Descripción
¿Quién era ese que escribió?… Barthes ha puntualizado el valor performativo del verbo escribir en la modernidad. Si escribir se ha vuelto autorreferencial no quita que obstinadamente sostengamos la creencia de que siempre se escribe para alguien, o al menos para algo. En mi caso, escribir, escribir crítica, otra forma de ser de la ficción, siempre fue producto de un alto costo físico —la escritura es un capítulo de la Física cuántica, pero también lo es de la Anatomía y casi, diría hoy, una verdadera catástrofe psíquica. Escribir algo, hacer del verbo escribir un verbo transitivo. Ya no se trata de saber quién escribe, o por qué se escribe, sino saber qué cosa es escribir, que es la única pregunta que, al deshumanizarnos, nos enfrenta al desierto de la historia, esa trituradora de imaginarios. Siempre sentí, aunque no sabía explicarlo, que escribir era merodear alrededor del “corazón maligno de todo relato”, alrededor de la cosa literaria, a falta de términos menos enigmáticos… Ese objeto —no objeto inestable, indecidible, radicalmente heterogéneo— presupone, crea, genera el sujeto de un saber también excéntrico y ubicuo, taxativamente sujeto en perpetuo desvanecimiento…Creer, fingir que la literatura es un objeto-uno leído por un sujeto unitario, es una formación ideológica claramente delimitada en la historia. La historia que sucede (y transforma) al sujeto de la lectura no es producto de las marcas historiográficas de superficie, sino de una historia profunda del registro del régimen de lo imaginario, allí donde se alojan las fantasmatizaciones del deseo cuando es rechazado por lo simbólico y negado por la realidad (negación fundante).
Nicolás Rosa







