Alejandra González*

De ollas, servidumbres y ficciones.

Episodio XLVI

Como dice el maestro ensayista, Eduardo Grüner, no hubo una oferta seductora para la clase a medias que protagonizó los cacerolazos en reiteradas ocasiones durante la pandemia, ahora en defensa de unos empresarios con filiales truchas en Paraguay y abundantes cuentas offshore. O tal vez, sea la servidumbre voluntaria, ese descubrimiento del joven Etiénne de La Boètie en el siglo XVI, quien se atreve a arrojar el dardo en el centro de la teoría política: ¿por qué obedecen si podrían liberarse? O en otros términos, por qué se identifican con los intereses de quienes los oprimen. Claro, es la moral de esclavos denunciada por Nietzsche, que implica, contradiciendo a Hegel, que el esclavo no va a liberarse nunca porque goza y goza en su abyección. La cuestión es que al grito de “Todos somos Vicentín”, unos muertos de hambre que creen que la propiedad privada de un departamento con balcón y macetas es un atributo esencial e inalienable de los sujetos, se precipitaron abollando sus ollas más viejas ( por supuesto dejaron la baterías regalo de casamiento  y  las pesadas Essen en el fondo de los estantes) buscando complicidad en otros desorbitados propietarios.

Sin embargo, aunque su ser es la nada, no se podría hablar de ninguna vacilación. Increíblemente siempre saben, aunque no conozcan nada de los trasfondos de las oscuras negociaciones de Vicentín, colocarse del lado de la clase hegemónica y defender sus privilegios, clase que sí sabe lo que quiere y se articula muy bien para apropiarse de esclavos, tierras, o capitales varios. Clase que jamás duda. Puede haber ligeras fisuras, pero al momento de aliarse contra cualquier revuelta, saben muy bien apretar filas, incluso con los oscuros empleados que dependen de sus estipendios y que luchan por los derechos del “campo”, como si conocieran otra tierra que la de sus macetas. ¿Cómo es que la famosa clase mierda, denominada así por el clásico conversador Arturo Jauretche, intuye, porque no podemos decir piensa, qué pequeño arañazo puede dañar los intereses de esos sectores privilegiados por el Estado, la justicia, los medios de comunicación, el capital internacional, las instituciones globales, etc.?

Su entusiasmo sólo es comparable con el asco, odio, miedo o sentimiento indescifrable que personajes cercanos o surgidos del peronismo les provocan: Cristina, Moreno, Kicillof, incluso Alberto, el moderado, pero fundamentalmente los piqueteros que cortan calles, los negros de Barrios de Pie o la “empleada de casas particulares”, sirvienta que ahora no limpia sus baños, porque no puede llegar en los desiertos colectivos suburbanos. Todo eso huele a podrido. Y nuestro electorado inteligente: médicos, maestras, empleados bancarios, provisto de sus enseres domésticos intentan golpear en la cara de esos que “vienen por todo”, de los que luego de expropiar (dudamos mucho en utilizar esa expresión) empresas, se volcarían inmediatamente, en un inusitado entusiasmo inmobiliario, a quedarse con módicos departamentos de tres o cuatro ambientes, en coquetos barrios de CABA, ya que no de la lejana Buenos Aires que podía inspirar algún fervor.

No intentaríamos de ningún modo ensayar una explicación.  ¿Quizás sumarlas? Marx definiéndola como una falsa clase. Tal vez Freud cuando diferencia el ideal del yo que permite avanzar en una serie de identificaciones elegibles en las aventuras de la subjetividad, del yo ideal, esa imagen petrificada hacia la que el superyo señala sin hesitar. Pero lo sabemos, los ideales son letales y los idealistas clasemedieros, crueles. Y nuestra media clase aspira a lo que no es, aunque peligre y se hunda en el barro de la pandemia o de la crisis económica mundial. ¡Pero es que se juega su ser en esa pertenencia! 

La falsa clase huele aterrada su cercanía con la negrada que sí es y existe y aspira a un ideal que no puede alcanzar nunca, y está dispuesta a morir en el intento si es necesario, para que los negros, peronchos, piqueteros, también sucumban. No importa que los intereses en lo real de los factores de producción sean afectados por esa alianza, su imaginario no se podría acercar nunca al horror de lo que el “hecho maldito” que vuelve bajo formas más o menos anodinas. Ladran, Sancho, son peronistas, dicen los anticuarentena, provicentín, antivacuna, ¿tal vez terraplanistas? Llaman a la desobediencia civil bailando en Recoleta para poder contagiar a más y mejor. Dan su vida para defender el republicano derecho a contagiarse, pero no les basta suicidarse sino que quieren probar con su muerte que el virus que tiene amenazada a la mitad del mundo capitalista no existe. No es que el peronismo sea revolucionario, apenas un intento de temeroso keynesianismo, sino que permite que, de vez en cuando, un tiro escape para el lago de la justicia. Y la clase mediocre se enfurece y exalta cuando asoma el odio que los ricos tienen a los pobres.

Ninguna explicación sociológica ni filosófica basta para entender tal fenómeno: entonces, recurrimos a la ficción reveladora por sus relaciones íntimas con la verdad.  Roberto Arlt lo escribió para nosotros en El juguete rabioso:  la esencia de la clase media es la traición. 

* Doctora en Filosofía, Coordinadora de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas (UNDAV), dicente en la Universidad Nacional de Avellaneda. Coutora de Globalización. La frontera de lo político (1997), coeditora de Meditaciones sobre el dolor (Autonomía en Red Editorial, 2019). Escribió el epílogo del libro Nota sobre la supresión general de los partidos políticos (Simone Weil, 90 Intervenciones, Red Editorial, 2018).



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