MultiNômade*

Contra el golpe. Por la democracia en Brasil…

Episodio XLV

Por una coincidencia cargada de un poderoso simbolismo, el monopolio FAKE de las manifestaciones FAKE de las milicias presidenciales fue quebrado en junio. Al igual que en 2013, una serie de manifestaciones en favor de la democracia comenzó en mayo en Porto Alegre, continuando en junio en la Avenida Paulista. Las manifestaciones del 7 de junio de 2020 fueron consistentes, se extendieron de norte a sur y con un fuerte potencial de crecimiento. Los que obligadamente debían respetar el encierro estaban en las ventanas, golpeando ollas y aplaudiendo a los manifestantes.

Como nos ocurre desde el comienzo de la crisis, estamos en medio de la paradoja de la democracia: ¿cómo defender y proteger la vida vaciando las calles? Al principio, dijimos que la multiplicación de la solidaridad popular y la movilización por un ‘ingreso básico de emergencia’ eran el terreno de lucha capaz de enfrentar la paradoja. Pero el gran sacrificio que hicieron los más pobres fue quebrantado criminalmente por el poder ejecutivo. Por un lado, hicieron de la «marcha del ataúd» un lúgubre himno a la nación. Por otro lado, asfixiaron económicamente a los estados y comenzaron a amenazar a los gobernantes. Hoy estamos económicamente exhaustos, sin haber controlado el contagio: los más pobres (y los más negros) pagan el mayor precio económico (desempleo y pérdida de ingresos) y el mayor precio sanitario (la mayoría de las víctimas mortales). El sacrificio del confinamiento se desperdicia en nombre de la política de muerte de Bolsonaro.

Como ya hemos dicho, en mayo los jóvenes y los aficionados antifascistas de Porto Alegre y São Paulo decidieron enfrentar el impasse: no sólo «multiplicar la solidaridad para vaciar las calles», sino también «llenar las calles para seguir defendiendo la vida». Esto significa defender la democracia. Cuando comenzó a poblar Río de Janeiro, Curitiba y Manaos, este inicio de movimiento estuvo relacionado con el estallido del levantamiento multiétnico y antirracista de los Estados Unidos; y el 7 de junio las movilizaciones por la democracia, contra Bolsonaro y contra el racismo, se expandieron y multiplicaron por todo Brasil. Los jóvenes que salieron a la calle en Brasil resolvieron el enigma al igual que las multitudes americanas: para los pobres y los negros, para las madres de los chicos João, Pedro y Miguel (una lista infinita de ángeles sacrificados diariamente en el altar de la corrupción policial) el encierro nunca fue total, siempre tuvieron que exponer sus cuerpos en las calles. Hoy saben muy bien que la fuga al frente de la milicia de Bolsonaro es tan grave como «la rodilla en el cuello» que mató a George Floyd. Así, la lucha por la democracia se presenta como una actividad esencial para la vida. La democracia es el pulmón de la multitud, así como la multitud es el oxígeno de la democracia. La lucha por la vida (democracia) se enfrenta y se hace tan o más urgente como la lucha por la supervivencia (contra el virus). Por eso el levantamiento democrático americano tiene como núcleo la lucha contra el racismo, que es, por definición, una lucha biopolítica, una política de los cuerpos.

Cómo mueren las democracias

La difusión de la grabación de la reunión ministerial del 22 de abril confirmó: no es sólo el clan Bolsonaro el que pretende imponer su eugenesia («¡que viva el más fuerte!»), sino el propio gobierno, empezando por Guedes y los presidentes de los bancos públicos que mandaron al muere a las pequeñas empresas, generadoras de más del 50% de los puestos de trabajo. En esa misma reunión, los ministros generales inclinaron suavemente sus cabezas ante la afirmación antipatriótica de los intereses de un jefe de clan que llamó a sus milicias para que se armaran. Los mismos generales no dijeron ni hicieron nada en relación a las medidas del Bolsonaro contra el rastreo de armas y municiones por parte del ejército. Poco después, el Secretario de Comunicación tomaría como referencia el lema que aún se encuentra a la entrada del campo de exterminio de Auschwitz: «El trabajo libera».

Desde la victoria del Brexit en el Reino Unido y de Trump en los EE.UU., se hicieron muchos análisis sobre el declive e incluso la muerte de las democracias. En Brasil, desde que Bolsonaro demostró que tiene la intención de marchar sobre los cadáveres para tomar el control de las diferentes instituciones de la ya frágil democracia brasileña, este debate ha estado guiado por la multiplicación de amenazas autoritarias y las arrogancias que se juegan cada día. En lugar del supuesto papel «moderador» de la llamada «ala militar» del gobierno, varios generales ministros –incluido uno que está transformando un ministerio constitucionalmente dedicado a la vida («salud») en un cuartel general de gestión logística de los cadáveres– aparecieron en las manifestaciones en las que Bolsonaro amenaza e intenta intimidar al mundo entero. Aparte de las amenazas morales y físicas de los manifestantes de FAKE a los miembros e incluso a las familias de diversas instituciones (STF, Congreso, prensa, etc.), el clan presidencial habla abiertamente de «ruptura institucional», el Ministro de Seguridad Institucional publicó una nota –con el asentimiento del Ministro de Defensa– sobre las impredecibles «consecuencias» de una posible decisión judicial.

La amenaza de que esta «ruptura» pende del aire y podría (incluso debería) ser una de las lecturas del posible desarrollo de la crisis. Está detrás de una campaña de desmovilización de las manifestaciones que, desde esa visión, se convertiría en el pretexto para el (auto)golpe: quienes analizan el gobierno de Bolsonaro en estos términos lo encajan en una forma tradicional de «golpismo» militar, algo que América Latina conoce muy bien. Nos parece que esta lectura es parcialmente errónea e incurre en dos errores más de evaluación política. El gobierno y la coalición política que sostiene a Bolsonaro son –aunque de un nuevo tipo– fascistas y no militares. La dirección política de las «guerras culturales» no proviene del ala militar o de un proyecto de «orden» y defensa de algo (las instituciones constituidas) que estaría amenazado por las fuerzas subversivas. No hay ningún «caos» en la sociedad que justifique –incluso instrumentalmente– una intervención «ordenada». El caos es el propio gobierno, como se hizo explícito en la reunión ministerial del 22 de abril a los ojos del mundo y la tragedia de la pandemia lo confirma, incluso con consecuencias económicas aún más dramáticas que en el resto del mundo.

Las fuerzas subversivas que amenazan el orden y fomentan el caos (incluso en la pandemia) hoy en día son desatadas por el propio clan que ocupa el gobierno y por sus aliados: el episodio de la salida del Ministro de Justicia, Sergio Moro, es representativo de un proyecto general de captación y reducción de todas las instituciones para que se conviertan en eslabones de los intereses privados de una facción que no tiene ningún compromiso más allá de su propia reproducción, ni siquiera con las dimensiones supuestamente racionales o nacionales de una lógica «militar». La deriva de Bolsonaro no es pinochetista (a pesar del deslumbramiento de su ministro de economía ante esta figura), sino “chavista”. En este sentido, aunque pueda tener momentos de golpe de estado (como fue el caso de Venezuela), en la práctica consiste en vaciar/capturar las instituciones poco a poco, convirtiéndolas abiertamente en milicias. La ruptura del clan Bolsonaro con figuras tan diferentes como Bebbiano, el gobernador de São Paulo, o aquel de Río, la diputada Joice Hasselmann, o el Mayor Olímpico, debe ser analizada en este sentido. El fascismo bolsonarista funciona exactamente en espejo respecto del sectarismo de los grupos estalinistas, eliminando (por el momento, políticamente) a todos aquellos que no muestren obediencia y docilidad a los intereses que son privados, del propio clan. Esto, por supuesto, no excluye las negociaciones corporativas (con grupos de empresarios neo-esclavistas, sectores de las fuerzas armadas y de la policía militar) o simplemente corruptas (como el «centro»).

Esto significa que el «golpe» ya está en marcha y consiste en ocupar las instituciones e intimidar al resto, hasta ocuparlas también, tal como hizo al final el chavismo, que destruyó el Estado y la economía de Venezuela: primero su seguridad personal, luego su enfermera personal, terminaron nombrados como directores del tesoro nacional. Ramagem en el PF, el hijo en la Embajada en Washington, Weintraub en Educación, ya muestran lo que viene. La partida de Moro muestra muy bien que Guedes no tiene estabilidad, sino una sumisión total, como ocurrió, por ejemplo, con la caída de pequeñas y microempresas que no recibieron ninguna ayuda. Los operadores del mercado financiero de Faria Lima, que encuentran divertidos los robos presidenciales, tendrán que enfrentarse a consecuencias inesperadas. No tenemos que evitar un futuro pinochetista para Brasil, sino que tenemos que luchar contra su venezuelización ahora mismo. Ahora sabemos que el resultado en Venezuela fue la destrucción literal de un país donde la única opción se volvió en emigrar.

Es un error político pensar que se trata de «evitar» el golpe y decir que no es el momento de manifestarse. También es un error político decir que, por mantener el confinamiento, es necesario esperar para manifestarse. Tenemos que luchar contra el actual golpe de estado ahora mismo y seguir defendiendo la vida. La cuestión es otra y se refiere a las formas de lucha: tenemos que luchar de forma pacífica y no violenta (con el cuidado contra el virus).

Cómo resisten las democracias: ¡la democracia en las Américas!

La defensa de las instituciones democráticas es hoy un campo de lucha y movilización que debe reunir a todos, como lo fue la lucha contra el fascismo en los años 30 y 40. Lo que está sucediendo en los Estados Unidos es un contraataque y es muy poderoso porque no se limita ni a la comunidad negra ni al espectro político de la centroizquierda, aunque son las luchas de los negros y de la centroizquierda las que constituyen las referencias. Es la movilización multiétnica que ha logrado al mismo tiempo transformar la justa revuelta inicial en una nueva agenda que incluye amplios sectores sociales. Es un giro constitutivo de la defensa de la vida (en la pandemia) a la movilización de la vida (que refunda la democracia).

La defensa de la democracia representativa no significa ni renunciar a la conocida declaración de Churchill («por muy mala que sea, nadie ha inventado algo mejor que la democracia representativa»), ni tener que aceptar el monopolio (hobbesiano) de la lógica soberana del miedo: el homo homini lupus. El nuevo tipo de fascismo de Trump y Bolsonaro utiliza los límites de la democracia representativa e incluso las fallas de la democracia directa que las redes sociales constituyeron durante las revoluciones árabes.

Si aceptamos estas definiciones, los impasses de la actual resistencia a la venezuelización de Brasil seguirían –como están– sin solución. Estos callejones sin salida son al menos dos: 1) Lo que sostiene el chantaje bolsonarista hasta ahora es el temor que las instituciones tienen respecto a la realidad del comportamiento del brazo «armado» de esta soberanía; 2) la pendiente hacia el abismo en la que nos encontramos es fruto, por un lado, del cierre de la brecha democrática de junio de 2013 (para llevar a estadios de lujo a la base social bolsonarista) y, por otro lado, de la destrucción de toda salida institucional del agotamiento del lulismo y ello mediante la polarización (inflando el tema del golpe de Estado) cuyas consecuencias están, en la actualidad, ante el mundo entero. Aún hoy, el lulismo trabaja en contra de la unificación del 70% porque sigue apostando a la polarización monopolística con el fascismo: Lula no piensa ni en el país ni en la democracia, sólo piensa en sí mismo.

Lo que hace que la democracia sea mejor que cualquier otro sistema es que, para serlo, nunca puede cerrarse en sus propios cimientos, es decir, en el momento constituyente: lo que necesitamos hoy, en Brasil, como en los Estados Unidos, o en Europa y Asia, es la reapertura de ese momento. En las calles antifascistas de Brasil, el momento constituyente comienza a aparecer como en las calles de los Estados Unidos. El uso demagógico que el chavismo ha hecho de este tema no elimina en absoluto su centralidad, sino que sólo nos alerta de las ambigüedades de una cierta izquierda (que gusta de Bolsonaro cuando se llama Maduro). También nos alerta sobre la claridad de que, como escribió Rosa Luxemburgo, justo antes de ser asesinada, el momento constituyente no suprime la democracia representativa, sino que la hace más viva y efectiva.

La fraternidad: el poder de la lucha antirracista

En marzo de 2020, ante la amenaza de la pandemia, los gobiernos más diversos del planeta optaron por suspender la economía para proteger la vida. No es casualidad que los 16 días (hasta el 10 de junio) de la sublevación democrática antirracista tuvieran lugar en uno de los países más afectados por el virus y el negacionismo fascista, con varias milicias armadas manifestándose contra el bloqueo: la revuelta norteamericana es una revuelta de la vida, una vida que afirma su fraternidad y hace de la movilización democrática la única actividad verdaderamente esencial.

Tras dos días de disturbios espontáneos en respuesta a la violencia racista, durante los cuales se ordenó el cierre de la comisaría de Minneapolis, las manifestaciones se extendieron y se autoorganizaron. El poder del movimiento organiza su no violencia. Lo que molesta a los supremacistas blancos, Trump en primer lugar, no es el enfrentamiento, sino la confraternización entre los jóvenes que entregan sus cuerpos a la lucha y las multitudes, incluidos los policías o los soldados de la guardia nacional que se arrodillan, abrazan e incluso bailan con los manifestantes. Por supuesto, estos episodios son minoría y seguimos viendo imágenes de brutalidad policial. La fraternización es bastante difusa. En Minneapolis, el propio ayuntamiento votó sobre la desestructuración (defund) del departamento de policía.

En estas luchas los y las jóvenes blancos/as hacen lo que la larga historia de las luchas negras contra la esclavitud ha enseñado: poner en juego sus cuerpos en la lucha, incluso se lanzan delante de sus amigos negros, ofreciendo sus cuerpos como escudos. Decenas de miles de personas tendidas en el puente de Portland realizando la posición en la que George Floyd fue cobardemente asesinado.

Mientras que en los Estados Unidos los generales de reserva (e incluso el Jefe de Estado Mayor de las fuerzas armadas) criticaron duramente a Trump y reconocieron que la vida de la Constitución está en las calles, en Brasil los generales de reserva inclinan la cabeza ante las incursiones de la milicia de Bolsonaro y dicen que no serán golpistas «si nadie tira de la cuerda». Peor aún, en Brasil, la violencia policial es vergonzosa, racista y corrupta y concierne a una guerra abierta del Estado contra sus ciudadanos más vulnerables.

Es fascinante observar que un movimiento de potencia semejante ha florecido en muchas ciudades brasileñas en los últimos días. En la protesta en Recife (05/06) por la justicia y contra el racismo tras la muerte de Miguel Otávio Santana da Silva (un niño de 5 años que cayó del 9º piso mientras estaba bajo la custodia de la primera dama de la ciudad de Tamandaré (PE), la jefa de su madre, la trabajadora doméstica Mirtes Renata), los manifestantes repitieron la escena de Portland y se tumbaron en el suelo, esta vez desempeñando la posición del niño Miguel tras la caída, repitiendo las consignas que surgieron en las manifestaciones en Estados Unidos: ¡LAS VIDAS NEGRAS IMPORTAN! En todo Brasil, tenemos que llorar a los muertos, hacer de las manifestaciones por «Democracia ahora» un espacio de humanidad y no violencia.

La no violencia es mucho más difícil, pero es mucho más poderosa, y eso es lo que temen…

La lucha contra el racismo está hoy a la vanguardia de la movilización social contra los efectos políticos y económicos de la pandemia y el fascismo porque es una lucha por la vida y la fraternidad. Necesitamos manifestarlo ahora y hacerlo de una manera pacífica, plural y potente.

* Colectivo de activistas, artistas, investigadores, que forman parte de la Red Universidade Nômade Brasil.



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