El 68: aburrimiento, clímax, ansiedad

Episodio CIII

Franco “Bifo” Berardi*

El aburrimiento es un sentimiento complejo y muy simple causado por la desproporción entre un deseo indefinido y la realidad de la existencia. Es un sentimiento que encontramos por doquier en la cultura literaria y filosófica de la posguerra: sus síntomas van desde la náusea de Sartre hasta el desierto de incomunicación de Antonioni, pasando por la abulia cínica de Moravia. Después de la tragedia y el miedo, una ola de aburrimiento se introdujo en la mente colectiva de los años de posguerra: un aburrimiento dulce y triste, unas veces angustioso, otras agradable. En ese contexto se produjo el estallido: el mío no es un intento de explicar el terremoto cultural cuyo epicentro temporal fue el año 68, sino sólo de comprender el ambiente psico-cultural en el que los jóvenes se preparaban para reunirse en las calles y hacer algo que nunca había sucedido.

El aburrimiento es el contraste doloroso (pero no demasiado) entre la intensidad del deseo y la escasez de estímulos nerviosos procedentes del entorno. El aburrimiento era la situación psicológica predominante en la adolescencia en épocas pasadas: deseo sexual que aún no puede ser satisfecho, placer solitario, tiempo perdido en la imaginación.

Como nacimos justo después del final de la Segunda Guerra Mundial, tuvimos la oportunidad de acceder a la escuela pública, de comprar libros baratos que nos daban la posibilidad de imaginarnos como viajeros, intelectuales, luchadores, exploradores y piratas. Tuvimos la oportunidad de ir al cine justo cuando Hollywood nos hacía sentir ciudadanos del mundo en todas partes. A su vez, nuestros padres nos protegieron de los peligros que acababan de afrontar en los años de guerra. Querían que estuviéramos seguros y aprendimos a despreciar la seguridad, y la palabra seguridad se convirtió en una de las más feas del vocabulario disponible.

No habíamos viajado mucho en los años sesenta hasta que empezamos a hacer dedo y tomar el tren sin pagar el pasaje. La intensidad de nuestra imaginación no era compatible con el lento ritmo de vida familiar inspirado por la tranquilizadora y sonriente publicidad de los años cincuenta. Y el conformismo formaba parte del aburrimiento: la forma de vestir, la forma de cortarse el pelo y la forma de vivir la vida cotidiana, todo lo cual queríamos cambiar para tener la sensación de escapar al orden de la normalidad. El desfasaje entre nuestra imaginación y nuestras expectativas alimentaba aquellos largos días de verano de delicioso y atormentado aburrimiento, cuando fantaseábamos con viajar a lugares exóticos y luchar contra las fechorías de los imperialistas del mundo.

El aventurerismo es una expresión que en la historia del comunismo se ha utilizado para condenar a aquellos activistas extremistas que se atrevían a hacer cosas que podían poner en peligro la causa común: una definición de doble faz, que muchos jóvenes extremistas como yo nos atribuíamos con cierta ironía: queríamos tener esas aventuras que parecían imposibles en la aburrida sociedad del bienestar de nuestros años preadolescentes. Entonces ocurrió algo que hizo estallar la burbuja del aburrimiento.

El clímax

Mis expectativas políticas se formaron en la persuasión del progreso como tendencia general en la historia de la humanidad. Esta era la visión del futuro que prevalecía a mediados de siglo y que hacía del futuro su mito central. En nuestra percepción, el fascismo y la guerra habían sido una oscura digresión, un paréntesis de atraso y violencia reaccionaria. O al menos en mi percepción era así: mi padre, que había luchado contra los nazis en las montañas del centro de Italia, me había dicho un millón de veces que mi generación tenía suerte porque nunca volveríamos a experimentar el fascismo y la guerra. La creencia en la irreversibilidad del progreso era la base común de entendimiento entre comunistas como mi padre y los demócratas que gobernaban el país en esos años. Esa creencia era errónea, como sabemos en el nuevo siglo, ahora que la evolución ha tomado la forma de la regresión.

El progreso significa, en primer lugar, que la nueva generación está destinada a vivir mejor que la anterior, y que los recursos disponibles destinados a crecer, y que las normas de justicia están destinadas a cumplirse cada vez más de una generación a otra. Desde este punto de vista, es fácil reconocer hoy que el progreso ha terminado: por primera vez en la historia moderna, la nueva generación está destinada a recibir menos de lo que recibió la anterior, al menos en el mundo industrial. Y a escala mundial, la calidad de vida se está deteriorando para la inmensa mayoría de la humanidad, incluidos los que fueron atraídos por la promesa de un mayor consumo y ahora se enfrentan a la dureza de la sobreexplotación, la contaminación y el colapso mental colectivo. Viejas plagas como el nacionalismo, el fanatismo religioso y el racismo, que en mi juventud creíamos enterradas para siempre, están resurgiendo y prevaleciendo en casi todas partes. La felicidad parece casi imposible para la generación precaria, y el gozo de la sexualidad se sustituye en gran medida por la estimulación digital compulsiva.

La inversión de las expectativas puede datarse más o menos a finales de los años 70, cuando los dos procesos que definen la transición posmoderna (la privatización neoliberal generalizada y la virtualización conectiva de la vida social) se pusieron en marcha simultáneamente de forma interdependiente. Por eso afirmo que 1968 es la cima de la evolución humana, el ápice de la historia progresista: el momento en que la innovación tecnológica y la conciencia social alcanzaron el punto álgido de su convergencia. Desde entonces, el poder técnico no ha dejado de crecer, la tecnología se ha vuelto cada vez más omnipresente, mientras que la conciencia social ha comenzado a retroceder en términos relativos. El resultado es que la tecnología ha reforzado su control sobre la vida social mientras que la sociedad ha perdido el control sobre la genética y, por tanto, es cada vez menos capaz de gobernarse a sí misma.

En la coyuntura que llamamos “sesenta y ocho”, esperábamos que la conciencia social estuviera destinada a presidir el cambio técnico para dirigirlo hacia el interés común, pero en realidad ocurrió lo contrario. Cuando apareció un nuevo horizonte tecnológico, tras la difusión de la electrónica y la informática, los partidos de izquierda y los sindicatos vieron el cambio técnico como un peligro y no como una oportunidad que había que dominar y someter al interés social. En consecuencia, la liberación del trabajo fue etiquetada como desempleo, y la izquierda se empeñó en detener el imparable tren de la transformación técnica.

La relación entre la información y la conciencia es el centro de mi reflexión aquí, por lo que debo aclarar el significado de estos conceptos en este contexto: defino la información como el conocimiento objetivado enseñado y transferido por los medios de comunicación, y defino la conciencia como la elaboración y singularización subjetiva de los contenidos del conocimiento.

Después de la década de 1968, y en particular tras la aceleración digital de la infoesfera, que se produjo al mismo tiempo que el giro neoliberal, la esfera del conocimiento objetivado se ha ampliado enormemente, mientras que el tiempo disponible para el procesamiento consciente se ha reducido inversamente. Esta doble dinámica ha provocado la remodelación de la conciencia social: la reducción relativa del tiempo disponible ha provocado, por razones sistémicas, un colapso en el procesamiento consciente de la información y una reducción de las posibilidades de singularización del conocimiento. El ritmo de la innovación técnica se ha intensificado y la conciencia social se ha reducido simétricamente.

A medida que la inteligencia artificial se expande en la esfera técnica, la ignorancia humana ha crecido en términos relativos, y los comportamientos dementes se extienden por todas partes, como puede verse en el apoyo masivo al racismo, al nacionalismo y al fanatismo religioso. Utilizo aquí la expresión demencia en el sentido literal: separación del cerebro automático del cuerpo vivo, y por tanto efecto de demencia del cuerpo social separado del cerebro.

Aparición del intelecto general en la escena de la historia

El 68 marca el momento en que el general intellect entra en la escena mundial y el comienzo de un proceso de larga duración que aún se está desarrollando: un proceso de formación de la red tecnosocial del general intellect. Hans Jürgen Krahl, pensador y activista del movimiento estudiantil alemán, en su texto «Thesen zum allgemeinen Verhältnis von wissenschaftlicher Intelligenz und proletarischem Klassenbewusstsein» (publicado en el libro Constitución y lucha de clases, 1974) sostenía que estaba surgiendo una nueva composición del trabajo gracias a la inclusión de la ciencia y la tecnología en el proceso de producción, y gracias a la conciencia emergente de la inteligencia tecnocientífica como fuerza social.

De hecho, la década que lleva a 1968 es el punto álgido de la historia de la escolarización de masas: el acceso universal al sistema educativo público es el efecto de las luchas progresistas del movimiento obrero, y acaba creando una nueva condición en la historia de la humanidad.

La facultad del pensamiento crítico, que era privilegio exclusivo de una parte de la burguesía en siglos pasados, se transforma en un bien común de la mayoría de la sociedad. Al mismo tiempo, en esos años la evolución de la tecnología prepara las condiciones para la formación del intelecto general, que Marx había conceptualizado en los Grundrisse: el concepto de red como estructura para la conexión simultánea de cerebros distantes toma forma a raíz del movimiento del 68.

Las distintas corrientes de cultura alternativa que afloraron con la revuelta estudiantil tenían enfoques diferentes, pero convergían en tener en cuenta lo que Marx llamaba el «intelecto general». La ola psicodélica californiana y el enfoque holístico de la mente global, la tradición alemana de la teoría crítica, el enfoque neomarxista italiano de Potere operaio, señalan de muy diferentes maneras la conciencia de una entidad técnica y antropológica que está remodelando el territorio mismo de la imaginación social. Además, quienes conciben la red como un complejo técnico y cultural proceden de la generación que vivió la tormenta de ideas global de 1968. En los Grundrisse, y en particular en el “Fragmento sobre las máquinas”, Marx afirma que las máquinas, como producto del conocimiento, están reduciendo el tiempo de trabajo necesario hasta tal punto que es posible la emancipación de la sociedad de la esclavitud del trabajo asalariado. De hecho, la alianza entre estudiantes y trabajadores industriales en la década del 60 puede verse como algo más profundo que una cuestión de solidaridad política o moral.

Los estudiantes eran los portadores del poder del conocimiento, mientras que los trabajadores expresaban un rechazo consciente o inconsciente del trabajo. La alianza política entre estos dos sujetos implicaba la perspectiva de un proceso organizado de reducción del tiempo de trabajo. En Italia, el eslogan «lavorare tutti lavorare meno» manifestó la conciencia de esta posibilidad y representó la culminación de esos años de movilización social. Pero esta alianza no duró mucho, porque la dirección política del movimiento obrero (los partidos comunistas y los sindicatos) se mostró incapaz de transformar la tecnología en una oportunidad emancipadora. Por el contrario, veían la tecnología como un peligro para la composición del trabajo existente y se empeñaban en una estrategia perdedora de defensa de los puestos de trabajo. El emergente movimiento universitario se mostró incapaz de transformar la cultura imperante de la izquierda, y el legado del comunismo soviético estranguló la novedad que expresaban los estudiantes al absorber la revuelta social emergente en la rígida simetría de la Guerra Fría.

Ansiedad

En la década de 1968 se esperaba un proceso ininterrumpido de emancipación social de la miseria y la explotación. Esta creencia era completamente errónea, como sabemos cincuenta años después. La explotación y la miseria no han disminuido, se han transformado y ampliado de muchas maneras. Hoy, las expectativas dominantes son muy diferentes, casi conspicuas: depresión masiva, desigualdad creciente, precariedad y guerra civil global fragmentada. ¿Por qué? ¿Qué es lo que ha roto las expectativas de hace cincuenta años, lo que ha provocado este tipo de inversión de la imaginación?

El capitalismo financiero ha paralizado la capacidad de acción colectiva, y el colapso de la solidaridad social ha preparado el terreno para una dinámica muy similar a la que condujo al fascismo en el siglo pasado. El fascismo ha vuelto, entrelazado con la implacable agresión de la competencia económica mundial, que en muchos casos se convierte en una guerra abierta. La única posibilidad de superar los efectos devastadores del capitalismo financiero y de disolver la sensación de impotencia que se cierne sobre la vida social en el nuevo siglo sería un movimiento mundial como el del 68, porque sólo un movimiento podría desatar la energía intelectual necesaria para la reactivación de la mente social autónoma. Sólo una movilización de masas a largo plazo podría disipar la niebla de la depresión. Así la pregunta: ¿es posible un nuevo 68?

Aunque no olvido la sugerencia de Keynes de que lo inevitable no suele ocurrir porque generalmente prevalece lo imprevisible, debo admitir que, hasta donde puedo entender y prever, un movimiento social adecuado a la situación está fuera de las posibilidades imaginables. ¿Por qué? Podría responder a esta pregunta sobre la imposibilidad de un movimiento de muchas maneras: podría referirme al efecto de la precariedad en la esfera laboral, podría referirme a la sensación de impotencia que siente la gente ante la inexorabilidad matemática del capitalismo financiero. Sin embargo, diré que la razón principal de la insolidaridad actual es el cambio en la relación entre los cuerpos conscientes o, mejor dicho, la desaparición de la relación entre los cuerpos en la intensificación de la comunicación virtual.

La digitalización de la comunicación ha producido el efecto paradójico de ampliar la comunicación y aumentar el aislamiento al mismo tiempo, y la esfera afectiva se ve perturbada por la división entre lenguaje y cuerpo. En la historia de la evolución humana, el lenguaje siempre se ha basado en la relación corporal entre seres sensibles y conscientes. El acceso a lo simbólico siempre ha estado garantizado por la relación corporal con la madre. La voz (como dice Agamben en El lenguaje y la muerte) es el punto de conjunción del significado con la carne, y en este sentido es el punto de singularización del significado. La relación entre el significante (las palabras, las imágenes) y el significado (lo que los signos significan) no se basa en ningún vínculo de isomorfismo o similitud. La única base de nuestra convicción de que los signos tienen un significado reside en la relación con la voz de la madre. No hablo aquí de la madre biológica, por supuesto, ni de un cuerpo femenino. Puede ser el tío, un vecino, el padre: una persona humana, en todo caso, física y singular. La voz es el certificador de la relación entre las palabras y las cosas: el cuerpo es el terreno sobre el que se forma el significado.

Loveless es el título de una película de Zvyagintsev, ya autor de Leviatán: dos películas que describen el desierto helado del alma contemporánea. Loveless trata de la desaparición del futuro. El futuro es Aljosha, el niño de ocho años que desaparece al principio de la película. Desaparece porque Genia, la madre, es incapaz de amar a su hijo no deseado, en un mundo que la acosa con su tristeza, su competencia, su triste luz. El niño desaparece y su madre lo busca desesperadamente, pero nunca lo encuentra. Y a lo largo de la película, la conexión entre pantallas nos persigue y capta la atención de todos: la gente mira las pequeñas pantallas de sus teléfonos inteligentes en el tren, en la calle y en sus dormitorios, continuamente atraídos por flujos ininterrumpidos de neuroestimulación.

El aburrimiento se ha borrado y la ansiedad ha ocupado su lugar, de modo que ya no podemos desear la aventura, ya que la aventura simulada ha saturado nuestra atención e imaginación.

Coda

Como dije al principio, no pretendo evaluar la distancia del 68 en términos políticos, porque creo que la transformación que tuvo lugar tras el final de los años 68 sólo puede entenderse desde el punto de vista de la evolución antropológica y la mutación cognitiva. Se está produciendo un proceso de regresión evolutiva. Me pregunto si la mente humana puede llegar consciente e intencionadamente (quiero decir políticamente) a la evolución de la propia mente. No lo sé.


* Filósofo, activista (Bolonia, 1949). Graduado en “Estpetica” en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Bolonia, fue un referente del movimiento autonomista italiano, activo militante en las revueltas de los 60’ y 70’, fundador de Radio Alice y colaborador de la revista A/Traverso. Publicó numerosos ensayos y entre sus libros se cuentan La fábrica de la infelicidad, El trabajo del alma. De la alienación a la autonomía, “Félix”, Generación post-alfa, Mutación y cyberpunk…