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POR UN PAÍS SIN EJÉRCITO

FRAGMENTO Nº5

Quizás llegó el momento en el que la memoria deje de estar anclada en el pasado para abrirse paso –con un pasado desanclado– hacia el porvenir. Tal vez de esa manera la memoria devendría en justicia. Y la justicia alcanzaría una verdad posible. El problema pasa por poner sobre la mesa de disección que tipo de memoria, que tipo de justicia y que tipo de verdad reclaman a futuro ese dolor común que persiste en el presente. Lo que queremos afirmar, sin mayores preámbulos, es que no queremos ni necesitamos un ejército “bueno”, lo que queremos y lo que necesitamos es un país sin fuerzas armadas.

Asistimos en estos días singulares a impúdicos pedidos de sacar al ejército a la calle para controlar y hacer cumplir la cuarentena amparados por la declaración del estado de sitio. Esta histeria autoritaria es la mueca fatal y grosera de una visión positiva del ejército, aparentemente opuesta al griterío autoritario. Habría, entonces, una forma “buena” de utilizar a la institución militar en la urgencia, es decir de sacar a las fuerzas armadas a la calle de una manera amigable. Se las mostró primero fabricando barbijos, después distribuyendo comida, luego preparando un hospital de campaña itinerante y, al parecer, se planea utilizar la capacidad logística para distribuir alimentos masivamente si la situación se complicara. ¿Se trata de un sutil aprovechamiento de la situación para trasladar parte de la política de asistencia desplegada por el renovado consenso progresista a la institución militar, legitimada nada menos que pos la pandemia misma? Este consenso de apariencia ocasional se basa en la imposición de una moral según la cual lo que se está haciendo es lo correcto porque es todo lo posible, como si el gobierno no solo fuese dueño de la decisión sobre lo posible, sino también como si lo posible fuese sinónimo de lo previsible y lo ya trazado.

Pero las huellas del daño urticante producido durante más de 150 años de enfrentamiento con cualquier forma de rebelión por parte de los asesinos profesionales agrupados bajo el nombre de “Fuerzas Armadas” o “Ejército argentino”, en la memoria genética de nuestro pueblo es tan epidérmico que para introducir la idea de un ejército “bueno” hace falta no solo la caricia sutil del guante militar, sino una suerte de portal mágico. Portal que el progresismo viene buscando desde hace casi cuarenta años sin éxito y que ahora parece haberse abierto en base a dos acertijos sensibles generados por la justificada sensación de desprotección ante los efectos de la expansión viral en los sectores populares y más desfavorecidos: el portal entre deseo y necesidad. “Queremos estar protegidos y por eso necesitamos seguridad”. Así el Estado presente se restaura a nivel social en su modelo más conservador y patriarcal, y tiene la oportunidad histórica de que los milicos atraviesen el umbral de los cuarteles para cumplir por primera vez con la función que el pacto democrático les encomienda, cuidar a los ciudadanos de una amenaza exterior.

Curiosa manera en la que la urgencia viral coincide con la idea progresista de unión nacional, pacificación –con la institución eclesiástica y la militar a cargo de una nueva gestualidad benévola– y borrón y cuenta nueva. Está claro que las noticias anunciadoras de la unidad de los argentinos conectan con un portal sensible por el cual el ejército y las fuerzas armadas dejarían de ser lo que son, una institucionalidad asesina, lacaya y obediente enfrentada históricamente a las luchas populares, para formar parte del nuevo “todos”, ya no el electoral Frente de Todos, sino una totalidad  que busca introducir su vacuna ante otro virus que podría estar incubándose entre nosotres si imagináramos nuevas formas de instituir prácticas del común.

El blanco de la maniobra no pasa tanto por imponer la buena nueva militar en los sectores populares, quienes por suerte están más entrenados en el pillaje y sabrán recibir la ayuda del ejercito sin por eso aceptar las prerrogativas morales y subjetivas del caso; sino por su ascendente en amplios sectores de la clase media, sustento y fundamento de una acción de este tipo, que se propaga junto a la enfermedad. Ellos son los que quieren y necesitan también volverse “buenos” también a través de sus instituciones, militares o eclesiásticas, en el marco una pandemia de la beneficencia presentada y representada como único recurso y significado de lo posible.

En otras circunstancias no hubiéramos aceptado a los militares en la calle. ¿Por qué abrirles la puerta ahora? ¡No los queremos y no los necesitamos! Desde nuestro punto de vista (un nosotros y un punto de vista que son historia e invitación) es necesario trabajar para cerrar ese portal y avanzar sobre otros posibles. Operación desordenada y caótica, que puede desatarse de manera aluvional, siguiendo la lógica de una tormenta de ideas. En cuanto a las cuestiones prácticas inmediatas: ¿Fatlan barbijos?, ¿Cuantos millones podrían producir las cadenas de talleres y de costuras y costureros disponibles en sus casas organizadas en una red de solidaridad y provistas de materiales mediante las organizaciones sociales, los clubes de barrio, los centros de jubilados, siguiendo simplemente un tutorial virtual de confección y control de calidad? ¿Hay que repartir comida?, pues bien, ¿quién mejor que los organizadores, durante todos estos años, de merenderos, ollas populares, modos de solidaridad y organización de redes y micro-redes de distribución, cercanas a los habitantes y a sus necesidades, para pensar cuál es el modo más justo y apropiado de hacerlo? ¿Hay que ampliar la capacidad de camas?, manos a la obra: ¿por qué no poner en movimiento un gran censo de casas y edificios deshabitados disponibles para evitar el acinamiento y garantizar mejores condiciones de vivienda frente a la pandemia mientras se avanza en una política para resolver la crisis habitacional? En fin, ¿por qué no licenciar masivamente a los militares, reorientar su lugar en la sociedad ya no como militares, sino como civiles, y dar lugar a las organizaciones sociales y de vecinos existentes para administrar junto al Estado la situación. Y, entre otras cosas, pensar mejores funciones para esos grandes espacios que brindan los cuarteles, con sus jardines, sus cocinas y sus lugares de esparcimiento. Solo se trata de dejar atrás la homologación entre desposeído e invalido y de transformar la verticalidad del poder en liberación de las potencias. En dejar de pensar que lo único posible es lo supuestamente previsible.

Un país sin ejercito puede no resultar previsible a la sensibilidad media, pero es posible. ¿Por qué no pensarlo colectivamente? Argentina no tiene hipótesis de conflictos con sus países vecinos, tampoco forma parte de manera directa o indirecta de ninguna de las conflictividades que se desarrollan actualmente en el mundo. Además, está claro que las fuerzas militares de los países emergentes no solo son insuficientes sino inoperantes para proteger su soberanía y sus recursos. Los países que enfrentaron o enfrentan conflictos contra las grandes potencias mantienen su soberanía en base al potencial de resistencia de su sociedad civil, organizada o tácitamente amenazante, dispuesta a luchar en las calles y, si es necesario, a constituir grupos de combate o guerrillas. Además, el desmantelamiento de las fuerzas militares generaría no solo un importante recurso presupuestario disponible (lo presupuestado para defensa y seguridad en 2019 era de $75.000 millones, cuando lo devengado fue $19.000 millones) para inversión en otras áreas, sino también una gran disponibilidad de recursos humanos y técnicos, que podrían orientarse a una elaboración creativa de una política de cuidado y seguridad ciudadana a partir de la hibridación de recursos: redes eficientes de comunicación no convencionales, poder de intervención sobre la economía, capacidad de sabotaje a bancos, redes virtuales y todo tipo de sistemas de seguridad mundial, relacionamiento colaborativo de millones de ciudadanos en estrategias de acción común en tanto trabajadores, creatividad y propaganda a escala planetaria frente a distintos escenarios de conflicto. En lugar de armamento perimido y deficiente para guerras convencionales, nuevas herramientas para combatir en los escenarios más sensibles. En lugar de subjetivación vertical y obediente e institucionalidad paternalista, protagonismo social y singular, y propuestas colectivas a la altura.

Es un llamado a abandonar la idea de institución como resguardo de una misión constante más allá de los avatares individuales y singulares. Es cierto que una crítica a las instituciones que pretenda reemplazarlas por la suma de las voluntades individuales, por la tendencia natural a la colaboración o por una idea de libertad deshistorizada, lejos de asumir la problematicidad de las paradojas del animal humano permanecería en un callejón sin salida. Pero también es cierto que la respuesta institucionalista (siempre de porte hobbesiano) a la crítica parte de un error significativo: pone a la institución como bien social y a la obediencia como comportamiento razonable para sostener y hasta defender ese bien. Es decir, primero la institución, luego la obediencia. Sin embargo, la obediencia es primera, ontológicamente primera. La lectura de Hobbes por Virno es clara y apegada al texto original de 1642: “nos obligamos a obedecer aun antes de saber qué se nos ordenará”. En el ruedo histórico la obediencia se presenta, a la vez, como causa y efecto de la institución estatal. Este punto no se puede soslayar, menos aun cuando la institución que se pretende “lavar” y justificar es el Ejército argentino. Aunque se trate del presidente que votamos, de nuestras compañeras y compañeros o de la corrección progresista. Los puntos ciegos son más ciegos aun entre afines.

Hobbes justifica la institución por un interés que considera natural: la autopreservación. Es decir, la invención del artificio institucional pretende atender la presuposición de un interés natural. En otras palabras: inventar para preservar la vida. En ese sentido, ¡qué mejor que un Ejército “bueno”! Nuestro problema se sitúa en el mismo terreno –de hecho, consideramos que no habría por qué escaparle al problema que es el terreno–, solo que invirtiendo la ecuación: conservar la vida para inventar. O bien, conservar la vida para inventar para conservar la vida y así… El problema principal de la invención no es el miedo, ni mucho menos su única pasión, sino el deseo y el amor. Por supuesto que no hay deseo sin peligrosidad, ni amor sin dobleces, pero el riesgo mayor, desde nuestro punto de vista, no pasa por la defensa de la institución en nombre de su eficacia para neutralizar los riesgos inherentes a la condición deseante, sino por ese momento en que deseo e institución no se distinguen, hasta alcanzar el deseo de institución.

En estos tiempos de encierro por mor del Estado y de nuevo clamor de más Estado, resulta contraintuitivo y peliagudo señalar la peligrosa génesis de la institución estatal y, en particular, de la institución militar en nuestro país, justo cuando unos soldados se muestran amigablemente como sastres del pueblo en un video institucional y un diario progresista felicita el armado de un hospital militar o la tienda improvisada con olla militar de campaña. Pero si nos interesa detenernos en ese punto no es para detenernos. Nos interesa más aun imaginar nuevas instituciones a la altura de lo común. Instituciones comunes no necesariamente estatales, ni renuentes a la articulación estatal.

¿Sabemos que forma deberían adquirir las nuevas instituciones que reemplazarían a las fuerzas armadas? No lo sabemos. Pero conocemos ejemplos desde los cuales pensar y confiamos en que las nuevas instituciones del común serán hibridas y viven impensadas entre nuestros posibles.

Estuvimos y estamos demasiado tiempo mirando hacia el mismo lado. Enfocados en los alcances retroactivos de la verdad, la memoria y la justicia, en lugar de a partir del potencial común del dolor e ir hacia estos conceptos para reinventarlos, antes que pretender el cumplimiento de su esencia. Desmantelar el ejército sería un verdadero acto de memoria y justicia. No de justicia retroactiva, sino de una justicia del porvenir. No de justicia como reparación del pasado en el presente, sino como acción que habilita en el presente un espacio deseante y constructor de posibles comunes. No de memoria como mero aprendizaje útil o moral de los errores del pasado, sino como agente activo de una experiencia común que reúne la vitalidad de la lucha de siempre de las Madres con los signos de un tiempo que aún es hipotético y de incertidumbre. A esa instancia del presente en la cual podemos compartir lo incierto la llamaremos futuro. A esa capacidad de crear a partir del dolor nuevas realidades la llamaremos justicia. A esa potencia que alberga en el cuerpo una capacidad de reacción singular y micropolítica al presente, basada en la experiencia común, la llamaremos memoria. A la conjunción de esa creatividad de la justicia y la capacidad activa de la memoria la llamaremos verdad.

Tal vez llegó el momento de plantear no tanto una política ecológica sino una ecología política. Una categoría transversal de cuidado ambiental social y anímico y un reciclaje instrumental creativo puramente táctico. En esa ecología política la justicia, la verdad y la memoria deberían formar parte del futuro, esa zona del presente paradojal en el que se crean los nuevos comunes posibles, con el potencial de transformar el ahora desde la construcción de espacios de enunciación y acciones tan mínimas como cotidianas (porque se trata de formas de vida). La pandemia nos asiste. Inédita, impensada rebelión viral del planeta contra el neoliberalismo, imagen espejada de todos sus males y virtudes, abre la posibilidad no solo de replantearlo todo dejando al desnudo la soberbia de ciertas evidencias, sino de actuar en la oportunidad. Para esta ecología política crear posibles debería ser como plantar árboles. Y proponer pensar en común el fin y el reciclaje de las fuerzas armadas generar aire respirable, sin virus ni pandemia.

Excursus

León Rozitchner se encargó en un ensayo de argumentar el rechazo al perdón exclamado por la Iglesia con el objeto de exculparse de la complicidad concreta con los crímenes de la dictadura de la desaparición de personas. Los dos ejes principales del argumento son: por un lado, el hecho de que no hay equivalencia entre el acto simbólico del perdón con rezo y las vidas humanas asesinadas, torturadas y desaparecidas; por otro, que al concentrarse en los cristianos –en las personas– que cometieron crímenes como parte del esquema dictatorial, la Iglesia como institución pretende ponerse al margen, “Como si la institución no hubiera promovido desde sus propios dignatarios la sangre que tiñe al purpurado”. Además, algo tan simple como el hecho de que el perdón debe ser concedido por el agredido u ofendido –en este caso, nada menos que asesinados, desaparecidos y afectos–, alimenta el nudo gordiano. Y, como cuenta cierta historia antigua, los nudos gordianos no se desatan, se cortan.

¿Qué ocurre cuando se pretende imponer la idea de que la institución militar, nuestro ejército dedicado de principio a fin (en su corta historia) a la represión interior, ahora sirve a los intereses y las necesidades de sus históricos reprimidos? ¿No se trata, cuanto menos, de un salto sospechosamente confundido con la mera cronología? Se dice que ya no quedan generaciones de militares en este Ejército que hayan participado de la lógica del genocidio, lo cual es cierto, pero se omite cómo se reproducen sus peores prácticas a través de su heredera, la policía; y se agrega que la institución pidió perdón –aunque no se aclara que la declaración de perdón del entonces General Martín Balza exculpa primero a la institución para ambiguamente terminar por hacerla ver responsable, una vez exculpada.

Esa declaración (1995), producida una semana antes de las elecciones presidenciales por medio de las cuales el gobierno de Menem, es decir, el gobierno de los indultos (1989,1990) sería reelecto, cundieron un efecto importante a la hora de convencer a parte de la sociedad de que había que “dar vuelta la página”. Esa corriente, de manera más y menos explícita, llega hasta nuestros días y, lamentablemente, nuestro actual presidente reiteró el espíritu de aquella declaración de Balza al referirse a la “inconducta de algunos”… donde Balza fue, como es lógico proviniendo de un miembro jerárquico de la institución, más contundente: “Algunos, muy pocos, usaron las armas para su provecho personal.”, o “Creo que algunos de los integrantes, de sus integrantes, deshonran un uniforme que era digno de vestir…”. Alberto Fernández también pidió perdón.

En realidad, en esa declaración de Balza está todo lo necesario para comprender la matriz de este sentido común peligrosamente grabado como marca de agua en las conciencias de buena parte de los argentinos: Se refiere a “Una violencia que se inició con el terrorismo”; lamenta el hecho de que “víctimas y victimarios desde el ayer, intercambiando su rol en forma recurrente, según la época, según la óptica, según la opinión dolida” enlentezcan la reconciliación final, y sostiene que se “necesitarán generaciones para aliviar las pérdidas, para encontrarle sentido a la reconciliación sincera.” El intento de exculpación del hasta ahora tenido como el más sincero pedido de disculpas desde fuerzas militares es completo: “En la historia de los pueblos, aún los pueblos más cultos, existen épocas duras, oscuras, casi inexplicables”, y continúa: “El Ejército, instruido y adiestrado para la guerra clásica no supo cómo enfrentar desde la ley plena el terrorismo demencial. (…) Este error llevó a privilegiar la individualización del adversario…” Para colmo, justifica el fin apelando a un lugar común: “Una vez más reitero: el fin no justifica los medios.” Y, como si fuera poco concluye su declaración pidiendo la ayuda de Dios. Finalmente, en una declaración como ésta, en la puja de intereses o en un genocidio, Iglesia y Ejército se vuelven a encontrar.

Lo que los vivos, los heridos, y los que acompañamos, heridos también a nuestra manera, no podemos aceptar es que el paso del tiempo hace un trabajo que, en realidad, nos compete, o que mejor salvar a la institución y confiar en sus nuevos miembros… No es lo que hicieron las Madres que, en cambio, como dice Rozitchner, se dedicaron a “combatir contra el sistema productor de muerte venciendo el miedo”. Porque en el fondo de la justificación de la institución militar revisitada por el progresismo no hay otra cosa que el fundamento de la institucionalidad moderna: el miedo y la obediencia.


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