El niño que juega a los dados con sus propios huesos

Episodio CXVII

Nicolás Fernández Muriano*

 

Para Adrián Cangi

 

El niño que juega a los dados con sus propios huesos se acuclilla sobre la palma de la mano, se toma los talones y tira. Cae de espaldas en la línea de la vida. Así más o menos se ha venido desarrollando esta historia sin parábolas ni dimensiones. Se diría que el niño está de reviente o de reventón. Que sólo importa la posibilidad de que sus huesos caigan tan lejos que ya no pueda estar cerca para recogerlos. Primero cae la cabeza, por ser más pesada. Después el resto del cuerpo dibujando una espiral que se tensa en látigo. Los pies al final lo estiran en un chasquido. Pero todos los huesos pican en el canto de la línea y de rebote recuperan un perfil que, por indefinido o sinuoso, no deja de destellar, recortando una porción del fondo que se parece a un cuerpo— que cae y se levanta, cae y se levanta, se arrastra, toda la vida, eso es un hecho, pero del sueño. Ya que podría ocurrir que la línea de la vida fuese completamente independiente del surco de sus caídas y levantadas, que su vida perteneciera a planos recortados por movimientos ajenos. Planos en que sus manos cederían como cenizas en una hoja de escribir que nadie llega a soplar, se diría que por una ausencia sobrada de escritores. Por eso cierra el puño y sopla. Cuando lo abre: el niño ha desaparecido. 

 

*Escritor, profesor de Filosofía (UBA) y Teoría del Cine (FUC). Autor de La Biblia Gaucha (novela, 2012, Más Médula), de numerosos ensayos sobre Estética y Teoría del cine (Glauber Rocha, Pasolini, Sarduy), cantante y compositor de la banda punk La Mañana Astringente (https://astringente.bandcamp.com/releases). Como eterno tesista de doctorado, ha malgastado su beca UBACYT entre vampiros, caníbales y otros cazadores solitarios.

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp