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El regreso de los deudores vivos

FRAGMENTO Nº7

El endeudamiento es una forma de vida y una forma de sentir. Nos hace nacer endeudados. Nos autopercibimos como endeudades, digamos. Es como la culpa cristiana que, en su límite, nos hace culpables por el solo hecho de haber nacido. Deudores por siempre (“el cristianismo nos arruinó el infinito”, decía un filósofo). En particular, países como el nuestro alimentan una memoria que se parece más al síndrome de Estocolmo que a la punta de un iceberg para desanudar un drama central. Pasamos del lenguaje de los patrones a la lengua simplista y opaca de los acreedores… ¿Nuestro inconsciente está estructurado como un lenguaje obediente? Parece que en el país de los psicoanalistas no hay diván que alcance. La tarea es política: ¡inventarse otro inconsciente! Abandonar ese invento de la deuda y dejarnos inventar por lo que sabemos y habíamos olvidado, por lo que no sabemos y nos despierta curiosidad, por las hermanas y hermanos que no dejamos de encontrarnos, por las montañas y por el mar que, como nosotros, no le deben nada a nadie.

La moral de los amos tiene en nuestro país la forma de una frase patética: “¡Alguien tiene que pagar la fiesta!” No es así. Las fiestas verdaderas se pagan solas. Las metáforas que usan a través de sus consultores y economistas son humillantes y hasta morbosas: el padre borracho que endeuda a su familia, el morocho ignorante que se gasta todo lo que tiene sin pensar en el día siguiente, el chanta displicente que pretende vivir de los demás, choriplaneros, choriendeudados, etc. Mentes blancas, civilizadas y responsables que nos explican desde su racionalidad los vicios de la negrada incorregible… o mucho peor: ¡fiestera! Lo de siempre, el discurso del amo que reza más fuerte en sus siervos y lacera lento y silencioso la carne de los miedosos e indiferentes. Pero los representantes, los que quieren represetnarnos, no contestan la calumnia, por el contrario, se someten a su lógica. Nos excusan sin pedirnos permiso: “no somos fiesteros”, “solo queremos que nos dejen trabajar”. Elaboran fraces célebres: “los muertos no pagan”. Bajo la sintaxis de una toma de posicion ‘firme’ se desliza la transformacion del torturador en perdona vidas (hoy, como ayer, nos presentan un FMI abuenado). Se lee la súplica subyacente: déjennos seguir viviendo para seguir pagando. Y mientras seguimos pagando devenimos muertos en vida; hordas que van de casa al teletrabajo y viceversa.

Lo que nos mata no es la muerte como acontecimiento indispensable del ciclo vital, sino el punto de vista del amo, del patrón, del acreedor –o, como los llama nuestra Nora Cortiñas, “usureros”. La cuestión que planteamos es vieja, pero permite tensar la historia reciente. El menemismo no impugnó la fiesta, pero fue su privatizador, manipuló el componente festivo que, sin pertenecerle, se aloja en el peronismo. Esta manipulación rosquera de la fiesta tuvo su opuesto moralista en las alianzas del ‘99 y de 2015. Es ilustrador recordar como la reacción progresista encolumnada detrás de De la Rúa y la reaccion conservadora que impulsó a Macri hicieron de la condena a la fiesta una política. La condenaron, ajustaron, reprimieron y mataron. El progresismo respetuoso de hoy parece decidido a instalar una especie de síntesis pacifista: el festejo sin fiesta. Forma comunicacional que tramita la felicitación moderada, y duplicando la lógica que transforma a la política –con lo que tiene de irrepresentable– en juego de instituciones, vuelve a un drama nacional un cóctel de élites y representantes. Del mismo modo que se gobierna con los gobernadores e intendentes, se alcanza el acuerdo con los administradores de los fondos. El festejo sin fiesta necesita de una negociación sin multitudes, sin protagonismos deseantes, casi sin cuerpos. Nuestros enemigos están conformes. Nuestra pobreza, nuestras fisuras, nuestra pandemia no los afectan. Algunos de los nuestros intentan renovar las formas de la servidumbre voluntaria, racionalizan la derrota, otra vez palmadas en una espalda que ya no sabemos si tenemos. El acuerdo parece ser el final feliz de una negociacion extraordinaria. Pero, en realidad, nunca hubo negociación porque no se puso sobre la mesa nuestro punto de vista. Nosotros no es un grupo ni una identidad, es un deseo colectivo de hacer lugar a lo que nos sobra, porque no nacimos endeudados sino excedentarios. Nosotros es una disponibilidad: rechazo del mecanismo de la deuda en nuestros cuerpos y, con todo el pragmatismo y realismo necesario rechazo también como país (y como región). Condición germinal que siempre está en curso, punto de vista inacabado, pero real y con historia: suspensión de pagos, auditoría e investigación de la deuda existente, impugnación del mecanismo del de endeudamiento perpetuo.

El acuerdo no se alcanzó de espaldas al pueblo, sino de espaldas a la fiesta. ¿Este acuerdo es todo lo que se podía en estas circunstancias? ¿Es el mal menor dentro del mal necesario? Suspender pagos, investigar, auditar, también se puede y se necesita, y la política no es solo administración de las circunstancias, sino reinvención y búsqueda de posibles. Y estamos disponibles. Nosotros es una invitación, una autoconvocatoria, un deseo de emancipación y fiesta, que, como ya sostuvimos, fue un componente fundamental del triunfo electoral contra los chetos, porque en ese triunfo también chocaban dos modos de vitalidad, la de ellos y la nuestra. Cuerpos derrochones que buscan su propia medida, no desde el principio de escasez, sino desde el derroche mismo como punto de vista. Es solo de ese modo que la austeridad y el desprendimiento, incluso el desapego, adquieren valor ético y filosófico. Pero cuando se nos vuelve deudores por el mero hecho de existir no logramos experimentar la propia medida, sino que nos sometemos al exceso castigador, a un punto de vista que se arroga la potestad de juzgarnos y entramparnos en su moralina: “honrar las deudas”. Ya no se trata solo de una deuda cuantitativa que tiende al infinito por la imposibilidad numérica de pagarla o por las características del mecanismo, sino de una deuda que pretenden cualitativa: con la sociedad, el Estado o la honorabilidad misma. Una deuda infinita, de un infinito emperrado. La única deuda que reconocemos es con nosotros, y la forma de honrarla empieza con el rechazo de esa otra deuda que se nos impone opaca, impeditiva y eterna.

Es notable hasta qué punto en este momento están anudadas las cuestiones filosoficas de fondo con la coyuntura política. ¿Nacemos endeudados? Cuando el régimen del endeudamiento permanente adquiere su propia fuerza y capacidad de simbolización nos exponemos al más alto grado de sujeción. Porque lo que someten es lo que todo poder teme: lo que cualquiera de nosotros, puede hacer, eso que les “cualquiera” podemos. La deuda domina la potencialidad, las capacidades en tanto conocidas y en tanto aún desconocidos sus efectos. Lo que pretenden las formas de gobierno financieras, estatales y capilares a través de la deuda es prever, neutralizar, embarrar el terreno siempre excedentario, y a veces liberador, de los efectos. En ese sentido hay una relación entre potencia del derroche y puro efecto que representa un alto riesgo para los esquemas de dominación contemporáneos. 

La deuda no es una cuestión estrictamente económica, pero afecta nuestra economía deseante, libidinal, la posibilidad anímica y material de la fiesta; porque nos deja una fiesta que solo es posible ‘si tenés guita para la entrada’. ¿Cómo se relaciona el endeudamiento con la guita? La moneda expresa las asimetrías que no solo reafirman nuestra posición de “gobernados”, sino que nos fragmenta y somete individualmente. Pero la moneda como forma de comando encuentra resistencia en prácticas dispersas de todo tipo, y, fundamentalmente, encuentra un límite físico y conceptual en la lógica del don y la gratuidad, así como en formas de relación que redimensionan el intercambio por fuera de la lógica de la deuda. La política, antes que un medio para transformar ninguna realidad, es decir, antes que racionalidad realista de medios y fines, es la experiencia conflictiva del hacer en común con la gratuidad. Por eso la salida política no es técnica económicamente hablando, sino que la salida económica es política inventando las propias técnicas.

Sin embargo, no alcanza con imaginar la gratuidad inscripta en un marco de contrapoder. Es necesario rechazar el endeudamiento como forma de subjetivación. El poder del capital sobre la potencialidad, el futuro y el reparto de lo social. Ni ciudadanos ni consumidores. Ni espíritu emprendedor ni cultura del trabajo. ¿Seguiremos siendo ese bicho que promete pagar, previsible como lo quieren “los mercados” y trabajador como insiste una cultura estatal y religiosa decadente? ¿Cuáles son nuestros márgenes de movimiento? Pero, sobre todo, ¿cuál es nuestro dinamismo, de dónde obtenemos nuestras fuerzas? Por ejemplo, la potencia de decir no al endeudamiento y la aún más subversiva apuesta a no pagar nos podrían orientar en términos de una gran huelga de los endeudados. Como inquilinos que se dan cuenta un buen día de que, en realidad, son ellos los alquilados. No queremos alquilar ni queremos que nos tengan alquilados. Tampoco queremos volvernos propietarios. Queremos que nuestro lugar sea nuestro sin ser dueños. Este tipo de desplazamiento por afuera del esquema binario poder/anti-poder, oficialismo/oposición, demanda, a la vez, una alegría liberadora lindera de la bronca y una capacidad de invención organizativa abierta a la novedad. Una política inventiva de los modos de estar del común. Un agite singular que solo puede surgir de una experiencia común.

La capacidad material de no deberle nada a nadie se contrapone a la capacidad de abstracción (bien concreta) del capital financiero. Su posición fuera de los avatares de todo anclaje, el hecho de ser en sí mismo desterritorializado, le da un poder de evaluar al resto de los flujos, entre los que se cuentan salarios, condiciones jurídicas, política pública monetaria y, claro, nivel de endeudamiento y capacidad de pago. Quién juzga a quién, quién evalúa qué, se vuelven terrenos de disputa. La cantinela es siempre la misma: ser confiables para el mundo. ¿De qué mundo hablan? Un mundo que no podemos usar, donde no podemos crear y recrear condiciones de vida deseables –no necesariamente para acertar, ya que no tenemos la posta–, un mundo en que no podemos hacer la fiesta y darrapar, para levantarnos y volver a probar, ¡no es un mundo! No se trata, entonces, de ser confiables para “el mundo”, sino de inventarnos un mundo confiable para nosotros.

La pedagogía de consultor televisivo abusa del recurso a la analogía equiparando el endeudamiento público y externo a la deuda doméstica. No solo trabaja para los acreedores y los dueños de grandes capitales, sino que reproduce el pacto de autoafirmacion narcisista que construye las subjetividades del amo y del esclavo, exacerva la verticalidad, complace opiniones simples y rudimentarias como si se tratara de evidencias. Su discurso, como el de los periodistas cómplices, omite un hecho que rompe el sustento simplista de la analogía. El endeudamiento de cercanía –aquel en que la confianza e incluso el parentesco con el regalo dejan su marca–, el endeudamiento entre conocidos, nada tiene que ver con los mecanismos de la deuda externa, porque forma parte del intercambio de las sensibilidades y los cuerpos, encuentra otro tipo de justicia y otro tipo de acuerdos compensatorios sobre los cuales la lógica mercantil difícilmente se imponga. En cambio, la posibilidad de compra y recompra de bonos de deuda de manera desregulada es una condición incorpórea, una suerte de pre-legalidad implícita en la velocidad del capital financiero legalizado ad hoc. Por definición, al deudor se le aplican “estatutos” y normativas que éste resulta incapaz de aplicar como contrapartida a los acreedores. Otrora le llamaban usura, hoy hablamos de estafa –y cuando decimos “las deudas se pagan, las estafas nos”, concedemos, somos pragmáticos. La deuda externa configura un esquema de dominación complejo y perverso que ubica en un mismo conglomerado de acreedores legales a criminales económicos, fauna de guaridas fiscales y ludópatas financieros, junto a simples jubilados desesperados por preservar lo que tienen. Se vuelven todos indiferenciados al momento de manipular o someterse a valores abstractos: deuda, pago, responsabilidad, honor, como condiciones conceptuales del acuerdo y del festejo sin fiesta.

Si en la lógica del capital financiero la misma suma sirve muchas veces, el valor se desdobla en “derivados” y productos bien dudosos; los cuerpos, contrariamente, pueden lo que pueden las veces que pueden. No les falta, en principio, nada. Ni tampoco lo pueden todo. La plasticidad del capital financiero coincide con la capacidad del régimen de endeudamiento de inventarnos una falta infinita y un reparto jerarquizado de responsabilidades. El capital financiero rompe toda temporalidad, condiciona el presente tomando el futuro; y el endeudamiento nos inventa un pasado en el que estamos en falta, recurriendo, si lo necesitan, a explicarnos que estamos en falta respecto de alguien, ante una autoridad o un “organismo”. En última instancia, somos endeudados en sí. Bien, proponemos rechazar esa autoridad y tomarnos el tiempo necesario para intentar comprender los mecanismos financieros y sus efectos nada abstractos sobre las formas de intercambio, las condiciones materiales de vida, las posibilidades de componer modos de relación, saberes y expectaciones distintas.    

A nivel gubernamental, el accionar del gobierno de Cambiemos puso las cuentas estatales a merced de los acreedores (principalmente, bancos, fondos especulativos de inversión y FMI). A espaldas de los intereses comunes, pero en la cara de todos nosotros, el gobierno de los chetos ubicó al país en condiciones de ser extorsionado por representantes de dueños de bonos, reservándole el secreto a los verdaderos dueños del negocio. Black Rock y las demás piedras negras arman junto al gobierno un rompecabezas de representantes. Algo en ese juego de representaciones despierta la sospecha de unos y alimenta la indiferencia de otros. Los “representantes” le han puesto rostro actoral a un acuerdo que vuelve a beneficiar a esos sin rostro entre los cuales seguramente se encuentran nombres de ricos Forbes, funcionarios, amigos y testaferros. Hace falta conocer cómo está compuesto ese colectivo que llamamos “acreedores” para entender mejor de qué está hecha la deuda pública y la externa, asociada, o bien a la timba financiera, o bien a la remisión de ganancias extraordinarias al exterior, en cualquier caso, contra las condiciones materiales de otros modos de existencia posibles que no sean la vida del zombie deudor.

No es el camino que tomó el gobierno del Frente de Todos del que, a nuestro modo formamos parte. No es el único camino del que disponía, ni el único camino posible. Necesitamos hacer común la discusión sobre la deuda. Pero, sobre todo, necesitamos organizarnos en torno a una subjetivación capaz de no reconocerse como endeudada. Previo a plantearse el pago o no pago de la deuda, o incluso a la necesaria consideración sobre la ilegitimidad, es necesario desobedecerla.


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