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Pura conveniencia

FRAGMENTO Nº 3

Por pura conveniencia. Del mismo modo que para insultar a los chetos o para aguantar juntos podemos gritar ¡Viva Perón!, sabiendo que ese grito no nos define, pero que, en algún punto, nos expresa, porque es un grito que quiere ser más grito que otra cosa. Con la misma impune felicidad de desahogo y afrenta, de rebeldía y mascarada, festejamos el triunfo del peronismo en las PASO y festejaremos si el peronismo vuelve a ganar en octubre.

Conveniencia de cálculo premeditado. Como el del manguero callejero que sabe que si establece contacto visual la moneda está casi ganada, iremos por el beneficio indispensable para el pan y el vino, sabiendo que la visibilidad es otra, y la deuda también. Nosotros no somos ellos (los ganadores), pero ellos saben que parte de la victoria es nuestra. No les debemos nada, ellos nos deben y algo nos van a tener que dar. Matiz inmenso para los que viven el hambre y la intemperie, pero grande también para las posibilidades del enmascaramiento y el raje, para el uso derivacional de lo que podamos manguear invirtiendo nada más que gestos, una mirada estudiada, una seña hecha con la mano, aprovechando la interrupción que provoca un semáforo, una esquina. Solo eso.

Conveniencia del cálculo de lo incalculable. Como la de quien va a tirarse a la pileta desde un noveno piso, pero antes de saltar tira un tentempié, a ver como cae, cual es la parábola, iremos atrás del cálculo con un salto hacia otro impacto sensible y estético incalculable, que habilite de nuevo en nosotros una soberanía. Diferencia gigante para quienes después del 2001 quedaron atrapados en las redes ideológicas del regreso a los 70 y la delegación militante, pero también grande para aquellos que no aspirando a ningún tipo de representación que no sea la que surja de la potencia de los comunes, nos reconocemos en lo que vuelve pero nos asumimos como pasajeros disfuncionales, para que cuando la policía golpee la puerta diciendo “salgan, somos iguales”, encarar la ventana, una pileta allá abajo, otras posibles salidas. Solo eso.

La experiencia histórica está en lo que nos ocurre, no es necesario buscarla en bustos de plaza ni en banderas desteñidas. Está en nosotros no volver a tropezar con el regreso de lo mismo, está en nosotros operando en nuestros reflejos políticos: volver incluye, en el nuevo viaje, lo ocurrido en el viaje anterior. Lo que se va es lo sabido, lo que viene apenas un suspenso. Pero el espacio mínimo que se abre entre la certeza y el suspenso es mucho más grande que el que se abre entre una certeza y otra de signo opuesto. Ni todo ni nada, ni bueno ni malo. Es en el espacio amoral de la ganancia pírrica a donde también habita nuestro regreso, el de una potencia no representada ni representable, el de una posibilidad ínfima: en vez de volver caminando el caminito recuperar la capacidad del salto.

¿Mejora el valor nominal de los planes? Que mejore. ¿Una beca para un amigo? Bienvenida. ¿La capacidad ociosa industrial se viste de nueva oportunidad? Ya sucedió, y no estuvo mal. ¿Un manguito para la universidad, la escuela, los hospitales? Se celebra. ¿Respiran más jubilados? Faltaba más. Cada moneda vale más cuando la hacemos bien nuestra y no al revés. Cada gesto de un Estado friendly será correspondido con la máscara correspondiente. Nos conviene. ¿Para qué? En parte lo sabemos –nuestras condiciones de reproducción y alivio diario– y en parte no –nos reservamos ese “no saber” para experimentar posibles, para regalar y regalarnos lo presente.

Conveniencia, entonces, de la generosidad. Posible política de un nosotros generoso, amor a los protagonismos circunstanciales, tan duraderos como el deseo que los motoriza, a las alianzas que sin durar necesariamente una vida, inventan una duración al ser vividas, al derroche cuando faltan horizontes y a los proyectos colectivos cuando no soportamos un horizonte que nos hace iguales a nosotros mismos cada día. ¿Qué nosotros? Un “nosotros” que es, a la vez, múltiple existente y llamado a lo que aún no se dio, linaje escogido y amistades que nos escogen, márgenes de la institución y márgenes a secas. Desconfiados y arrogantes, hermosos y malditos, soberbios, porque esta vez no nos podrán atrapar con la misma red.

Pura conveniencia impura. Garrroneo y generosidad. Instauración de una razón pilla y todas las máscaras por delante. Nada parece indicar que la diferencia entre lo que hay y lo que vendrá después será notable. Aun así, es esa la coyuntura más conveniente. Porque es la que hay y porque es la que pudimos ganarnos. La posibilidad de disputar en la diferencia mínima la ventaja material inmediata y la afirmación radical de una presencia amenazante, que no quiere ser gobierno pero que no acepta que se gobierne de cualquier manera, que exige derechos sin reconocer otra soberanía que la propia, que se sabe autónoma e irreverente, incluso entre aquellos con los que pueda compartir el grito.

Conveniencia programática de griterío y fiesta. Nos expresamos en el grito y nada nos conviene más que el festejo. El grito que viene es potencia colectiva que nos hace parte del común. La fiesta plebeya, tan odiada por los chetos que se van, es el lugar común donde sabernos sujetos colectivos se vuelve ineludible y exacto.


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