Ariel Pennisi Miguel Mazzeo*

Darío y Maxi, 18 años

Episodio XLIX


Dos vidas, nuestras vidas

Ariel Pennisi (por Revista Ignorantes)

¿Qué tienen que ver con nosotros las vidas de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán?

El azar interviene en las vidas de un modo no siempre absolutamente azaroso. Octavio Paz, comentando la película Los olvidados de Buñuel, señalaba el peso negativo del azar cuando se trata de vidas corroídas por la miseria, arrinconadas en los márgenes hostiles de una sociedad hipócrita y negadora. Darío y Maxi, en parte interpelados por sus condiciones vitales de reproducción y de relación, en parte guiados por una curiosidad azarosa y necesaria a la vez, unieron sus destinos a los movimientos de trabajadores desocupados, los MTD, figura novedosa parida desde las entrañas de las luchas de los ’90. La interpelación de los MTD era novedosa porque asumía que una persona sin empleo no tenía por qué dejar de considerarse trabajadora, ni dejarse caer en la fosa común de los suicidados por la sociedad; sino que sus capacidades, su potencia, inscripta en la organización colectiva y en el movimiento social, tenían un valor político fundamental.

Resistir, en esa sobrevida temporal a la que una nueva década infame había confinado a la clase trabajadora y a toda clase de trabajadores propios de las mutaciones capitalistas del momento, significaba rechazar –a la par del movimiento antiglobalización– los ecos del realismo teatcheriano (“There is no alternative”), no cejar en la disputa anímica, no ceder a la posición de víctima, inventar formas de encontrarse, de sostener la reproducción de la vida y alimentar una nueva política de la vida posible. En ese sentido, los resistentes de entonces, a diferencia de los revolucionarios de los 70, tuvieron que reinventarse en términos de clase, la brújula fabril no era tan útil como los mapas barriales; por eso Luis Mattini habla de “rebeldes sociales” antes que de militantes revolucionarios –como podría decir sobre sí mismo, cuando ocupó el cargo de Secretario General del PRT-ERP.

Maximiliano Kosteki llegó a formar parte del MTD de Guernica y Darío Santillán del MTD de Lanús (trabajando en el emprendimiento “la bloquera”), integrando luego la Coordinadora de Trabajadores Desocupados-Aníbal Verón. A su vez, Aníbal Verón, fue un trabajador salteño (chofer mecánico) asesinado en noviembre del año 2000, de un balazo en el rostro por parte de las fuerzas policiales provinciales, mientras reprimían un piquete en la ruta 34 del que, como trabajador desocupado, formaba parte. El diario La Nación de ese día se encargó de difundir las “versiones opuestas” –los dos demonios revisitados a escala de una noticia perdida en el tabloide conservador– de la familia de Aníbal Verón y de los perpetradores de su asesinato, bajo el mando del entonces gobernador salteño Juan Carlos Romero (tres años después, candidato a vicepresidente de Menem). En ese sentido, Darío y Maxi habitaron desde un comienzo un territorio de mártires.

Sin embargo, su lógica no fue sacrificial. El vitalismo de estos jóvenes llevaba la marca de la vitalidad posible en una época sórdida. La calle se había vuelto la casa de los que luchaban, las redes barriales e interbarriales desplazaban al concepto tradicional de familia, las ollas populares, los trueques y la diversidad de emprendimientos que sin programa establecían las bases de una profusa economía popular, se superponían hasta desbordar los vestigios de la matriz partidaria. Darío y Maxi fueron sujetos posfordistas sudamericanos; en lugar de comportarse como desocupados tradicionales o de entregarse a un mercado que requería cada vez más disponibilidad existencial y capacidades integrales (las comunes capacidades de especie), orientaron su disposición política y capacidades a la reconstrucción del lazo social y a una lucha también entendida como lucha social y política.

Ambos formaron parte de una impugnación desde abajo a las fuerzas neoliberales que se encarnaban y condensaban de distintas maneras. En ese sentido, fueron actores de una lucha de clases ampliada que incorporaba a los formatos clásicos aún vigentes de explotación, la lucha por las formas de vida. Es decir, no solo la “forma de vida” se volvió objeto de nuevas formas de explotación, sino que la respuesta a la embestida neoliberal y las búsquedas que ganaban con autonomía su propia positividad (en tanto no se reducían a su carácter defensivo), pusieron en el centro de la escena política de los movimientos la pregunta por cómo vivir, es decir, cómo convivir.

Darío y Maxi, fueron también víctimas de la reacción. Así como 2001 irrumpió condensando luchas previas, generando condiciones de una nueva genealogía del protagonismo social y abriendo prácticas y lecturas diversas, 2002 fue el año de la reacción inmediata y, como tal, la más descarnada, la menos procesada. Una vez saldada la disputa en el interior del bloque dominante entre devaluadores y dolarizadores en beneficio de los primeros, el gobierno de Duhalde organizó una “mesa del diálogo” entre el Estado y las cúpulas del poder tradicional: iglesia, UIA, CGT, entidades rurales… La contracara de esa mesa, es decir, la contracara de esa representación del diálogo en tiempos de agotamiento del diálogo y de la representación, fue el asesinato político de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.    

La impugnación callejera al gobierno de Duhalde (es decir, el gobierno de la mesa de las cúpulas) y el grado de organización y activismo difuso al mismo tiempo, preocuparon a las castas. La respuesta fue la que estos sectores mejor conocían: la infiltración a los movimientos, la agitación del enemigo interior (volvió a circular la palabra “subversivos”), las operaciones de todo tipo y la represión policial. El asesinato político que tomó las vidas de Darío y Maxi y que nos duele aun en el cuerpo, en tanto algo de las apuestas de ambos sigue formando parte del sentido de nuestras propias preguntas y apuestas, tiene responsables políticos. Más allá de las prisiones perpetuas de Franchiotti y Acosta, la cadena de responsabilidades va del Comisario Mayor Félix Osvaldo Vega, que dio la orden inmediata, al entonces presidente interino Eduardo Duhalde, pasando por los ministros, gobernadores y cúpulas de las entidades de la “mesa del diálogo” que fogonearon durante esa semana y operaron para que el operativo coordinado de las fuerzas (policías federal y bonaerense, Prefectura y Gendarmería) defendiera a sangre y fuego sus intereses.

El rol del grupo Clarín merece una mención especial. No sólo se encargaron a través de sus medios de comunicación de incitar a la represión mediante la estigmatización y criminalización de la protesta social, la difusión de informaciones falsas y la inflamación del ánimo más reactivo de una parte de la sociedad, sino que, una vez perpetrado el asesinato de Darío y Maxi intentaron encubrirlo con aquel recordado infame titular: “La crisis causó dos nuevas muertes”. ¿Pagaba al gobierno la licuación de su deuda en dólares? La miserabilidad del diario procesista, menemista y aliancista –hoy macrista–, llegó incluso a insinuar que se había tratado de un enfrentamiento entre manifestantes, es decir, justo ahí donde la hermandad era realmente verificable, Clarín recurría a una vieja estrategia noticiosa de la dictadura. Gracias a dos trabajadores de la prensa, Sergio Kovalevsky y Pepe Mateos y al camarógrafo de Canal 7 que registró parte de los hechos, se contó con una prueba que colaboró en desmentir inmediatamente la cobertura cómplice de los medios masivos.

El gobierno de los radicales de la Alianza había dejado más de cuarenta asesinatos por parte de las fuerzas de seguridad. El gobierno justicialista de Duhalde hizo del asesinato su política de seguridad como reverso de su política social (los planes “Jefes y jefas”). Pero desde aquel momento hasta entrado el gobierno de Cambiemos no se pudo volver a reprimir la protesta social en nombre del Estado argentino, es decir, bajo legitimación oficial. Claro que represión hubo, como hubo “Proyecto X” o Ley Antiterrorista, o grupos de choque; pero siempre bajo la mirada heredada de Darío, Maxi y las experiencias de entonces. Duhalde, por su parte, no pudo concretar su plan de ser él mismo quien protagonizara el llamado a elecciones y la victoria electoral. Y el gobierno entrante, de baja legitimidad electoral, debió sumar credibilidad atendiendo parte de las agendas surgidas o rescatadas con nueva fuerza durante el proceso dosmilunero. 2001 dio lo que pudo dar y no fue poco. Es inevitable, un día como hoy, recordando con afecto esas dos vidas, no experimentar esa efervescencia hecha de bronca y entusiasmo que nos lleva a preguntarnos nuevamente cómo queremos vivir, es decir, convivir.

A continuación, compartimos un texto de Miguel Mazzeo, uno de los fundadores del Frente Popular Darío Santillán, en el que militó hasta 2013. Se trata de un teórico y militante del “poder popular”, que transitó experiencias educativas y movimientistas en Nuestra América, e insiste, en tiempo presente, en resignificar y darle forma, desde abajo, a lo que llama “el legado de Darío”.


 

Repensar una herencia
Darío Santillán: a 18 años de la Masacre de Avellaneda

Miguel Mazzeo*

 

¿Que representa hoy la figura de Darío Santillán para la militancia popular?  ¿Qué proceso histórico colectivo, qué experiencias, vivencias y saberes emancipatorios pueden percibirse en el recorte de esta figura individual? ¿Existen condiciones históricas para una proyección social amplia y efectiva de lo que representa Darío?  

De manera instantánea se nos presentan muchos elementos, todos entrelazados: un ethos popular reconstructor de relaciones humanas y vínculos comunitarios; un espacio horizontal que asume la igualdad como punto de partida (“naide más que naide”) y que está abierto a todos los debates y a todas las inquisiciones; un conjunto de prácticas generadoras de auto-estima en los y las de abajo y unos mecanismos productores de auto-respeto comunitario; un espacio simbólico articulador de experiencias de base bien diversas pero no contradictorias; la recuperación por parte de los y la de abajo de las fuerzas de la cooperación expropiadas por el poder dominante (burgués y despótico); una intensidad de los lazos políticos que no cabe en los esquemas teóricos tradicionales; un rechazo radical de los valores burgueses; un desborde de las formas de la estatalizad y una trasgresión de lo instituido; una ruptura con los procesos formadores de no-sujetos: electoralizados, carecientes, demandantes; un momento radiante y efímero de restitución de la imaginación política radical; un desafío lanzado al núcleo mismo de la dominación del capital.

Pensamos que la voz de Darío jamás ha dejado de trasmitirnos un mensaje principal que resuena en nuestros oídos más o menos así: “si se trata de rebelarse contra la injusticia, de llevar a la práctica una utopía emancipadora, de construir colectivamente una patria/matria para los y las de abajo, cuenten conmigo. Para administrar el orden de cosas existente, para recomponer desde arriba el vínculo entre el pueblo y el Estado burgués, llamen a otros y a otras”.  

Darío es el signo de una subjetividad política marcada a fuego por la rebelión popular de diciembre 2001. Un representante genuino del atisbo de una breve subjetividad revolucionaria en la desolada Argentina de la post Dictadura. La expresión de un momento de la historia preñado de posibilidades para los y las de abajo, de un instante fugaz de amor colectivo. El emblema de la politización del hambre y no de su moralización. Darío es, al mismo tiempo, chispa y pradera. El símbolo de un impasse.

Se podrá argumentar que muchos de estos sentidos remiten a aspectos micro-políticos y subjetivos, a la región de los afectos. Es cierto. Pero estamos convencidos de que en esos aspectos se dirimen las posibilidades de un proyecto radical y se juega la posibilidad de que lo colectivo se torne político. Esos aspectos son fundamentales en los procesos de politización popular. Darío también remite a un intento (fallido hasta ahora) de anclar y fundar una macro-política popular en estos aspectos micro-políticos del universo plebeyo, para que lo colectivo-político pueda trascender lo fragmentario, para proyectar y generalizar lo interno.

Consideramos que la pregunta estratégica que Darío nos dejó instalada es la siguiente: ¿Cómo hacer para que los afectos, los vínculos intersubjetivos y las praxis anticipatorias de la sociedad nueva y buena que anidan en cooperativas, huertas, comedores, merenderos, talleres, centros culturales, experiencias de comunicación alternativa, asambleas, piquetes, movilizaciones, etc., se constituyan en soporte de un proyecto político popular? ¿Cómo contribuir a la producción de una relación dialéctica entre praxis y proyecto? Todavía no hemos rozado la respuesta.

Si bien muchos de los sentidos que vinculamos con la figura de Darío aún habitan en los subsuelos y en los pliegues de la conciencia de un par de generaciones de militantes jóvenes, con desazón debemos asumir que hoy se hallan insertos en embutidos indescifrables. Han perdido terreno frente a otros sentidos y otros lazos. Otras intensidades, otros universos simbólicos, otras interacciones, atraviesan a las organizaciones populares. No estamos seguros de su productividad.

Muchas de las predisposiciones militantes actuales tienden a ser pragmáticas, centristas, “realistas”; tienden a calzarse el uniforme de representantes o benefactores de las masas. Nos topamos con militancias que suceden en los marcos de las lenguas oficiales. Hablan clisés. Prefieren disputar las instituciones en lugar de sustituirlas. En ocasiones, estas militancias se afincan en estadios corporativos y nutren la complacencia perezosa de las dirigencias que difieren el porvenir, frenando deliberada o inconscientemente los procesos de maduración política del pueblo. O, en sus peores versiones, instituyen un “vandorismo para pobres”. Por ahí, sospechamos, no supura ni arde la herencia de Darío. 

Ya, con una mínima distancia temporal de por medio, podemos ver cómo el “extractivismo” operó sobre el cuerpo social de diversos modos. No sólo desde lo material, también se ensañó con algunas ideas y algunos afectos. Este vaciamiento produjo en una franja importante del activismo social y político popular un desinterés cada vez mayor por lo micro-político y lo subjetivo y, paralelamente, promovió la fetichización de la macro-política y la gestión estatal, lo que creó condiciones para la articulación de lo antagónico, para la integración subordinada de lo popular en el marco de proyectos ajenos. De a poco, muchos espacios que alguna vez funcionaron como usinas para una nueva radicalidad política, terminaron dispersos y/o subsumidos en una nueva liviandad política.

Para muchas organizaciones populares se fueron tornando menos improbables (y menos descabellados) los escenarios de vecindad con los responsables políticos del asesinato de Darío. De ningún modo estamos planteando que se trata de un efecto deseado, simplemente conjeturamos que determinadas dinámicas pueden conducir a esas inmediaciones. Sólo identificamos un riesgo derivado de una vocación de poder que se mueve en marcos estrechos y convencionales. Una vocación de poder sin horizonte emancipatorio que convierte a las identidades, a las ideologías y a los proyectos populares en rasgos accesorios de una flexibilidad infinita.    

Por su parte, los espacios donde los sentidos que unimos a la figura Darío se mantienen más productivos, tienden a escindir lo micro-político de lo macro-político, la experiencia de base del proyecto general. Por lo general, la riqueza de la experiencia micro-política no se condice con el carácter menesteroso de las opciones macro-políticas, la capacidad de invención social no se condice con la monotonía de las instituciones convencionales. Seguimos fallando en la construcción de un proyecto a la altura de las mejores construcciones de base, las más autónomas, democráticas, anticapitalistas, antipatriarcales; las que mejor prefiguran el futuro socialista. Existe el riesgo de diluir esos sentidos en las participaciones –absolutamente necesarias– en los espacios resistentes más extensos, pero también existe la posibilidad de que estos sentidos calen hondo en estos espacios.

Tal vez en el “extractivismo” arriba mencionado radique la auténtica “pesada herencia” del progresismo argentino: en las “amplias masas” que serializó, en la productividad social y política que despotenció y en el poder que le restituyó a los burócratas, a los punteros y a todos los agentes del “neoliberalismo desde abajo”; en su reemplazo de los espacios y dispositivos de experimentación política, social y cultural que se habían desarrollado espontánea y democráticamente en la sociedad civil popular por otros espacios y dispositivos típicamente estatales, mercantiles y verticales. Una forma de vaciamiento peculiar que abrió las puertas para otros vaciamientos en todas las esferas. Mientras tomó iniciativas valiosas en el nivel macro-político y hasta permitió el desarrollo de algunas lógicas estatales reparadoras, el progresismo argentino mutiló palabras claves que habían nacido para cuestionar a fondo el statu quo, silenció las voces más autónomas y disruptivas.

Por eso es una tarea imprescindible repensar el legado de Darío, los sentidos de una figura como la de Darío. Repensarlos para encontrar las formas más adecuadas de administrarlos en circunstancias históricas en que rigen tiempos políticamente uniformadores y no tiempos de impasse, unas formas que re-actualicen ese legado y esos sentidos pero que al mismo tiempo conserven sus núcleos innegociables. También para liberar a Darío de los ejercicios retóricos y estéticos, de las significaciones superficiales y oportunistas. Para delimitar la parte más auténtica de esa herencia. La parte que es memoria que trabaja para la cohesión popular y prolongada. La que es lenguaje fraternal y religante. La parte la más disruptiva. La más nuestra. La parte que espera para ser re-activada, no para acompañar los proyectos “alternativos” de la gobernabilidad capitalista en la Argentina sino para impugnarlos de raíz.  

* Ensayista. Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Profesor regular en la UBA y en la Universidad de Lanús (UNLa). Autor de varios libros publicados en Argentina, Chile, México, Perú y Venezuela, entre otros: Piqueter@s. Breve historia de un movimiento popular argentino (Autonomía, Red Editorial); ¿Qué (no) Hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios; Poder popular y nación; Introducción al poder popular (el sueño de una cosa); El socialismo enraizado. José Carlos Mariátegui: vigencia de su concepto de socialismo práctico; El hereje. Apuntes sobre John William Cooke; Marx populi. Collage para repensar el marxismo. Participó de la Coordinadora de Organizaciones Populares Autónomas (desde 2001), militó en el MTD-Aníbal Verón y, desde su fundación, en el Frente Popular Darío Santillán.   



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