Episodio CXLIV

 

Hebe, una fuerza

Una fuerza inconcebible, una que ama con odio, que grita por todos, que parte la tierra. 

El nombre de Hebe no es un nombre cualquiera, reúne lo más singular de una experiencia con la posibilidad de una experiencia común. 

No es un nombre cualquiera, pero sin embargo está ahí para cualquiera. 

Una fuerza que pulsa y expulsa, llama y reclama, se cierra sobre sí y abre en cada quien, traza y desarma, rompe y vuelve a reunir. Y ahí estamos otra vez, rotas, rotos, en reunión.

Hebe es el nombre de una fuerza de la historia, de la eternidad de un gesto, de la detención del tiempo, porque, aparición con vida o nada.

Una fuerza inconcebible, una que ama con odio, que grita por todos, que parte la tierra. 

Ni olvido ni perdón, ni diálogo con los enemigos, ni siquiera compasión con los distraídos y a veces castigo para el que la pensó distinto. La fuerza más cercana a una idea de justicia, tal vez la idea misma de justicia como fuerza, no es ideal ni moral, por eso puede ser también injusta.

Hebe es el nombre de una fuerza irónica, de una verdad beligerante, de una cercanía al mal radical que cambia el cuerpo y la vida para siempre.

No hay concesiones para ese mal tan puro, ni pureza que restituya un bien equivalente, hay vida barrosa, agitación, casi una fiesta… hasta ahí, justo cuando hay que retomar la tarea. No hay tiempo para la tristeza, no en ese cuerpo que fue calle y fue estruendo. ¿Y la alegría? ¿Qué alegría es? 

Hebe es el nombre de una fuerza del dolor. Dolor que hace sentir la vida al borde de la imposibilidad de sentir. Dolor que erupciona vida desde el borde de un volcán, vida caliente que perfora sin preguntar.

Una fuerza inconcebible, una que ama con odio, que grita por todos, que parte la tierra. 

El nombre de Hebe no es un nombre cualquiera, es un hervidero para cualquiera, una fuerza incómoda, una potencia de incorrección, una irreverencia a las espaldas de sus mil amores. Hebe es el nombre de una fuerza que nadie podría contener, que no cabe sino ahí donde se nombra, se piensa, se siente… Hebe. 

No es un nombre cualquiera, pero sin embargo está ahí para cualquiera. 

Una fuerza que lucha, que no permite a nada permanecer igual a sí, que no ahorra el sinsabor, que no cede a la desgracia, que no colorea la gracia… No hay color ni representación de esa gracia que, como la fuerza misma, es inexplicable. 

Hebe, Hebe es el nombre de un legado imposible. Las Madres, una nueva institución, una que hay que hacer desde ahí, justo desde lo imposible, desde la experiencia intransferible, desde el dolor irreductible, desde el humor de los de abajo, desde la historia desaparecida, desde la eternidad del gesto que acaricia, desde el ejemplo como pedagogía contra la crueldad. Y seguimos aprendiendo, no de un saber que todo lo sabe, sino de una fragilidad que se vistió de guerrera. Nuestra nueva institución es una que hay que hacer desde el borde de un volcán al que aprenderemos a mirar menos, para durar una historia. No pocas veces las Madres se preguntaron “¿qué va a pasar cuando no estemos?”. Es lo que nos toca. 

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