Hogar dulce hogar

Episodio XIX

Estamos en un momento donde nuestra vida, tal como la conocíamos, se puso en pausa. Esa porción de vida es la que culturalmente llamamos productiva. En la mayoría de los casos, dada la estrategia sanitaria de la cuarentena, las personas que aún cuentan con un empleo formal se han visto recluídas de una rutina cotidiana que implicaba un vínculo entre espacios zonificados (aquí resido, aquí trabajo, aquí compro, etc.) a un sistema estático restringido al interior de la vivienda. La ciudad contemporánea ha sido moldeada para sostener este ritmo, esta forma social zonificada. En este contexto, su existencia pareciera carecer de todo sentido. Al no poder salir las personas, debieron entrar las actividades productivas y se corrieron en el mismo movimiento todas las fronteras que configuraban los usos y los tiempos de esa ciudad.

En contraposición, las tareas de cuidado, no sólo han cobrado protagonismo, sino que demuestran ser fundamentales para la reproducción de nuestras vidas. Durante el último mes han salido numerosos artículos, comentarios de Twitter o memes nombrando la magnitud de esfuerzo que implica sostener este universo invisibilizado. A su vez, resurgen modelos de vida que nos incitan a recuperar el gusto por lo doméstico, el valor de lo casero. En una postal postapocalíptica de los años 50 nos encontramos siguiendo recetas por Instagram para elaborar nuestros propios panes de masa madre. Un delgado límite entre la valoración por la alimentación sana y un ciego abismo de privilegios de clase. Especialmente porque muchas de las personas que ahora nos encontramos dedicando el doble de horas a cocinar en casa o realizar tareas relegadas éramos aquellas personas, en la mayoría de los casos mujeres, que pudimos elegir una vida alejada del ritmo de lo doméstico. Disfrutar de lo doméstico es un patrón normalizador impuesto por el patriarcado, a la vez que una tarea usualmente tercerizada y precarizada de muchísimas mujeres para quienes las tareas de cuidado de hogares ajenos son herramienta de subsistencia.

Cenar frente a una cámara, tener una cita virtual, mantener una videollamada a la vez que se prepara el desayuno, practicar sexting, ejercitarnos en el balcón, son actividades que los parámetros de diseño de nuestras propias casas no resisten. No hay Modulor que dé respuesta ese universo. No sólo porque la idea de habitar en la modernidad respondía a la vivienda como la máquina de habitar, es decir, el sistema de tareas reproductivas de la vida organizado como otro proceso lineal de producción cocinar-comer-dormir, sino porque contener el juego y estudio de nuestres hijes o salir a aplaudir al balcón rompe el límite entre lo público y privado más allá de la idea de vidriera. Hoy realizamos actividades en nuestros ámbitos domésticos que vinculan esas dos esferas. En ese corrimiento de las fronteras y cambios de paradigma se nos sigue exigiendo el cumplimiento de parámetros estéticos que eran exigibles al salir de nuestras casas, cubrimos canas, calzamos tacos, ocultamos plumas, todo aquello que nos protegía de la mirada normalizadora exterior ahora aplica al interior, ¿Acaso no habilita a preguntarnos por qué lo público implica un refuerzo del adoctrinamiento de nuestros cuerpos?

En este estado de excepción, de límites difusos, nos acostumbramos a ver personas pasar detrás de nuestras videollamadas de trabajo, animales domésticos posándose sobre las computadoras, gritos de niñes que se escuchan de fondo y otras marcas que dan cuenta del corrimiento. Ocupamos nuestros balcones como un hábitat donde nos mostramos realizando actividades privadas y así también mostramos nuestros cuerpos. Fuimos forzades a admitir que la vida es múltiple, que en esta subjetividad se alojan un vasto número de identidades y sus límites son porosos, a la vez que se expuso como nunca la dura lucha por espacios de intimidad.

A la escasez de metros cuadrados, a la baja calidad espacial, se le suma a la fuerza la actividad productiva. Sin embargo, no es ésta la única de las batallas al interior de un hogar. Desde que comenzó el distanciamiento social obligatorio hasta el 16 de abril sucedieron 25 femicidios en la Argentina. Es decir, una muerte cada 25 horas. El 60% eran parejas o ex-parejas, el 16% el padre y un 8% otro familiar. La mayoría de los casos sucedieron en el espacio doméstico. Es innegable la crisis habitacional que hace décadas caracteriza a nuestras ciudades, aquella que es el reflejo de la ciudad capitalista, recrudece las violencias sobre algunos cuerpos al interior de las viviendas. Una vez pasada la furia, el dolor y la impotencia respecto a las desigualdades tan explícitas que acompañan el contador de muertes e infecciones por Covid-19, nos obliga a repensar los significados del habitar: ¿Qué es habitar lo doméstico hoy? y más aún ¿Quiénes pueden habitar lo doméstico hoy?

Las viviendas actualmente consideran a los espacios comunes como privilegios. Una terraza, un patio o un poco de verde son parte de las postales de edificios donde pareciera inviable lograr organizarnos para poder compartir espacios que permitan beneficios colectivos a espacios intermedios. Sin embargo, estos lugares difusos son potenciales redes de comunidad frente a la soledad de la domesticidad. Resignificar la importancia de los encuentros cotidianos asociados a nuestra vida próxima es mucho más que continuar como si todo siguiese su curso, virtualizando nuestras actividades, encuentros y espacios. Desde cuándo nuestro vínculo con vecines o consorcios es una decadente relación administrativa, violenta y precaria donde tenemos habitantes de primera y segunda categoría. Hoy más que nunca, se comprende la importancia de la proximidad de otros vínculos que trascienden lo familiar/sanguíneo. Repensar lo doméstico también nos invita a deconstruir sus límites y dimensiones.

Debajo de las nuevas premisas como ya nada será igual, invitamos a una reflexión consciente donde no olvidemos la vigencia de los problemas que no sólo continúan, sino que se recrudecen. Encontremos la oportunidad para brindar soluciones al calor de esta coyuntura sin fabricar supuestos futuristas alejados de la materialidad de las violencias que nos oprimen. Las crisis y los estados de excepción nos permiten dar cuenta de todo lo que sostiene ese orden. En este sentido, estamos frente a una oportunidad para pensar aquellas pequeñas cosas que sostienen nuestra cotidianeidad y a diario nos parecen nimiedades. Construyamos un modelo de ciudad en favor de la vida colectiva. No nos olvidemos que esta es nuestra mayor fortaleza, aunque tengamos que esperar un tiempo para volver a abrazarnos.

 * Ciudad del Deseo es una colectiva de diversas trayectorias militantes y profesionales, cuyas acciones y reflexiones se centran en la relación entre ciudad, territorio, cuerpo y subjetividad, con perspectiva de género(s). Sus intervenciones en el espacio público, sus encuentros y publicaciones están orientadas a discutir, a partir de la efervescencia e incidencia política transfeminista, los acuerdos comunes sobre la vida en la ciudad, para imaginar ciudades deseables en el futuro.   


IGNORANTES es una revista de contenidos en formatos imprevistos ligada con la actualidad desde la incertidumbre y la pasión política.


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