Saltar al contenido →

PURO EFECTO

FRAGMENTO Nº 4

Sin causa, encausados en el grito, momento común de lo indecidible que puede devenir en cauce, vamos hacia una alegría política. No hay reparos en este movimiento. Vamos más allá de los augurios y las señales de una diferencia cada vez más pobre entre lo que hay y lo que vendrá, en un movimiento que desconoce la esperanza (¿progresista?) y el optimismo (¿militante?), desconociendo también la apatía del cambio por el cambio o del cambio por aburrimiento y encerrona. Ni el optimismo ni la esperanza ni el cambio son “causas” para una alegría política. Ahí donde nos permean –a veces sucede– desconfiamos de sus efectos y de sus afectos.

Apostamos al beneficio de unos efectos sin causa que los justifique; a unos afectos que puedan resultar cauces que van tentando su propio recorrido. Porque hay efectos sin causa y hay cauces afectivos en curso apostamos a un efectismo táctico permanente capaz de desvío ante la acumulación de causalidades concebidas como plan de acercamiento a un objetivo estratégico. Afirmamos el terreno de los efectos como vitalidad indispensable para la imaginación política y repudiamos la lógica reduccionista de la relación causa-efecto para pensar nuevos escenarios. Porque en el saber pretendido de las causas anida una idea reversible: así como podemos descifrar lo que nos pasa en términos de una causalidad identificable, del mismo modo pretendemos obrar como causalidad determinando objetivos conocidos de antemano, efectos deducibles de la causa que seríamos. Dice un filósofo que “En los militantes, el objetivo perseguido desaparece detrás de la voluntad de tener un objetivo”.  

Nuestro filósofo sostiene que la alegría nos toma sin explicarnos sus causas. Nos levantamos alegres (o tristes) y aun identificando como causa elementos que logramos razonar (como, por ejemplo, vapulear a los chetos en la elección), existe en la alegría una fuerza propia incontrastable con las causas razonables. Por eso mismo la alegría no puede ser prometida (mucho menos algo semejante a una “revolución de la alegría”), sino solo registrada como forma de estar en el mundo. La alegría como potencia de relación con los otros y con las cosas, como modalidad que tiene lugar en el terreno de los efectos, es capaz de desbordar su objeto o su causa, incluso cuando es más claramente efecto de una causa determinada hay un resto en ese efecto que es puro efecto.

La soberanía de ese efecto es tan trascendental como coyuntural. Es una especie de interface. Las causas, electorales, institucionales, convenientes, no se menosprecian ni se dejan de lado sino que se afirman desde el punto de vista de los afectos liberados de la relación de causalidad. Y esta afirmación es sintomática, no se verifica en un movimiento del intelecto, sino en un agite de los cuerpos dispuestos a la ocupación de un espacio de roce, territorio de una disposición permeable a las singularidades emergentes que pasan de un tipo de vitalidad a otra, de una potencia a otra, sin la necesidad de inscribir ese movimiento en el esquematismo del ideal que pierde fuerza al realizarse, del entusiasmo que se desgasta en los avatares de su institucionalización, de la novedad que envejece.

Si hay novedad hay eternidad. Si hay eternidad todo se vuelve presente. Si todo es presente nuestra presencia es a la vez relación infinita y recorte inmediato. Astucia táctica de la alegría política –o política de la alegría–: recortar… y dar de nuevo. Cortar el devenir temporal de la relación causa efecto para actualizarnos en una novedad permanente y volver a cortar para situarnos en un ahora urgente. Las derechas le echan en cara a los sectores populares una supuesta fiesta indebida; la alegría política corta con esa moral de la culpa y nos reinstala en el común de la fiesta. El progresismo quiere disfrazar la fiesta asociándola a una buena causa que le habría dado origen. La alegría política corta con esa moral de lo justificado y afirma la fiesta injustificable, incluso indebida, la fiesta insolente que informó a un peronismo naciente un 17. ¡No a la culpa, tampoco a la esperanza! La alegría política es a la vez corte táctico y táctica de corte. La alegría política es recomposición en collage, mascarada popular, hecha de partes que no encajan. Principal activo de una política pilla, que anexa lo que puede cuando puede, que habita pragmáticamente más de un espacio reservándose cada vez para sí lo innegociable, que incluye tanto elegir la elección como tentar la tentativa, ir hacia donde se sabe y no saber exactamente a dónde ir. Pura táctica, la acción de la alegría política desborda cualquier aprovechamiento estratégico. Puro efecto, su potencia se manifiesta más allá de las múltiples causas que puedan atribuir un origen.

No existe ni puede existir un programa revolucionario basado en la alegría ni un modo político sustentable para provocarla desde arriba. Solo puede tentarse una apuesta a politizar sus efectos y su capacidad de potenciar una aventura colectiva. Esta política de los efectos se encuentra en las antípodas –o, mejor, en otro registro– respecto al realismo político, a la instrumentalidad partidaria, al goce identitario de las banderas, en la medida en que éstos tarde o temprano olvidan la búsqueda que les dio origen o incluso la alegría que les dio vida; mientras que la demora en los efectos constituye en sí misma una alegría inolvidable. En algún punto, la política misma se trata de esta feliz desproporción, de un quehacer con ese suplemento que nos ubica en otro lugar, que nos desliga de la pesadumbre y nos permite relanzar delirios o gestos mínimos como guiños entre desconocidos igualmente afectados por la alegría de cualquiera.

No estamos alegres por la proximidad del triunfo electoral, nos encontraremos próximos y triunfantes si estamos alegres. Medida posible de lo inmediato y lo permanente.  Alegría colectiva. Superioridad inventada del efecto callejero, intelectual, sensible, productivo, por sobre la causa –en este caso, electoral– desde donde probamos suerte en la coyuntura con una memoria histórica que desde nuestro baldío antiguo se hace presente con su fuerza recreada de efectos y afectos. Desde esa alegría sin tiempo y sin dueños, alegría política, reclamamos la capacidad de plantear nuestros propios problemas y la soberanía de nuestras agendas por venir.   


MANIFIESTO ABIERTO ES UNA INICIATIVA COLECTIVA Y ANONIMA DE INTERVENCIÓN EN LA ACTUALIDAD POLÍTICA. SU OBJETIVO DE PENSAR LA POLITICIDAD DE LO QUE OCURRE PARA DINAMIZAR LA POTENCIA DE LO COMUN. SU METODO ES INDAGAR EL ESPACIO POETICO QUE SE ABRE ENTRE LA URGENCIA Y EL PRESENTE ETERNO PARA CONSPIRAR Y FABULAR POSIBLES. ENCONTRÁ TODOS LOS BANDOS DE MANIFIESTO ABIERTO EN REDEDITORIAL.COM.AR

Publicado en Sin categoría