y rica como constante insurreccional e inventiva, rica en agrupaciones multiformes, creadoras de nuevos modos organizar el estar juntos. Esa fuerza se expresó también con un poder propio en el triunfo del 27 de octubre. En ese sentido afirmábamos por entonces que debíamos festejar, porque ese triunfo era, también, nuestro. Y porque necesitábamos adueñarnos de nuestro festejo para seguir haciendo nuestra tarea festiva.

La posterior exaltación de la unidad del peronismo como factor preponderante del triunfo, y de la capacidad de Cristina como estratega política, jerarquizó el regreso de la vieja ideología regañando a la prepotencia del presente. Circularon versiones más o menos actualizadas de una imagen de la política como verticalidad intelectual, del liderazgo como capacidad de maniobra o picardía, de la representatividad como rosca, de la efectividad como rating mediático, mezcladas con el regreso de todo tipo de fantasías animadas, patria, estado, pueblo y Argentina. Con ellos se alimentó una versión sincrética y espectacular del triunfo que funcionó sustituyendo una lógica de protagonismo por otra. Por eso es imprescindible desmontar esta versión, en tanto nos aleja de las potencias necesarias para asumir anímicamente el presente en un sentido amplio y la coyuntura, en particular. Fue la confluencia de las fuerzas dinámicas no representables y otros sectores no representados con el peronismo lo que determinó la victoria electoral. Fue el potencial disponible de esa dinámica creativa el que impulsó lo que fue, tal vez, el único gesto creativo de la política institucional de los sectores populares durante el gobierno de los chetos: la creación del Frente de Todos detrás de la candidatura de Alberto Fernández. Victoria acuciante, alentada no solo por peronistas, sino también por un componente diverso que asqueado del olor a cheto encontró en el armado institucional del peronismo una capacidad de confrontación democrática y de insulto estético. En esa red estábamos nosotrxs.

Los límites de la creatividad política institucional no se corren desde el cálculo, sino que es la audacia política colectiva la que le habilita o le demanda otras opciones. Imposible pensar una cosa sin la otra: la conexión entre ambas hizo surgir el entusiasmo vital que nos llevó al triunfo. Entusiasmo que nos dio un necesario e intenso impulso, pero también desconcertó, instalando un primer umbral de desconfianza comenzando a romper la relación que se había establecido. El pasaje entre las PASO y el 27, en el que una prudencia mal llevada, dependiente de las encuestas, primó por sobre la creatividad propia de la situación, originó el achatamiento. Y lo más dinámico (lo dinámico en nosotrxs) retrocedió, en parte, ante ese saber que nos recomendaba prudencia, moviéndose como podía en el fino límite entre el cálculo rosquero y la cautela de los salvajes. En el medio, dejamos lugar a la ocupación de la calle por parte de los chetos y los carcamanes, y a la creación de una mística marketinera del entusiasmo, prefabricada pero efectiva frente a lo poco que propusimos. No lograron darlo vuelta en las urnas, pero nos dieron una vuelta a nosotros. Ni siquiera discutimos un resultado verdaderamente extraño comparando los números del 27 con los de las PASO. Nos costó festejar esa victoria con sabor a poco –tan contrastante con la fiesta de las PASO–, no por el número, que seis meses atrás hubiésemos firmado con los ojos cerrados, sino por lo que en ese período habíamos perdido una parte fundamental de la fiesta y la confianza, de la creatividad latente y la alegría de presente imaginando porvenir. Se había dañado un modo de relación y su desarrollo posible. Desde entonces y hasta ahora arrastramos lo que quedo de esta ruptura y lo que queda de deseo, confundiendo la necesidad de relación con un problema de legitimación o apoyo. Y por eso hay una línea de continuidad clara entre aquel achatamiento post PASO y el actual achatamiento que se pretende ya post pandémico, en tanto ambos tienen que ver con el empobrecimiento de la red que nos vuelve fuertes, tanto como con el crecimiento de las posibilidades de nuestros enemigos, que siguen ganando la calle aún bajo prohibición, transformándose incluso, en los que corren el límite.

Pero ese achatamiento no es ni puede ser nuestro. Tampoco se trata de movilizar para obtener “apoyo”, ¿quién buscaría ese apoyo y por parte de quién? De lo que se trata es de encontrar lo que vuelva confiable a ese nosotrxs que definíamos como la potencia creativa. Un empuje que no surge de la voluntad, sino de la danza. No se trata de corregir, de evitar errores no forzados como el derrape Vicentín, la foto empresarial del 9 de julio, las declaraciones cada vez menos justificables de Alberto Fernández vuelto panelista de cuanto programa lo solicite. Tampoco ayuda la conducta de la mayoría de los medios amigos, tan incapaces de la repregunta como de aventurarse a una visión crítica que complejice lo necesario para escenificar discusiones importantes. No son errores sino consecuencias de una lógica política, la misma que se expresa en la declaración menos afortunada del presidente: responder a la desaparición de Facundo Castro con la promesa del envío de una ley al congreso virtual para tipificar la violencia institucional, mientras se procede con todas las mañas policiales (es decir, el mismo Estado) a la manipulación del caso, el amedrentamiento del abogado y los familiares, con todos los chiches. El patrón se repite con silencio o declaración: en Chaco, en Tucumán, en Buenos Aires. No se pueden pedir silencio o modales para no hacerle juego a la derecha, porque en la lógica mediática imperante todo silencio se vuelve ruido y todo posicionamiento se vacía como defensa impotente de un bando. 

Volver a discriminar qué tipo de diferencia nos compone es fundamental para habitar el presente. En tanto libera posiciones y dinamiza desplazamientos, el gesto de discernimiento puede hacer resurgir el potencial de confianza. Reinvertir nuestra acción sin someternos al ruido, impulsarnos a volver a estar en red, confiar en la red, conocer e instituir los lazos de creatividad y solidaridad que le son propios. Lazos y formas intensas, capaces de generar vitalidades deseables que puedan confrontar con la versión marketinera de nuestros enemigos, un producto semiótico, un logo y una pileta pintada en el suelo. Versión pobre en potencias vitales, pero cuyo envase es más confiable y deseable que el que podemos ofrecer nosotros puestos a diseñar productos con la misma lógica. ¡Porque no es nuestra lógica!  Más bien se trata de una ofensiva inútil  en el terreno de una voluntad de dominio separada de los procesos de red, abrir la puerta al marketing político y al saber Ceo, es decir, pelear con las reglas de juego que nos imponen nuestros enemigos.  

Tal vez no haya un completo afuera de esas reglas porque ellas son la sustancia de estos tiempos, pero sí existe la posibilidad de habilitar otras versiones posibles. Los gobiernos llamados, según a quien le caiga, progresistas o pupulistas, que se construyeron de acuerdo a procesos diversos de participación multitudinaria, ocupación de las calles, con distintas formas de representatividad, fuerzas disidentes y destituyentes confluyendo y afectando a las modalidades institucionalizadas, no cayeron o perdieron elecciones en su momento más dinámico, es decir, no se terminaron como producto de una reacción organizada justo en el momento en que llevaban adelante una reforma agraria, nacionalizaciones de sectores clave o expropiaciones justas asociadas a la transformación del perfil productivo de sus economías. En realidad, fue en sus fases de menor intensidad, o en algunos casos de claudicación, cuando la derrota se consumó. Fue cuando respondieron al desgaste con desconfianza en las redes que habían creado su posibilidad, haciéndole ellos mismos “el juego a la derecha”. Es decir, no “ellos mismos” en tanto actores, sino en tanto reproductores de una lógica en al que creyeron encontrar refugio y terminó transformándose en un corral de engorde. Feedlot de la política, ocupación territorial, cálculo, rosca, emisión-recepción de mensajes e imágenes, identidad y clientela. Ahí donde se creyeron haber recuperado los resortes de lo que consideran una acumulación actualizada al mundo de hoy perdieron la novedad: el potencial de red.  Perdieron nosotrxs, y nosotros también perdimos. 

Los espacios tradicionales de la política partidaria, sindical y cultural se ensimismaron y vuelcan todas sus energías a la tarea de mantenerse en pie, apretándose unos contra otros en un lote alambrado cada vez más reducido. Como siguiendo un presagio ya escrito en los años cuarenta del siglo pasado, hoy se aceleran nuevamente las lógicas facciosas, ahí donde germina el mejor intencionado de los partidos, el sindicato más prometedor, la corriente artística más renovadora, el medio de comunicación de avanzada, aparece la cuestión identitaria como modo de supervivencia a base de engorde y achatamiento. En la medida en que el emergente inicial se rinde al principio de identidad y de autoridad, el bloqueo a cualquier forma de transversalidad está asegurado. ¿Es el “nosotros” cerrado al que oponemos un “nosotrxs” abierto? No, no tenemos nada que oponer, a quienes hacen en esas organizaciones sus tareas los consideramos compañeros y compañeras en la medida en que les dé y nos dé el cuero. Es el alcance de esos espacios y lógicas lo que se pone a prueba, no nuestra apuesta que, en realidad, los contempla e interpela desde una potencia de transversalidad de agendas, formas vinculares, lucha y fiesta. 

¿Qué podemos y qué nos toca a las fuerzas que mostramos capacidad destituyente ante el gobierno cheto-oligárquico, las fuerzas dinámicas no representables, las que pueden devenir instituyentes? ¿Cómo preservar nuestra presencia anímica y apostar, en medio del achatamiento, a la fiesta de la composición y del enfrentamiento? Es nuestro baile. Encontrar respuestas creativas y colectivas que nos afirmen en nuestro lugar y, a la vez, no nos expulsen de la escena. Tal vez, nuestra cuestión pase por pensar de qué manera nos mantenemos dentro de la escena, fundamentalmente porque el afuera es hoy un lugar previsible, donde se conjuran todas nuestras potencialidades. Pero mantenernos dentro de la escena supone la posibilidad de entrever nuestra participación ineludible en la misma, el modo en el que formamos parte de la situación presente. 

Así como a medida que se acercaba el 27 de octubre decíamos que ya éramos parte del triunfo por venir, hoy podemos decir que si ocurre la derrota también somos parte de ella. Se trata de discernir no lo dulce o amargo del resultado, sino la modalidad de participación en una situación y en otra. Tal vez el mantenernos dentro de la escena nos permita activar nuevas confluencias híbridas capaces de devenir instituyentes para activar una táctica tensa de ideas diversas o incluso contrapuestas, pero que nos permitan seguir funcionando. Por un lado, incidir dentro del juego institucional aportando nuestra capacidad de correr límites –y una amenaza latente de destitución– aportando a la red de un frente anti-macrista, anti- bolsonarista o cualquier versión nominal en la que puedan encarnar los autoritarismos de las políticas del espectáculo y la espectacularización de la política y la antipolítica. Por otro, agitar la apertura de posibles, imaginando y poniendo en práctica otras versiones del común. La figura: una red con impronta propia dentro de una red más difusa y en expansión, cuya habitabilidad no nos resultará necesariamente cómoda, pero cuya elasticidad forma parte necesaria, imprescindible, para la contención de nuestra intensidad y nuestra presencia. Desafío plural para la inteligencia de una apuesta sensible disidente, no menor en tanto gran parte de los nuestros, incluidas sus organizaciones más notables, derivan hacia una formulación reaccionaria, es decir, le hacen el juego a la derecha desconfiando de nuestras potencias y disminuyendo las suyas propias. 

No existe un modo voluntarista de recuperar la fiesta, la fiesta es lo que pone en juego cualquier voluntad e incluso la sostiene anímicamente en su precariedad. Es la instauración de la fiesta la que exige algo de nosotros y nos propone un giro anímico. Los habitantes de lo instituido están ahí porque quieren estar ahí, nosotrxs somos parte del impulso que los hizo llegar, pero no queremos estar en su lugar. Nosotrxs no somos su “apoyo”, sino el envión de un gran pogo que abraza y exige, que empuja y cuida, incluye y expulsa. Si mantenemos esa imagen, esa imagen sostendrá también nuestro estado de ánimo y nos dará la pista de un modo de habitar la circunstancia. De lo contrario, corremos el riesgo de agobiarnos en la vecindad de la victimización del fracaso y la profecía autocumplida de una nueva derrota. Hagamos bien nuestra tarea política, es la mejor forma de exigirle a los que no están bailando nuestro baile que hagan bien la suya.

Nos seguiremos preguntando desde dónde decimos, invitamos, compartimos. No lo hacemos desde los saberes adquiridos o desde las experiencias acumuladas, sino, en todo caso, desde el deseo que nos movió entonces y nos sigue moviendo. Un deseo que solo nombra de manera frágil y provisoria. Sabemos lo que no queremos y creemos haber logrado caracterizar nuestras enemistades. ¿Qué hacer? Sólo podemos ofrecer lo mejor que tenemos, desde la fragilidad que tanto la renuncia a la identidad como la generosidad política suponen, convocarnos a experimentar un nosotrxs que deseamos sin saber exactamente de qué se trata.  


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POR UN PAÍS SIN EJÉRCITO

FRAGMENTO Nº5

Quizás llegó el momento en el que la memoria deje de estar anclada en el pasado para abrirse paso –con un pasado desanclado– hacia el porvenir. Tal vez de esa manera la memoria devendría en justicia. Y la justicia alcanzaría una verdad posible. El problema pasa por poner sobre la mesa de disección que tipo de memoria, que tipo de justicia y que tipo de verdad reclaman a futuro ese dolor común que persiste en el presente. Lo que queremos afirmar, sin mayores preámbulos, es que no queremos ni necesitamos un ejército “bueno”, lo que queremos y lo que necesitamos es un país sin fuerzas armadas.

Asistimos en estos días singulares a impúdicos pedidos de sacar al ejército a la calle para controlar y hacer cumplir la cuarentena amparados por la declaración del estado de sitio. Esta histeria autoritaria es la mueca fatal y grosera de una visión positiva del ejército, aparentemente opuesta al griterío autoritario. Habría, entonces, una forma “buena” de utilizar a la institución militar en la urgencia, es decir de sacar a las fuerzas armadas a la calle de una manera amigable. Se las mostró primero fabricando barbijos, después distribuyendo comida, luego preparando un hospital de campaña itinerante y, al parecer, se planea utilizar la capacidad logística para distribuir alimentos masivamente si la situación se complicara. ¿Se trata de un sutil aprovechamiento de la situación para trasladar parte de la política de asistencia desplegada por el renovado consenso progresista a la institución militar, legitimada nada menos que pos la pandemia misma? Este consenso de apariencia ocasional se basa en la imposición de una moral según la cual lo que se está haciendo es lo correcto porque es todo lo posible, como si el gobierno no solo fuese dueño de la decisión sobre lo posible, sino también como si lo posible fuese sinónimo de lo previsible y lo ya trazado.

Pero las huellas del daño urticante producido durante más de 150 años de enfrentamiento con cualquier forma de rebelión por parte de los asesinos profesionales agrupados bajo el nombre de “Fuerzas Armadas” o “Ejército argentino”, en la memoria genética de nuestro pueblo es tan epidérmico que para introducir la idea de un ejército “bueno” hace falta no solo la caricia sutil del guante militar, sino una suerte de portal mágico. Portal que el progresismo viene buscando desde hace casi cuarenta años sin éxito y que ahora parece haberse abierto en base a dos acertijos sensibles generados por la justificada sensación de desprotección ante los efectos de la expansión viral en los sectores populares y más desfavorecidos: el portal entre deseo y necesidad. “Queremos estar protegidos y por eso necesitamos seguridad”. Así el Estado presente se restaura a nivel social en su modelo más conservador y patriarcal, y tiene la oportunidad histórica de que los milicos atraviesen el umbral de los cuarteles para cumplir por primera vez con la función que el pacto democrático les encomienda, cuidar a los ciudadanos de una amenaza exterior.

Curiosa manera en la que la urgencia viral coincide con la idea progresista de unión nacional, pacificación –con la institución eclesiástica y la militar a cargo de una nueva gestualidad benévola– y borrón y cuenta nueva. Está claro que las noticias anunciadoras de la unidad de los argentinos conectan con un portal sensible por el cual el ejército y las fuerzas armadas dejarían de ser lo que son, una institucionalidad asesina, lacaya y obediente enfrentada históricamente a las luchas populares, para formar parte del nuevo “todos”, ya no el electoral Frente de Todos, sino una totalidad  que busca introducir su vacuna ante otro virus que podría estar incubándose entre nosotres si imagináramos nuevas formas de instituir prácticas del común.

El blanco de la maniobra no pasa tanto por imponer la buena nueva militar en los sectores populares, quienes por suerte están más entrenados en el pillaje y sabrán recibir la ayuda del ejercito sin por eso aceptar las prerrogativas morales y subjetivas del caso; sino por su ascendente en amplios sectores de la clase media, sustento y fundamento de una acción de este tipo, que se propaga junto a la enfermedad. Ellos son los que quieren y necesitan también volverse “buenos” también a través de sus instituciones, militares o eclesiásticas, en el marco una pandemia de la beneficencia presentada y representada como único recurso y significado de lo posible.

En otras circunstancias no hubiéramos aceptado a los militares en la calle. ¿Por qué abrirles la puerta ahora? ¡No los queremos y no los necesitamos! Desde nuestro punto de vista (un nosotros y un punto de vista que son historia e invitación) es necesario trabajar para cerrar ese portal y avanzar sobre otros posibles. Operación desordenada y caótica, que puede desatarse de manera aluvional, siguiendo la lógica de una tormenta de ideas. En cuanto a las cuestiones prácticas inmediatas: ¿Fatlan barbijos?, ¿Cuantos millones podrían producir las cadenas de talleres y de costuras y costureros disponibles en sus casas organizadas en una red de solidaridad y provistas de materiales mediante las organizaciones sociales, los clubes de barrio, los centros de jubilados, siguiendo simplemente un tutorial virtual de confección y control de calidad? ¿Hay que repartir comida?, pues bien, ¿quién mejor que los organizadores, durante todos estos años, de merenderos, ollas populares, modos de solidaridad y organización de redes y micro-redes de distribución, cercanas a los habitantes y a sus necesidades, para pensar cuál es el modo más justo y apropiado de hacerlo? ¿Hay que ampliar la capacidad de camas?, manos a la obra: ¿por qué no poner en movimiento un gran censo de casas y edificios deshabitados disponibles para evitar el acinamiento y garantizar mejores condiciones de vivienda frente a la pandemia mientras se avanza en una política para resolver la crisis habitacional? En fin, ¿por qué no licenciar masivamente a los militares, reorientar su lugar en la sociedad ya no como militares, sino como civiles, y dar lugar a las organizaciones sociales y de vecinos existentes para administrar junto al Estado la situación. Y, entre otras cosas, pensar mejores funciones para esos grandes espacios que brindan los cuarteles, con sus jardines, sus cocinas y sus lugares de esparcimiento. Solo se trata de dejar atrás la homologación entre desposeído e invalido y de transformar la verticalidad del poder en liberación de las potencias. En dejar de pensar que lo único posible es lo supuestamente previsible.

Un país sin ejercito puede no resultar previsible a la sensibilidad media, pero es posible. ¿Por qué no pensarlo colectivamente? Argentina no tiene hipótesis de conflictos con sus países vecinos, tampoco forma parte de manera directa o indirecta de ninguna de las conflictividades que se desarrollan actualmente en el mundo. Además, está claro que las fuerzas militares de los países emergentes no solo son insuficientes sino inoperantes para proteger su soberanía y sus recursos. Los países que enfrentaron o enfrentan conflictos contra las grandes potencias mantienen su soberanía en base al potencial de resistencia de su sociedad civil, organizada o tácitamente amenazante, dispuesta a luchar en las calles y, si es necesario, a constituir grupos de combate o guerrillas. Además, el desmantelamiento de las fuerzas militares generaría no solo un importante recurso presupuestario disponible (lo presupuestado para defensa y seguridad en 2019 era de $75.000 millones, cuando lo devengado fue $19.000 millones) para inversión en otras áreas, sino también una gran disponibilidad de recursos humanos y técnicos, que podrían orientarse a una elaboración creativa de una política de cuidado y seguridad ciudadana a partir de la hibridación de recursos: redes eficientes de comunicación no convencionales, poder de intervención sobre la economía, capacidad de sabotaje a bancos, redes virtuales y todo tipo de sistemas de seguridad mundial, relacionamiento colaborativo de millones de ciudadanos en estrategias de acción común en tanto trabajadores, creatividad y propaganda a escala planetaria frente a distintos escenarios de conflicto. En lugar de armamento perimido y deficiente para guerras convencionales, nuevas herramientas para combatir en los escenarios más sensibles. En lugar de subjetivación vertical y obediente e institucionalidad paternalista, protagonismo social y singular, y propuestas colectivas a la altura.

Es un llamado a abandonar la idea de institución como resguardo de una misión constante más allá de los avatares individuales y singulares. Es cierto que una crítica a las instituciones que pretenda reemplazarlas por la suma de las voluntades individuales, por la tendencia natural a la colaboración o por una idea de libertad deshistorizada, lejos de asumir la problematicidad de las paradojas del animal humano permanecería en un callejón sin salida. Pero también es cierto que la respuesta institucionalista (siempre de porte hobbesiano) a la crítica parte de un error significativo: pone a la institución como bien social y a la obediencia como comportamiento razonable para sostener y hasta defender ese bien. Es decir, primero la institución, luego la obediencia. Sin embargo, la obediencia es primera, ontológicamente primera. La lectura de Hobbes por Virno es clara y apegada al texto original de 1642: “nos obligamos a obedecer aun antes de saber qué se nos ordenará”. En el ruedo histórico la obediencia se presenta, a la vez, como causa y efecto de la institución estatal. Este punto no se puede soslayar, menos aun cuando la institución que se pretende “lavar” y justificar es el Ejército argentino. Aunque se trate del presidente que votamos, de nuestras compañeras y compañeros o de la corrección progresista. Los puntos ciegos son más ciegos aun entre afines.

Hobbes justifica la institución por un interés que considera natural: la autopreservación. Es decir, la invención del artificio institucional pretende atender la presuposición de un interés natural. En otras palabras: inventar para preservar la vida. En ese sentido, ¡qué mejor que un Ejército “bueno”! Nuestro problema se sitúa en el mismo terreno –de hecho, consideramos que no habría por qué escaparle al problema que es el terreno–, solo que invirtiendo la ecuación: conservar la vida para inventar. O bien, conservar la vida para inventar para conservar la vida y así… El problema principal de la invención no es el miedo, ni mucho menos su única pasión, sino el deseo y el amor. Por supuesto que no hay deseo sin peligrosidad, ni amor sin dobleces, pero el riesgo mayor, desde nuestro punto de vista, no pasa por la defensa de la institución en nombre de su eficacia para neutralizar los riesgos inherentes a la condición deseante, sino por ese momento en que deseo e institución no se distinguen, hasta alcanzar el deseo de institución.

En estos tiempos de encierro por mor del Estado y de nuevo clamor de más Estado, resulta contraintuitivo y peliagudo señalar la peligrosa génesis de la institución estatal y, en particular, de la institución militar en nuestro país, justo cuando unos soldados se muestran amigablemente como sastres del pueblo en un video institucional y un diario progresista felicita el armado de un hospital militar o la tienda improvisada con olla militar de campaña. Pero si nos interesa detenernos en ese punto no es para detenernos. Nos interesa más aun imaginar nuevas instituciones a la altura de lo común. Instituciones comunes no necesariamente estatales, ni renuentes a la articulación estatal.

¿Sabemos que forma deberían adquirir las nuevas instituciones que reemplazarían a las fuerzas armadas? No lo sabemos. Pero conocemos ejemplos desde los cuales pensar y confiamos en que las nuevas instituciones del común serán hibridas y viven impensadas entre nuestros posibles.

Estuvimos y estamos demasiado tiempo mirando hacia el mismo lado. Enfocados en los alcances retroactivos de la verdad, la memoria y la justicia, en lugar de a partir del potencial común del dolor e ir hacia estos conceptos para reinventarlos, antes que pretender el cumplimiento de su esencia. Desmantelar el ejército sería un verdadero acto de memoria y justicia. No de justicia retroactiva, sino de una justicia del porvenir. No de justicia como reparación del pasado en el presente, sino como acción que habilita en el presente un espacio deseante y constructor de posibles comunes. No de memoria como mero aprendizaje útil o moral de los errores del pasado, sino como agente activo de una experiencia común que reúne la vitalidad de la lucha de siempre de las Madres con los signos de un tiempo que aún es hipotético y de incertidumbre. A esa instancia del presente en la cual podemos compartir lo incierto la llamaremos futuro. A esa capacidad de crear a partir del dolor nuevas realidades la llamaremos justicia. A esa potencia que alberga en el cuerpo una capacidad de reacción singular y micropolítica al presente, basada en la experiencia común, la llamaremos memoria. A la conjunción de esa creatividad de la justicia y la capacidad activa de la memoria la llamaremos verdad.

Tal vez llegó el momento de plantear no tanto una política ecológica sino una ecología política. Una categoría transversal de cuidado ambiental social y anímico y un reciclaje instrumental creativo puramente táctico. En esa ecología política la justicia, la verdad y la memoria deberían formar parte del futuro, esa zona del presente paradojal en el que se crean los nuevos comunes posibles, con el potencial de transformar el ahora desde la construcción de espacios de enunciación y acciones tan mínimas como cotidianas (porque se trata de formas de vida). La pandemia nos asiste. Inédita, impensada rebelión viral del planeta contra el neoliberalismo, imagen espejada de todos sus males y virtudes, abre la posibilidad no solo de replantearlo todo dejando al desnudo la soberbia de ciertas evidencias, sino de actuar en la oportunidad. Para esta ecología política crear posibles debería ser como plantar árboles. Y proponer pensar en común el fin y el reciclaje de las fuerzas armadas generar aire respirable, sin virus ni pandemia.

Excursus

León Rozitchner se encargó en un ensayo de argumentar el rechazo al perdón exclamado por la Iglesia con el objeto de exculparse de la complicidad concreta con los crímenes de la dictadura de la desaparición de personas. Los dos ejes principales del argumento son: por un lado, el hecho de que no hay equivalencia entre el acto simbólico del perdón con rezo y las vidas humanas asesinadas, torturadas y desaparecidas; por otro, que al concentrarse en los cristianos –en las personas– que cometieron crímenes como parte del esquema dictatorial, la Iglesia como institución pretende ponerse al margen, “Como si la institución no hubiera promovido desde sus propios dignatarios la sangre que tiñe al purpurado”. Además, algo tan simple como el hecho de que el perdón debe ser concedido por el agredido u ofendido –en este caso, nada menos que asesinados, desaparecidos y afectos–, alimenta el nudo gordiano. Y, como cuenta cierta historia antigua, los nudos gordianos no se desatan, se cortan.

¿Qué ocurre cuando se pretende imponer la idea de que la institución militar, nuestro ejército dedicado de principio a fin (en su corta historia) a la represión interior, ahora sirve a los intereses y las necesidades de sus históricos reprimidos? ¿No se trata, cuanto menos, de un salto sospechosamente confundido con la mera cronología? Se dice que ya no quedan generaciones de militares en este Ejército que hayan participado de la lógica del genocidio, lo cual es cierto, pero se omite cómo se reproducen sus peores prácticas a través de su heredera, la policía; y se agrega que la institución pidió perdón –aunque no se aclara que la declaración de perdón del entonces General Martín Balza exculpa primero a la institución para ambiguamente terminar por hacerla ver responsable, una vez exculpada.

Esa declaración (1995), producida una semana antes de las elecciones presidenciales por medio de las cuales el gobierno de Menem, es decir, el gobierno de los indultos (1989,1990) sería reelecto, cundieron un efecto importante a la hora de convencer a parte de la sociedad de que había que “dar vuelta la página”. Esa corriente, de manera más y menos explícita, llega hasta nuestros días y, lamentablemente, nuestro actual presidente reiteró el espíritu de aquella declaración de Balza al referirse a la “inconducta de algunos”… donde Balza fue, como es lógico proviniendo de un miembro jerárquico de la institución, más contundente: “Algunos, muy pocos, usaron las armas para su provecho personal.”, o “Creo que algunos de los integrantes, de sus integrantes, deshonran un uniforme que era digno de vestir…”. Alberto Fernández también pidió perdón.

En realidad, en esa declaración de Balza está todo lo necesario para comprender la matriz de este sentido común peligrosamente grabado como marca de agua en las conciencias de buena parte de los argentinos: Se refiere a “Una violencia que se inició con el terrorismo”; lamenta el hecho de que “víctimas y victimarios desde el ayer, intercambiando su rol en forma recurrente, según la época, según la óptica, según la opinión dolida” enlentezcan la reconciliación final, y sostiene que se “necesitarán generaciones para aliviar las pérdidas, para encontrarle sentido a la reconciliación sincera.” El intento de exculpación del hasta ahora tenido como el más sincero pedido de disculpas desde fuerzas militares es completo: “En la historia de los pueblos, aún los pueblos más cultos, existen épocas duras, oscuras, casi inexplicables”, y continúa: “El Ejército, instruido y adiestrado para la guerra clásica no supo cómo enfrentar desde la ley plena el terrorismo demencial. (…) Este error llevó a privilegiar la individualización del adversario…” Para colmo, justifica el fin apelando a un lugar común: “Una vez más reitero: el fin no justifica los medios.” Y, como si fuera poco concluye su declaración pidiendo la ayuda de Dios. Finalmente, en una declaración como ésta, en la puja de intereses o en un genocidio, Iglesia y Ejército se vuelven a encontrar.

Lo que los vivos, los heridos, y los que acompañamos, heridos también a nuestra manera, no podemos aceptar es que el paso del tiempo hace un trabajo que, en realidad, nos compete, o que mejor salvar a la institución y confiar en sus nuevos miembros… No es lo que hicieron las Madres que, en cambio, como dice Rozitchner, se dedicaron a “combatir contra el sistema productor de muerte venciendo el miedo”. Porque en el fondo de la justificación de la institución militar revisitada por el progresismo no hay otra cosa que el fundamento de la institucionalidad moderna: el miedo y la obediencia.


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PURO EFECTO

FRAGMENTO Nº 4

Sin causa, encausados en el grito, momento común de lo indecidible que puede devenir en cauce, vamos hacia una alegría política. No hay reparos en este movimiento. Vamos más allá de los augurios y las señales de una diferencia cada vez más pobre entre lo que hay y lo que vendrá, en un movimiento que desconoce la esperanza (¿progresista?) y el optimismo (¿militante?), desconociendo también la apatía del cambio por el cambio o del cambio por aburrimiento y encerrona. Ni el optimismo ni la esperanza ni el cambio son “causas” para una alegría política. Ahí donde nos permean –a veces sucede– desconfiamos de sus efectos y de sus afectos.

Apostamos al beneficio de unos efectos sin causa que los justifique; a unos afectos que puedan resultar cauces que van tentando su propio recorrido. Porque hay efectos sin causa y hay cauces afectivos en curso apostamos a un efectismo táctico permanente capaz de desvío ante la acumulación de causalidades concebidas como plan de acercamiento a un objetivo estratégico. Afirmamos el terreno de los efectos como vitalidad indispensable para la imaginación política y repudiamos la lógica reduccionista de la relación causa-efecto para pensar nuevos escenarios. Porque en el saber pretendido de las causas anida una idea reversible: así como podemos descifrar lo que nos pasa en términos de una causalidad identificable, del mismo modo pretendemos obrar como causalidad determinando objetivos conocidos de antemano, efectos deducibles de la causa que seríamos. Dice un filósofo que “En los militantes, el objetivo perseguido desaparece detrás de la voluntad de tener un objetivo”.  

Nuestro filósofo sostiene que la alegría nos toma sin explicarnos sus causas. Nos levantamos alegres (o tristes) y aun identificando como causa elementos que logramos razonar (como, por ejemplo, vapulear a los chetos en la elección), existe en la alegría una fuerza propia incontrastable con las causas razonables. Por eso mismo la alegría no puede ser prometida (mucho menos algo semejante a una “revolución de la alegría”), sino solo registrada como forma de estar en el mundo. La alegría como potencia de relación con los otros y con las cosas, como modalidad que tiene lugar en el terreno de los efectos, es capaz de desbordar su objeto o su causa, incluso cuando es más claramente efecto de una causa determinada hay un resto en ese efecto que es puro efecto.

La soberanía de ese efecto es tan trascendental como coyuntural. Es una especie de interface. Las causas, electorales, institucionales, convenientes, no se menosprecian ni se dejan de lado sino que se afirman desde el punto de vista de los afectos liberados de la relación de causalidad. Y esta afirmación es sintomática, no se verifica en un movimiento del intelecto, sino en un agite de los cuerpos dispuestos a la ocupación de un espacio de roce, territorio de una disposición permeable a las singularidades emergentes que pasan de un tipo de vitalidad a otra, de una potencia a otra, sin la necesidad de inscribir ese movimiento en el esquematismo del ideal que pierde fuerza al realizarse, del entusiasmo que se desgasta en los avatares de su institucionalización, de la novedad que envejece.

Si hay novedad hay eternidad. Si hay eternidad todo se vuelve presente. Si todo es presente nuestra presencia es a la vez relación infinita y recorte inmediato. Astucia táctica de la alegría política –o política de la alegría–: recortar… y dar de nuevo. Cortar el devenir temporal de la relación causa efecto para actualizarnos en una novedad permanente y volver a cortar para situarnos en un ahora urgente. Las derechas le echan en cara a los sectores populares una supuesta fiesta indebida; la alegría política corta con esa moral de la culpa y nos reinstala en el común de la fiesta. El progresismo quiere disfrazar la fiesta asociándola a una buena causa que le habría dado origen. La alegría política corta con esa moral de lo justificado y afirma la fiesta injustificable, incluso indebida, la fiesta insolente que informó a un peronismo naciente un 17. ¡No a la culpa, tampoco a la esperanza! La alegría política es a la vez corte táctico y táctica de corte. La alegría política es recomposición en collage, mascarada popular, hecha de partes que no encajan. Principal activo de una política pilla, que anexa lo que puede cuando puede, que habita pragmáticamente más de un espacio reservándose cada vez para sí lo innegociable, que incluye tanto elegir la elección como tentar la tentativa, ir hacia donde se sabe y no saber exactamente a dónde ir. Pura táctica, la acción de la alegría política desborda cualquier aprovechamiento estratégico. Puro efecto, su potencia se manifiesta más allá de las múltiples causas que puedan atribuir un origen.

No existe ni puede existir un programa revolucionario basado en la alegría ni un modo político sustentable para provocarla desde arriba. Solo puede tentarse una apuesta a politizar sus efectos y su capacidad de potenciar una aventura colectiva. Esta política de los efectos se encuentra en las antípodas –o, mejor, en otro registro– respecto al realismo político, a la instrumentalidad partidaria, al goce identitario de las banderas, en la medida en que éstos tarde o temprano olvidan la búsqueda que les dio origen o incluso la alegría que les dio vida; mientras que la demora en los efectos constituye en sí misma una alegría inolvidable. En algún punto, la política misma se trata de esta feliz desproporción, de un quehacer con ese suplemento que nos ubica en otro lugar, que nos desliga de la pesadumbre y nos permite relanzar delirios o gestos mínimos como guiños entre desconocidos igualmente afectados por la alegría de cualquiera.

No estamos alegres por la proximidad del triunfo electoral, nos encontraremos próximos y triunfantes si estamos alegres. Medida posible de lo inmediato y lo permanente.  Alegría colectiva. Superioridad inventada del efecto callejero, intelectual, sensible, productivo, por sobre la causa –en este caso, electoral– desde donde probamos suerte en la coyuntura con una memoria histórica que desde nuestro baldío antiguo se hace presente con su fuerza recreada de efectos y afectos. Desde esa alegría sin tiempo y sin dueños, alegría política, reclamamos la capacidad de plantear nuestros propios problemas y la soberanía de nuestras agendas por venir.   


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Pura conveniencia

FRAGMENTO Nº 3

Por pura conveniencia. Del mismo modo que para insultar a los chetos o para aguantar juntos podemos gritar ¡Viva Perón!, sabiendo que ese grito no nos define, pero que, en algún punto, nos expresa, porque es un grito que quiere ser más grito que otra cosa. Con la misma impune felicidad de desahogo y afrenta, de rebeldía y mascarada, festejamos el triunfo del peronismo en las PASO y festejaremos si el peronismo vuelve a ganar en octubre.

Conveniencia de cálculo premeditado. Como el del manguero callejero que sabe que si establece contacto visual la moneda está casi ganada, iremos por el beneficio indispensable para el pan y el vino, sabiendo que la visibilidad es otra, y la deuda también. Nosotros no somos ellos (los ganadores), pero ellos saben que parte de la victoria es nuestra. No les debemos nada, ellos nos deben y algo nos van a tener que dar. Matiz inmenso para los que viven el hambre y la intemperie, pero grande también para las posibilidades del enmascaramiento y el raje, para el uso derivacional de lo que podamos manguear invirtiendo nada más que gestos, una mirada estudiada, una seña hecha con la mano, aprovechando la interrupción que provoca un semáforo, una esquina. Solo eso.

Conveniencia del cálculo de lo incalculable. Como la de quien va a tirarse a la pileta desde un noveno piso, pero antes de saltar tira un tentempié, a ver como cae, cual es la parábola, iremos atrás del cálculo con un salto hacia otro impacto sensible y estético incalculable, que habilite de nuevo en nosotros una soberanía. Diferencia gigante para quienes después del 2001 quedaron atrapados en las redes ideológicas del regreso a los 70 y la delegación militante, pero también grande para aquellos que no aspirando a ningún tipo de representación que no sea la que surja de la potencia de los comunes, nos reconocemos en lo que vuelve pero nos asumimos como pasajeros disfuncionales, para que cuando la policía golpee la puerta diciendo “salgan, somos iguales”, encarar la ventana, una pileta allá abajo, otras posibles salidas. Solo eso.

La experiencia histórica está en lo que nos ocurre, no es necesario buscarla en bustos de plaza ni en banderas desteñidas. Está en nosotros no volver a tropezar con el regreso de lo mismo, está en nosotros operando en nuestros reflejos políticos: volver incluye, en el nuevo viaje, lo ocurrido en el viaje anterior. Lo que se va es lo sabido, lo que viene apenas un suspenso. Pero el espacio mínimo que se abre entre la certeza y el suspenso es mucho más grande que el que se abre entre una certeza y otra de signo opuesto. Ni todo ni nada, ni bueno ni malo. Es en el espacio amoral de la ganancia pírrica a donde también habita nuestro regreso, el de una potencia no representada ni representable, el de una posibilidad ínfima: en vez de volver caminando el caminito recuperar la capacidad del salto.

¿Mejora el valor nominal de los planes? Que mejore. ¿Una beca para un amigo? Bienvenida. ¿La capacidad ociosa industrial se viste de nueva oportunidad? Ya sucedió, y no estuvo mal. ¿Un manguito para la universidad, la escuela, los hospitales? Se celebra. ¿Respiran más jubilados? Faltaba más. Cada moneda vale más cuando la hacemos bien nuestra y no al revés. Cada gesto de un Estado friendly será correspondido con la máscara correspondiente. Nos conviene. ¿Para qué? En parte lo sabemos –nuestras condiciones de reproducción y alivio diario– y en parte no –nos reservamos ese “no saber” para experimentar posibles, para regalar y regalarnos lo presente.

Conveniencia, entonces, de la generosidad. Posible política de un nosotros generoso, amor a los protagonismos circunstanciales, tan duraderos como el deseo que los motoriza, a las alianzas que sin durar necesariamente una vida, inventan una duración al ser vividas, al derroche cuando faltan horizontes y a los proyectos colectivos cuando no soportamos un horizonte que nos hace iguales a nosotros mismos cada día. ¿Qué nosotros? Un “nosotros” que es, a la vez, múltiple existente y llamado a lo que aún no se dio, linaje escogido y amistades que nos escogen, márgenes de la institución y márgenes a secas. Desconfiados y arrogantes, hermosos y malditos, soberbios, porque esta vez no nos podrán atrapar con la misma red.

Pura conveniencia impura. Garrroneo y generosidad. Instauración de una razón pilla y todas las máscaras por delante. Nada parece indicar que la diferencia entre lo que hay y lo que vendrá después será notable. Aun así, es esa la coyuntura más conveniente. Porque es la que hay y porque es la que pudimos ganarnos. La posibilidad de disputar en la diferencia mínima la ventaja material inmediata y la afirmación radical de una presencia amenazante, que no quiere ser gobierno pero que no acepta que se gobierne de cualquier manera, que exige derechos sin reconocer otra soberanía que la propia, que se sabe autónoma e irreverente, incluso entre aquellos con los que pueda compartir el grito.

Conveniencia programática de griterío y fiesta. Nos expresamos en el grito y nada nos conviene más que el festejo. El grito que viene es potencia colectiva que nos hace parte del común. La fiesta plebeya, tan odiada por los chetos que se van, es el lugar común donde sabernos sujetos colectivos se vuelve ineludible y exacto.


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QUIENES SON LOS FANÁTICOS

FRAGMENTO Nº2

La estrategia comunicacional del PRO, luego de Cambiemos y siempre de los medios de comunicación interesados, viene presentando las opciones electorales en términos de la contraposición moderación-fanatismo. La opción kirchnerista del peronismo supondría algún tipo de “radicalización” populista o incluso izquierdista. Montándose en esa construcción alejada de la realidad, fomentada en espejo por las fantasías ideológicas del propio kitchnerismo, los sectores victoriosos en las elecciones del 2015 se lanzaron a una suerte de contrarrevolución. De modo que vivimos efectos contrarrevolucionarios por una revolución que nunca ocurrió.

Esta tensión parece ingresar en su fase final. Sin embargo, no hay izquierda y derecha en juego entre las fuerzas mayoritarias que se enfrentan en este momento. La polarización deja ver, por un lado, un espacio peronista que reúne fuerzas conservadoras (con Alberto Fernández, Massa, la liga de gobernadores y el sindicalismo burocrático) con parte de la experiencia progresista de los últimos 20 años (de Pino Solanas a Vicky Donda pasando por el Movimiento Evita); del otro lado, la derecha fanática y arcaica junto con el peronismo más rancio, modernizados por el uso de las nuevas tecnologías del marketing y modales esculpidos por el coaching. Y la pelea central parece estar concentrada, aun hoy, en hacer visible o esconder bajo la alfombra al fetiche de los fantasmas ideológicos polarizados, Cristina Kitchner y su liderazgo, reducido a la puesta en valor inevitable de su volumen de votos.

Es decir: ningún capital concentrado, ni acreedor de la deuda externa ilegítima, ni banco, ni concesionaria de servicios públicos corre riesgo alguno. Pero los sectores más reaccionarios de la Argentina, aun contando con un peronismo del otro lado que se propone casi a medida (pagador y moderado, con solo una tibia promesa redistribucionista), aún después de los resultados electorales, perseveran como el escorpión. Su fanatismo no es cuestión de desquicio psicológico, no están locos ni son tarados, apoyaron y siguen apoyando a Cambiemos porque está en su naturaleza. Los señores de los campos, los dueños de la energía, los sectores financieros más delictivos y los contratistas de obra pública asociados a las familias que hoy gobiernan, van por todo. ¿Qué significa eso? Un simple enunciado que no pueden pronunciar, pero que practican y de a momentos se les escapa: «nosotros mandamos y el resto obedece». Esta es la consigna autoritaria que la mezcla de democracia y poderes fácticos hace posible. Este es el eslogan que se impone porque la desmovilización de la creatividad y de la imaginación política lo permitieron y aun lo permiten en un nivel.

A diferencia de 2015, cuando el consenso en torno al ajuste angostó las opciones (los economistas de Scioli lo presentaban bajo un falso binomio: “gradualismo o shock”), hoy se trata de la legitimación o la puesta en suspenso del fanatismo oligarca apropiador y autoritario, del ajuste, de la represión, de la destrucción de derechos y la reforma laboral definitiva, entre otros sometimientos. Frente a esta alternativa el suspenso es una razón precaria pero suficiente para apoyar la alternancia peronista. Pero insuficiente para clausurar la cautela y aplanar los matices del momento en el que estamos.

No permitir que esos matices vuelvan a transformarse en falsos contrastes y, a su vez, afirmar la diferencia entre los dos términos de la coyuntura electoral que nos involucra, es parte del sostén de la condición anímica indispensable para que el entusiasmo vuelva a urdir tramas y habilite una permeabilidad disponible para que esas tramas pongan a prueba nuestra capacidad de habitar nuevos modos de vida. 

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LO QUE ESTÁ EN JUEGO

FRAGMENTO Nº1

No solo pretenden bombardear con el dólar o el riesgo país. No se trata sólo de responsabilizarnos del saqueo de estos años ni de canjear voto castigo por voto pánico. Pretenden apagarnos. Lo que empezó a circular el domingo, la “ola”, tiene un componente institucional y económico, sí, pero lo más significativo, y también lo más peligroso para los garcas, es su resto, el excedente anímico, eso que algunos llaman “ola” y que no se llama ola, ni pueblo, ni nación, ni ciudadanía, ni siquiera “nosotros”. Ese resto impensable, sin nombre, es síntoma corporal, excedente colectivo, y no puede cifrarse en términos individuales.

Lo que comenzó a vivirse el domingo y a circular desde entonces, la alegría cantada y bailada, el orgullo por el otro anónimo que nos acompañó en las calles, materializado en la posibilidad de hablar con cualquiera, de compartir un gesto de reconocimiento, de hacer lazo, de sentir y vivir en un hecho inusual la potencia de un cotidiano Común diferente: otra forma de estar juntos. Eso es lo que está en juego.

El terrorismo económico puesto en marcha de manera irresponsable por el gobierno oligárquico y apropiador busca replegarnos hacia la angustia individual y enredarnos en el territorio siempre permeable del miedo y de la culpa. Es decir, busca volvernos otra vez individuos. Pretende negarnos la posibilidad ser atravesados por el potencial colectivo para volverse potencia consciente, narrativa, dispuesta a nuevas fabulaciones. Modo de estar, pensar y sentir, modo de encuentro. ¿Qué podemos si enfocamos lo hechos desde esa potencia?

La respuesta no puede ni debe ser individual. Dejemos que el enfrentamiento institucional y económico lo protagonicen quienes aspiran a la representación, ejerzamos nuestro poder de crítica y participemos tanto en la campaña como en toda iniciativa tendiente a mantener la soberanía del voto y a disminuir las consecuencias desastrosas del caos desatado. Pero sepamos que esa no es nuestra agenda. Nuestra tarea consiste en sostener el festejo, abrazar y hablar con los amigos, abrazarnos y hablar con cualquiera en quien podamos reconocernos, a su vez, como otro cualquiera. Interpretemos lo que haya que interpretar para atrapar ese resto imprescindible, fabulemos, contagiemos, propaguemos encuentros y mantengamos en juego lo que realmente está en juego.

Estemos disponibles para ser atravesados por ese resto Común que acontece como cotidiano en un hecho nada cotidiano. Desobediencia, desconfianza, encuentro y fiesta. Fugados y participativos. Conscientes y alegres. Ante lo que ocurre y también ante lo que vendrá, después de echar a los chetos, después de que se hayan ido con su estética supremacista y su musiquita moral de fondo. Una imagen nueva se revela en el futuro inmediato y necesitamos celebrarla. Pero nuestra agenda es sin imagen, es acá y ahora, es urgente y es para siempre.

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