El 17 octubre de 1945 como acontecimiento

Episodio CIV

Omar Acha*

Es sabido que lo ocurrido en varias ciudades de la Argentina entre el 16 y el 18 de octubre de 1945 constituyó un parteaguas histórico. Nada de lo que era fue ya de la misma manera. Nada de lo que podía ser, podía ser indiferente a ese acontecimiento.

Luego se nombró a ese proceso con un día específico: el 17 de octubre, esencialmente porque entonces tuvo como escenario la Plaza de Mayo en la ciudad de Buenos Aires y al balcón de la casa de gobierno como tablado. Pero sabemos que la Argentina no es solo, ni mucho menos, la ciudad capital federal, y que tampoco todo sucede en la Casa Rosada.

Fue un acontecimiento. Un acontecimiento es lo que ocurre inesperadamente e impacta con tal vigor que impacta en las interpretaciones posteriores.

Su contexto mayor fue la crisis en el gobierno militar surgido del golpe de Estado de junio de 1943. El pronunciamiento urdido por el Grupo Obra de Unificación, el GOU, había tenido como propósito impedir una sucesión presidencial que, según se preveía, alinearía al país en el bando aliado en la guerra mundial. Y ese bando la estaba ganando.

Las rendiciones de Alemania y Japón, respectivamente en mayo y agosto de 1945, fueron consideradas letales para un gobierno cuyo presidente era el general Edelmiro Farrell, pero donde el “hombre fuerte” era sin dudas el coronel Juan Domingo Perón. Éste retenía los cargos de secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y vicepresidente. La política social fue granjeándole simpatías obreras y enemistades de los capitalistas, así como animadversión de la clase media que lo consideraba un “nazi-fascista”. Esa deriva ocurrió a pesar del propio Perón, quien no deseaba antagonismos sociales y proponía una concordia “nacional” ajena a la “lucha de clases”. 

El 19 de septiembre de 1945 tuvo lugar en la zona norte de la ciudad de Buenos Aires la primera y una de las mayores movilizaciones hegemonizadas por la clase media y alta en la historia argentina: la Marcha de la Constitución y la Libertad. Fue un acontecimiento de clases. Simbólicamente, la movilización se dirigió del Congreso nacional hacia el exclusivo barrio de Recoleta.

El general Eduardo Ávalos, comandante de la unidad militar de Campo de Mayo y uno de los líderes del GOU, impuso a Farrell el desplazamiento de Perón el 9 de octubre. Ávalos era amigo de Perón. Su actitud intentaba neutralizar el avance del verdadero antagonista de Perón, el ministro de Marina Héctor Vernengo Lima. La ocasión del reclamo ante Farrell fue el límite en el descrédito de Perón en las Fuerzas Armadas causado por el nombramiento de Oscar Nicolini, un amigo de su novia la actriz y locutora Eva Duarte, en la Dirección General de Correos y Telecomunicaciones.

Farrell autorizó a Perón a pronunciar un último discurso de despedida desde Trabajo y Previsión que, sugerido por una delegación del sindicalismo obrero, se transmitió por la red oficial de radiodifusión. El renunciante aseguró que el presidente se había comprometido a mantener las medidas sociales auspiciadas por la Secretaría. No daba la impresión de estar completamente derrotado. Pero cuando el sucesor de Perón en Trabajo y Previsión, el profesor Juan Fentanes, declaró pocos días más tarde que ésta se orientaría por un criterio de “equidad” entre capital y trabajo, las bases y dirigencias obreras comprendieron muy bien que la política había cambiado. Más allá de las ambivalentes declaraciones gubernamentales, los capitalistas y sus órganos de prensa proclamaron una actitud de revancha. 

En ese momento se diseminó en toda la clase obrera un estado de ánimo de creciente inquietud. La Confederación General del Trabajo, a través de su secretario general Silverio Pontieri, inició conversaciones con algunos gobernantes que le aseguraron que no habría retroceso en las políticas sociales. Pontieri adoptó un tono contemporizador, pero otros sindicalistas advirtieron que, si la Confederación se abstenía de declarar un paro en protesta contra la situación, el creciente malestar de las bases obreras podía derivar en huelgas y movilizaciones inorgánicas. Las mismas eran susceptibles de ser utilizadas para asestar derrotas aún más profundas a la clase trabajadora. También se declararon medidas locales, como la huelga del sindicato azucarero de Tucumán, la FOTIA, para el 15 octubre.

De acuerdo al ferroviario Ramón V. Tejada, los movimientos corpusculares de la inquietud de clase eran particularmente vivaces en el interior del país. Sin embargo, también se las hallaba en las barriadas industriales de Avellaneda y Berisso. En éstas actuaba el incansable Cipriano Reyes quien se proclamó más tarde el “autor” del 17 de octubre. El desasosiego cundía del mismo modo en los núcleos industriales porteños de La Paternal, Chacarita y Barracas. A pesar de las notorias diferencias según el lugar, conformación productiva y tradiciones organizativas vigentes, a lo largo del país se había instalado un denso clima protestatario.

El ferroviario Tejada manifestó el citado parecer en la célebre reunión del Comité Central Confederal de la CGT, el día 16. Para la inmensa mayoría la huelga era inevitable. Se discutió si era conveniente reclamar la “liberación” de Perón (quien nunca fue formalmente detenido: según Ávalos estaba bajo protección dada la amenaza contra su vida formulada desde sectores de la Marina, y luego fue trasladado de la isla Martín García al Hospital Militar para un chequeo médico). Algunos sindicalistas opinaron que ello involucraría enajenar la independencia de la central obrera. Otros sostuvieron que Perón encarnaba la “justicia social” y su nombre debía ser incluido en la declaración. Prevaleció el primer temperamento debido a la definición adoptada por el gremio más numeroso de entonces, la Unión Ferroviaria.

La convocatoria a la huelga general de una duración de dos días a partir de las cero horas del día 18 de octubre se hizo con el propósito manifiesto de defender “las conquistas obtenidas y las por obtener y considerando que éstas se hallan en peligro ante la toma del poder por las fuerzas del capital y la oligarquía”. 

La noticia de la decisión cegetista se difundió como un reguero de pólvora. A quienes habían iniciado acciones de protesta sin respaldo les dio un marco de contención y proyección organizada. A los núcleos y sindicatos vacilantes, les infundió confianza y orientación en la acción mancomunada. Pero como ocurre a menudo en la experiencia histórica, las metas dadas por los seres humanos difieren de las consecuencias efectivamente sucedidas. Otras tantas veces, el desencadenamiento de un proceso colectivo ya no puede ser detenido.

Los tiempos en que se desarrolló el acontecimiento difirió en las distintas ciudades del país. Es imposible aseverar si el 17 de octubre comenzó a producirse luego del discurso de Perón del día 10, a partir del día 12 en que se rumoreó su detención, o si escaló con la decisión cegetista. Lo esencial es que excedió los lugares de trabajo para hacerse público. Ocupó calles y plazas. Se hizo palabra en carteles y pintadas sobre paredes. Fue el acontecimiento desde abajo que contestó a la Marcha de la Constitución y la Libertad.

¿Qué ocurría en el pensamiento y carácter del coronel Perón? Estaba inerme, sin fuerzas ni ideas. Perón se sabía el más brillante militar argentino, pero conocía también que la caída definitiva del Eje en la Segunda Guerra Mundial lo iba a arrastrar en su declive. No importaba que el propio Perón, muy pragmático, se resignara meses antes a declarar la guerra a una Alemania en plena derrota. Sus enemigos, tanto dentro como fuera del gobierno, cada cuál por distintas razones, no iban a desperdiciar la oportunidad para deshacerse de quien veían como un Mussolini anacrónico, para colmo de males noviando con una actriz de reparto.

Ante ese embate, el coronel Perón vaciló en su evidente vigor físico (practicaba boxeo y esgrima) y su lucidez intelectual sin par en el gobierno militar en crisis. Para observarlo basta con recuperar algunas líneas de la carta redactada el 14 de octubre a su también anonadada pareja Eva Duarte. Conviene citar el fragmento central de su epístola:

“Escribí hoy a Farrell, pidiéndole acelerara mi excedencia y, tan pronto salga de aquí, nos casaremos y nos iremos a vivir en paz a cualquier sitio… Desde casa me trajeron aquí, a Martín García, y no sé por qué estoy aquí ni me dicen nada. ¿Qué te parecen Farrell y Ávalos? ¡Qué par de bastardos, hacer esto con su amigo! Así es la vida. Lo primero que hice al llegar fue escribirte. No pierdas los nervios ni descuides tu salud en mi ausencia hasta que vuelva. Estaría más tranquilo si supiera que no corres peligro y estás bien. Dile, por favor a [su colaborador, teniente coronel Domingo] Mercante que hable con Farrell para saber si autorizan que nos vayamos a Chubut”.  

La propia Eva fue ajena a los sucesos multitudinarios. Se vio tan sorprendida como Perón. A pesar de los relatos posteriores sobre su protagonismo en las conexiones organizativas, quien poco después sería conocida como Evita, fue ajena al evento. ¿Qué hizo Eva en los días cruciales que condujeron del cónclave de la CGT y el primer día de la huelga general? Quien mejor estudió hasta hoy el año ‘45 en la Argentina, Félix Luna, y la biógrafa de Eva Perón, Marysa Navarro, dan crédito a un testimonio según el cual, cuando Perón estaba discutiendo con Ávalos no se pudo contener y dirigiéndose al coronel dijo: “Lo que tendrías que hacer es dejar todo de una buena vez y retirarte a descansar… ¡Que se arreglen solos!”. Más tarde, el evitismo construiría el mito de una Eva febril reuniéndose con el teniente coronel Mercante, con sindicalistas y abogados, convirtiéndose en una pieza clave de las manifestaciones con epicentro en la Plaza de Mayo el día 17.

Durante ese día y el siguiente tuvieron lugar movilizaciones de variada índole, cuya consigna más extendida fue “Queremos a Perón”. Los testimonios sobre esa población movilizada, vista como desconocida y ajena al orden de lo representable, son múltiples. El escritor Raúl Scalabrini Ortiz la describió como el “subsuelo de la patria sublevado”, aunque es más exacto caracterizarla como segmentos de la clase obrera movilizada. Eso es válido incluso para la numerosa cantidad de jóvenes e incluso niños, pues por entonces la edad de ingreso al mercado laboral era temprana.

Los juicios sobre la naturaleza de esas masas obreras fueron divergentes. Lo innegable es su carácter multitudinario. Si bien el día 17 la Plaza de Mayo estuvo menos repleta de lo generalmente supuesto en base a fotografías y filmaciones de conmemoraciones posteriores, cuando Perón ya era presidente de la república, el acontecimiento alcanzó significación por su extensión y fluidez. Sucede con los fenómenos multitudinarios que su abigarramiento y forma líquida hacen imprevisibles sus alcances.

Se ha preguntado por qué el general Ávalos se abstuvo de ordenar una represión que impidiera la circulación (de allí surge el mito a la vez antiperonista de que fue un evento organizado por la acción policial). Incluso si hubiera deseado hacerlo, se hacía impracticable reprimir a una movilización tan desordenada e inaprensible.

La conclusión esencial de este análisis es que al 17 de octubre de 1945 le cabe el nombre de “acontecimiento”. El acontecimiento carece de precisas causalidades previas que consientan predecirlo. No es que sea inefable o misterioso. Ya he puntualizado que los más lúcidos militares de ese tiempo, Perón y Ávalos, asistieron al mismo como a un espectáculo. Los fogueados dirigentes obreros, en algunos casos con décadas de activismo en su haber, fueron tal vez quienes más se aproximaron a intervenir en una mole de hechos disgregados que se iba modificando como una tormenta desmadrada. 

El desenlace inmediato de las movilizaciones es conocido: poco después de las 23 horas Perón llega desde el Hospital Militar y pronuncia en el balcón de la casa de gobierno el discurso más importante de su vida. Se produce un diálogo entre la multitud que pregunta “¿Dónde estuvo?”, y un coronel que pide calma. Así Perón, ya fuera del gobierno, relanza su carrera política. Una semana más tarde la CGT crea el Partido Laborista y la oposición la Unión Democrática. En las elecciones de febrero de 1946 Perón se proclama vencedor y comienza la primera década peronista. Nada de todo eso sería posible sin el acontecimiento del 17 de octubre.

Los acontecimientos son nombrados una vez transcurridos. Son alterados y moldeados por los relatos posteriores. En algunos casos las imágenes emergen casi contemporáneamente a los hechos. Por ejemplo, se ha insistido en que las prensas de la izquierda socialista y comunista se negaron a reconocer en la multitud movilizada el carácter de clase obrera, para condenarla como lumpen-proletariado sin conciencia de clase.

Puesto que los relatos sobre los hechos fueron múltiples, a veces coherentes entre sí, casi siempre incompatibles, constituyeron ejercicios polémicos de apropiación. El 17 de octubre como acontecimiento suele ser narrado como el mito fundacional del peronismo. Sin embargo, todavía el peronismo como un movimiento identificado con un nombre propio, el de Perón, estaba lejos de existir.

El peronismo como tal se puede datar en un prolongado proceso desarrollado entre octubre de 1945, febrero de 1946 cuando vence la fórmula presidencial Perón-Quijano, y la consolidación del Partido Peronista en febrero de 1947. Entre la reforma constitucional de 1949 y la reelección de Perón en noviembre de 1951 se consolida la solidez histórica de la “Argentina peronista”.

Ya Perón en el gobierno desde junio de 1946, el 17 de octubre fue declarado por ley jornada de feriado con el nombre de “Día del Pueblo”. Esa denominación fue inclinándose hacia un protagonismo de Perón y Eva, asumiendo la denominación de “Día de la Lealtad”.

Los análisis que representan a los dos gobiernos peronistas de los años ‘40 y ‘50 como un proceso de creciente clausura autoritaria subrayan el pasaje de imágenes plurales del acontecimiento hacia la unificación vertical orientada a la consagración de los líderes carismáticos del movimiento peronista consolidado hacia 1950 con sus tres ramas: Partido Peronista, Partido Peronista Femenino, CGT.

Sin embargo, el 17 de octubre no cesó de ser reconstruido en nuevos formatos y con distintos propósitos. Eso se profundizó después de 1955, cuando derrocado el gobierno y forzado Perón a partir al exilio, el sentido del peronismo y de su pasado fueron objeto de diferencias incluso entre sus simpatizantes. En los años ‘70 los sectores enfrentados en el siempre amplio movimiento peronista apelaron a relatos opuestos sobre el acontecimiento de octubre para subrayar, desde la izquierda, la potencia revolucionaria y obrera del evento, o desde la derecha, la ortodoxia y verticalidad hacia el líder.

Situado en una perspectiva de historiador, pienso que luego del golpe de Estado de 1930 los acontecimientos de alcance nacional fueron tres. Entiendo que es posible añadir otros eventos, pero no conquistan la misma repercusión. Se trata de irrupciones de masas protagonizadas por la clase obrera: el 17 de octubre de 1945, la serie que vincula las tomas de fábrica de 1964 con el Cordobazo del 29 de mayo de 1969, las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001. Los detalles políticos, culturales e intelectuales palidecen ante los efectos masivos de esos acontecimientos de la presencia masiva de la clase obrera en el ámbito público. Esa intervención en el espacio público es lo que les imprime una naturaleza auténticamente política. Sus consecuencias son duraderas.

Dicho carácter de acontecimiento habilita corregir un sesgo ingenuamente “constructivista” tal vez detectable en ciertos párrafos previos. Si es cierto que un acontecimiento es narrado y reformulado con posterioridad a su abigarrado suceder, esto no significa que carezca de efectos incontrolables. Un acontecimiento si es tal, es indomesticable por los relatos que pretenden apropiárselo. Por el contrario, las “construcciones sociales” que se disputan el sentido del acontecimiento son posibles porque tal acontecimiento nunca es del todo representable. Hay excesos inmortales en sus pliegues. Una derivación crucial es que sus significaciones nunca están del todo agotadas. Persisten como el fuego en la brasa cubierta de cenizas blancas.

En efecto, del 17 de octubre surgió el gobierno de Perón y el peronismo, aunque lo que fueron ese gobierno y el peronismo no estuvo contenido en el acontecimiento de 1945. La confluencia de las tomas de fábrica de 1964 y la movilización beligerante de 1969 fue aniquilada en 1976 dando paso a la dictadura militar. Del 2001 surgió la ambivalente sociedad que se debate entre kirchnerismo y macrismo con una enorme incertidumbre, pero siempre con un fantasma de fondo asentado en las jornadas de aquel diciembre tórrido. Pero regresemos a octubre del ‘45.

¿Nos habla hoy el 17 de octubre o es una fecha más, indiferente e inactiva, en el calendario peronista? El crítico literario Raymond Williams propuso una distinción en los fenómenos culturales entre los residuales, dominantes y emergentes. Los dominantes son aquellos que podríamos considerar actuales o vigentes en la actualidad. Los residuales no son arcaicos o meras piezas de museo. Están presentes, aunque provienen de novedades dominantes en épocas pasadas. Por ejemplo, tal vez el tango sea una presencia residual en la música argentina contemporánea. Los emergentes, en cambio, se proyectan desde el presente hacia el futuro, están orientados hacia otra actualidad. En términos de Williams, ¿el 17 de octubre es residual, dominante o emergente?

Desde el peronismo de la “renovación” en los años ‘80, la fase menemista de los ‘90 y la reconstitución peronista bajo el signo del kirchnerismo en el siglo XXI, el 17 de octubre se transformó en un fenómeno residual del peronismo. Esto no significa que sea irrelevante. Es sin duda importante como “mito de refuerzo” de una identidad que no ha logrado otro inicio mitológico de relevo.

En el sindicalismo peronista ha preservado una vigencia mayor que en el peronismo “político”. No obstante, es notable la decisión cegetista en nuestros días de realizar un acto el día 18 porque este año 2021 el domingo 17 de octubre coincide con el “Día de la Madre”. Tal determinación puede revelar una señal de independencia sindical hacia el peronismo político que planeaba un gran acto en apoyo al presidente Alberto Fernández, pero también la flexibilidad simbólica de una fecha importante pero residual.

Con todo, la índole de acontecimiento es indomable. Es más que un texto o un relato, aunque sea impensable sin antes ser puesto en palabras o imágenes. Excede a lo que durante décadas se ha hecho de él. Y puede aún sorprendernos si acontecen los hechos políticos en su verdadera radicalidad, si retorna levantisca la insubordinación de los oprimidos y despreciadas, si este horizonte opaco e incluso desesperante que aparenta ser nuestro destino florece en hechos multitudinarios, abigarrados, libres.

Entonces, como otros acontecimientos de la historia nacional, pero por qué no también de la historia mundial, el 17 de octubre será otra vez volcán y organización, voz pública y carnaval, pensamiento y novedad. Es una fecha inolvidable en la historia de la clase obrera en la Argentina.

Un acontecimiento nunca muere del todo. Nos espera en una cita secreta en que proteste, renaciendo como brasa irreductible, la pasión por la igualdad.  


* Habiendo transitado su infancia y adolescencia en la localidad de Laferrere, en el oeste del conurbano bonaerense, se doctoró en Historia por la Universidad de Buenos Aires y por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (París). Trabaja como docente en el Departamento de Filosofía en la UBA. Es Investigador Independiente en el CONICET e Investigador Asociado en el Centro de Investigaciones Filosóficas. Entre sus últimos libros se cuentan La Argentina peronista (Red Editorial, 2018), Crónica sentimental de la Argentina peronista: sexo, inconsciente e ideología (2014), Cambiar de ideas: cuatro tentativas sobre Oscar Terán (2017), Encrucijadas de psicoanálisis y marxismo: ensayos sobre la abstracción social (2018), y en colaboración, La soledad de Marx: estudios filosóficos sobre los Grundrisse (2019).