Ciudad Policia

ESPECIALES I

Escriben:
Horacio González, Esteban Rodríguez Alzueta, Ariel Pennisi, Adrián Cangi, Eva Koutsovitis, Jonatan Baldiviezo, Diego Vleriano, Rubén Mira.

El último enemigo

Adrián Cangi y Ariel Pennisi

1.

En el nuevo paisaje de la pandemia de COVID-19 se agitan consignas y se ventilan publicidades de empresas privadas o estatales, de acciones nacionales o provinciales, que buscan construir nuevos “héroes” y “heroínas” de la sociedad, al mismo tiempo que se intenta señalar el catálogo de “amigos” y “enemigos” públicos. Se trata de publicidades que se han convertido en signos vectoriales porque indican el crecimiento o disminución de alegrías o tristezas, mientras modulan por signos escalares el humor social por medio de sus afecciones, sensaciones y percepciones. Valen algunos ejemplos audiovisuales como los de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) o de la Policía de la Ciudad (Ciudad Autónoma de Buenos Aires) –más allá de sus evidentes diferencias– que circulan en el presente de la metrópolis democrática como solemos llamarla, aunque su nombre esconde el antiguo sentido de polis, verdadero término agónico que reúne rivales libres en “discrepancia” frente al atletismo de la publicidad y de la política como policía. Se reproduce en la TV y en las Redes publicidades y propagandas como las señaladas, aunque cada día resulta más difícil distinguir estos términos, por ello parece mejor llamarlas por su nombre de “diseño”, como pastiches pertenecientes por igual a la era de la ciencia y de la democracia de los grandes números y de las curvas algorítmicas. Son buenos ejemplos de este escenario visual los mensajes de YPF o de la Policía de la Ciudad, con consignas solapadas o explícitas que aguijonean nuestra memoria.

Ante el acontecimiento presente, en la era de la multiplicación de las fórmulas y de las imágenes, la historia parece necesitar de jugadas con pretensión literaria para un nuevo contrato científico, narrativo y político, poblado por relatos seductores y palabras excesivas. Estas acciones de difusión nunca fueron inocentes ni vaciadas de sentido en la historia de occidente, pero menos aún en la memoria de los archivos recientes de la dictadura de la desaparición de personas. Recordamos publicidades didácticas del período del estado de excepción durante la dictadura, en las que se usa la figura del “virus” y de los “organismos extraños” para explicar “la acción de las fuerzas del orden” frente a la llamada “subversión”. En el presente se realizan estas publicidades en un contexto denominado de “guerra” contra el “enemigo invisible”, aunque haciendo visible los sentidos de unidad, conquista y salud, con las que se enfrentan a los organismos “indeseados”. Se invocan voces de especialistas de la ciencia, se recuperan memorias de los nombres de la historia de la independencia nacional, se evocan sedimentos sensibles que aspiran a reunir la identidad común que aún se mantiene disgregada en la esfera social. Una vez más se expresa el deseo de la épica y del héroe ante el último enemigo trágico. El enemigo en este caso no es extraterrestre, sino biológico, pero el entusiasmo del argumento catástrofe parece ser el mismo: salvar a la Tierra en la unidad de la humanidad. Como en esos filmes, la democracia y la libertad se unen para combatir por la supervivencia, o como dice la publicidad de YPF, en la gloria del combate supremo: “¡Por el Pueblo Argentino, Salud!”

Ante la gran amenaza se elevan las virtudes domésticas, se valora el cuidado parental, se regularizan los pactos morales, pero algo más potente corroe los ideales democráticos políticos, una lógica binaria privada de su otro organiza el conjunto de las imágenes del pensamiento. Se trata de la búsqueda de la victoria sobre el enemigo totalitario invisible, aunque hoy los científicos se esfuerzan por darnos una imagen del virus, con la pretensión de una refundación radical de la comunidad. La prolongada catástrofe anima al consenso de virtudes privadas y de un espíritu edificante del buen gobierno nacional o regional. “Combatir”, “dividir” y “tomar en posesión” son viejos términos castrenses de la teología-política que cunden entre nosotros como emociones de publicidades gubernamentales, de una población que vive en lo real la ficción de un filme de catástrofe. Parece ser la única salida declamada entre el aburrimiento total y la amenaza absoluta, donde la figura del enemigo y la lucha por la supervivencia encuentran la promesa en el pasado o en el presente de heroísmos deseados. Como en los mitos de las grandes batallas, la unidad del Pueblo y el estado anímico de los valores son fogoneados por palabras que se quieren proféticas.

La épica del buen científico, del buen médico, de las buenas actividades esenciales, reclaman “héroes” de la sociedad, porque éstos viven en la delgada línea roja de la batalla. Reclaman, a diestra y siniestra del campo intelectual, la palabra “héroe”, como aquella que no dejamos de escuchar en este tiempo de reclusión domiciliaria. La palabra “héroe” solo parece comparable es su resonancia en este momento social, con la triste unidad forzada por los medios y las redes en los preliminares de los mundiales de futbol en los que fulgura una gloria y alegría lejanas. Claro está, se trata de asegurar el liderazgo de las buenas intenciones del sentido común y del buen sentido moral: “¡un paso más, argentinos, para ser republicanos en la unidad de una épica!” Pero en el reverso del sentido común y del buen sentido moral se esconden deseadas historias revisionistas y retornos de un orden previsor, que apela por héroes salvadores. Habrá de considerarse que, cuando los políticos claman por héroes civiles de una población recluida que pueda ejercer la buena conciencia sobre sí para el cuidado propio y de los otros, cuando los virólogos y médicos buscan la épica moral de los héroes y heroínas salvadoras entre la población que pueda donar sangre para el plasma fortalecido, cuando los medios chicanean desde sus tribunas por el sentido común del control férreo de los vecinos bajo el poder de delación social en nombre de una causa justa, ha triunfado entre nosotros la gloria de “héroes” y “heroínas”, con nombre propio o anónimos, sobre los que descansa el equilibrio acrobático del sentido común y moral de nuestras sociedades.

La fundación de uno de los grandes mitos de la filosofía política moderna es el de la amenaza de la guerra absoluta que exige la enajenación de los derechos de cada cual. De Hobbes a Schmitt se insiste en la amenaza de muerte que proviene de cada hombre y apunta a otro hombre. Y siempre otro pueblo u otro sistema político, se prestó a representar al enemigo con su amenaza de esclavitud o de muerte. Las figuraciones de ese “enemigo absoluto” se tornan problemáticas. Como en los filmes catástrofe de naturaleza apocalíptica la única verdadera guerra es la guerra contra la muerte absoluta. Hoy enfrentamos un extraño juego entre la muerte afrontada y la muerte denegada, entre el miedo absoluto y la confianza tranquila. La tarea de la tragedia antigua era la de purgar o purificar el miedo para transformar la perturbación en saber. Pero la épica genera, desde entonces, la movilización absoluta contra la muerte imaginaria. En la gran paz democrática proclamada por la modernidad fallida y proseguida por la sobremodernidad del “sexto continente virtual”, la guerra contra lo invisible permite volver a evocar a los héroes que procurarán nuestra identidad y supervivencia. Ahora bien, todos los sentidos resultan más delicados cuando en un arco, desde el poder pastoral a la razón de Estado, las artes de gobierno vuelven “héroe” a la policía. Vale recordar que la policía tuvo como función entre los siglos XVI y XVII la “vigilancia de todo lo visible”, como parte de una naciente ciencia de la administración al servicio del Estado y como control de los abusos de la racionalidad del poder. Desde la génesis del capitalismo, la razón de Estado y la teoría de la policía están entrelazadas en la formación progresiva de los Estados modernos. Pero no tenemos que olvidar que la policía no es solo una función social sino una constitución simbólica de lo social. Ningún gobierno es sólo sabiduría y prudencia sin exhibir la potencia y “vigor” del Estado.

2.

Circula en las redes y en la televisión un video de propaganda de la Policía de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es extraño el gesto en un contexto democrático, ya que no se trata de una pieza de comunicación de un gobierno promoviendo nuevos oficiales o equipando a su fuerza de seguridad o –menos frecuentemente– capacitándola. ¿Cuál es su estatuto institucional, si se supone que las fuerzas de seguridad cumplen con el mandato civil bajo su estricto control, antes que publicitarse a sí mismas? ¿Qué clase de “pieza” es esta? Cabe una descripción somera, no sin un mínimo ejercicio crítico. Relata una voz femenina casi calcada de la voz de María Eugenia Vidal, la ex gobernadora de la provincia de Buenos Aires, que tiene mejor imagen en la Ciudad que “ahí”, donde su gobierno dejó más deuda, más pobreza, menos trabajo, menos infraestructura y… menos seguridad ciudadana. El tono solemne, pero acompasado con una escucha más bien refractaria a la solemnidad política convencional, se confunde con un fondo musical propio de cierta épica publicitaria que sostiene la escalada de imágenes: una policía bien vestida y bien equipada que ayuda a una anciana a ponerse alcohol en las manos, otros que rescatan a una señora de un derrumbe, acuden a un accidente de tránsito, y así. Resalta un aspecto central de la policía, sus tareas de proximidad, al tiempo que pone de relieve lo único que la policía comparte con los bomberos: el riesgo.

Algunos sentidos del pasado retornan a la escena descripta. Como en el siglo XVII europeo, la policía local sería una técnica de gobierno propia del Estado que conlleva la virtud de la “cooperación amistosa” con vistas a un intercambio igualitario y honesto entre los ciudadanos. Por ello en la pieza audiovisual el tono pide reconocimiento, deja ver en el pedido la reversibilidad de la proximidad: ahora te toca a vos, “¡sos vos ciudadano!” el que tiene que arrimarse para saludarlos, apoyarlos y felicitarlos por su tarea de administración. Es que, en algún punto, lo más realista del diseño de la pieza audiovisual, lo único concreto a lo que ‘echa mano’ para construir verosimilitud, es la cercanía física. Aun en la ambivalencia de su visibilidad, ya que, por un lado, la excesiva presencia policial es una señal de control para unos y de seguridad para otros, es en sí misma una estética –y vaya que la Ciudad está infestada de policías (por pedirle una palabra prestada a la pandemia)–; mientras que, por otra parte, el hábito maldito invisibiliza la presencia vigilante de los “efectivos” –¿los hace eso más o menos efectivos?–, hasta que un gesto cotidiano, algo ínfimo como pedir la hora o preguntar por una calle les restituye una visibilidad, esta vez más amable. Un imaginario barrial en extinción, habitado por almaceneros, kiosqueros, diarieros, vendedores ambulantes elegantes, entre otros, mitología urbana, donde el policía de la esquina aparecía como una referencia bienhechora.

Pero no es esa la Buenos Aires de los costosos carriles exclusivos vendidos como “metrobuses”, del cemento sobre cemento, de los tachos de basura “inteligentes”, de las obras públicas proselitistas, la ciudad maquillaje, la ciudad que vende maceta por árbol, suerte de parque temático de mampostería que hace del negocio inmobiliario y del endeudamiento en dólares sus principales formas de circulación dineraria. No hay imaginario barrial que alcance para reponer la imagen del “buen policía”. Porque si la ciudad es ese consuelo de ‘garcas’, cipayos de una falsa Europa, “máquina colonizada de cortar boludos” (como repetía risueño Tato Bores); la nueva Policía de la Ciudad nació vieja. Tanto en su conformación (plagada de ex agentes de la Federal y de otras fuerzas), como en el discurso de sus mandos (castrense y autoritario), en su accionar represivo y en su conducta corrupta.

Entonces, el sentido que propone la imagen del “buen policía” se repone sólo para un mundo más o menos “ilustrado”, conocedor de la violencia instrumental de la cultura y capaz de recordar el pasado desde su condición de propietarios. En ese mundo se sabe que para que exista la “vida feliz” de unos pocos, la policía tuvo que haberse convertido en aquellos encargados de vigilar las estadísticas de la población, la circulación de personas y bienes, la salud pública en épocas de pestes, los accidentes de la vida pública y la disciplina de la circulación de los pobres, mendigos y vagabundos. La policía, desde el siglo XVIII hasta el presente, es un invento urbano ilustrado que se encarga del arte del esplendor del Estado, del ornamento de la ciudad y del hombre productivo, mientras su preocupación es abarcar todo lo “visible” y ocuparse de aquello que se diluye en las sombras. Por eso, la policía es el gran vector imaginario y literario del género policial en el naciente Estado moderno, porque va a velar por la ciudadanía de “bien”, propietaria y productiva. La “ciencia de la administración de la vida” se interesa, desde entonces, por lo indispensable, útil y superfluo de los individuos, fortaleciendo la imagen del “buen policía” dedicado a la piedad, conexión, comunicación y salud como su tarea de “cooperación amistosa”. “Policiar” y “urbanizar” son entonces la misma cosa. Pero, ¿dónde ha quedado la violencia instrumental y física, aquella que no evoca esta imagen diplomática y de poder de intervención racional, con objetivos nobles, solidarios y de bonanza? ¿Qué sentido encierra esta valoración del buen uso de la fuerza, más reglamentaria que despótica, donde la policía se ocuparía de los “detalles” del buen gobierno?

¿En qué circunstancia surge esta pieza audiovisual? ¿Una “pieza institucional” en tiempos de pandemia? ¿La situación de emergencia legitima un material institucional también de emergencia? ¿O se trata del aprovechamiento político de una situación en la cual, al parecer, la autoridad vuelve a conectar con su fundamento moderno: el miedo? El “principio de autoridad” parece atravesar un buen momento gracias a un discurso público que se dispone a una mezcla entre razones sanitarias, miedo y seguridad disfrazada de cuidado. Entonces, parece un momento táctico para aprovechar la pandemia y la implementación de una cuarentena inédita, lo que capitaliza una mirada benévola de buena parte de la población (¿la mayoría?) hacia la autoridad. Suena canalla, y lo es.

¿Qué propone? Si el heroísmo es una recóndita posibilidad de la experiencia humana que, cuando acontece, parece poner a prueba con un acto el sentido mismo de la vida histórica, el eslogan publicitario del institucional de la Policía lo vacía de su núcleo dramático: “¡Héroes de siempre!”. Porque en la publicidad no hay conflicto, sino una ciudad armónica perturbada solo por accidentes contables estadísticamente. Es el colmo de la negación del conflicto, eliminarlo justo en la referencia al heroísmo, es decir, ahí donde el conflicto con más fuerza nos habla de nosotros mismos, ahí donde nos dice de nuestras potencias en el instante en que ‘podemos’ todo lo que podemos ante el riesgo de que no sea suficiente. El heroísmo duerme en el filón de lo trágico que despierta cuando alguien –quién sabe cómo o por qué– ocupa ese lugar.

Todo héroe dice de lo trágico, ya que en el fondo, acepta de antemano la posibilidad de perecer, de no alcanzar su objetivo o lo que inevitablemente sucederá: la proeza que parece eterna llega a su fin, su alcance es tan limitado como la felicidad en la canción de Tom Jobim (“la tristeza no tiene fin, la felicidad sí”). Es en el esquema del heroísmo, tantas veces utilizado por regímenes tiránicos (de las dictaduras hasta la industria del entretenimiento), donde vive lo trágico como aceptación de conflictividades irreductibles que, a pesar de angustiar, generar discordancia y malestar, son expresión de la vitalidad misma de lo social. De modo que no hay nada más dramático en sus consecuencias que negar el drama de fondo de las sociedades modernas. Este heroísmo cotidiano, dicho como lo dice en el video nuestra falsa María Eugenia Vidal (como si no bastara con la impostación habitual de la “verdadera” María Eugenia Vidal), sabe a palmada en la espalda, a mera exaltación de gestos de una cotidianidad sin mayores conflictos que los “accidentes” de la vida en las metrópolis, casi en las antípodas del heroísmo trágico. De hecho, la institución que se publicita a sí misma en este video es la misma que alerta sobre los héroes… “¡que nadie se quiera hacer el héroe!” (que nadie que no pertenezca a la policía).

Es en ese sentido, que los héroes de todos los días, no solo mantendrían una relación de proximidad con los “vecinos” –los habitantes de “todos los días”–, sino cierto parentesco. Para decirlo brutalmente, el delator o el “buchón” es un primo pusilánime del policía. Pero alguna filiación podría encontrarse también en el señor temeroso, en el pibe individualista, en la mujer que antepone “lo suyo” a cualquier situación, en la “turba de linchadores” que se ensaña con un pibito y después pregunta si era cierto que robó un celular… Para la autoridad, para el punto de vista de la autoridad, no debería existir conflicto, ya que sólo ve “individuos” conflictivos. ¿No es esa una forma de autoritarismo? En el momento en el que el institucional enumera los nombres con que los “conflictivos” se suelen referir a la policía: “vigilante”, “cana”, “gorra”, “botón” (y se queda corto), cierra la frase con el típico llamado de alto: “¡alto ahí!”. ¿Les habla a los vecinos proponiéndoles un lenguaje común? ¿Se victimiza a la policía? ¿Le habla al resto de las fuerzas de seguridad buscando su complicidad? ¿Les advierte a los ‘guachines’ o al ‘piberío’ que a partir de la difusión del institucional esos términos serán causa –ahora justificada por un video que sale en la tele y circula en las redes– de reprimendas como las que ya conocen (las que, claro, no podrían jamás exhibirlas en un institucional)?

            Al sancionar el lenguaje callejero surgido para criticar o burlar a la autoridad policial, es decir, al exponer la gramática inventada por los que padecen “todos los días” el asedio, el verdugueo y las violencias de todos los calibres por parte de la policía, en una pieza propagandística hecha con recursos del Estado, se señala a determinados sectores como conflictivos. Y… ¿qué se hace con los “conflictivos” en una ciudad sin conflictos? Una ciudad que a lo sumo sufre del “accidente aristotélico”, ese inherente a su buen funcionamiento, una ciudad que suena tan bien como esa musiquilla publicitaria, que se ve tan limpia como la imagen digital, una ciudad que se pretende aséptica y ya demostró estar dispuesta a todo para mantener su limpieza. –Basta recordar los vehículos sin patente con los que el gobierno de Macri y Larreta, desde sus inicios, retiraba las pertenencias de mendigos y pequeñas ranchadas, golpeándolos y aplicando una violencia tan ilegal como esas camionetas blancas. Paradojas de la asepsia, mugre metódica para una limpieza a toda prueba. UCEP, Unidad de Control del Espacio Público, es un nombre que no debemos olvidar porque encierra la larga lista de los edictos, ordenanzas y medidas entre la función moral y el arte de la guerra.

Se sanciona, entonces, a un grupo social y a toda persona que guste de esa gramática por su forma de hablar y se lo hace en una pieza de comunicación estatal. Se los identifica sin necesidad de requerir el DNI o de hacerlos circular, se los segrega, se los separa del resto de la sociedad y se los señala ante los que viven una vida considerada legítima por sobre esa otra, la mala vida de siempre. La historia de los indeseables en nuestro país escribió parte de nuestra literatura, de nuestros ensayos historiográficos y de las investigaciones disponibles de las vituperadas ciencias sociales. Pero, fundamentalmente, se escribió sobre los cuerpos mismos. Por otra parte, es notorio el hecho de que la policía no habla como en el video en cuestión. Apenas esa palabra de orden del final (“¡alto!”) resuena como algo conocido de su lenguaje real. La policía tiene otros códigos –algunos son códigos mafiosos–, su dialéctica rígida, áspera, incluso sus temerarios silencios. Gregorio Kaminsky, quien dedicó buena parte de su vida a la enseñanza de miembros de distintas policías, llamaba la atención sobre lo cerrado del lenguaje castrense y sobre los límites que eso significaba en términos de subjetividad. Decía que un policía “tiene degradado, restringido y hasta ‘forcluido’ el uso terminológico”. En ese sentido, la calle, la villa, las barriadas populares, son más inventivas, dueñas de una vitalidad que brota una y otra vez de los días esquivos, de la sensación de que nada alcanza, de la adversidad que a veces lleva puesto un uniforme… bordó, negro y celeste. ¿Es esa vitalidad lo que, en última instancia, castigan los ‘polis’ y los ‘buchones’ y los ‘pusilánimes’ que gustan llamarse “vecinos”?  

3.

Una resonancia fresca de represión y victimización simultáneas: un grupo mixto de policías de la ciudad apedreado por uno de los frentes de la manifestación que en diciembre de 2017 protestaba contra el ajuste jubilatorio en un contexto de ajuste permanente. También el gobierno de entonces intentó avanzar con la idea de un heroísmo del ajuste. Lo que seguía era la reforma laboral. Pero la calle lo impidió. Sin embargo, ese día, el gobierno de Larreta expuso a ese ‘grupito de policías’ a una situación de riesgo, como se expone a unos simples trabajadores que reciben órdenes. En ese punto, por un instante, se pudo percibir la cercanía real de esos policías con los manifestantes: ¡éramos todos trabajadores! Pero la orden era provocar y reprimir. Más allá de los infiltrados del caso –los vimos con toda claridad rompiendo sin sentido unas vidrieras–, la escena fue perfectamente preparada: había que transformar a la policía en víctima de los “conflictivos”, y lo hicieron a costa de la integridad de sus propios trabajadores. Siempre, mientras haya policía, existirá ese umbral en que unos manifestantes, en el fervor de la puja salarial, jurídica, libertaria, entre otras, exhorten a los laburantes uniformados que miran tras una valla o un escudo transparente a dar ese corto paso como abismo, deshaciendo toda una simbología con un gesto. Hay honrosos ejemplos que nunca alcanzan. ¿Serán esos los últimos héroes o los últimos enemigos?   

* Adrián Cangi: * Ensayista. Doctor en Filosofía y Letras (Universidade de São Paulo). Enseña en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad Nacional de La Plata y en la Universidad Nacional de Avellaneda, donde dirige la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas. Es autor de Gilles Deleuze. Una filosofía de lo ilimitado en la naturaleza singular (Quadrata-Biblioteca Nacional, Red Editorial 2010, 2014);

 Ariel Pennisi: Ensayista, editor, docente (UNDAV, UNPAZ), autor de Papa Negra (EL) y de Globalización. Sacralización del mercado (Errepar). Coeditor de Revista Ignorantes (junto a Rubén Mira), conductor y coproductor de Pensando la Cosa (Canal Abierto).

Publicaron conjuntamente: Filosofía para perros perdidos. Variaciones sobre Max Stirner (Autonomía, Red Editorial, 2018) y compilaron Linchamientos. La policía que llevamos dentro (Autonomía-Pie de los Hechos, Red Editorial, 2014)


Nota sobre el heroísmo

Horacio González*

Es evidente que las metáforas militares se han apoderado en gran medida de la descripción de las acciones vinculadas a la cuarentena. Muchos compañeros han publicado agudísimos artículos señalando la proliferación de la lengua castrense en los compromisos profesionales y técnicos que involucran a esta decisión de reclusión del “demos”, ordenada por el Estado. Se escuchan: “Hospital de campaña”, “primera línea de lucha contra el virus” y otras expresiones semejantes. Incluso el “enemigo invisible”, de honda raigambre, pues lo han empleada casi todas las autoridades mundiales. Estos deslizamientos de la lengua militar a los actos sanitarios y de protección ante el contagio, evidencian la puesta en el horizonte público de varias cuestiones. Una es el modo en que se desplegaron las acciones de control de las restricciones generales de movimiento, lo que compone un gran espectáculo social y político de generalización de confinamiento masivo. Se lanzan normas de violación personal a las excepciones que le Estado determina, hay distintas penalidades a quienes no las cumplen y en los medios de comunicación se señalan los casos de personas que invocando o no “derechos personalísimos”, se empeñan en continuar sus rutinas en espacio abiertos sin concebir que cada uno puede ser irradiador de un peligro hacia otros. Más allá de la floración de numerosas conductas individualistas esta índole, estos medios comunicativos necesitan que alguien encarne la figura odiosa del “enemigo del pueblo”, puede ser una anciana con su reposera tomando sol en Palermo o un alegre surfista que se dirige a la playa con sus tablas de navegación. Irresponsables, seguro. Pero también necesarios para la máquina de señalamientos e imputaciones.

            Como el “combate contra el virus invisible” exige una sistematización de las conductas más heroicas, se han creado los paladines que emergen de la lucha. ¿Quiénes son los héroes? Esta noción es vaga, pero suscita emociones y pasmos diversos. Si hay cierta notoriedad en los héroes, esta surge de un previo anónimo mayor; si hay una divinidad en los héroes, esta surge de su condición estrictamente humana; si hay un valor extraordinario en los héroes esta surge de una cotidianeidad apática, y si hay una acción extraordinaria en los héroes esta puede surgir de un arranque súbito espontáneo e irreflexivo. Hay héroes. Toda institución los tiene pues una institución surge de ciertas prácticas pautadas en oficios y conocimientos específicos, que permiten asociar al sacrificio toda acción extra cotidiana. Pero también hay héroes porque las instituciones más problemáticas, como las instituciones policiales, destacan sus actos riesgosos en casos seleccionados para mantener la idea de “servicio público”, oscureciendo al mismo tiempo lo que se sumerge en las ilegalidades o el envilecimiento de buena parte de sus comportamientos. Ahora vemos que la policía se declara, o la declaran un sector de donde emanan los héroes de este momento.

La reciente publicidad de la Policía de la Ciudad sobre el tipo de heroicidad de la que estamos hablando parte de la imagen de “los héroes de siempre”. El célebre héroe cotidiano, que brota de la vida misma, de la profesión misma, de la indumentaria misma. La primera escena de esta publicidad institucional en la ciudad vacía es un policía que se ata los cordones de sus borceguíes. En el primer cuadro queda claro el símbolo que se desea suavizar. El empleo de la patada de distanciamiento con zapatos reforzados debe ser parte de los nuevos entrenamientos que, como se ha visto, pueden tener resultados letales. Los personajes policiales que se ven en la película van de la amabilidad en el trato “con nuestros ancianos”, hasta escenas de salvataje en casos de urgencia. Esto no puede negarse que ocurra, pero lo que se presta a una objeción terminante es el tono meloso de la publicidad, la aureola sentimental que rodea a los uniformados, en medio de un esquema de persuasión que llega hasta el desafío de intentar una mudanza en la lengua popular, que en todo tiempo y lugar ha señalado a la policía con claves de ironía y desconfianza. Se pretende ahora que expresiones como cana o gorra se dejen de lado. Hubo antes propagandas institucionales de la Policía Federal llamando a la inscripción de cadetes, con escenas benévolas o arriesgadas, como ellos mismos dicen, “al servicio de la comunidad”. Ahora todos estos eufemismos han sido superados, cuando estamos ante un film de autobombo profesional “post-Chocobar”.

Se trata, entonces, de mostrar un mundo idílico donde no hay patadas mortales en el pecho de una persona indefensa o tratos arbitrarios permanentes a los jóvenes que con toda razón les dicen “tira” a estos “héroes de siempre”. La vestimenta que se diseñó para la policía de la Capital se inspira en la figura del gimnasta con pulovercito o beisbolista con gorrito para el sol, lejos del viejo uniforme prusiano de la “Federal”. Pero sobre su adiestramiento, su ideología, su tecnología, esta publicidad de “héroes cotidianos”, indica que estamos ante una superficie de imágenes endulzadas que se sostienen por detrás con una cada vez más diestra instrucción para emplear tecnologías de administración masiva de modelamiento de conductas individuales, de acciones colectivas en la polis e incluso de disciplinamiento del lenguaje. Esto último en relación a cómo hay que denominar a las policías en la ingeniosa y movilizada lengua popular. 

¿Pero si el heroísmo fuera una oculta noción de sacrificio que se suelta espontáneamente de un reaseguro que toda conciencia tiene sin saber que abre paso a otra cosa? ¿Y si fuera una suma de actos profesionales de apariencia insípida o rutinaria que nunca dejaron de tener un oculto respaldo de una emoción contenida y alguna vez se rememoran? ¿Y si entonces solo se fuera héroe al final de una trayectoria de vida que permite un balance en callada voz, sin estridencia, con una conclusión confidencial, fue un héroe?  ¿Y si, además, las profesiones clásicas, el médico, el enfermero, el camillero, envueltos como todos en indiferentes rituales, en un momento inesperado sintieran el llamado del carisma olvidado que los hace salir al ruedo para amparar una vida más allá de los formulismos y como quién dice, se tira al río para salvar al ahogado sin calcular consecuencias? El héroe es un trazo sigiloso de nuestra conciencia, no puede ser la vocinglería de un discurso inflamado que vacía símbolos para dejarnos indiferentes, y entronizar al estado policial y de control como gema final del heroísmo burocrático. El héroe en verdad es lo contrario, es una vacancia que siempre se halla en un rincón de la vida y de repente, no sabemos cómo, las pequeñas criaturas lo asumen o asumen ellas mismas esa condición. Y ahí puede serlo cualquiera, vestido de la forma que sea, con los distintivos de una profesión o el asombro de que fue héroe porque surgió de la nada y volvió a la nada,

            Esta adjudicación heroica a las fuerzas policiales se realiza al margen de toda verosimilitud, y la necesaria prudencia es parte de ese verosímil. A la luz de otras elaboraciones simbólicas gubernamentales, como la publicidad de YPF, que propone la lucha contra el virus desde el punto de vista patriótico –desde la mención a Manuel Belgrano o a Juana Azurduy–, se produce un enorme e inconveniente salto de nivel o confusión entre franjas de la realidad. Llamamos “franja de la realidad” a cada sector ontológico definido por un lenguaje singular que recorta su significado específico en una porción práctica de la vida, y a la vez esta le otorga existencia al propio lenguaje significante. La biología, la infectología, la religión, la política, la guerra, los asuntos policiales, la navegación, la arquitectura, tienen sus expresiones lingüísticas articuladas, que les son propias. En el ámbito de la náutica decir navegación no es una metáfora, pero sí lo es en el campo de la informática. En el campo de la biología decir microbios no es una metáfora, mientras lo es en el campo de la lucha política, en el campo de la biología decir virus no es una metáfora, pero sí lo es en el campo de la informática, que es la franja de las realidades prácticas menos dotada de lenguaje propio y más expropiadora de las lenguas ya elaboradas o cristalizadas. En el campo de la guerra, decir “enemigo invisible” no es una metáfora, sí lo es en el campo de la historia y los sentidos de la vida social.

            ¿Es esto lo que se nos quiere decir? Que cuando se habla de cuidado –en el sentido de la formación de una comunidad, aleatoria pero preparada siempre para reaccionar con reciprocidad política y amorosa hacia un desconocido, y donde siempre se presupone en primer término que el desconocido no es hostil–, no se puede al mismo tiempo descuidar tanto el modo en que el lenguaje pasa de una esfera a otra. En este caso, del idioma de la guerra al idioma de la preservación de la vida social y de la sociedad como vita activa. Sabemos que el movimiento de la lengua exige extraer recursos de todos los planos de la existencia viva del habla…

Continúa en Revista Ignorantes del domingo 3/5

* Ensayista, Doctor en Sociología, fue director de la Biblioteca Nacional y docente en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Autor de numerosas obras, como La ética picaresca, Restos pampeanos, La crisálida, Perón. Reflejos de una vida, Filosofía de la conspiración, entre otras.


Si fuera cobani…

Diego Valeriano*

Si fuera cobani no quisiera un video pussy gatita como este. Un video casi progre ¿qué son, la cruz roja que los muestran tomando la fiebre? ¿Qué son, empleados de un geriátrico que pasean viejas de la mano? ¿Qué son enfermeros, si esto es una guerra? 

Si fuera vigi que me importa que esa manga de lava tupper digan giladas, si cuando le cruzó la patrulla corren y si no corren se acomodan la tanga y dicen miau miau. Si se mean y piden por la mamá cuando tienen miedo. Si son gatitos que comen wiska de la mano. Empleaditos, putitas, transas que se acercan al patrullero a dejar lo que corresponde. 

video de chetos

Si fuera rati no quisiera que unos chetos nenes de mamá se hagan un videito así, no quisiera que me defiendan unos panchos que no conocen Liniers, que no caminaron Lugano, que no saben el sabor único de las chicas de Consti, que no se toman el tren para volver a la casa con el uniforme puesto. 

Ni gato de los vecinos, ni héroes de los políticos, ni modelos de una propaganda bien pancha.  Si fuera cobani no quisiera que la locutora pida respeto por mí, si yo me hago respetar con el fierro, si el respeto lo cambio por miedo y el miedo por billete. 

* A la inversa de las personas que se convierten a sí mismas en personajes cuando comienzan a escribir, Diego Valeriano nació desde la escritura. Escribir, para Valeriano, es “mentir frente a la mentira”. A la mentira de la opinión, opone la gran mentira de la fabulación. De alta participación política en las redes, suele escribir en el blog Lobo Suelto!, en La Tinta y en campodepracticasescenicas. Publicó Eduqué a mi hija para una invasión zombie (90 Intervenciones, Red Editorial, 2019).


Trabajar sin contarse cuentos: policías, sacrificios y violencias

Esteban Rodríguez Alzueta*

1.

Un policía no es un policía o, mejor dicho, un policía es mucho más que un policía. Un policía puede ser padre, hijo o hermano; hincha de River o de Boca; joven o adulto; militante peronista o macrista; estudiante o abogado; mujer o varón, lesbiana o gay. Quiero decir, un policía son un montón de cosas. Cuando reponemos la vida cotidiana de los policías, cuando pensamos su trabajo diario al lado de los múltiples roles que encarnan, entonces podemos decir que la policía está hecha de la misma complejidad que tiene cualquier trabajo. Más aún: las trayectorias previas de cada policía también son muy distintas. No todos llegaron allí haciendo el mismo recorrido. Algunos de ellos viven a la policía como una estrategia de pertenencia y otras como la oportunidad de resolver problemas materiales concretos. De modo que no todos los trabajadores policiales le piden lo mismo a su trabajo. Acaso sea precisamente por todo aquello que los policías vivan a la policía de muy diferentes formas. Y acaso sea por eso mismo, también, que tengamos que explorar el universo policial sin contarnos cuentos.

Uno de los cuentos favoritos de muchos cuadros de la institución consiste en postular a la policía como una vocación, una suerte de destino manifiesto que a veces llega espontáneamente, de un día para el otro, como una suerte de llamamiento o inspiración justiciera, y otras veces con el paso del tiempo, a partir de la camaradería y el espíritu de cuerpo que teje con sus pares. Es comprensible que se trate de un trabajo que tiene muchas especificidades que no tienen otros trabajos. Pero lo cierto es que la “familia policial”, la postulación de la policía como una “hermandad” o “segunda familia”, será lo que permita activar otros intereses, por ejemplo, postular a la policía como una institución separada y separable del resto de la sociedad, no contaminada, alejada de la corrupción de la sociedad civil.

Ahora bien, la policía no es un saber que se trasmite entre la parentela, no se improvisa, sino que se construye. Y para ello hay un montón de artefactos culturales a través de los cuales se tramita esa identidad canónica. A veces las identidades se aprenden viendo televisión pero otras veces formando parte de rituales que tienen la capacidad de interpelar sus emociones profundas, de masajear sus pasiones, sus temores y aspiraciones, y sus resentimientos también. Vaya por caso los funerales policiales tan bien estudiados por la colega Mariana Galvani en su libro Cómo se construye un policía. La policía, además, es una experiencia sincrética donde cabe de todo un poco: la virgen de Luján, San Jorge, y otras estampitas que los policías saben guardar en su gorra. La tesis de maestría de Adriana Clavijo es un trabajo interesante también para comprender las performances pastorales durante la formación policial.

Finalmente, hay que tener en cuenta el sacrificio. En efecto, la apelación al sacrificio tiene un papel central en la construcción del self policial. Una composición subjetiva que se demora en el tiempo, que hay que aceitarla con otros recursos. Porque ser-policía es un sacrificio, implica resignar muchas cosas, no solamente horas de sueño, sino la vida con su familia, asados con los amigos. Ser-policía implica soportar el frío o el calor y, sobre todo, el tedio. Cuando su destino es la calle y tiene que deambular de una esquina a la otra durante seis horas por día, o fue apostado de granadero en un supermercado chino. Estos sacrificios no están a la altura de los héroes. Por eso los policías necesitan contarse cuentos. La vida de los policías está llena de conversaciones a través de las cuales se revisa un anecdotario donde todos tienen la oportunidad de contar sus hazañas o proezas y ganarse el prestigio y la reputación de sus pares. 

La apelación constante al sacrificio es precisamente lo que convierte a los policías en héroes. Y los héroes no pueden ser trabajadores, mucho menos trabajadores sindicalizados. Ser-policía es una entrega, un servicio a la patria, un sentimiento, algo que se lleva en la sangre, la sangre azul. El sacrificio enaltece la entrega, es un mecanismo de distinción que le permite convertir su labor, generalmente devaluada, en una actividad especial.      

2.

En las últimas semanas, y en el marco de la pandemia, hemos visto publicidades oficiales y escuchado a altos funcionarios haciendo arengas a los policías para exaltar su compromiso y entrega. En esos spots televisivos y declaraciones se los postula como héroes. El precio del reconocimiento es su compromiso, o mejor dicho el sacrificio es el costo que tienen que invertir para ser héroes. No hay héroes sin sacrificios.

Vimos al ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, dando una arenga con impronta castrense a la tropa Bonaerense, diciéndoles que no es momento para los flojitos, que no hay lugar para los tibios, para los librepensadores, son momentos de entrega, para hacer cumplir duramente con la ley de emergencia.

Escuchamos los audios de Marcelo F. Sain, ministro de seguridad de la provincia de Santa Fe, dando instrucciones a policías con un lenguaje contaminado, muy poco profesional para que estos “hagan su trabajo” y “apliquen la ley”. Concretamente les decía a los jefes que “el Estado de derecho no es ser blanditos con la ley sino ser duro en la aplicación de la ley… Y nosotros tenemos que ser duros con la gente que incumple la ley porque en unos días va a haber muertos.” “Hagan que sus subordinados cumplan estrictamente lo que manda la ley, con la dureza que la ley nos permite (…) trabajen de policías, dejen de ser administrativos, laburen de policía”. Más aún: “pídanles que filmen, que hagamos prensa, porque la idea de la detención no es la privación de la libertad de la gente, es la sanción ejemplificadora, para lo cual hay que ponerle megáfono al hecho, en el sentido que tenga repercusión social.”

Hasta ahí el destrato, porque después grabó otros mensajitos de WhatsApp, con una perspectiva paternalista, repartiendo agradecimientos, abrazos gigantes y sugiriendo –esta vez– ser flexibles y criteriosos, y sobre todo recomendando a los jefes de la policía que “cuiden a los policías y a las policías que están en la calle, ellos están jugándose la vida en contacto con gente que quizá esté contagiada, es muy valiente como el de los médicos y los enfermeros”.

Finalmente, el spot institucional del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, “Héroes de siempre”, que cierra con la consigna “gracias a todos esos héroes de siempre que nos cuidan pase lo que pase”. Una compilación de imágenes muy distintas que pretenden resumir el quehacer policial a una función hecha con concentración y seriedad, además de peligros y abnegaciones más o menos anónimas y cotidianas.

3.

Como se puede ver, las autoridades suelen apelar a la gramática del sacrificio para que los policías hagan su trabajo. El espíritu de sacrificio es un insumo moral que los funcionarios suelen invertir para ganarse la adhesión de los policías. Pero esa gramática suele ser fuente de unos cuantos malentendidos, sobre todo en aquellos policías que hicieron de su trabajo una vocación y se sienten superiores, llamados a ser los guardianes del orden público, la reserva moral de la democracia.   

De hecho, para el resto de los mortales, sobre todo cuando se trata de jóvenes morochos que viven en barrios pobres y andan con ropa deportiva, el sacrificio policial no será gratuito. La violencia policial puede ser la otra cara del sacrificio. Hace unos días, conversando con mi amigo antropólogo, José Garriga Zucal, autor de numerosos libros y compilaciones sobre la policía, entre ellos el libro Sobre el sacrificio, el heroísmo y la violencia, me decía que había que poner el ojo en el sacrificio. Estábamos hablando sobre las escenas de hostigamiento policial que estaban circulando por las redes sociales, donde se veía a los jóvenes forzados a bailar, haciendo saltos en rana mientras cantaban el himno nacional argentino, etc. No voy a volver sobre esas escenas porque estimo que los lectores deben haberlas visto. La violencia policial, me decía, es el precio que algunos actores tendrán que pagar cuando “ellos” se sacrifican. El sacrificio llegaba con la autoridad que hay que reponer. El sacrificio legitimaba la autoridad que se reponía apelando a formas de humillación y algunos “toques” o “correctivos”. 

No negamos los riesgos de los que está hecho el quehacer policial, la incertidumbre vital que implica su labor, la portación de un arma que lo expone y convierte su trabajo en algo especial. Pero convengamos que los riesgos laborales no son muy distintos a los que tienen los trabajadores de la construcción cuando se suben a un andamio, o los riesgos que corren los recolectores de residuos cuando levantan las bolsas infectas, o los trabajadores que trabajan en las destilerías o refinerías y todos los días respiran humos tóxicos, o los peones de campo o huertas que trabajan al lado de plantas que reciben litros de fungicidas y pesticidas, o los bomberos y enfermeros o médicos que atienden a pacientes infectados con Covid19. Una persona que tiene que salir de su casa para comprar pañales a un familiar que está internado en un geriátrico, ¿por qué no debería ser un héroe? De modo que conviene no exagerar. Las sobreactuaciones de los funcionarios son demagógicas. Hay que tramitar la pandemia sin contarles cuentos, con responsabilidad. Sobre todo, porque la pandemia pasará, como todo, pero los cuentos van a seguir dando vueltas. 

*Docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Temor y control; La máquina de la inseguridad y Vecinocracia: olfato social y linchamientos.


Endeudamiento para preparar la represión + Deuda social + Súper poderes

María Eva Koutsovitis y Jonatan Baldiviezo *

Deuda social del Gobierno de la Ciudad

En la Ciudad de Buenos Aires no se está cumpliendo con las expectativas mínimas de protección a los sectores más empobrecidos. El gobierno del PRO ha mantenido sin cambios las políticas sociales destinadas a los sectores de menos recursos desde hace ya más de 12 años, a pesar de que el contexto económico se ha deteriorado progresivamente. Frente a la situación extrema que está viviendo la ciudadanía porteña, la crisis no ha sido una oportunidad de cambio para el GCBA sino la posibilidad de profundizar la impronta sostenida estos últimos años. Por ejemplo: A) Para las miles de personas en situación de calle sólo previó el adelanto del operativo frío que viene fracasando año a año. Un parador no es una vivienda adecuada (hasta la Corte Suprema lo señaló). B) En los barrios populares, donde habitan 400 mil personas, continúa sin ofrecer suministro formal de agua potable segura a pesar de que son los territorios más afectados por la epidemia del dengue. La justicia, en los próximos días, debe resolver una medida cautelar presentada para garantizar el derecho humano al agua potable. C) Los subsidios habitacionales no aumentaron su monto (su monto máximo actualmente es de $8.000) desde marzo del año pasado con una inflación que ronda el 50%. Esto generó que la Justicia dicte más de 4.000 sentencias condenando al GCBA por no garantizar el derecho humano a la vivienda adecuada

Luego: D) El servicio de alimentación en las escuelas, ante la suspensión de clases presenciales, fue reemplazado por la llamada canasta escolar nutritiva que no respeta los valores nutritivos necesarios. Esta situación fue reconocida judicialmente por una orden cautelar que el GCBA decidió no respetar. La sentencia advirtió al Gobierno que las Canastas entregadas incumplían todos los puntos de la ley de alimentación escolar y que la emergencia sanitaria no es excusa para incumplir la ley. El GCBA paga el doble del precio minorista por los alimentos que las concesionarias entregan a las escuelas –pagar sobreprecios a intermediarios es la práctica recurrente de esta gestión. E) Existen innumerables falencias en el sistema de educación virtual y a distancia. Rodríguez Larreta expresó, en una entrevista radial, que era complicado entregar computadoras al alumnado porteño para implementar adecuadamente la educación a distancia y que prefería que las computadoras portátiles del gobierno se quedaran en las escuelas sin ser usadas. También reconoció que hay muchos que no tienen internet, cosa que calificó de inevitable. En definitiva, el GCBA decidió no destinar un peso para ayudar con la conectividad (computadoras, internet, etc.) de aquellos que no cuenten con estos elementos. F) Son cotidianos los reclamos por falta de elementos de protección personal (EPP) y de bioseguridad en los hospitales porteños y en otros ámbitos públicos, situación que también mereció la atención del poder judicial que ya ha dictado 18 medidas cautelares en contra del GCBA.

En este contexto, el 7 de abril pasado la Legislatura porteña aprobó dos leyes, la Ley N° 6.299 y la Ley N° 6.300, autorizando al Poder Ejecutivo a contraer deuda pública por un monto de $18.690 millones de pesos. Estos proyectos, en los fundamentos del texto, daban un mensaje esperanzador. Informaban que el destino de la deuda sería para la atención de la emergencia sanitaria por el coronavirus Covid-19 y para asegurar el normal funcionamiento del resto de los servicios que presta el GCBA. Sin embargo, no hizo falta esperar mucho tiempo, el propio GCBA se encargó de esclarecer el real destino que está dando a la deuda.

Endeudamiento para fortalecer el aparato represivo:

I. Un día después de aprobado el endeudamiento, se publicó en el Boletín Oficial que el GCBA destinó $52 millones de pesos para comprar equipamiento antidisturbios (150 mil cartuchos de escopeta con postas de goma y aproximadamente 5.000 granadas de mano/gas lacrimógeno).

Pareciera que el GCBA interpretó literalmente la frase de que estamos en una “guerra” contra el coronavirus y contra el dengue. Pero, nuevamente, el GCBA nos aclara sus intenciones en los fundamentos de la Resolución N° 69/SSGA/20 informando que la División de Armamento, Munición y Explosivos solicitó la urgente provisión del material antidisturbios para hacer frente a la situación socioeconómica que se está atravesando como consecuencia de la pandemia de Covid-19. Hay coherencia, la guerra es entre humanos. ¿Preparativos para una guerra contra la ciudadanía?

Jamás vimos una diligencia tan preventiva por parte del gobierno. Los negocios, el temor o el vértigo ante un estallido social llevaron a que el equipamiento comprado fuera recibido con fecha 27 de marzo, es decir, dos días después de la solicitud interna del pedido y una semana antes de que la compra fuese aprobada. El GCBA declara que «la recepción no podía dilatarse debido a la urgencia que ha sido manifestada”.

II. Además, el GCBA conformó una nueva unidad “táctica” llamada División de Intervención Rápida (DIR), un nuevo grupo de choque de 700 efectivos. El equipamiento antidisturbios mencionado fue comprado para equipar a esta nueva división. También se gastó $283 millones en motos y $375 millones en equipamiento invernal. La idea proviene de la gestión de Macri en el gobierno nacional. En 2017 creó la Fuerza de Despliegue Rápido (FDR) con el objetivo de brindar apoyo logístico al Ministerio de Seguridad en todo lo relacionado con operativos contra los supuestos cárteles de droga en la frontera, el avance de grupos violentos “mapuches extremistas” y para el cuidado de recursos naturales.

Esta nueva división contará, con, al menos, 50 motocicletas y 40 camionetas. Está siendo entrenada desde marzo bajo las órdenes del Comisario Mayor Pablo Kisch, encargado de coordinar los distintos grupos “especiales” de la fuerza. El Secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro, informó a “El Grito del Sur” que la División ya está lista para actuar “de forma inmediata” ante “alguna situación anómala que se pueda dar” en alguno de los 5.500 objetivos que la Policía tiene identificados como sensibles. Además de embajadas, comedores populares y hospitales, D’Alessandro nombró a los supermercados como uno de esos puntos “a cuidar”.

El GCBA vende a esta nueva División como una “fuerza de cercanía” cuasi comunitaria. La policía comunitaria en Reino Unido no porta armas. Esta policía de cercanía tiene tantas armas como para afrontar una guerra civil. A la vigilancia extrema en la ciudad, a través del uso del reconocimiento facial y la implantación de 7.300 cámaras, se sumó esta semana un nuevo sistema de cámaras para 200 patrulleros de la policía propia.

Nuevos endeudamientos para profundizar la vigilancia y preparar posibles situaciones de represión. Parece que el GCBA nos está relatando la crónica del estallido social anunciado o su vértigo ante el conflicto social (el vértigo que no es el miedo a caer, sino el deseo de saltar). 

La suma del poder público para ajustes sociales, pago de sobreprecios y equipamiento de las fuerzas represivas

El 22 de abril de 2020, el Jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta remitió a la Legislatura el Proyecto de Ley N° 818-J-2020 sobre “Emergencia Económica y Financiera de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”. Este Proyecto de Ley, en caso de ser aprobado por la Legislatura, otorgaría absoluto poder al Jefe de Gobierno sobre el presupuesto, las contrataciones, la vigencia de las leyes, los impuestos y el sueldo de la planta estatal, en el marco de una declaración de emergencia Económica y Financiera de la ciudad hasta el 31 de diciembre de 2020.El Proyecto solicita a la Legislatura la delegación de gran parte de sus atribuciones al Jefe de Gobierno, adquiriendo éste facultades extraordinarias y prácticamente la suma del poder público. Esta situación es considerada nula por la Constitución Nacional(art. 29).La Constitución de la Ciudad esaún más estrictaque la Constitución Nacional. Su art. 84 establece que la Legislatura no puede delegar sus atribuciones al Poder Ejecutivo en ningún tema, en ninguna situación ni por ningún plazo.

La Legislatura, año tras año, ha votado súper poderes presupuestarios para el Jefe de Gobierno (https://observatoriociudad.org/2016-12-aprobacion-ley-de-presupuesto-de-la-ciudad-nuevamente-superpoderes-para-el-jefe-de-gobierno-y-mas-endeudamiento/) con ciertos límites (que las modificaciones no superen el 5%). Ahora, ese límite desaparece autorizando al Poder Ejecutivo a establecer el presupuesto de la ciudad en su totalidad y a modificarlo integralmente las veces que el Jefe de Gobierno disponga. El destino y la distribución de los recursos de la ciudad es, conforme a su organización institucional y política, una de las decisiones que mayor exigencia democrática requeriría en su debate –con plena participación ciudadana. Una decisión democrática por antonomasia queda reducida a la voluntad de una sola persona.

No sólo se pretende eliminar las ataduras presupuestarias, sino también ocultar el ejercicio de estas nuevas facultades extraordinarias. El Poder Ejecutivo ya no estará obligado a informar a la Comisión de Presupuesto de la Legislatura sobre las modificaciones de la Ley de Presupuesto ni tampoco a publicarlas en el Boletín Oficial. La modificación de las partidas presupuestarias no es un tema irrelevante. La tendencia de los últimos 12 años ha sido la disminución de los montos presupuestarios de las áreas sociales a favor de los servicios de la deuda, el maquillaje urbanístico y la creación y equipamiento de la policía de la ciudad. Que el presupuesto sea estructurado por el Jefe de Gobierno casi inevitablemente significará un ajuste de las políticas y programas destinados a las áreas sociales, ambientales y culturales.

Durante esta crisis sanitaria el GCBA ha decidido destinar presupuesto para el pago de sobreprecios (https://observatoriociudad.org/la-ciudad-compr%C3%B3-barbijos-con-200-millones-de-pesos-de-sobreprecio/) y fortalecer a las fuerzas de seguridad para la represión y vigilancia de la ciudadanía. El Proyecto de Ley aclara que ahora se destinará mayor presupuesto a la difusión y concientización de la población. Esto significa, en realidad, mayor pauta oficial para los medios de comunicación y así restablecer el cerco mediático del gobierno que pareció haberse agrietado en las últimas semanas.

La crisis sanitaria y económica profundizada por el Coronavirus Covid-19 amplifica la precariedad de todas las dimensiones de la vida urbana. Y, si bien, este escenario habilitaría la posibilidad de avanzar hacia un modelo alternativo de ciudad, el GCBA utiliza esta crisis para incrementar el endeudamiento, la caja política con sobreprecios y la violencia institucional.

* María Eva Koutsovitis: Ingeniera Civil, docente e investigadora de la Facultad de Ingeniería de la UBA. Coordinadora de la Cátedra de Ingeniería Comunitaria (UBA), integrante del Frente Salvador Herrera (CTA Capital) y del IPyPP (Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas).

Jonatan Baldiviezo: Abogado especializado en la defensa del medio ambiente, cuestiones urbanas y DDHH. Fundador y actual presidente del Observatorio del Derecho a la Ciudad. Fundador de la Asociación por la Justicia Ambiental.

Acceder a los 34 informes de Correpi:
http://www.correpi.org/


Tiro al cana (diez apuntes sobre el nacimiento de un deporte saludable)

Rubén Mira*

I

Cuando hablaba de la revolución del ‘93, mi viejo contaba que después de los sucesos centrales se disparó una venganza colectiva. Como la cana había participado activamente en la represión del levantamiento, después de la derrota, con las armas que se tenían o con las que habían quedado, los derrotados practicaban un nuevo deporte desde las ventanas y los balcones: el tiro al cana. Sí, cuando el cana aparecía, le encajaban un par de balazos para que tenga… y el cana tenía que salir corriendo, sin ninguna posibilidad de identificar quién le estaba tirando, pero con plena consciencia de dónde venían los disparos. Como resultado de este ejercicio, la presencia amable del vigilante de la cuadra, mito fundante y recurrente de la policía “buena”, fue desterrada a balazos por aquellos que habían sufrido en carne propia el peso de la represión buchona. Por un tiempo, en la ciudad no se vieron policías. 

II

Con nosotros adentro de las casas, la situación actual parace invertir el imaginario del relato post-revolución del ‘93: ciudad sin gente, calles con policías. Ambas visiones idílicamente opuestas reponen un punto de llegada deseable, un lugar a donde arribar, reparador, sin conflicto, en tanto uno de los factores de la conflictividad fue conjurado. Dicha simpleza solo puede proceder de una separación taxativa. No suceden así las cosas. No es tan simple separar unos y otros, ellos y nosotros. Los canas, a diferencia de los milicos, no son fuerzas armadas, son fuerza de seguridad. El desplazaiento enunciativo es mínimo, pero su alcance no. Todos deseamos estar seguros. Si nosotros somos los que estamos inseguros, ellos reestablecen nuestra seguridad, pero al transformarnos a nosotros en seguros, son ellos los que se colocan en condiciones de inseguridad. De esta recursividad proviene la deuda en la que supuestamente siempre estamos y que no terminamos de reconocer. En el caso de los milicos, para que esta circularidad se componga, hace falta una situación excepcional, una alteridad. En el caso de los canas, es suficiente con que un pibe nos pegue un tirón en el celular, cosa de todos los días. La escatología sacrificial y su inserción en la vida cotidiana está servida para el publicista de turno. 

III

Los canas también son los uniformados. La secuencia del corto publicitario que nos motiva insiste progresivamente en la vestimenta, en la institucionalización de un hombre sin atributos, que no se muestra, que es pura transformación, en instituido. El leve contrapicado dialoga de manera bizarra, tanto con el origen remoto, como de manera empática con su emergencia actual, es armadura para la batalla, pero también es vestimenta laboral de todos los días. El salto de lo sacrificial a lo heroico toma forma. Separación: normal, anormal; poderosos, empoderados. El héroe, desde Aquiles al empleado que trabajaba enfrente del escritorio del poeta Fernando Pessoa, es una diferencia verticalizada, una separación hacia arriba, para ser necesita ganar en altura. La idea de mostrar al héroe como diferente, pero también como cercano es mucho más vieja que la guerra de Troya y su uso publicitario tal vez haya sido similar al que se intenta ahaora, reducir al mínimo la distancia entre el héroe y el común para seguir afirmando la separación, la diferencia. 

IV

De las muchas particularidades que supone este spot, tal vez la que me resulte más notable sea que la afirmación heroica coincida con la afirmación de una progresiva restitución la de la institucionalidad. La heroicidad no está en el sujeto que se viste, sino en el que resulta del haberse vestido, es decir, no está en el agente sino en la policía misma. En momentos en los que la propagación de la subjetividad policial se hace viral, apoyada por la posibilidad del ‘ortiveo’ digital 24 hs., el trabajo colaborativo en las redes, el panóptico de balcones; la pieza publicitara más que una invitación a avanzar en esa dirección se proyecta en retroceso. En lugar de afirmar las posibilidades de esta circunstancia inédita para amalgamar el buchoneo explicito, se repliega tranquilizando las aguas del escrache. “Tranquilos, policías somos nosotros, ustedes no, ustedes solo hagan su trabajo, nosotros haremos el nuestro, porque para eso estamos”, parecen decir. Todos juntos sí, pero no revueltos. Separación heroica, separación institucional y división del trabajo coinciden en una sola figura, la corrección conservadora. 

En el doble sentido de reinstaurar el sentido institucional de lo correcto y también de la modificación normalizadora de lo ya hecho, pero no bien hecho. La tan deseada cercanía entre la institución policial y los ciudadanos al fin ocurrió, el problema es que ocurrió de tal manera que pone en riesgo no ya a la policía, sino a la idea de institucionalidad misma, amenazada ahora en su sentido, no por supresión, sino por abundancia. Solo en ese sentido puede pensarse que el virus se parece a una revolución, la participación insurgente debe ser reencauzada en ordenamiento instituyente. Parecería ser que lo policial depende tanto del uso monopólico de las armas como del uso monopólico de la visera. Si hay buchonería que no sea por gorra propia, sino en colaboración para la cooperadora. Cruje por exceso el espíritu de la institución sólida. Hay demasiados usuarios en la red. Antes de que la red colapse, hace falta poner un poco de orden en nuestras pasiones, como decía el Marqués de Sade en medio de la orgia. 

V

Digresión: todos somos docentes, todos somos policías, sería el desplazamiento posible hacia este presente azul. El trabajador, héroe anónimo de lo cotidiano, el policía trabajador heroico de todos los días, sería su antecedente de propaganda clasista. Lo que vuelve como siniestro en el corto publicitario es el uso que la izquierda hizo de la escatología heroica. El uso en el corto más que un intento de vaciamiento es una apropiación. Lo extraño es ver el mismo juguete en otras manos. Mi viejo también destacaba la magnitud de la repercusión de la muerte del Jefe de la Policía Ramón Falcón contando que después del asesinato el periódico La protesta publicó en su primera plana un titular que decía NO SOMOS ICONOCLASTAS PERO… y debajo una gran foto de Simón Radowitzky. Hasta sus hermanos anarcos supieron rendirse a la heroicidad del individuo. Sucede que en los grandes planos la heroicidad puede ser superpuesta con facilidad al acontecimiento: el protagonista, los hechos son inseparables, grandes, inalcanzables. En lo micro, en cambio, la heroicidad no ocurre, y para que ocurra, debe ser inoculada. Salir de la izquierda es también abandonar sin reparos la escatología del heroísmo, su separación vertical, su pedagogía moral y, junto con ello, todas sus mediaciones posibles.

VI

Toda publicidad efectiva se basa en la apropiación mitificada de registros sensibles comunes, condensaciones de sentido que nos interpelan porque formamos parte de su construcción colectiva. Por eso, su antídoto no puede ser una verdad de otra altura, que restituya una verticalidad moral de saberes. Si lo que está en juego en estos momentos, como decía, es la historicidad de las distintas versiones de las fuerzas armadas y su restitución al ascetismo atemporal, al bien moral de las instituciones, la historicidad a introducir no debería ser la de la denuncia de las atrocidades históricas en las que participaron los canas, sino la valoración de la experiencia común del enfrentamiento cuerpo a cuerpo, que es aquella que nos restituye al mismo espacio físico, pero también al mayor distanciamiento ético. En el marco de los grandes acontecimientos, en las plazas frente a los distintos palacios de gobierno, la cana juega de local, en el micro enfrentamiento, más asiduo, consecuencia no de la degradación de las instituciones sino del roce de los cuerpos en la calle, en el día a día, somos nosotros quienes mejor conocemos la cancha, quienes tenemos más capacidad de mutación y raje. El uniforme de ellos es uno, el nuestro puede ser múltiple. Y si alguna vez nos alzamos con un triunfo en el campo visitante fue cuando pusimos en juego, como en el 2001, aquellos saberes adquiridos en la fricción diaria, en la calle, en los recitales, en las canchas, no planificados ni acumulados para llegar al helicóptero como objetivo, sino por pura necesidad vital acá y ahora.

VII

Me detengo, entonces, en ese estado post revolucionario del ‘93. Parto de un lugar que es el mismo a donde quiero ir, me afirmo en el goce del enfrentamiento sin esperar ninguna resolución ni resultado. El enfrentamiento es en sí mismo. Sabiéndonos ya derrotados, la pelea por nuestro territorio de convivencia urbana y la invención de diferencias éticas radicales. La práctica del tiro al cana tiene un potencial poético, abre el juego festivo de los posibles. Imagino por un momento aquella ciudad permeable al campo. La parroquia de Balvanera, que está en Bartolomé Mitre y Azcuénaga, en el barrio de Once, era el feudo cuyo caudillo era Leando N. Alem, por eso se lo consideraba un caudillo de los suburbios. Una ciudad orillera y despareja, sin policías a la vista. De pronto, un policía se anima, es un cana de esos con un gorro con punta, avanza aunque con cierto temor. Suena un disparo, el cana se detiene en una especie de desconcierto, después empieza a caminar rápido, suena otro tiro, el cana corre y en la carrera el sombrero se va moviendo como si fuese la cabeza de uno de esos muñecos que tienen el bocho grande montado sobre un resorte. Imagino por un momento sentimientos, trato de reponer el componente coral de la escena. Pensamientos que vienen a la cabeza del que tira y de los que ven, ¿en qué coinciden los que participan de esa complicidad disparatada?, ¿cómo se expresa físicamente la venganza? El que tira y ve desde la ventana o el balcón o la terraza, los que ven la escena, los que andan por la calle, todos, imagino, coinciden en la misma sonrisa: ¡mira como corre el cana, no le dan las patas para rajar!

VIII

No me interesa la veracidad en lo que contaba mi viejo sino su potencia.La memoria colectiva sabe tejer su venganza. Pienso ahora en un canto de hinchada: “… llegó la policía… ooo…ooooo… llegoo la policía… hoooo… ho ho ho hooooo…¸en cómo derivó de manera genial en: “…cagones de Malvinas… ho ho ho hoooooo….”Imprescindible reponer la tonada festiva que acompañaba al insulto a los milicos y a la afirmación de la palabra policía como insulto en sí mismo, unificando en esa misma tonada la llegada de la cana a un estadio con la farsa sangrienta de Malvinas. Condensación que solo lo común vuelve posible. En ese tono de fiesta el insulto se volvía a la vez potencia insultante y contagio colectivo. Sonrisa pilla que se transforma en risa común, síntoma saludable de la aparición de un nosotros gozoso, la memoria colectiva ejerce siempre su particular forma de justicia en comparación con la broma y el carnaval. Se enmascara para enfrentar al enemigo en la calle y se raja para atacarlo también en sus atributos de poder: la seriedad, la autoridad, la soberbia del uniforme armado. La memoria colectiva lleva rastros del dolor en sus formas, pudor en el silencio metonímico, recelo frente a los brillos de la metáfora, pero no es una forma doliente. Es parte de la derrota de los vencidos, pero sus estrategias comunes, anónimas, hablan de una derrota que gracias a su perseverancia no termina de ocurrir.

IX

Gorra, ortiva, cana, azul, licuado, botón, gabardina, vigilante, robocop, ley, vicera, buchón, yuta, rati. ¡Que fiesta decirlo con una mezcla exacta de desprecio y alegría! Es la familiaridad que nos liga con la cana en el nosotros callejero expresada como diferencia ética radical. Lo intuye el publicista que intenta abolir esos nombres fraguados en el cuerpo a cuerpo. El spot propone llamarlos “héroes de todos los días”, pero es la forma en que ni siquiera se anima a nombrarlos como policías, porque policía es, en sí mismo, una nominación despectiva. Son los nombres que se supieron ganar y que guardan en su desmemoria genealógica, la memoria más activa y común del enfrentamiento. ¿Qué importa de dónde surgieron? No hay que saber, hay que decirlos, sentir lo que se siente al decirlos. Son nombres que significan tanto que no significan nada, son la memoria hecha cuerpo, reacción instintiva que quiere a la vez pelear y gozar en la pelea, reír peleando junto a nuestros muertos más que llorar por los héroes caídos. Porque para construir complicidades, nada mejor que la risa. 

Les dejo para masticar en este sentido este otro video, también hecho por la yuta, para integrar a los ratis, menos cuidado, pero tal vez más afectivo, por si hiciera falta alguna prueba de que, en plan de acercar el bochín, generación espontánea mata publicista de agencia…

* Ensayista, humorista, comunicador, editor, coautor junto a Sergio Lánger de la tira La Nelly (diario Clarín), autor de la novela Guerrilleros (una salida al mar para Bolivia). Publicó Burroughs para principiantes y Cervantes para principiantes (junto a Sergio Lánger).


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