Declaración impropia sobre la adicción

Episodio CXVI

Adrián Cangi*

 

La ‘extática’ siempre se opuso a la ‘retórica’, como los magos se opusieron a la verborrea urbana de una magia civil y política. De allí provienen la mayoría de los oficios supuestamente desembriagados que conocemos: políticos, psicólogos, educadores, juristas. ¿Pero es esto así? Desde el siglo XIX hasta el presente, la cocaína los atraviesa a todos por igual. Converso sin cesar con un amigo filósofo sobre los efectos del fármacon entramado con el logos, aunque siempre desdeñado por la retórica contra la extática. Cataratas de mensajes van y vienen sobre el fármacon, el farmakeus y los fármacos. El discurso de la embriaguez que nos aleja de palabras asociadas al desmadre, proviene desde el Sócrates de Platón, y hace su largo recorrido por occidente. Pero Platón y la academia ateniense son los primeros higienistas del ‘alma sobria’. Su camino se cumple como progreso y destino inmanente, conduciendo el éxtasis a la metafísica como ontología lógica y razonable. Dos caminos posibles se abren desde allí: desde Aristóteles a Leibniz y desde Parménides a Wittgenstein. La tarea parece simple y ardua a la vez: aprender a hablar sobrios sobre el éxtasis. De allí podemos esperar los más pobres acercamientos a Nietzsche.

La batalla titánica entre embriaguez y sobriedad es el más antiguo problema del sujeto político de occidente. La academia ateniense tiene una clara función: se ufana de haberse liberado del favor antojadizo del estado anímico para tomar la palabra política. Y con esto, el de haber controlado el lábil territorio de las mezclas entre éxtasis y religión. La columna griega de la libertad es la voluntad de auto-determinación que conduce a una teoría de la obediencia estoica como ingreso directo a la interioridad cristiana de la culpa y de la redención. La historia de la filosofía puede leerse como una lucha contra los estados excepcionales de la psique y de los extravíos de la razón. En general, los filósofos no han sido, a pesar de poquísimas excepciones, interlocutores adecuados para una conversación sobre la constitución adicta de lo humano o del fenómeno de la embriaguez. ¿Es posible pensar el presente sin un “endomorfinismo especulativo de los estados excepcionales de la psique” –como supo abordarlo Sloterdijk en “¿Para qué drogas?” (1993)– reclamando mecanismos endocrinos y quimio-éticos para rumiar los últimos vestigios del éxtasis más allá de sus destellos teológicos?

El conocimiento y el éxtasis jamás han sido distritos blindados entre sí. Para “ir hasta el fondo” en una visión unitaria no es posible prescindir del arrobamiento. Y esta es la larga batalla de un antagonismo interior a la historia del pensamiento entre sinopsis iluminada y articulación secuencial argumentativa. Problema que se debate desde Platón hasta el corazón del idealismo alemán. La tarea filosófica ha intentado desempolvarse de todo aquello que no intente exponer en forma de comprensión lógica lo que en acto puede estar más allá del discurso. Henri Michaux lo intentó: escribir o dibujar en estado de arrobamiento. Y dejó sus memorias en Conocimiento por los abismos (1961) en el que anticipa con precisión quirúrgica: “Las drogas nos aburren con su paraíso o su infierno. Que nos den más bien un poco más de saber. No estamos en una época de paraísos”. Sus experiencias son las que se oponen a cualquier forma lingüística articulada, salvo a posteriori de la experiencia y bajo el control de las trampas de la memoria. Platón es claro con ello: hubo sabios del arrobamiento y luego, aficionados a la sabiduría. Chamanes o iatromantes o adivinadores eran maestros de la extática poética. ¿Qué aconteció entre aquellos sabios de las drogas iniciáticas de Eleusis y la retórica de la academia griega? Se borraron los accesos a los estados de experimentación contemplativa. Claro está, que siempre alertas, retornaran ritualizados por las prácticas místicas teológicas a base de ayunos, flagelaciones y supresiones corporales de todo tipo.

No nos convoca ni Platón ni Derrida. No somos fáciles de convencer, aunque vivimos como serenos lectores de la tradición. Nos importa la discusión sobre el sujeto de enunciación, aquel que conoce más los ingredientes que las páginas almidonadas de libros leídos o no leídos, pero por igual olvidados por falta de práctica. Nicolás Fernández Muriano está agotado de escuchar discursos vacíos sobre drogas y anti-drogas. En el dominio de las sustancias nos molestan palabras como “exceso”, “donación”, “hipertélico” –sobre todo como significantes de monjas y mojigatos de clausura–. Detrás de estas palabras hay máscaras categoriales –que esconden y prohíben las experimentaciones– tanto epistemológicas como políticas. Y nos preguntamos por el sujeto de la enunciación lúcido y consumidor que no tiene palabra, siempre hablado por otros técnicos del saber moral. Agotados de tanta moralina sobre las adicciones, en tiempos de sustancias cada vez más envenenadas por nuevos cortes que buscan mercados, ¿quién se atreve con desnudez a presentar un cuerpo no adicto? Con lucidez extrema, Thomas de Quincey se pregunta en una carta a un amigo “¿Conoces a alguien no adicto?”. La asociación entre droga y adicción es una vinculación moderna.

Diversas modalidades de la adicción de todo tipo atraviesan la vida contemporánea, donde ya no funcionan las fronteras de aquellas categorías del siglo XIX que distinguían lo “normal” de lo “patológico”. Preferimos mayor sobriedad, como la de filósofos capitales, que se preguntan por la “salud” como un concepto vulgar. Así lo hace Canguilhem en Escritos sobre la medicina (1990) O de filósofos que se detienen en la “anti-medicina” a la luz de la “medicina”. Así lo escribe Jean Starobinsky en Razones del cuerpo (1999). Sobriedad en un mundo donde se enuncia cualquier vaguedad sobre las sustancias en nombre de la salud y de la medicina. Aquellos que trabajaron como hombres de fe endomingados sobre la ciencia médica y la psiquiátrica, no desearon borrar esas fronteras sobre sanos y enfermos, para dotar de palabras a los primeros y silenciar a los otros. Es fácil juzgar y bien difícil experimentar. ¿Quid juris? define el camino de occidente frente a ¿Quid factis? Partimos desde aquí, la voz de los sujetos que hacen con sus prácticas están borradas por el farfulleo moral. El hacer ha sido destrozado por el tribunal del juicio, del mismo modo que el cuerpo ha sido olvidado como vehículo privilegiado de arrobamiento.

Si dirá con apuro que hay drogas que matan y otras que salvan; se afirmará que hay drogas de ricos y drogas de pobres: de una se sale por arriba, de la otra se va camino a la tumba. También se dirá, que hay drogas de consumo ritual colectivo que nos conducen a las entrañas alquímicas chamánicas de sociedades sin mercado, que al fin se distinguen de sustancias liberales de mercado que nacieron como terapéuticas y culminaron como logísticas de diseños económicos militares. Luego se alzaron las voces de las sociedades neurológicas para tratar la distancia nunca resuelta de los excesos como síntomas o como causas. Las virtudes terapéuticas se transformaron para culminar en el prohibicionismo y en el control de los fármacos. Pero quien se atreve hoy a una declaración límpida, de naturaleza sin mella, libre de sustancias de todo tipo. Nunca hemos sido tan moralistas e ineptos. Ni siquiera como en el siglo XIX. Nunca hemos sido tan victorianos –para decir con la boca llena de saliva– sobre aquello que no hacemos ni practicamos. La droga seguirá siendo una designación defectuosa porque solo la entendemos hoy en su identificación químico-farmacéutica o policíaco-cultural. Dos modos macerados en la Ilustración victoriana moral. Las fuerzas del cosmos chamánico abierto a los rituales colectivos que fueron derretidos en la embriaguez privada de los santones de clausura, y luego en las pobres mercancías de poca monta de mercados mercenarios para consumidores solitarios y escapistas. ¿Dónde ha quedado el “soma de luz” o  la “miel de la gran curación”?

Me entregué a mediados de los noventa a la experimentación de la ayahuasca hasta que la vista se transforma y atraviesa los muros y metamorfosea las formas. También atraviesa los sucesos hasta más allá del futuro. Bailé frente a grandes fuegos sin devolver la sustancia para permanecer un instante más en la mutación del mundo, acompañado de hombres-lagarto y de hombres-mono, ambos con flautas para guiarme de vuelta del prado de los pastizales carnívoros y del mundo de los muertos. Me enfrenté al misterio de lo viviente en la floresta escapando de las grandes ciudades. Allí comprendí que si algo podía excluirse de la adicción solo era aquello que de entrada es una forma ritual del éxtasis. Así lo aprendí siguiendo las derivas del poeta Néstor Perlongher. La sustancia embriagadora de la ‘flor de las aguas’ o del ‘pelo de Dios’ es mediúmnica e introduce en el trance. Años después traduje “Dos cuestiones sobre la droga” de Gilles Deleuze (publicado por su amigo François Châtelet en 1978) para la revista de poesía tsé tsé.

Con contundencia Deleuze pregunta: “¿hay una causalidad específica de la droga, y donde puede encontrarse?”. O mejor: ¿Cómo mostrar que el deseo carga un sistema de huellas mnémicas y de afectos cuando se trata de sustancias? El filósofo ve en aquel tiempo, como lo vemos hoy, un fracaso general de todas las disciplinas del saber respecto de las drogas, acompañadas de un conjunto de palabrerías jurídicas, toxicológicas, policiales, médicas, psicoanalíticas y psiquiátricas. Solo se aborda el problema con la marca de los caballeros de la fe endomingados. Como si los venenos no curaran desde tiempos antiguos hasta el presente. El veneno de escorpión azul sigue siendo una sustancia milenaria de uso corriente en el presente para tratar desequilibrios hormonales. Ahora bien, la catástrofe puede estar en el mismo plano de la droga. Pero nada hay incondicionalmente bueno ni malo. Menos aún las drogas si las abordamos según historias singulares y consumos singulares. Claro está que el ‘drogadicto’ –sujeto estigmatizado por la ley mayor que se arremolina en torno a agujeros negros– y las micropercepciones de liberación quedan recubiertas de antemano en el hundimiento. Sabemos bien esto. Pero las investigaciones químicas han estado en la base de la búsqueda de un sistema autónomo del deseo-percepción. Una gran confusión ha tomado la idea de ‘causalidad específica’. Siempre hay una línea mortecina suicida, una pulsión de muerte que recorre el filamento de cualquier experimento. Inventar un sistema deseo-percepción y salir del chantaje suicida, parece haber dejado de ser un problema de adictos y médicos contemporáneos. Pero la política mundial de la sociedad global prefiere ciudades de zombies como Filadelfia, ciudades que se replican en el resto del mundo.

 

 

Y mientras tanto, mueren por doquier cuerpos adictos que quieren su dosis en nuestro gran Buenos Aires, mientras el mercado, la policía y el Estado quedan enrollados en la complicidad de una nueva sustancia en pugna con otras, para bajar el precio de mercado. Todos los opiáceos vegetales y sus diseños químicos están en discusión para el armado de nuevos cortes de las sustancias. Escuchamos cómo los analgésicos se combinan con la cocaína para encontrar una nueva sustancia más aditiva, práctica que por demás ya realizaba cada consumidor a su usanza. Con la elegancia esperada y la sobriedad necesaria –lejos del desparramo equívoco que produjo el mundo del rock sobre las sustancias después de Frank Zappa, el último moderado que se corrió de la miseria entre rock y espectáculo–, William Burroughs se pregunta en el segundo capítulo de La máquina blanda (1961) “¿Quién soy yo para criticar?”. Se reconoce sin piedad, “si en el fondo como todos, soy un manipulador de carne”. Y la frase comienza así: “Y de repente me dio la comezón sexual entre las piernas y me aflojé…”. “Y de repente una medicina amarga hace que algo se derrumbe en el cerebro y una extraña liberación os libere del control… Una extraña mezcla de semen y sustancia atraviesa una piel púrpura y naranja que arroja semen por el cráneo”. Claro está que “los ojos le entraron en erección y cambiaron los efluvios”. ¿Cómo pudo nacer una sociedad de control con la certificación objetiva de que hay sustancias que, como tales, son esclavizadoras del ánimo y productoras de adicción? ¿De qué hablan? De la adicción a las drogas, al alcohol, a los cigarros, al alimento, al deporte. Nada se comprende bien, si no es bajo dos principios infames: el de la justa medida y el del hacer por placer.

Burroughs, Michaux, Artaud, Baudelaire, entre tantos experimentadores, saben bien de las percepciones erróneas y de los sentimientos misérrimos –purgaciones inconclusas, fantasías fantasmagóricas, arrebatos paranoicos, alucinaciones de terror, agujeros negros y demás  cortejos de un saber de los abismos– y esto, al fin de cuentas ¿debería detener la experimentación en nombre de la dependencia a la sustancia-producto? ¿Qué tipo de monjes inquisidores son los psiquiatras y toxicómanos, con sospechosa experimentación para decir algo de sustancias a las que temen? Antonio Escohotado, en los tres volúmenes de Historia general de las drogas, percibe un proyecto de emancipación de la percepción quebrado y un interregno donde la cruzada anti-droga se vuelve síntoma civilizatorio. Y antes del estigma, la alquimia fue madre de las sustancias: se indagó el opio de la amapola con distintos efectos curativos. Proseguirán los barbitúricos liberales. Y al fin, el estallido de los laboratorios no farmacéuticos de los alcaloides como la cocaína. Pero el cloroformo y el éter vienen acompañados de una lógica militar. Y desde allí, y solo desde allí, el exceso se vuelve causa. Y siempre el ejército da vueltas la droga: sobretodo los alcaloides visionarios con fines específicos.

Corría 1996, viajaba entre San Pablo y Buenos Aires, y recibo una franca invitación. La edición de Historia general de las drogas (1989) había alborotado el mundo de habla hispánica antes de las sucesivas traducciones a diversas lenguas. En ese libro dice el filósofo español que “Apología significa que uno toma algo como incondicionadamente bueno. Las drogas no son ni incondicionalmente buenas ni incondicionalmente malas”. Tuve la suerte de conocerlo en Buenos Aires por un conjunto de amigos que sabían de mi trabajo con la ayahuasca en Perlongher. Devoré sus libros en esos años. Y en 1996 participé de la presentación en un subsuelo de la calle Corrientes. Pero todo se evaporó en horas. Al día siguiente el filósofo habló en Canal 9 en el programa “Memoria” de Chiche Gelblung, donde se detuvo sobre la educación sentimental de sus hijos y el uso de sustancias. En ese mismo instante la pantomima viviente del juez Oyarbide dictaba una orden de detención contra el filósofo por presunta apología. El expediente 1136/96 del Honorable Senado de la Nación dejó registro de la orden judicial. Partió a España antes de que la orden entrara en vigencia. Todo tiene en mi memoria la forma borrosa de una alucinación de mis treinta y pico de años. Lo cierto es que Escohotado usó su cuerpo como ‘cobaya de la humanidad’ para dejar una sobria bitácora nunca leída con el cuidado necesario ni por médicos, ni por juristas, ni por toxicómanos, menos aún por psiquiatras, psicoanalistas y políticos. Su obra proponía derogar la prohibición para construir juicios a partir de la experiencia. Se la considera a esta obra un pilar político de la lógica uruguaya de Pepe Mujica. Pero se volvieron best sellers sus breviarios y con ellos se diluyeron sus argumentos del sujeto político de la enunciación de la experiencia del cuerpo-droga.

Dos años más tarde leí El placer y el mal. Filosofía de la droga (1997) de Giulia Sissa, para entrar en los argumentos dominantes de la sociedad contemporánea. Sociedad de losquitapenas que tanto repudia Escohotado, si no correspondían a un acto mayor de la experiencia. En su caso enfrenta su separación amorosa de una larga pareja de casi 40 años, con un viaje por los meandros de Oriente para atravesar el duelo y mitigar el dolor. De ningún modo, dice Escohotado, el deseo es insaciable movido por el álgebra de la necesidad en todos los cuerpos. Y agrega, como lo hace Deleuze, que las sustancias son bloques de percepción  estables, mientras que la variación está en los sujetos, sus heridas y sus restos. ¿Quién podría no reconocer placeres crónicos y apetitivos? Pero las declaraciones de Sissa nos disponen en un tiempo de la droga donde el mundo se vuelve pura pérdida, metaforizado en su caso por la imagen del flujo incapturable, irreversible, que nunca se detiene”. Y agrega en la culmine del juicio moral: “Esos instantes en movimiento, que pasan, que fluyen, nunca se viven como buenos momentos, como un presente que se deja saborear, inestable por cierto, pero que dura al menos un poco” (…) “En el tiempo del deseo, cada cosa que se presenta se escabulle inmediatamente después. Su presencia no dura más que un instante. Entonces, no hay más que instantes sin duración”. Estos argumentos han colaborado contra una real investigación de las sustancias y de sus usos. Escohotado siempre alertó que frente a la sustancia la pregunta no es: ¿vacío o felicidad?, sino ¿control o transformación perceptiva? Parece que hemos perdido la batalla de la promesa de ese mundo. ¡Nuestro tiempo es el del control por la felicidad!

Y es eso lo que Deleuze precisa: “el deseo carga directamente el sistema percepción”. En ese sistema percepción es donde pivota la liberación o la servidumbre. De este modo las distinciones de tipos de droga son interiores a este sistema. Y la experimentación vital tiene lugar cuando una tentativa cualquiera que emprendemos se apodera de nosotros e instaura cada vez más conexiones, algunas son de auto-afección y otras de auto-destrucción. ¿Cómo distinguir allí alguna decisión fuera del riesgo de la inmanencia del propio cuerpo? Siempre se pivota sobre una pulsión de muerte como se cabalga el lomo de una corvina. El flujo destructivo no se vuelve sobre sí mismo, sino que se abre sin fin a otros flujos. ¿Cuándo sobreviene el álgebra imparable de la necesidad: la última dosis o la última copa? Igual da. El drogadicto es el desintoxicado perpetuo al igual que el alcohólico. Pero siempre se habla por ellos como si ese fuese su único y último problema. Cuando ellos hablan, cuando toman la enunciación, también hablan de otras cosas. De múltiples marañas entremezcladas, de batallas secretas, de narcisismos, de autoritarismos, de enunciaciones faltantes de la experiencia de sus mundos, pero sobre todo hablan de políticas. Porque también hay algo activo en estos procesos: percepciones y afecciones nunca negociables como una implacable desconexión organizada, de un mundo de servidumbre voluntaria en todas las caras del cubilete. Claro está que toda experiencia vital puede ser auto-destructiva. ¿Cómo y quién podría ser justo allí donde nada sabemos, de lo que puede un cuerpo y de lo que es capaz?

 

 

* Ensayista, filósofo y editor. Dr. en Filosofía y Letras por la Universidad de San Pablo. Especializado en Estética y Teoría del arte por la Fundación Ortega y Gasset. Posdoctor por la FAPESP y la Universidad de San Pablo. Profesor e investigador de la UBA, UNLP y UNDAV. Profesor regular de Estéticas Contemporáneas. Director de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas. Autor de Gilles Deleuze. Una filosofía de lo ilimitado en la naturaleza singular (2011, 2014), Imágenes del naufragio. Pensar en la caída (2021, en prensa). Coautor de Filosofía para perros perdidos. Variaciones sobre Max Stirner (2018, junto a Ariel Pennisi), El anarca. Filosofía y política en Max Stirner (2021, junto a Ariel Pennisi). Compilador y autor de Linchamientos. La policía que llevamos dentro (2014, junto a Ariel Pennisi), Meditaciones sobre el dolor (2018, junto a Alejandra González), Vitalismo. Contra la dictadura de la sucesión inevitable (2019, junto a Alejandro Miroli y Ezequiel P. J. Carranza), Meditaciones sobre la tierra (2020, junto a Alejandra González), Servidumbre neoliberal (2021, junto a Alejandra González). Coeditor de las colecciones Autonomía, Contemporáneos y Pensamientos locales en Red editorial.

 

Fotografía: Valerio Bispuri http://www.valeriobispuri.com/vb16/

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