Ariel Pennisi

Contra la prudencia

A veces, no hay nada más imprudente que el llamado “realista” a la prudencia. El gobierno de Cambiemos alentó y se montó sobre un viento contrarevolucionario por una revolución que no vivimos. Las primeras magras medidas del gobierno del Frente de Todos despertaron las críticas de siempre por parte de la derecha mediática y hasta una amenaza de tractorazo. El costo político no es directamente proporcional a la profundidad o al dinamismo de las políticas. Una vez descartada la crítica sensata y honesta de parte de las propias filas, el problema es otro. En algunos casos, los embates tienen que ver con los intereses de la concentración de la riqueza –estos sí radicales en sus posturas–, en otros las críticas provienen de un sentido común ramplón y servil, mientras que otro elemento a tener en cuenta es el miedo a cualquier indicio de transformación y movilidad social. Horacio González, en un artículo periodístico de abril de 2013, a caballo de manifestaciones muy voluminosas contra el gobierno de entonces, hablaba del “miedo a un estilo reformista moderado” que se expresaba en las calles, pero también en las virulentas editoriales de los principales medios opositores. En el límite se puede observar que para un gobierno que no responda directamente a la trama oligárquica y mafiosa que encarna un poder de facto peligroso para la democracia, aun cuando éste resulta moderado, concesivo y negociador, el conglomerado del poder fáctico es capaz de inventar el rasgo izquierdista, el vínculo corrupto o el secreto populista como un riesgo latente.

¿Qué tal si invertimos la ecuación? ¿Qué tal si en lugar de insistir en planteos según los cuales es mejor no “hacer olas” para no despertar el enorme poder de facto de la Argentina, para no ponerse en contra a sectores clave de la economía, o para no pagar los costos políticos del caso, evaluamos los costos inevitables por el simple hecho de tratarse de un gobierno peronista (o frentista) y esgrimimos un estilo de acción política a la altura de esos costos? ¿Dicen que somos izquierdistas, que osamos cuestionar el endeudamiento y el pago sin más, que entre nuestras filas se habla de una reforma agraria actualizada, que nos parece razonable la expropiación de una cerealera para investigar e incidir sobre los costos de los alimentos, que pretendemos impulsar la estatización de los servicios públicos vilmente privatizados –y, para colmo, algunos desearíamos que la dirección fuera compartida con trabajadores y usuarios–, nos creen capaces de hacerle la guerra a la fuga de capitales y de tantas otras cosas más? Pues bien, mejor confirmar esos fantasmas antes que volvernos fantasmas de nosotros mismos, mientras la editorialización conservadora, oligárquica y ultraderechista de la realidad nos marca la cancha llevando al subsuelo cualquier piso de discusión. 

El gobernador Kicillof, cuando candidato, percibió la necesidad de esforzarse en explicar ante el periodismo (y un electorado imaginario) que no era comunista –alguno asintió recordando que pagó con punitorios al Club de París, pero nada es suficiente–, que la transfusión sanguínea resultó exitosa y ahora se sabe la marcha peronista completa. ¿Consideraba acaso que un Pichetto imitador de Bolsonaro era el interlocutor más válido del momento? No hay caso. Mientras se lo identifique como gobierno de los “negros” y se lo califique como judío marxista, en un país racista, clasista y con una historia de antisemitismo como el nuestro, no hay moderación que alcance. 

Además, en necesario despejar un equívoco. No son las propuestas políticas tendientes a la justicia social, ni apuestas que sugieren una redistribución de la tierra y la riqueza (antes que del ingreso), las que merecen el mote descalificador de “radicales”. Lo único radical en nuestro país es la derecha, son las ganancias extraordinarias de los dueños de la tierra, los capitales concentrados y los oligopolios, los dueños de la energía y los criminales de las finanzas, así como la deuda externa. Son radicales los linchadores y las plazas gorilas de la hora. En realidad, nosotros somos los moderados, no por decisión ideológica, estamos forzados a eso que Horacio González llamó “estilo reformista moderado”. En ese sentido, la autopercepción de Alberto Fernández como reformista a la europea no deja de ser interesante. Solo que ese enunciado necesita de la movilización de fuerzas activas (un amplio “nosotros”) capaces de sostener las reformas concretas: agraria, tributaria, judicial, policial, financiera, entre otras. Necesitamos de audacia colectiva: la plaza elocuente del 10 de diciembre… ¿dónde está?, ¿dónde estamos? Solo así podremos exigir la audacia política del espacio que acompañamos en las elecciones. 

Sostener la hipótesis de la prudencia o un llamado “maduro” a la responsabilidad en estas condiciones no es más que acreditar la radicalidad de los sectores más reactivos y menos dinámicos. Pagar la deuda sin más y mantener el perfil productivo, el esquema energético, el sistema impositivo, la secta judicial y las mafias policiales vigentes, eso que llaman prudencia, es lo más imprudente que hay. Si dejamos que la plaza del 10 de diciembre se vaya lentamente acomodando en una suerte de postal de un cambio de mando, nos exponemos sin atenuantes a los efectos de la contrarevolución sin revolución previa de los últimos cuatro años, mientras observamos cómo la política se reduce a una cuestión de negociaciones opacas en el exterior y a la rosca de siempre internamente. Cualquier inercia superyóica no hace más que confirmarnos, ahora, en nuestros propios miedos. Lenin insistía en la importancia de pensar la transición; tal vez podamos inventarnos una transición con un gesto reformista en estas condiciones de radicalidad de derecha (por abajo y por arriba). Sólo que esta vez no nos asisten certezas revolucionarias, sino la imperiosa necesidad de inventar otra cosa por el indetenible deseo de otra vida en esta vida.  


* Ensayista, docente e investigador en UNDAV y UNPAZ, editor (Red Editorial), conductor y coproductor del programa “Pensando la cosa” (Canal Abierto), colaborador del IPyPP, autor de Filosofía para perros perdidos (junto a Adrián Cangi, en Red Editorial), Papa Negra y Globalización. Sacralización del mercado. Editor junto a Rubén Mira de Urgente.

Ilustración: Sike
Logo original: Rodrigo Noya


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