Declaración impropia de un cuerpo de poca fe

Episodio CVIII

Adrián Cangi*

Soy un cuerpo de poca fe y solo por ello rodeo la impropiedad de lo sagrado. Pero quién puede olvidar aquella frase de los Escritos de Londres de 1943, cuando Simone Weil se aproximaba a la muerte, y dice en toda su complejidad y sencillez: “En todo hombre hay alguna cosa de sagrada. Pero no es su persona”. Casi no haría falta decir nada más. Lo sagrado no es la persona como figura de la tradición del derecho romano. Es tal o cual hombre o mujer, es tal o cual infante o anciano, es tal o cual cuerpo cualquiera en su integridad. Se trata de esa integridad que se resiste a la idea de persona humana, porque ésta no logra expresar su sacralidad. Sólo el cuerpo en toda su entereza tiene alguna cosa de sagrado. Y entonces resulta preciso decir que lo sagrado se resiste a cualquier operación del pensamiento especializado en definir y fraccionar. Se resiste al derecho y a la medicina, se resiste a la psiquiatría y a la ciencia. Lo sagrado viviente responde a modos de existencia que se oponen a la tiranía de la división de la univocidad en pedazos separables, que solo tratan al fin de los argumentos de la injusticia en el derecho o de la división en sistemas en la ciencia, de la especialización de las partes en la medicina o de la clasificación tipológica en la psiquiatría.

El cuerpo sagrado es integral y no responde al lenguaje personalista. Se lo dice o se lo expresa “todo entero” en su aparecer, aunque se lo haga en lugares, fronteras y parajes remotos, o incluso en rincones caseros a veces oscuros y a veces altares. Nunca ese cuerpo ha sido la existencia solo de sus técnicas, sino de sus cimas y abismos, de sus experiencias y exposiciones al misterio que expone. El cuerpo sagrado es aquel que espacia su propia exposición como gloriosa, y en su ambivalencia, como podredumbre de flores marchitas. Eso me indica la sensibilidad de mi piel cada vez y en cada uno de los trayectos que he emprendido hacia la Difunta Correa o San Expedito, hacia El Gauchito Gil o San La Muerte. Toqué a la Difunta Correa en muchas ocasiones, recé a San Expedito por la resolución del dolor ajeno, me detuve en el santuario mayor de El Gauchito Gil y en cada recodo del rojo del camino que con su poder indiciario me señala, enfrenté la unción ritual de un cuerpo que recibía la incrustación de un filamento de hueso en la carne dentro del culto de San La Muerte. Esos cuerpos sagrados son la misma claridad del espaciamiento, como la mismísima implosión de agujeros negros. Son fuerzas de estremecimiento del mundo creado, y no son distintos de un temblor de tierra o de un crujido de cualquier fundamento.

Atravesé parajes desérticos de extrema pobreza o callejones oscuros de meandros secretos de barrios bajos. En el final de cada trayecto siempre vi la unción ritual en un cuerpo y sobre un cuerpo, y percibí un acto de fe en este mundo. “Mundo” solo quiere decir sin principio y sin fin, y en éste que habitamos solo insisten en cada rincón uno por uno los espaciamientos de los cuerpos, como aquello simultáneamente divino y podrido. Y así aprendimos que solo los lugares son divinos: lugares del desnudamiento o de la privación, pero siempre lugares del limo de la tierra. En cada trayecto por el camino de los milagros, transmitidos oralmente por los “promeseros”, encontré un monumento de la memoria del deseo y de la curación, la prueba material de un fantasma narrado cada vez por una poética de la voz. Y cada milagro tiene sus rituales y sus fetiches, como aquel rito de la vela invertida que pide encender una vela con la mecha hacia abajo, porque el Gauchito Gil murió cabeza abajo. Hay que prender la vela de la misma manera que recuerda la posición en la que murió el día de su injusto final. Es el modo para viajar en el tiempo hacia el pasado y acompañar al santito en su final. Acompañar no sólo es una travesía sino la promesa de un milagro o de una curación o de una sanación. Pero cada santuario o cada lugar sagrado tiene su reverso fatal: su rito de cancelación o su cebo del mal. La Difunta Correa es un espacio excepcional de esta batalla de fuerzas.

Ante el fracaso de las tentativas médicas y el avance de la enfermedad terrible del “endurecimiento de los pulmones del fumador”, como en el caso del marido de Adelina Rodríguez de Basavilbaso, la desesperación y la falta de recursos económicos dieron lugar al ritual, donde la presencia sagrada interrumpe la función de médicos y funcionarios. Como cuenta el relato del “promesero” Tránsito Galarza en sus testimonios transcriptos de las sanaciones, cada sanación es el lugar donde “la ciencia calla ante el milagro”. Las transcripciones de Galarza siempre muestran un poder que ha detenido el avance de la enfermedad. Y ese poder es inseparable de un rito, de un tránsito y de una plegaria, como consta en Los poderes del Gauchito Gil. Nuestro primer santo telúrico publicado en 1999. No puedo olvidar haber visto las incrustaciones de fragmentos de huesitos en el cuerpo ungido. Esta práctica extática como resultado de una larga ascesis, buscaba apaciguar el dolor y poner en conexión al cuerpo ungido con el cuerpo muerto, a través de la incisión ritual. Para testimoniar sobre esta práctica Galarza se sostiene en los saberes de los descendientes guaraníes, autóctonos que guardan la fidelidad del mito, como Anahí Medina que narra el poder del chamán curandero quien se comunica con los dioses mediante el alma de un niño, cuyo esqueleto deposita en un cofre de madera para rendirle culto. Y es San La Muerte quien entra en escena, el de los poderes guaraníes, los del payé o los del chamán, el que ayuna en prolongada abstinencia hasta anticipar hechos futuros.

Los antropólogos sincretistas han visto allí una tradición guaraní que traduce a San La Muerte como el Cristo de la Paciencia jesuítica. La imaginería misionera fue absorbida por los chamanes pero bajo la forma de magos o artífices del Diablo. Esto se debe con razón a una larga herida colonial, que invierte el nombre de aquel Cristo de la Paciencia en San La Muerte, como un espíritu maligno al que los payé consideran descendiente de aquel Cristo, abuelo del Santo de los Muertos. Curar, predecir, atraer las fuerzas de las cosas ocultas, adoptar la forma del tigre o dialogar con las serpientes, son parte de un largo ascetismo hecho de ayuno y constricción del que proviene la fuerza del mito de San La Muerte. Es la gran herencia del médico brujo tupí, que entre alucinógenos y abstinencia, convierte los huesitos del santón en instrumentos de mediación con las fuerzas de los muertos, siempre en manos del chamán. Al cuerpo sagrado se lo trata como el reverso de lo inmundo, pero como propiedad de un “saber oscuro”. No es cuerpo de la excreción sino de la expulsión. La ciencia lo profesa por siglos y ha levantado hogueras y catedrales, iglesias y exorcismos para santificar su existencia en cada lugar del mundo. El cuerpo sagrado es inapropiable aunque exprese el “cuerpo en sí” como univocidad de una singular experiencia y testimonio. Es el espacio donde se circunscriben los “engramas de lo común” en ausencia de fundamento, pero bajo la multiplicidad de rituales y prácticas vitales. Lo sagrado se resiste a la enunciación de toda la extensión del sentido, aunque exprese como pocos hechos la intensidad de aquello sentido. Su propio rechazo como lo otro de lo inmundo, es tal vez porque no es corpus de fácil adecuación al sentido y a la historia. Es que al fin el cuerpo sagrado es cuerpo de invocación poética.

Entre el testimonio de un trayecto de mi vida y un placer de los textos que me acompañan,  invoco a la voz del poeta Francisco Madariaga. Invoco una voz siempre fulgurante y “sangral” capaz de traer a la presencia a los habitantes de “llanurales”, de antiguas guerras civiles, sepultados entre palmeras y líquidos-amarillos. Invoco una voz épica y endemoniada, edénica y bárbara, fantástica y siniestra, que habita regiones de un paisaje anacrónico que habla el ahora. Invoco una percepción animista y celebratoria, de un animismo surreal que aniquila a la muerte, un embrujo y una hechicería para liberar muertos que han quedado encantados vagando por sertones y selvas, por prados y aldeas. Invoco a Francisco Madariaga quien me enseñó que la “región es dadora”. “Región” no es ni regionalismo ni nacionalismo; región es “país natal”. Aquello contrario a cualquier país que sólo se revela por el Estado. Invoco a aquel que supo decir “Niego rotundamente haber pertenecido a la poesía gauchesca”. Quien ha dicho que el fondo comunal de una región “tenía gauchos-poetas en estado natural”. Esos gauchos que decían de modo repentino, como si hablaran plegarias o como si invocaran rezos. Madariaga me enseñó que el ritmo del cuerpo sagrado es conjuro, plegaria y rezo; aunque rezo ronco que se transforma en melodía. Y escuchamos su voz decir: “Reza por la reza de las apariciones, ronca por la ronca de las enterraciones y vuelve los ojos al paisaje metido dentro de la carne”.

Invoco al poeta de los esteros al bardo, al gaucho-aindiado, al poeta-peón, desposeído y huraño, para abrir a la región más allá de cualquier clausura en los esteros. Invoco a la voz de su criollismo alucinado que se abre a un universo fulgurante al borde del sin-sentido. Poeta que hace ritmo por adicciones sintácticas para alargar la sensación y diseminar las imágenes de lo sagrado. Como quien escribe al pasar “a su labor de vendedor de bananas a la orilla del río diario de azúcar de sífilis de sonido (…)”, y en la acumulación de esos “de” (de azúcar, de sífilis, de sonido), se produce un embelesamiento que hace difusa pero diáfana una imagen, que crea continuidad y deslumbra, que hace infinita la imagen acuosa, vaporosa, y que fuerza la percepción hacia los cuerpos y las cosas en su indistinguible convivir sagrado. Por ello invoco esta poesía auditiva, herbácea, de proceder de estero y de ritmo “esteral”, en el que las aguas reverberan y tienen millones de seres y secretos ocultos, en una superficie infinita. Es como llamar a la presencia al sagrado sol campero de la palabra criolla, celebratoria y experimental, con valor de conjuro, capaz de traer a la imagen del caballo endiablado de la llanura subtropical. Y su poema es la insistencia que concentra lo sagrado inseparable del cuerpo-voz que lo evoca. Recuerdo la Llegada del jaguar a la tranquera –cantata en homenaje a Corrientes escrito en 1980– “resertores, / cuatreros, / ñanduís, / resollaron, / rebebiendo su sangre, / en las islas de oro / y, reviviendo, / me contaron: / ¡Yacaré de canciones! / se ahogaban en el limo / Nicasios, / Eleuterios, / borbotones, / Boleadoras engendradas por la / sangre / boleaban lanceros del infierno (…) y velaron / en el cielo del sueño, / guitarras, / no acordeones, / las purificaciones del / degüello”.

El ritmo del cuerpo que evoca a la presencia lo sagrado es visionario. Lo es del sueño del indio y del gaucho traicionados. Es ritmo de mestilenguaje que singulariza un nativismo de la región dadora. El ritmo de fondo es la materialidad auditiva y cromática de las apariciones “de la fiesta de la contra-muerte / de las ánimas que jinetean el paisaje / de los cuerpos dormidos en la capital del sueño / del florecer de sandías amarillas en el principio de la muerte”. Madariaga sabe que el cuerpo sagrado es integral y no responde al lenguaje personalista. Por ello apela al bilingüismo de los ritmos y de las rimas que se multiplican en una sinfonía amarilla por el arpa-india de los conjuros y los rituales, donde la palabra “palmar” abre su hoja en abanico para ritmar con “palmeral”. Telúrico y solar, convulsivo y sangrante, el ritmo poético es conjuro de las gramáticas del poder de la ciencia, del derecho, de la medicina y de la psiquiatría. En un país de espectros pleno de traiciones y por ello de rituales de conjuros, la violencia verbal dialoga con el candor del instinto. Se escucha decir:   “Entre las lágrimas se oye el canto de un guerrero / gaucho que canta en guaraní / y aún dirige el nadar de los caballos”. En este país como reserva salvaje de ánimas vagabundas, por eclosión de un delito natal y de un cosmos de apariciones, un palmeteo y un rodeo siniestro dicen un yurú peté, un rodeo de seducción que invoca un alarido de guerra. Germen y medio reúnen en lo sagrado un fondo político desgarrado pleno de apariciones “criaturales” brillantes y alucinatorias.

Invoco al poeta de lo sagrado de nuestra lengua “de ritmo arisco / que reserva su propia música / que descubre su chamán interior”. ¿Y que expresa lo sagrado?, “cantos / exclamaciones / de la tierra de nadie / celebración / revelación / del porvenir común”. Una ebriedad alucinada que el poema trae a la presencia por el ritmo del canto y del palmeteo, de la seducción del cortejo y del arte de la guerra. Mi cuerpo adquiere fe en este mundo por el ritmo de los jirones animistas, como si se tratara de un ojo de agua, de un momento azaroso transfigurado, de destellos de naturaleza, de rugidos del jaguar, del rumor de la lluvia, del vuelo del pájaro. Los ritmos que evocan lo sagrado no son ni descriptivos ni anecdóticos, son sonidos alucinados que provienen de una comarca transfigurada bajo transformaciones chamánicas. No se trata de evocar metáforas de una lírica, sino restos de una intensificación mítico-poética que descentra al yo lírico para transformarlo en poeta-curandero. Mi cuerpo de poca fe toca la impropiedad de lo sagrado por el ritmo del poeta curandero. Y es por la voz del poeta Francisco Madariaga que logro la inmersión en el testimonio vital de los saberes ancestrales que forman parte de la cura de un trayecto de mi vida y de un placer de la lectura de los textos que me acompañan.


* ensayista, filósofo y editor. Dr. en Filosofía y Letras por la Universidad de San Pablo. Especializado en Estética y Teoría del arte por la Fundación Ortega y Gasset. Posdoctor por la FAPESP y la Universidad de San Pablo. Profesor e investigador de la UBA, UNLP y UNDAV. Profesor regular de Estéticas Contemporáneas. Director de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas. Autor de Gilles Deleuze. Una filosofía de lo ilimitado en la naturaleza singular (2011, 2014), Imágenes del naufragio. Pensar en la caída (2021, en prensa). Coautor de Filosofía para perros perdidos. Variaciones sobre Max Stirner (2018, junto a Ariel Pennisi), El anarca. Filosofía y política en Max Stirner (2021, junto a Ariel Pennisi). Compilador y autor de Linchamientos. La policía que llevamos dentro (2014, junto a Ariel Pennisi), Meditaciones sobre el dolor (2018, junto a Alejandra González), Vitalismo. Contra la dictadura de la sucesión inevitable (2019, junto a Alejandro Miroli y Ezequiel P. J. Carranza), Meditaciones sobre la tierra (2020, junto a Alejandra González), Servidumbre neoliberal (2021, junto a Alejandra González). Autor de numerosos prólogos a obras de filosofía contemporánea. Publicó artículos en libros y revistas sobre filosofía, literatura, estética y política. Coeditor de Autonomía y Quadrata de Red editorial.

Fotografías de Antonio Fernández* (las fotos color fueron tomadas en 2007 y las BN en 2014, ambas en la ciudad de Mercedes, Corrientes, y en el santuario del Gauchito Gil a 17 Km sobre la ruta que va a la ciudad de Corrientes).

*Abogado (UBA) y Fotógrafo (formación plástica en Estimulo de Bellas Artes y en los talleres de Tito del Monte y Norberto Iera). Desde 1985 trabaja en fotografía teatral. realiza ensayos y reportajes fotográficos relacionados con la cultura e idiosincrasia argentina: “Gauchos”, “Berlín y sus Argentinos”, “Gauchito Gil”, “Pachamama”, “Il volto de la Toscana” “Gauchito Gil … apuntes de una fe”, “Il volto della Toscana a Buenos Aires”.
Ha expuesto en Argentina, Suecia, Alemania, Italia y Suiza. Sus fotos integran colecciones privadas en Argentina, Estados Unidos, Suecia, Suiza, Alemania, Noruega, Italia. Foto de la portada del Anuario Teatral Argentino 1996, y del el tomo VI de las obras completas de Eduardo Pavlovsky. Entre 1991 y 2010 ha realizado 31 muestras en Argentina, Italia, Alemania y Suecia. Desde 2014 trabaja para un proyecto sobre Cortázar.

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