Horacio González

Especial

Escriben: Eduardo Grüner, Adrián Cangi, Alejandro Horowicz, Alejandra González, Diego Tatián, Daniel Campione, Samuel León, Marcio Seligmann-Silva, Manuel Da Costa Pinto, Miguel Benasayag, Senda Sferco, Hernán Sassi, Ariel Pennisi, Gastón Salcedo, Elena Donato, Valentín Díaz. Ilustración: Sergio Langer.

 

 

La lengua, la historia, el ensayo…

El idioma de un argentino

Eduardo Grüner

No sé bien qué más se podría decir sobre Horacio. Aunque tal vez, en ocasiones dolorosas, la repetición no sea impertinente: a fin de cuentas, el amor es necesariamente redundante. En todo caso, quisiera comparecer aquí para defender, para celebrar, la lengua horaciana. Ese idioma de los argentinos que paladeó, saboreó, deglutió, con la pasión meticulosa de un sibarita ante los manjares más refinados de esa combinación de sonidos que puede hacer música incluso con palabras que en otra voz sonarían vulgares, toscas, excesivamente cotidianas. Porque era alguien que sabía que el refinamiento, o la exquisitez, de un plato debe juzgarse en sus propios términos, sus propios contextos, sus propias tradiciones. No es una cuestión de clase ni un privilegio estamental, sino de localizaciones culturales: un plato de maccaroni con salsa bolognesa empujado con pan casero en un bodegón barrial es tan refinado-exquisito como el mejor especiado de los faisanes trufados en chez Maxim’s; se trata de un cambio de reglas, o de códigos, no de su jerarquización. Y así trataba Horacio a la lengua: buceando en cada código las singularidades, las extrañezas (como hubieran querido los formalistas rusos, por ejemplo) que permitieran descolocar, dis-locar, las rutinas conservadoras de un idioma. De allí su fastidio militante –muy tempranamente expresado– con las inercias pretendidamente neutras de la sociología “científica”, o con las ramplonerías tan poco eficaces como reiteradas hasta el hartazgo de ciertas consignas políticas: todo eso se le aparecía como una impostación (también en el sentido de una impostura) que venía a imponer un orden artificioso en el caldero hirviente de una lengua viva. Era para él toda una política de la lengua, que se desplazaba sin esfuerzo aparente a su lengua política.

Se dijo en estos días: muchas veces se lo imputaba (se lo “acusaba”, incluso) de barroquismo. Una crítica, si se la puede llamar así, que nunca logré entender. Es como cuando se dice peyorativamente, de una discusión, que es “bizantina”; pero, ¿el que desaprensivamente ironiza así ha reparado, acaso, en la sabiduría retórica, en el cincelado artesanal (otra vez, refinado-exquisito) que implican esos dardos verbales lanzados de entre las líneas en un buen debate? Otro tanto sucede con el epíteto “barroco”: ¿quién –y menos que menos Horacio González– podría sentirse ofendido, o siquiera incómodo, porque se lo comparara con Velázquez o Góngora, con Bernini o, digamos, Lezama Lima? (me vino a la cabeza, sin advertencia, «Lezama», ese tan horaciano parque). Solo puede pensar así quien crea que el estilo nada tiene que ver con el objetivo del discurso. No era el caso: él sabía que el uso de la lengua en todas sus potencias, sus ramificaciones y arborescencias, pone en acto las múltiples complejidades de cada situación, evitando reducirla al o bien / o bien de la solución binaria: hasta tener que argumentar por quién votar “con la cara larga” era para él un problema de lenguaje, donde “cara larga” no rechinaba como una contradicción lógica, sino como el término de un conflicto hegeliano, dialéctico, trágico.

Ese uso de la lengua es lo que está inscripto inmediatamente, como andamiaje constitutivo, en su famosa “apertura” teórica y política –de la que también tanto se ha hablado–, que le permitía frecuentemente salirse de su lugar sin perder su sitio. Y es que el que sabe usar así el idioma también sabe escucharlo: su propia lengua contiene los resquicios por donde se cuelan las otras; hablar las Metamorfosis de Ovidio no impide escuchar la picaresca de un cantito de cancha, hablar en peronismo no impide escuchar a Trotski, o quien corresponda para el decurso discursivo. Porque con mayor o menor conciencia Horacio se sabía dueño de esas pericias, nunca tuvo que condescender en “hacérsela fácil” (es decir, inútil para el pensamiento crítico) al otro: respetaba demasiado el propio poder de escucha de sus interlocutores. No hablaba, ni escribía, para “las masas”, está claro: tampoco era condescendiente con ellas, como muchos estúpidos “progres”, en el fondo profundamente reaccionarios, que creen que su lenguaje debe bajar (vaya lapsus) al nivel “popular”, en lugar de crear las condiciones para que el pueblo ascienda (si se quiere seguir usando esos códices verticalizados) a la “alta cultura”. No, peronista histórico –o sea, con historia, con condición, no ontología, de peronista–, Horacio no practicó ningún “realismo populista”, o como se quiera decir.

No me hago el distraído: alguna vez me sorprendí a mí mismo pensando, y quizá diciendo, ante una intervención oral de Horacio: “Cada frase que dice es bella, precisa, musical, con las metáforas justas… pero no termino de entender adónde apunta”. O sea: caí en la trampa; no la de Horacio –que, por cierto, no esquivaba alguna triquiñuela pícara–, sino en la del fetichismo del resultado final. Por suerte recapacité y creo haber, finalmente, entendido: era un permanente esfuerzo, jugado con sorprendente naturalidad, por poner el acento en el proceso del pensamiento (alguien dijo de Miles Davis que componía cuando tocaba; Horacio pensaba cuando hablaba, o escribía), y no en el congelamiento de una palabra final, finalista, que tranquilizara al oyente/lector, en lugar de mandarlo a casa con la cabeza flotando entre oleadas de preguntas. Y, sin embargo, esa marejada no se evaporaba en el aire. Barroquismos o no, ¿alguien puede dudar que Horacio hablaba en el más exacto castellano rioplatense? “Dificultades” retóricas o no, ¿alguien, después de escucharlo / leerlo, podía dudar de cuál fuera su posición?

Ese, el de la lengua, era el enorme, envidiable, saber de González, el que no dependía de su indudable erudición y acumulación de lecturas (otra cosa sobre la cual se ha dicho mucho), sino de un gusto de las palabras, que, me temo, estamos perdiendo aceleradamente en esta era “post-literaria”, y por lo tanto post-crítica, en la que el lenguaje en general, y no digamos ya las lenguas políticas, parecen inmersos en el goce abyecto de su propia degradación. Entonces, cuando decimos que a un Horacio González lo vamos a extrañar, conviene que sepamos realmente la dimensión de lo que acabamos de perder.

* Ensayista, sociólogo, crítico cultural. Fue vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y docente de esa facultad y de Filosofía y Letras. Dicta un seminario troncal de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas (UNDAV). Es autor de El ensayo: un género culpable (1996), El fin de las pequeñas historias (2002) y La oscuridad y las luces (2010), entre otros. Fue Premio Nacional de Ensayo Político (2010). Publicó numerosos artículos y ensayos en libros y revistas locales e internacionales.

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Escribir el revés de la historia

Adrián Cangi*

Corría el año 2012 y se debatía sobre la palabra “corporaciones”. Estábamos conversando en una sala de la Biblioteca Nacional sobre ediciones y políticas, cuando la risa paródica de Horacio González descompone y desplaza cualquier solemnidad de los espacios y de las retóricas. Nos dice: “¡llegaron los muchachos!”. Nos miramos y lo seguimos en su paso hacia la Sala Borges. El gremio de camioneros desfilaba por escaleras y recodos para una discusión plenaria. Allí comprendimos mejor la reunión sin pereza del mito maldito que cruzaba la Biblioteca Nacional y del humor satírico de quien reunía lo imposible. Comprendimos mejor que nunca y en acto, que el sindicalismo de masas de cuño corporativo constituía una realidad diferente a las otras corporaciones del capitalismo, porque en su interior se expresaba la vida popular, los derechos del trabajo y los modos reivindicativos. Esa jornada constituía a la Biblioteca Nacional en una institución que albergaba formas, modos y maneras distantes de ciudadanía, menos por el privilegio de la seguridad que por el gesto de los que luchan por el pan. El mito maldito del peronismo siempre supo de una “felicidad comunitaria” que mantenía su distancia con la idea jacobina de “felicidad pública”. En ese instante vivido, se reunía en la risa satírica de González, el fondo trágico de la historia argentina: esa historia que narra el camino del obrero hasta el resistente fusilado. Y allí escuchamos su palabra en el breve tránsito hacia el encuentro: “No hay comunidad sin su reverso trágico, como no hay democracia sin instituciones gremiales fuertes”. Un escritor que conjunta lo imposible, se sabe hijo plebeyo de las experiencias públicas y está dispuesto a polemizar el sentido de lo popular en el revés de la historia.

Hay quienes rozan la fragilidad del vivir y hay quienes tocan con pinceladas fugitivas el compromiso con el pasado. Se trata en ambos casos de modos de dejarse afectar por los ojos anónimos y por la angustia de la noche que fortalece, para que las afecciones se reúnan en la vasija de nuestro lenguaje. Horacio González habla como escribe y escribe como habla, revelando por el decir un significado irreductible e intraducible a ninguna otra cosa que no sea el mismo acto de escribir. Nunca lo hace desde la eminencia, rechaza el mérito de tener mérito. Solo lo hace en nombre de la fragilidad de vivir y del compromiso con el pasado. Bucea atento en el revés de cualquier gesto y concepto. Lo hace de esta manera porque sabe –con el modo de un cuerpo que asume y soporta las tretas del débil– que la soberbia atribuye al propio mérito lo que proviene de los ojos anónimos en la historia. Algunos logran pensar con enorme claridad los subsuelos anónimos de la patria, mientras otros buscan por la escritura el punto de partida del acontecimiento como nadir de la historia. Pero hay quienes solo escribiendo en la urgencia pueden pensar las cosas hasta el final. Tal vez pueda decirse que se trata de una posición ante la materialidad de la historia, solo capaz de ser abordada en la escritura como intervención.

Quien interviene en la disputa por la interpretación política, sigue las huellas de los restos como una ficción orientadora y defiende así una posición que lo enlaza con aquellos que ya no están. Es de este modo que reúne lo imposible y retrotrae las disputas a una amistad anterior, donde el símbolo entrama lo sensible de generación en generación sin perder su eficacia de afección e interrogación. Quien así siente y piensa trata menos de defender una tesis –con la trama de sus argumentos y lógicas–, que de conjurar la eminencia y de dejar pasar a la escena a aquellos sin parte en la construcción de la lengua y de la memoria. El pensamiento que ensaya, vuelve al mito como matriz emocional del orden del don y del símbolo. Porque es en el sedimento emocional y poético del mito maldito, donde viven los otros sin parte en la historia de la lengua. Pero la desavenencia, la imposibilidad de reunión y la hostilidad para aceptar construir con el desacuerdo a cuestas, dejó heridas, desapariciones y montañas de cadáveres sobre la tablilla de tierra cocida de nuestros símbolos. La locura está en la base de la retórica, del mismo modo que lo que no ha sido olvidado nos devuelve un poco de lo vivido o arroja sus restos por oleadas.

De Carlos Astrada a Horacio González se enuncia y se escribe sobre restos pampeanos, andinos, litoraleños, patagónicos, portadores todos de sedimentos sensibles y energías sedimentadas capaces de afectar a los estados anímicos con la potencia configuradora e instauradora de sus poéticas y políticas. En el archivo argentino que González indaga, insisten los restos que se expresan entre espectros y fantasmas, aunque ambas figuras se distingan. La idea misma de “resto” o de “la parte que queda”, posee un linaje paradojal que pivota entre aniquilación y memoria, entre guerra militar y salvación escatológica-mesiánica. Por ello el resto olvidado, entre las partes que quedan, se opone siempre a lo desechado y es una fuerza teológica y mito-poética que interviene en el campo político. No es simplemente una ruina de una época anterior, sino aquello olvidado que se transforma en lo elegido para el archivo. Esta noción de “resto”, que se salva de entre las ruinas y más allá de estas, no aspira a ninguna sustancia o jerarquía, sino que se presenta como una relación transformada por la memoria de un pueblo y por la serie de nombres que lo evocan en la historia. De este modo, resto es el borde de un vacío al que aún nos aferramos, y por ello no es ni una idea religiosa ni cultual sino política.

El archivo en movimiento que González nos dona, configura una interpretación de las huellas –con diversas series de capas de las fuerzas que anudan el drama argentino y nuestro americano– porque confirieron forma al pasado como un camino para desnaturalizar esas mismas fuerzas y exponerlas en su carácter táctico. En la medida en que se desarma y rearma la historicidad de lo que somos, el presente queda abierto a su transformación política. Se desarma y rearma el archivo en movimiento para percibir una totalidad que opera en tanto ‘maquinaria diabólica’, con sus lógicas y detalles para ocultar el revés de la historia vivida por los cuerpos plebeyos. La “matriz” universal de saber y poder eminente dotada de una sola lógica, reúne sustancia, trascendencia, jerarquía e identidad, para culminar expresándose en todos los ámbitos de la experiencia, atravesando el ensayo y el pensamiento argentino. En este sentido, el archivo argentino se conjuga con una mirada de la complejidad de los ropajes del poder y de sus relaciones entre dominio y margen de maniobras. Allí se focaliza la racionalidad de los procesos de enunciación de las gramáticas dominantes en su configuración. Frente a estas gramáticas desnudas será posible comprender que las marcas del saber se reproducen no sólo y no tanto al nivel de la geopolítica, sino, sobre todo, en el nivel de la sensación y del sentido de los cuerpos: de las matrices perceptivas y afectivas, de la voluntad y de los sentidos.

El archivo argentino que González configura, vale tanto como huella de existencia que como producción discursiva; se trata de una trama de enunciados para la disputa política que, al margen de atribución alguna al origen, subsiste en nuestro presente y ejerce, en esa subsistencia misma, una serie de funciones manifiestas o secretas. El archivo que rodea a Restos pampeanos (1999) distribuye la paradoja de un uso no historiográfico de las fuentes en conjunción con la posibilidad de problematizar nuestra propia pertenencia simultánea a un régimen enunciativo dado y a la configuración siempre en movimiento de otro registro performativo de las declaraciones políticas. En este archivo argentino pesa la idea de que nuestra pertenencia al ser la define la existencia de un espacio determinado en la región de todas las regiones en las que se la celebra, porque los hombres y mujeres se dan como supuestos de una mínima unidad entre lo múltiple y lo confuso bajo la frase “sujetos de un mito maldito”. Encuentro entonces, con lo configurante y constituyente, en la peculiaridad del espacio que supone la pura escucha del secreto de la tierra y de las convulsiones del subsuelo sublevado de la patria.

En este archivo habitan los anónimos ojos que conservan la humedad de la historia de los cuerpos. Específico, particular y original, el cuerpo plebeyo inventa sus ropajes para los márgenes de maniobra que las tretas del débil le permitan, mientras la conciencia que construye memoria adora indagar en leyendas y mitos. El cuerpo plebeyo es desvío, inventa espacio en el espacio y fabula el porvenir.  Hace de su potencia una alquimia. El ensayista sabe que letra y acto pasan por lo simbólico para hacer cuerpo. Y las palabras poéticas parecen conservar la génesis de lo simbólico y de sus ritmos, que calan en el subsuelo de todas las tierras de la realidad y de todos los cielos de la imaginación. Porque solo son las catástrofes propias del orden simbólico, las que dan cuenta de los problemas de lo real y de lo imaginario. Y desde allí se gesta una posición que polemiza en nombre de los restos sensoriales y de los cuerpos ausentes.

Horacio González nos enseñó que escribir nos cambia, porque no escribimos según lo que somos; somos según aquello que escribimos. Escribir no confirma nuestra identidad sino que nos expone en relación con el mundo. Sentimos a través de su pluma que todo trabajo nos transforma, que cualquier acción realizada por nosotros es acción sobre nosotros. Escribir en la intervención de los días es mucho más que un problema personal: la vida no es ni un asunto privado ni un material de archivo. La vida excede al yo, a la conciencia y al sujeto; sólo percibimos sus efectos en una vida. La escritura más íntima es un paso de vida pública y política por unos umbrales perceptivos y afectivos. Escritor es aquel o aquella que fabulan y que buscan entrar en conexión de vecindad con aquello menos determinado en su vida pública. Cierto es que la fractura como la felicidad no se elige, se experimenta en la caída. Se escribe en el medio de algo para conducir una experimentación que desborda nuestra capacidad de previsión. La urgencia de un habla que escribe y de una escritura que conversa, excede al esfuerzo, al trabajo y al rendimiento. Tanto el regalo como el don, así como el favor y la preferencia, no son del orden de la eminencia sino del reverso del mérito. Si el concepto proviene de una pretensión del mérito, el regalo acontece como fuerza del fondo sensible que permanece. Quien así siente, habla y escribe tiene fe en esta tierra y en su “comunidad conversante de roedores”. No se trata de formar parte a cualquier precio de una memoria cosmopolita, sino de engarzar lo imposible en el revés encarnado de un mito maldito en nuestra tierra. Quien siente, piensa y escribe de este modo cree que los sueños son tan útiles como los yerros, que las liturgias están solapadas en los gestos y que la imaginación proviene de un sedimento sensible para tocar el revés de la historia.

* Ensayista y filósofo. Dr. Sociología y Dr. en Filosofía y Letras. Posdoctor por la FAPESP y la Universidad de San Pablo. Profesor e investigador de la UBA, UNLP y UNDAV. Director de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas. Autor de Gilles Deleuze. Una filosofía de lo ilimitado en la naturaleza singular (2011, 2014), Coautor de Filosofía para perros perdidos. Variaciones sobre Max Stirner (2018, junto a Ariel Pennisi) y compilador de Linchamientos. La policía que llevamos dentro (2014, junto a Ariel Pennisi), Meditaciones sobre el dolor (2018, junto a Alejandra González), Vitalismo. Contra la dictadura de la sucesión inevitable (2019, junto a Alejandro Miroli y Ezequiel P. J. Carranza), Meditaciones sobre la tierra (2020, junto a Alejandra González). Imágenes del pueblo (2015). Coeditor de Autonomía y Quadrata en Red Editorial.

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Horacio en el barro de la historia

Alejandro Horowicz*

Contra mi voluntad me he transformado – pandemia mediante – en redactor de obituarios. No termino de acomodar en mi cabeza la muerte de Juan Forn, cuando irrumpe la de Horacio González. Antes Pablo Levín y un rato antes, Adrián Blanco. Mis amigos caen en fila india. El talento no los guarece de este tiempo cruento, y la sociedad no cuida a nadie. No es esa exactamente una novedad. La revista Unidos, en la década del 80 del siglo pasado, tuvo en Horacio uno de sus brillantes protagonistas. Acababa de ser derrotado electoralmente el peronismo, algo que se creía imposible. Entonces, el peronismo debía reconvertirse y Horacio puso manos a la obra. Antes, el tercer peronismo, ese que nace con el regreso del general Perón a la Argentina en 1972, también había sido vencido, y de modo bastante más terrible que en un accidente electoral. Entonces, todos los que apostamos a la transformación revolucionaria de América Latina habíamos sido diezmados en simultaneidad.  No necesariamente lo metabolizamos tan claro, pero había sido así.

1976 simboliza esta llaga trágica. Y Unidos intentó, junto a la renovación peronista, pensarla en sus propios términos. Horacio González asumió en primera persona del plural esa pesada tarea histórica. Por eso, como él afirma que hizo Osvaldo Lamborghini en El Fiord, “puso a prueba todo el armazón” de lo que entendíamos entonces por política nacional. Es decir, allí inició la tarea que demandó el resto de su vida. En el número 10 de Unidos, Horacio escribe sobre “Actualización política y doctrinaria para la toma del poder” (una entrevista al general Perón, filmada por Octavio Getino y Pino Solanas), reflexiona sobre la lógica mítica del peronismo y dice: “… la historia de la Patria contada por quien era una de sus últimas encarnaciones. Perón acepta de buen grado el esquema conceptual propuesto, pero en muchos momentos se nota una disparidad de contenidos.  El historicismo de Solanas era uno, el de Perón otro. El primero era tercermundista estricto, basado en un realismo histórico radical, en secuencias de acciones cada vez más lineales y definidas, hasta que los pueblos y el imperialismo se encontraban, por última vez, en el terreno de confrontación de las sociedades modernas, industrializadas y dependientes. El historicismo de Perón contenía todo eso, pero subordinadamente. Era, en realidad, un historicismo basado mucho menos en el libre albedrio de la historia que en el libre albedrió del conductor”.

Dicho con sencillez: Horacio entiende que aceptar el peronismo supone admitir los límites de Perón o intentar quebrarlos contra el propio general. Perón había convocado a los más radicalizados para enfrentar al general Lanusse, pero una vez salteada la valla electoral puso el límite del 20 de junio. El socialismo nacional quedó para mejor oportunidad. Los que lo aceptaron sin rechistar no tuvieron mayores inconvenientes, para los otros estaba la “Triple A”. Nuestra generación eligió ampliar de mil modos el “libre albedrio de la historia”; resultó vencida. María Estela Martínez de Perón se ocupó del tema y las organizaciones político militares fueron duramente golpeadas.  La cacería de militantes alcanzó su pico a partir del 24 de marzo de 1976. Entre ese yunque y aquel martillo, murió la década del 70.

Entonces Horacio tuvo que exilarse en Brasil, donde hizo su doctorado. Antes se había recibido de sociólogo en Filosofía y Letras de la UBA. Con la vuelta democrática se sumó a Unidos y a la docencia en la Universidad de Buenos Aires. A la carrera de Sociología, lugar para todos los que no teníamos ninguno.  Escribía copiosamente. Podemos decir que pensaba con los dedos. Y de colaborar con publicaciones de diversa ralea, paso a tener la propia: El ojo mocho terminó siendo el primer proyecto colectivo que Horacio encabezó. El grupo con que lo armó (María Pía López, Christian Ferrer, Eduardo Rinesi) era un cruce de discípulos y contertulios. Los que fueron primero alumnos terminaron sumándose con su propia entonación. Jóvenes talentosos que mostrarían su valía, acompañada de una marca identitaria: actuar desde el peronismo, con independencia crítica.

Me topé con Horacio, en esa época, en la librería Premier. Al lado del cine homónimo, a pasos de La Paz; el torrente de la calle Corrientes nos juntó. Una magnifica nota que escribiera sobre el celebrado libro de Louise Michel (Mis recuerdos de la Comuna) facilitó la charla. Así me enteré que la bibliográfica sobre Los Cuatro peronismos, que escribió en Unidos Mario Wainfeld, debía haber sido escrito por González. Pero el apuro del cierre y las dificultades de una revista hecha a pulmón lo impidieron. “Tuviste suerte”, me dijo, “Mario es menos peronista que yo”. Esa fue la primera vez que nos reímos con ganas. En los 90 soñamos libros que nunca escribió. Mejor dicho, de los que no fui editor. En una de nuestras largas conversaciones consideramos una “historia de las ideas políticas” posterior a la generación del 80. La idea le encantó. Propuse un contrato en regla con Planeta, y el cobro de un adelanto significativo. Me hizo saber que no asumía semejantes compromisos. Nunca entendí sus motivos, pero resultaron irreductibles.  Eso sí, tomo la idea y puedo decir, sin exagerar mucho, que Las multitudes argentinas tuvo ese origen. No es poco.

La verdadera estatura de Horacio se hizo visible para todos cuando lo nombraron director de la Biblioteca Nacional. Cargo que ejerció durante una década. No fue nada fácil. Con paciencia de lama, sin presupuesto, hostigado por una burocracia insensible, logró llevar adelante una tarea imposible para un organismo público. Como si quisiera hacer, de eso que había pensado en Osvaldo Lamborghini, una política cultural, “más que pensar la violencia” argentina, reconstruyó su “idioma con su vocabulario y gramática completa”, y lo hizo reproduciendo las publicaciones críticas que  permitían socializar sin reduccionismos un tema de tan intensa complejidad (las revistas ContornoLos Libros, etc). En el país de los “dos demonios”, él cambió el discurso: permitió que las ensoñaciones pulverizadas en la mesa de tortura tuvieran lugar. No solo organizó un completo repositorio de textos, además los puso al alcance de todos, internet mediante. Sin olvidarse de rescatar libros notables, a veces ni siquiera traducidos, como el de Felix Weil, El laberinto argentino; también puso en valor a un gran pensador argentino que la derrota y las modas universitarias ninguneaban con impunidad: publicó las obras completas de León Rozitchner. Que el filósofo marxista argentino más importante circule hoy por América Latina, y entre nuestros jóvenes, que se haya traducido por primera vez al inglés, son logros de Horacio, que además organizó en la Biblioteca unas Jornadas sobre León, cuyas ponencias se publicaron en un tomo, “León Rozitchner: contra la servidumbre voluntaria”.

Puesto a pensar, Horacio no tenía límite. La Biblioteca le permitió editar, reeditar, organizar ciclos por donde pasaba el corazón de la vida cultural argentina; armó con María Pía López el Museo del libro y de la Lengua, no dejó nunca de intervenir conceptualmente en la vida pública. Tanto desde Carta Abierta, que lo tuvo de animador intelectual, como desde diversas columnas en los diarios. Después pasaron cosas y llegó Macrí; Horacio regresó a la enseñanza pública, a dictar seminarios en la UBA y en todos los lugares donde lo convocaban. Nunca se subió a la loma, nunca permitió que le cambiaran el jean por un Armani. Nunca dejó de intercambiar con las nuevas generaciones, de leer la última literatura argentina, de pensar cualquier nueva idea que irrumpía.

Nos cruzábamos en presentaciones de libros, mesas redondas, cumpleaños de amigos.  Una obra sobre la crisis del 2008, “Las batallas por la renta” (Ed. Las Cuarenta), nos juntó por primera vez en un libro.  No fue el único, hay otro que atesoro: cuando Cristian Suksdorf organizó Qué queda de Los cuatro peronismos (Ed. Octubre), él y Eduardo Grüner comentaron con generosidad las vetas de mi libro. Leyéndolos, tuve un privilegio: espiar a los integrantes más interesantes de mi generación mientras pensaban mi caja de herramientas.

Escribo todo esto y pienso cuánto construyó Horacio en una sociedad que mayoritariamente refuta el pensamiento, cuántas preguntas dejó escritas en un país al que las preguntas le molestan, cuánta gente nueva lo leyó y lo admira, cuánta fue alentada por su entusiasmo y su audacia. Nos lega la honestidad intelectual, el compromiso político, el amor al conocimiento sin fronteras ni prejuicios y esa capacidad de ser modesto, pero hacerse escuchar sin estridencias. Siempre. 

* Ensayista, Doctor en Ciencias Sociales (UBA), docente, investigador. Se formó en un comienzo en la izquierda nacional (cuyo referente era Jorge Abelardo Ramos), para derivar en el análisis estructural de lo político y de la historia nacional y global, desarrollando un método singular (más allá de la influencia de su maestro y amigo León Rozitchner). Publicó Los cuatro peronismos (1985), El país que estalló. Antecedentes para una historia argentina (1806-1820) (2004-2005), Las dictaduras argentinas. Historia de una frustración nacional (2012), El huracán rojo. De Francia a Rusia. 1789-1917 (2018)

Publicado originalmente en elDiarioAR (23/06/21), autorizado por su autor.

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González en nuestro laberinto

Alejandra González*

¿Quién no conoce a Horacio González?  ¿Quién no lo invitó a un congreso, jornada o apertura de seminario o curso? ¿Quién no le pidió un artículo, un prólogo, una nota urgente? ¿Quién no estuvo con él en alguna clase, panel o encuentro?  ¿Quién no lo frecuentó en Carta Abierta, en la Biblioteca Nacional, o en las calles con un megáfono haciendo la campaña para Scioli y aún antes para Cristina? ¿Quién no fue a escucharlo en algún facultado radio o a saludarlo en su despedida de la Biblioteca? ¿Quién no firmó junto con él alguna solicitada, lo convocó para escribir en un diario o lo invitó a dar una charla en un centro cultural? ¿Quién no lo leyó o estudió sus libros, sus artículos o las revistas o colecciones que dirigió? ¿Quién no debatió en una mesa de bar, cuando había bares y discusiones, sus intrincadas digresiones sobre el ser, la política y la lengua? ¿Quién no fue su alumno, lector, discípulo o disidente?  Todos conocimos a Horacio González. Reclamo para todes la potencia de la cercanía para que no quede encerrado en unos confines que tanto se preocupó en romper, dejando emerger sus palabras en los discursos que hacen trama en nosotres. Claro que tiene su familia, sus amigos íntimos, pero sus textos, sus gestos, y sus andanzas hicieron que nos cruzáramos muchas veces en los andares de su laberinto y nos sintiéramos prójimos de sus palabras. Y Horacio saludaba con afecto aún a quienes apenas identificaba, porque sabía de esas conversaciones secretas y privadas que todes mantuvimos con él.

¿Sobre qué tema completamente diverso no escribió Horacio? ¿Quién no se sintió acompañado o convocado a pensar por una de sus escrituras barrocas o conversaciones diseminadas plenas de digresiones? ¿Quién no se sintió inquieto por un pensamiento que va y viene, y eso se dirá siempre en presente, porque su pensar va a y viene, aunque Horacio González se haya ido? Horacio se multiplica como el peronismo que nunca fue uno, aunque proclame unidad. Tampoco es un discurso lo que se unifica en un nombre. Asique ahora fragmentado, en palabras, anécdotas, anda en todes nosotres. Nos invita al laberinto donde nos mostró que las cuestiones verdaderamente difíciles, las que hacen al lazo entre las mujeres y los hombres, los parecidos y los distintos, requieren también de un trabajo de la lengua. No se puede decir fácil lo que es difícil. A veces una consigna alcanza, en un momento en que la acción debe ser contundente. Y eso lo sabe un intelectual de Nuestramérica.  Pero si bien sabía, y nos contaba, cómo la urgencia del acto requiere de nuestros cuerpos precipitados en las calles, también valoraba la lenta maceración de una lengua nueva necesaria en sus filigranas retóricas para que se pueda decir lo aún no dicho. Y por eso leía y publicaba ávidamente poetas y ensayistas, porque de ensayar se trata, y de buscar figuras que rompan el imperio de la gramática para pensar multiplicidades y diferencias. Propiciar encuentros en nuestras desprolijas y asistemáticas bibliotecas argentinas es también rendirse al azaroso alfabeto que reúne en un mismo estante a Aristóteles y a Arlt, en una traducción mala del griego, y en el idioma de las aguafuertes. Y allí, en ese caos discontinuo y trabajoso, encontrar un quiasmo, una figura que nos interne en el laberinto al cual siempre nos invita Horacio. Y nuestro pensamiento nos enseñó, se dice en la propia lengua y fuera de toda escritura académica. Se encuentra con los límites de su propia gramática, rompe con sus leyes y por eso está a la escucha de las poéticas que rompan fronteras entre los géneros. Criticó sin degradar a los muchos feriantes de la comunicación, imponiendo su propio ritmo y nos convenció de que no habrá una política que cambie el curso de lo real hasta que la tribu que somos no renueve sus palabras. De ahí, ese deambular por el laberinto al que nos invitaba. No es que nos hubiéramos perdido, es que hay que habitar esas encrucijadas para encontrar la palabra persuasiva, el argumento adecuado a cada contendiente, las potencias de una conversación donde nadie se somete ni es sometido. En ese laberinto de González, los funcionarios no son soldados, se dan el lujo de dudar, y ese es el oro necesario para que pueda haber algún gesto transformador. Un militante no se guarda convicciones, ni traga sapos, actúa, se equivoca, toma la decisión menos mala, argumenta con todos y consigo mismo, se demora, y resignifica todos los actos de la multitud a la que pertenece, por el simple de hecho de habitar la misma lengua y de sufrir bajo el mismo cielo. En esta gesta nuestroamericana, se juntan ideas fortuitas y actos relámpagos, y unos a otros no se justifican, pero sí se explican. Como el peronismo, no somos Uno, y la victoria de la unidad solo es el más profundo de los fracasos. Habrá que soportar que lo verdadero de hoy sea falso mañana, y que la crisálida se vuelva mariposa y luego se queme en el horno trasmutativo de Lezama Lima a quien tanto leyó Horacio. Por eso, en contra de las gramáticas y de las unidades de la lengua, de las coherencias anquilosadas de la política, por el azar, la metamorfosis y los puentes, brindamos hoy leyéndolo una vez más. Por Horacio a quien todes conocimos o conoceremos, a quien todos quisimos y volveremos a querer.

 

 

* Doctora en Filosofía (Universidad del Salvador) con la tesis  “Voluntad de servidumbre y deseo de libertad. Una paradoja política en Simone Weil y Etiénne de La Boètie” (Tercer Premio nacional de Ensayo Filosófico, 2012) y Magister en Análisis del Discurso (Universidad de Buenos Aires). Actualmente es docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires, de la Universidad de Avellaneda y de la   Universidad del Salvador. Es Coordinadora Académica de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas (UNDAV) y está a cargo de la cátedra de Filosofía del Ciclo Básico de la UBA. Autora de varios libros y numerosas publicaciones en el campo de la filosofía política.

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La biblioteca

Horacio González: de libros y bibliotecas

Daniel Campione*

Los que estamos relacionados con el mundo de las bibliotecas y las publicaciones nunca podremos olvidar a Horacio González. Su década en la dirección de la Biblioteca Nacional fue un lapso de realizaciones trascendentes.

Llegó al cargo de director después de una vasta trayectoria como ensayista, docente y animador de los más diversos espacios culturales.

En su juventud fue uno de los impulsores de las recordadas “Cátedras Nacionales”, por entonces en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Luego, exiliado en Brasil por causa de la dictadura, completó allí su formación académica. Ya en democracia, varias camadas de alumnos compartieron sus clases en la Facultad de Ciencias Sociales de la universidad porteña. Había sido protagonista de revistas como Envido, Unidos y El ojo mocho. Todas ellas fueron ámbito de densas contribuciones a los debates de sus respectivas épocas.

Ya en la Biblioteca su pasión por las publicaciones, fuera en formato de libro o de revista, encontró un cauce pleno donde desplegarse. Una de sus acciones fue recuperar la centenaria La Biblioteca, órgano por excelencia de la institución. Le dio continuidad durante toda su gestión y allí tuvieron lugar los intelectuales más destacados junto a jóvenes entusiastas y profesionales de la institución.

Su interés por las publicaciones periódicas del pasado se proyectó sobre todo en las ediciones facsimilares de revistas militantes de las décadas de 1960 y 1970. Militante de alma él mismo como lo había sido desde sus años juveniles, Horacio le dedicó su energía e iniciativa a rescatar los mejores títulos de aquellas épocas. Para mencionar sólo algunas: ContornoLiteralEnvidoFichasPasado y PresenteLa rosa blindada, Poesía Buenos Aires. El pensamiento revolucionario de un tiempo de entusiasmo y reflexión volvió a ver la luz en prolijas ediciones.

En cuanto a los libros, el campo de realizaciones de su gestión se dirigió al conjunto de la producción bibliográfica argentina de los siglos XIX y XX. El empeño particular fue la recuperación de lo olvidado. La colección Los Raros su epicentro. Reaparecieron libros que nunca habían tenido sino escasa circulación, junto con otros que conocieron relativo éxito para luego pasar al olvido. Todos ellos con décadas sin haber sido reeditados. Marcos Sastre, Juana Manso, Paul Groussac, Angélica Mendoza, Salvadora Medina Onrubia, Alberto Gerchunoff, Gerardo Pisarello, Ezequiel Martínez Estrada…  El listado es extenso, entre autores olvidados o proscriptos, y obras poco recorridas de autores famosos.

Para ampliar la visión sobre el rol de Horacio González en la Biblioteca no cabe limitarse al campo de lo escrito, sino extenderse a la oralidad. Fueron incontables sus participaciones en mesas redondas, presentaciones de libros, homenajes, jornadas, conferencias. Allí estaba con su palabra, siempre sembradora de inquietudes, a veces polémica, sin volverse por eso mordaz o destructiva.

En su despacho de director atendía a todo el que se presentaba. Escuchaba proyectos, pedidos, incluso airados reclamos. Tenía escucha atenta y disposición favorable. Siempre que podía daba lugar a que jóvenes o no tan jóvenes, famosos o ignotos, presentaran sus materiales o desplegaran sus proyectos en algún espacio del edificio de la calle Agüero.

Desde allí fue también orientador de Carta Abierta, un espacio militante, de claro alineamiento, que no por eso dejaba de preferir la meditada argumentación a las palabras altisonantes.

No dejó nunca de concurrir a los más variados espacios, de  responder a las invitaciones más disímiles. Allí estaba para dar un aporte reflexivo, con sencillez y entusiasmo, sin enfermarse nunca de “importancia”. El intelectual no cedió frente al rol de funcionario, no supo de prudencias excesivas ni de silencios indebidos.

Horacio se mantendrá vivo en el recuerdo de los muchos millares de argentinos que fueron sus lectores, sus alumnos, sus escuchas. Deja en torno suyo un recuerdo afectuoso. Y un lugar central en la producción intelectual nacional, a caballo de los siglos XX y XXI. Quienes albergamos a las bibliotecas y a los libros en nuestros corazones tendremos siempre un lugar para él en nuestros afectos.

* Historiador, docente universitario, Asesor de la Dirección Cultural de la Biblioteca Nacional, director de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas. Autor de El comunismo en Argentina: Los años de Menem: cirugía mayor (2002), Sus primeros pasos (2005), Historia de la crueldad argentina: Julio Argentino Roca (2006), Orígenes estatales del peronismo (2007), Para leer a Gramsci (CCC, 2007), La guerra civil española, la Argentina y los argentinos (2018), entre otros.

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El sindicalismo

 

Una escritura irreductible

Diego Tatián*

¿Para quién se escribe? Sin aparecer –sin hacerlo siempre-, este interrogante se aloja en la intimidad del trabajo de Horacio González. No solo cuando piensa los objetos y episodios de la cultura popular, sino también cuando su sensibilidad intelectual renueva la manera de comprender la llamada cultura universal y la honra manteniéndola viva, muy cerca de las dichas y desdichas de personas comunes, como lo son todas. La exigencia de esa escritura irreductible, como fue la de Horacio, no se aparta nunca de aquellos y aquellas para quienes escribe. No “difícil” ni “barroca”, irreductible. Irreductibilidad que, no obstante, o más bien debido a ello, mantiene viva la potencia de una comprensión popular hacia los grandes temas de la filosofía, la sociología, el arte o la literatura: en su dificultad, en su poder de abrir el mundo, aunque nada resuelvan, y en su delicadeza.

¿Qué significa ser un intelectual del pueblo? No otra cosa que la percepción por parte del pueblo de una claridad, que es sobre todo una claridad afectiva, en quien había indagado las vidas ajenas -sus vidas- con pasión lúcida. No siempre sucede. Casi nunca sucede. Algo misterioso que se produce entre quien dedica sus horas al trabajo con las palabras y miles de personas que dedican su tiempo a otras labores. A manejar un taxi, por ejemplo.

Este reconocimiento de los trabajadores taxistas hacia un escritor que pensó con ellos su trabajo y fue capaz de hacer una poética de sus rutinas, responde mejor que nada la pregunta. Y a la vez renueva su misterio. ¿Qué significa ser un intelectual del pueblo?

 

* Filósofo, ensayista. Fue decano de la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, es investigador independiente del CONICET y docente de filosofía política (UNC). Publicó El efecto Deodoro (Red Editorial), La cautela del salvaje. Pasiones y política en Spinoza (2001), Spinoza. Una introducción (2009, Quadrata, en Red Editorial), Lo interrumpido. Escritos de filosofía y democracia (2017), entre otros tantos.

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El intelectual y el sindicato

(Comisión directiva de ADUNA – Asociación Docente de la Universidad Nacional de Avellaneda)

Horacio González fue para nosotres una sensibilidad lúcida y nos afectó en todas sus variantes, según los recorridos de cada quien. Pero en tanto sindicato docente, nos toca admirar el modo en que Horacio se relacionó con el sindicalismo y, en particular con les trabajadores de la Biblioteca Nacional. Si bien siempre se dejó interpelar por los asuntos de les trabajadores y, en particular, por sus modos de organización –a los que tampoco ahorró su mirada aguda– cuando le tocó oficiar como funcionario público nada menos que en un espacio valorado por toda la cultura y les trabajadores del Estado, llevó esa disposición a su máxima expresión. No solo propició condiciones democráticas para cada discusión o incluso aceptó con altura las tensiones inevitables, sino que hizo de la dinámica de esa relación una forma de gestionar.

En tiempos en que resulta muy fácil decir una cosa y hacer otra, donde las gestiones compran discursos novedosos para encubrir prácticas rancias, desde ADUNA valoramos especialmente la insistencia ética de este verdadero intelectual popular. Sin desconocer los encadenamientos complejos y las contradicciones de la gestión pública, nunca puso el cálculo político por sobre la apuesta democrática. Por eso para nosotres el nombre de Horacio González permanece como inspiración a la hora de problematizar nuestro propio lugar para transformar las relaciones opresivas y muchas veces mezquinas que descansan con diversas máscaras o sin ellas, mas con cinismo en carne viva, en los recodos de la vida institucional y laboral de nuestro querido país.

 

 

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Oral, escrito, indecidible…

 

Horacio oral y escrito: gambeta, pared y abracadabra

Hernán Sassi*

“El salto nos lleva a donde todo es diferente”.
Martin Heidegger, ¿Qué significa pensar?

Con ese título –Historia del automóvil–, era difícil sospechar un libro inimitable. Las líneas de montaje, las tuercas, los chasis y los motores humeantes, son abominables pieza de reflexión, uno piensa. Sin embargo, con esa materia o, mejor dicho, con lo que significan en el contexto del que surgieron, Ilya Ehrenburg realizó una de las mejores radiografías de esa masacre llamada capitalismo.

No puede salir un libro genial de un volumen titulado Historia de la Biblioteca Nacional. Sin embargo, Horacio lo hizo. Allí, los devenires de una institución, de la cultura humeante de un país y del Estado de una polémica (incesante, agrego), según explicita su subtítulo, Horacio repara en una controversia entre Ricardo Levene, Vicente Sierra y Gustavo Martínez Zuviría. No sin pesar, pero con sorpresa, escribe que, la que se dio entre ellos, es una discusión entre “letrados de un país que ya no existe”.

Las razones para que desaparezca un país pueden ser muchas; entre ellas, más de una propiciada por el capitalismo, un orden mediante el cual “las máquinas someten a los hombres a una nueva esclavitud” según señaló Ehrenburg. Me pregunto si un país también puede desaparecer cuando muere alguien, no cualquiera, sino alguien decisivo.

Esa pregunta guía las líneas que siguen o más bien el estado de ánimo de quien las escribe.

Abracadabra

Famoso por su gambeta, el Diego también lo fue por su anecdotario; no el más extenso referido a sus muertes y resurrecciones, sino el que está atado a una frase, que dicha por él en un momento que a veces recordamos y otras no, queda grabada en la memoria.

Diego deja el fútbol, mejor dicho, el fútbol-negocio y el viaje demasiado abrupto del barro al cielo de las estrellas del fútbol lo deja a él.

“El fútbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. Eso no le quepa la menor duda a nadie. Porque se equivoque uno, no tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué. Pero…”. Y hay un silencio, más bien un abismo abierto en dos estancias: “Pero la pelota…, la pelota…”.

No es un silencio, es un momento necesario, de tensión se diría; no muy distinto al que surge ante el tiro de un penal. Y la magia aparece –“La pelota no se mancha”–, y con ella, la felicidad de haber estado ahí o de guardar ese momento en el recuerdo, como sea.

El Horacio oral

“El fútbol se ha llenado de parceleros que se ocultan en la comodidad de un sector rígido de movimientos”.
Dante Panzeri, Dinámica de lo impensado

“¿Fracasaron las ciencias sociales?
¿Se acabó la crítica cultural?
¿Qué significa discutir?
¿Se puede salvar la teoría?”
Títulos de tapa de la revista El ojo mocho

Ahí va la pregunta, que es la pelota en los pies, la que abre el silencio-abismo y los ojos como huevos. Y ahí va Horacio, no con la respuesta, porque nunca respondía lo planteado (tampoco las de las tapas de El ojo mocho, “su” revista, manojo de textos y de fervorosa oralidad transcripta), lo que esperabas o le preguntaban. Horacio daba con la clave de la gambeta –que es esa, que descoloque–, pero no porque quien gambetea, en este caso él, “se pierde en mera exposición de preciosismos personales”, como dice Panzeri refiriéndose a los que no tienen a la gambeta por recurso, sino porque quien se anima a hacerlo en el ámbito de la reflexión, no le interesaba el saber, sino pensar; y no pensar por pensar, sino pensar para algo o alguien como un acto creativo.

Ahí va Horacio con su gambeta, que era siempre un dar vuelta la pregunta, planteando otra, mostrándote –sin dejarte atrás en el piso despatarrado como hacen las topadoras del saber univesitario–, mostrándote, digo, que era necesario preguntarse algo que no habías tenido en cuenta; y eso, el dejar atrás la pregunta inicial, te permitía (le permitía, nos permitía) ver otro horizonte, ahora más claro sin aquella pregunta –árbol que tapa el bosque.

Hecha la gambeta, dejada atrás la(s) pregunta(s) que se iban sumando al reformular la que cuenta –preguntas o pareceres o ideas compartidas; las excusas para la reflexión eran fortuitas, secundarias–, lo que importaba era hacer otra gambeta, ¡vamos!, repensar la pregunta, para decirlo heideggerianamente: repensar para que aparezca “el salto”.

No es chiste la cosa, menos “firulete”, solipsismo, gambeta inútil o mero barroquismo, como le echaban en cara quienes, desde la academia, no soportaban ver a alguien que, contrario al loro repetidor que bilardeanamente tira la pelota atrás y espera, espera –¿qué espera?, ¿por qué esconden la pelota esos parceleros?–, él asumía el riesgo del estilo. No es chiste, reitero; es el riesgo del “maestro que está mucho menos seguro de lo que lleva entre manos”, como dice Heidegger. En este sentido, Horacio no era depositario de ningún saber. Por el contario, apostaba a la gambeta creativa que permite dejar atrás las preguntas que impiden pensar.

Al reformular la pregunta –Horacio reformulaba todo el tiempo, era su modo vacuno de hablar y pensar, algo más que un “resto pampeano”–, ahí aparecía la idea, que no se terminaba de perfilar sino tirando paredes, dicho de otro modo, dialogando con muertos, como todo aquel que piensa, pero sobre todo con vivos; con esa necesidad que tienen algunos de contar con una pared –¿o la pared no es también un apoyo?– para seguir pensando.

Siempre, a una gambeta y otra y otra –incluso el Diego estaba obligado a ello, salvo cuando fue barrilete–, la sucede una pared. Horacio tiraba paredes con los ineludibles de un país, pero también con otros secretos, que era necesario descubrir –preguntarle al librero amigo o a Google, el memorioso– luego de que él los había nombrado al tirar una pared.

Como gran jugador, las paredes las hacía con otros grandes y también con “troncos”; el oro y el barro que hay en todo partido, ¡vamos! En el potrero o en el estadio que concita la atención de millones, no se juega entre Dioses del Olimpo; tampoco se piensa solamente con ellos y menos se cree serlo, Horacio, el primero.

Los mencionados Ricardo Levene, Vicente Sierra y Gustavo Martínez Zuviría (nombres que sólo a él se le ocurría aunar “a la pasada”, tanto en la oralidad como en la escritura), podían ser, circunstancialmente, ese mediocampo con el que tiraba paredes e iba a buscar, carrera adelante –para “hacer el gol” de la nueva pregunta–, con Martínez Estrada, Perón y Borges, u otra yunta producto de su humor, de su gracia o picardía, que eran sus sellos característicos que lo distinguían incluso entre intelectuales de su generación, la mayoría con seño fruncido y cara de 0-4 ante Alemania.

Pero cuidado. Como toda gambeta que se cree solo talento innato cuando trae consigo una perseverante historia de ejercitación, en el Horacio oral, como en el prestidigitador que también combina ensayo y magia, o el jugador de elite que combina ambas por igual, había indicios de táctica y estrategia de esforzado estudio como marcas de un estilo aparentemente fugaz, “difusas señales de autoría”, al decir de Horacio. Dicho de otro modo, y nuevamente: no era loco palabrerío al viento el suyo como decían algunos de él para bajarle el precio. Había una ética picaresca, para decirlo con el título de un libro en el cual invitaba, refiriéndose precisamente a esos dioses del Olimpo con los que se tiran paredes en diálogo inevitable, a “revolcar en el suelo a lo sagrado”.

Horacio era un tipo humilde, de ahí que privilegiara esa palabra viva –esa que no entra en la academia–, sin desestimar la escrita, por supuesto. Nunca se consideró un intelectual. Era consciente de que el intelectual “debe saber despreciar la carga de lo que hace”, como una vez dijo. Humilde y todo, este hombre de gambeta (para eludir la pregunta, lo previsible, y arriesgarse a ir tras la que cuenta) y pared (en diálogo con muertos para los vivos), fue una persona de excepción.

Será difícil “acostumbrarse a vivir sin Horacio”, dijo ni bien murió José Pablo Feinmann, que lo conoció y quiso. De ese Horacio cuesta despedirse porque ese, el de gambeta y pared, el de la palabra viva y al viento de la cultura humeante, no vuelve.

A ése, la Parca no lo perdona. Llegó con la peste y “adiós mi plata”, como marca dice el dicho. Pero a no apresurarse, al Horacio de la escritura no hay que despedirlo. Ese no se va. Se queda acá. Consuelo de tontos, dirán algunos/as. No creo. Privilegio de muchos/as contar con el Horacio que queda.

 El Horacio escrito

“La escritura, lo único que no se suprime”.
Horacio González, Historia de la Biblioteca Nacional

Tres ademanes, diría David Viñas, ese compañero de estilete viril, típico del que no “se deja llevar” por la palabra, como sí lo hacía Horacio.

El primero, un contrasentido futbolero. La palabra como una pelota que lo va llevando a uno, y no al revés; eso es también un legado gonzaliano. Es un aprendizaje sobre lo que es la escritura, no una réplica de lo pensado –como sus clases y sus charlas no lo eran tampoco–, sino otro modo de pensar, de pensar “hacia adelante”, llevado, más que por certezas, por una pregunta en reformulación perpetua.

Ávido lector (¿qué no leyó Horacio?, ¿qué autor viejo o nuevo –otra diferencia con Viñas– me va a obligar a leer?), frecuentó a César Aira y hasta lo editó en la Biblioteca Nacional. La escritura incesante como idea los aúna, pero los separa, además de la muerte, el estilo correntoso de Horacio, alguien que olvidaba poner alguna tilde y hasta incurría en no pocos errores de tipeo, que un editor sagaz y amigo tenía a bien no corregir porque era menester dejar la impresión del par gambeta–pared; el resto, el efecto de sorpresa o risotada que producía lo que sobrevenía al abracadabra, ya quedaba del lado del lector o la lectora.

En su estilo, un estilo afín a Halperín Donghi, con quien no dejó de polemizar y al que admiraba al mismo tiempo, desoía el canto de las sirenas de la academia que obliga a la frase transparente y equilibrada. La suya es una escritura que, como ese Orfeo de nuestras letras que fue, pedía no mirar atrás porque no hay tiempo, y como la muerte está siempre trabajando, el único triunfo sobre ella es el de la escritura, no cualquiera –repito, no cualquiera–, sino la de quien deja huella. Por eso también lo destrataron los burócratas de la academia (en la facultad donde me gradué, Filosofía y Letras de la UBA, se jactaban de rechazarle seminarios que Horacio presentaba, hasta ayer nomás, con humildad de estudiante), porque la “escritura” de ellos, previsible y soporífera, es la muerte del estilo –¡pero qué crueldad!–, la que los relega a la fosa común del olvido. Ahora que lo escribo lo entiendo: ¿cómo no iban a maltratarlo si él, o su escritura, mejor dicho, era testigo de su falta?, ¿o no era él –no solamente, por supuesto– quien los/as dejaba expuestos/as como estatuas de sal?

Segundo ademán de la escritura gonzaliana: “No lo creemos así”, “Deberíamos sopesar esos temores”, “Esta es nuestra posición”. Son éstos modos refractarios al uso de esa forma plural que frecuenta, y más aún, exige la academia. Ella la usa para despegarse –el mayestático realza el poder de una autoridad, siempre necesaria en ese foro excluyente– y para señalar un universal incuestionable. Él, que asume que todo diálogo con muertos que supone la escritura, es un modo de dejar impreso en el lenguaje que hay un “nosotros” del cual no lo separa la escritura –¡muy por el contrario!–, la usa para señalar la comunidad de la cual no nos tenemos que separar con vitualla burocrática hecha texto y barrera. Dicho de otro modo, en ella el plural es asepsia y torre de marfil; en él, “patas en la fuente” y lengua como comunidad organizada. En definitiva, en ella cunde el miedo a dejar los dedos marcados; en él prima el riesgo de quien se expone por su estilo.

Tercer y último ademán (hay muchos más, por supuesto, pero hay también que terminar un texto más en su homenaje, “Las armas y las letras. El sabio y la tribu”): la pregunta y la respuesta. “¿Era un decreto?”, se pregunta Horacio sobre un texto de Mariano Moreno en Historia de la Biblioteca Nacional. La pregunta y la respuesta inmediata son habituales en su escritura. “No necesariamente”, responde presuroso, sin solución de continuidad. En ese instante-abismo de la escritura, el Horacio que escribe ve (no mira simplemente, él siempre tenía “atención flotante”; como Jauretche y Viñas, era un semiólogo ambulante, también cuando escribía, por supuesto) el famoso retrato de Mariano Moreno “afiebrado”. Y apunta que “la pluma ensaya la difícil tarea de desentrañar el presente tormentoso”. Horacio se pregunta y responde inmediatamente sobre la pluma de Moreno, que también es la suya.

Cerrado por melancolía

 “No fui al entierro. Porque algunos nunca mueren”.
Clarice Lispector

A diferencia de Borges, que hasta hizo una poética de las tensiones entre el Borges biográfico y el literario –tensión de la cual Rodolfo Braceli develó un “tercero en discordia”, el Borges más execrable, aquel que “elogiaba las guerras, convertía la vida de los humanos en detalle de morondanga y ensalzaba al carnicero Pinochet”–, el Horacio oral y el escrito son uno y el mismo. En ambos la misma apuesta, un sujeto en riesgo y en diálogo (oral o escrito) para los vivos, como queda más que claro luego del reguero de textos y homenajes que lo despiden.

Hay quien lo despidió borgeanamente con un “A Horacio le gustaba tanto el diálogo como la contradicción”. En él no hubo contradicción, sino coherencia traducida en gambeta, pared y riesgo; de ahí el corazón estrujado de tantos y tantas que lo conocimos, y la devolución infinita de gentilezas a un hombre tan generoso.

Retomando la pregunta inicial, aunque nos embargue la melancolía y aún no estemos preparados para el duelo, convengamos que no desaparece el país cuando muere alguien decisivo. No seamos tan tangueros. En todo caso, se ensombrece. Mucho.

Cuando nos enteramos de una muerte de este tipo –no pocas veces sobreviene el llanto; a mí me pasó con Néstor, Maradona y Horacio, ¡qué yunta!–, hay un momento de pausa afín al instante previo al del tiro del penal, y –no es una exageración– a la petite mort de la gambeta y del salto del pensar a la que me referí; hay como un “detenerse” –sí, del latido del corazón también, por eso las lágrimas– de las agujas del reloj.

Cuando esas agujas retomen su curso, habrá que tirar paredes nomás, ya sin el Horacio oral, pero con el escrito.

Después de haber escuchado durante años el “Hasta siempre”, recién hoy comprendo su sentido. La usual despedida “Hasta siempre” subraya que, quien partió, nunca nos va a abandonar.

Como el Diego –fuiste eso para buena parte de la generación a la que pertenezco y no solamente, Horacio–, estarás siempre entre nosotros/as.

Ningún adiós, querido amigo.

Hasta siempre, mi querido Horacio.

* Profesor y Doctor en Letras (UBA), Magíster en Comunicación y Cultura (UBA).  Docente en la Universidad Nacional de Avellaneda y en el Instituto Superior de Formación Docente N° 1 de Avellaneda. Publicó numerosas reseñas y artículos sobre cine, literatura y actualidad, entre otras revistas, en Lezama, Hecho en Buenos Aires, Crisis, Pensamiento de los confinesEl ojo mocho, En ciernes, Epistolarias, Otra Parte, El cohete a la luna, entre otras. Publicó Cambiemos o la banalidad del bien (Red Editorial) y El nuevo cine murió. Conversaciones (Red Editorial, en prensa)

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La vacilación generosa

Ariel Pennisi*

 

La escritura no habla tanto del tiempo, como ella misma es una forma del tiempo. Siempre vacilante, no puede evitar referirse a un momento inaprensible en el que se hallaría sin saber en qué tiempo escribe.
HG

Una vida es más desistencia que cumplimiento, es más imposibilidades que trofeos…
HG

1.

La vacilación puede presentarse etimológicamente como una suerte de meneo o baile que se burla del andar seguro. Alguien podría afirmar que la burla es, a su vez, una de las máscaras de la inseguridad, y así al infinito. La perseverancia parece no ser otra cosa que la vacilación, entre el cuerpo que desiste y el cumplimiento utópico o, sobre todo, inesperado de un recorrido, un cometido o un impulso expuesto a la gracia (y la desgracia) de existir. El pensamiento vacilante es una singularidad, es un caso en que insistencia y desistencia forman parte de un mismo movimiento. En Horacio González, todos los pliegues y girones de su genio ante la literatura, la historia, la política, la sociología, están atravesados por esa forma de vivir el tiempo.

No pocas veces Horacio se declaró ingenuo, o bien ante hechos históricos que su biografía le permitió experimentar, o bien ante pensamientos consolidados. ¿Habrá transformado, con el tiempo, esa ingenuidad en una de las máscaras de su aguda comprensión de nuestra historia y de los comportamientos propiamente humanos? ¿Habrá aprendido, por mor de esa ingenuidad, a desconocer olímpicamente lo que se afirma como última palabra o verdad de cualquier tendencia política o corriente de pensamiento? Cuando se le preguntaba por “el modelo”, rechazaba la pompa de ese eslogan, “prefiero hablar de orientación”, decía… Hacerse el ingenuo no significa hacerse el zonzo, sino inventar una ingenuidad posible ahí donde el cálculo parece suturar el sentido. Horacio hizo pasar su radicalidad como ingenuidad y nunca dejó de aplicar para consigo mismo la exigencia que esa radicalidad suponía para el resto. En un contexto o en ámbitos en que somos todos buenos y progres, la moral sospechadora funciona casi como un carnet y quien sospecha por vocación, nunca hace lo propio con su “yo sospechador”. Horacio, que dedicó un buen tiempo a pensar la conspiración, que sospechó hasta de la sospecha, dijo alguna vez en la Biblioteca hacer lo que hacía como si no estuviera ocupando ese lugar, deslizó que de todos modos buscarían hacerlo en otra parte. El conspirador que supo conspirar contra la posibilidad de creerse definitivamente el propio lugar, en este caso, institucional. Rebeldía pacífica, impunidad estratégica, humor político.

No pocas veces, Horacio se sintió humorista. Una vez, en ocasión del desembarco de Miguel del Sel como candidato del PRO (en la provincia de Santa Fé), se animó a decir en una entrevista televisiva que no le preocupaba la elección partidaria del Midachi, sino su humor. Inmediatamente propuso como alternativa a Capusotto. Algún tiempo después, en abril de 2016, fresca la derrota electoral, participó de la presentación del libro Macri lo hizo…, compilado por Ari Lijalad, con participaciones intelectuales partidarias, afines y apenas unos “borders”. Horacio había escrito el epílogo, ¿era uno de los partidarios, de los afines o de los “borders”? Aquella mesa en el marco de una sala repleta de la Feria del Libro, encontró a Horacio sentado curiosamente fuera del perímetro de la mesa (no entraban todas las sillas), con su característica forma de cruzar las piernas expuesta directamente a la mirada del auditorio. Había una silla vacía que, una vez comenzada la presentación, ocupó el comediante y animador Dady Brieva. La exposición del ex Midachi –que incluyó la confesión de no haber leído el libro– consistió en una arenga festejada por el público presente, que alternaba aplausos con el cántico resucitado: «vamos a volver». Brieva evocó la imagen de la resistencia y remató con un chiste que consistía en afirmar que fuera de la resistencia peronista la única resistencia conocida era la de la tabla de planchar. La última intervención (el epílogo del encuentro) fue la de Horacio. Cuestionó el modo en que se estaba usando en la mesa la noción de resistencia… Llamó a pensar distintas formas de la resistencia, empezando por la resistencia “contra uno mismo”. Llevó la palabra resistencia de paseo por la historia moderna y se atrevió a depositarla en el inconsciente mismo: “tal vez el más resistente es quien no se sabe resistente”. Pero el clímax de su intervención tuvo lugar justo en el momento en que Horacio no pudo con su honestidad intelectual (porque la honestidad es tal cuando no se puede con ella, cuando desborda cualquier actitud bienintencionada): «sabés Dady, a vos un poco te resisto», le dijo desde ese afuera de la mesa ante el silencio repentino de un público que parecía sólo saber ser fervoroso. Es que, si el problema de Miguel Del Sel no era tanto su elección partidaria como su humor, qué decir de su compañero Midachi… ¿Eso significa que da igual la elección política? Está claro que no y el propio Horacio es testimonio de ello. El punto es que no se trataba tanto de la elección partidaria, como de la apuesta política, la matriz sensible, en este caso, el humor. Y en ese registro, tal vez solo en ese, las diferencias entre Del Sel y Brieva no habilitaban a este último a arrogarse un lugar en la saga de los resistentes.

No pocas veces Horacio hizo notar que la palabra propia es tarea de una vida, que no aprendemos a hablar en las instituciones educativas, sino que nos forjamos una forma de decir entre el apuro de las certezas que impúdicamente dejamos salir de nuestra boca y todas las veces que nos desdecimos. “Desdecirse es una acción fundamental del habla”, sostuvo en su gran libro sobre el peronismo; ¿una frase, una más, pasible de ser ejecutada contra sí misma? En La crisálida se refirió a Lévi-Strauss como alguien capaz de desmentir en un mismo estudio o proceso de pensamiento “lo que dice querer decir”, leyendo las “generosas vacilaciones” de Tristes trópicos ¿Nunca es tarde para sacarse de encima el traje del saber, la seguridad al pronunciarse, las elocuencias que cotizan o incluso la grandilocuencia que alimenta un regodeo? En un seminario sobre La fenomenología del espíritu dictado por un especialista que no dejaba de consultar la versión del alemán posada como un talismán sobre el escritorio, valorable en su saber experto, pero dislocado ante preguntas simples que surgían inconscientes (¿aventuradas?, ¿ingenuas?), ante su repregunta se le ocurrió a un participante –o, mejor, le ocurrió– contestarle que no estaba seguro de lo que decía. Incluso, casi sin darse cuenta, redobló la apuesta y le dijo: “a veces no sé lo que digo”. Si hubiera una teoría gonzaliana del habla, nos alertaría que, en realidad, nunca sabemos lo que decimos, pero que, al mismo tiempo, no sabemos que no sabemos lo que decimos, y así. El problema de saber o no el saber de lo que se dice nos empuja nuevamente a la vacilación, momento en que todo tiende a suspenderse, justamente, por llegar a semejante conclusión casi sin vacilar. Tal vez, la vacilación aparece como el método que se hace cargo de semejante recursividad al infinito.

No pocas veces, percibimos que al tomar la palabra Horacio no sabía exactamente cómo concluirían sus pensamientos. Su oralidad, así expuesta al vértigo, se pareció a una ética de no saber lo que sigue. ¿Eso significa darse la oportunidad de volver sobre los pasos dados, contradecirse, incluir voces polémicas y hasta ajenas en el propio discurso? Generosidad inmanente. La voz baja, huidiza, siempre por perderse, y el humor que asecha sin agresividad, o con la malicia mejor disfrazada que se conozca (y por ello más maliciosa), dan el gradiente de un discurso abierto. El vacilante no se exige transgresiones evidentes porque funciona como una máquina de la digresión, no le importan los antagonismos puntiagudos porque sus energías se deciden en la composición de matices, no le preocupa la pedagogía porque confía en las afecciones de un pensamiento tenso y paradojal. María Pía López, en ocasión de la entrega del Honoris Causa a Horacio González en la Universidad Nacional de La Plata lo definió como “un pensamiento singular y a una escritura capaz de orillar todos los matices”.

2.

La vacilación, entonces, no es la cara negativa del saber o de la seguridad de un discurso. Es más bien la voz afirmativa que, si lo necesita, desestima la autoridad per se del saber, desde el prestigioso decir académico, hasta el convencimiento gozoso y sobreactuado del opinador o del periodista. El punto es que, si no hay forma de saber ese saber, o de certificar la certeza del decir autorizado, no adviene por ello un abismo relativista, sino la posibilidad de una ética. La vacilación, entonces, no es una falta ni una virtud de pillos, sino una ética.

Horacio fue capaz de transformar sus bibliotecas, las clases de sus maestros, las conversaciones mundanas y sus observaciones y vivencias en el campo popular en los materiales de una suerte de embarcación por la que se deja transportar, a veces flotando corrientes desconocidas y otras sosteniendo anclajes tan conocidos como incómodos. Su escritura trastoca jerarquías hasta en –o sólo en– los más mínimos detalles. Por ejemplo, una frase entre guiones decide la orientación de un supuesto argumento en juego en el cuerpo general del texto, o las notas al pie casi superan en extensión al texto principal… ¡Y los paréntesis! En algún punto, el vacilante se siente él mismo entre paréntesis como en su hábitat más frecuente. Cada “sin embargo” –y no son pocos– es una bifurcación aventurera. “Sin embargo” es el nombre sintáctico de una bocanada de aire fresco en el arte de las aseveraciones, literalmente una forma de hacer a un lado el lenguaje como embargo. Un ejercicio de lectura de las interminables capas textuales de Horacio bien podría plantearse como un rastreo de “peros” y “sin embargo”. Acaso la superposición de mapas así obtenidos nos darían las coordenadas de un pensamiento de anchuras…

Escribió Horacio en un libro en que la vacilación aparece como una forma de militancia: “Las vidas pueden ser el ámbito de toda clase de extrañezas que se van conjugando en planos de desordenada superposición. De ellos podemos extraer precisas migajas que nos permiten hablar de un trayecto coherente. Pero en algún momento –cansados de fingir coherencia–, decidiremos abrir la portilla.”[1] A veces somos solemnes y de tanto vencer en el intento de sostenernos, terminamos vencidos en una suerte de cierre sin restos. Si el cansancio de la coherencia define, en parte, una vida, la vacilación como operación del pensamiento, como afectividad abierta y política de la generosidad es un gesto de entre-abertura que confunde deliberadamente lo interno y lo externo, las razones propias y los rozones con lo ajeno, las trascendentales convicciones y las determinaciones prácticas que hacen dudar una vez más. La vacilación como hospitalidad radical hace entrar, si no por la portilla, al menos por la ventana, la coherencia de Horacio. En todo caso, digamos que asume también el riesgo de la coherencia.

Dialéctica de la vacilación, “toda responsabilidad debe mantener una zona inexplorada en la que ocurra lo irresponsable, lo inexplicable, para darle inicio a todo.” Horacio González es un tipo de hegeliano, más bien distraído… Merleau-Ponty, maestro de León Rozitchner (quien respetó y quiso mucho a Horacio) y autor que, según Horacio, incomodó a Carlos Astrada, se propuso un desvío de la dialéctica, incluso de la supuesta inversión de la dialéctica hegeliana encarnada por Marx; prefirió asegurar la irracionalidad de la materia, antes que insistir en el principio racional que reconciliaría lo real al Espíritu absoluto. Merleau-Ponty parece entrever en la dialéctica marxista un nivel no asimilable por la racionalidad de la conciencia: “Cuando Marx dice que ha puesto de pie a la dialéctica o que su dialéctica es ‘lo contrario’ de la de Hegel, no puede tratarse sólo de una simple permuta del papel que juegan el espíritu y la ‘materia’ de la historia, como si la ‘materia’ de la historia recibiera tal cual las funciones que Hegel asignaba al espíritu. Es forzoso que la dialéctica al volverse material se entorpezca”.[2] El desconocimiento de sí mismo es materia para conocernos, en tanto bichos, en tanto actores históricos, en tanto singularidades. Horacio prefirió la torpeza de la singularidad, al deber ser ideológico o a la necesidad histórica.

Horacio Gonzáles fue un intempestivo, nos acompañan sus palabras, sus intervenciones que se multiplican aun, pues nunca nos alcanzó el tiempo para escuchar todo lo que dijo, escribió, insinuó. Esas palabras que volvieron al lenguaje un lugar amable y, al mismo tiempo, profundamente incómodo, siguen afectándonos como “pensamiento en acto” (así lo definió hoy en una de las despedidas en la explanada de la Biblioteca Guillermo David). Horacio una vez confesó no haber imaginado la derrota política hasta que Ezeiza lo encontró cuerpo a tierra sin poder descifrar el aire entrecortado por el humo. Pero el realismo brutal de los fierros nunca desmintió su ingenuidad, más bien lo alentó a perfeccionarla hasta convertirla en un arma. Se volvió humorista y escéptico, como Macedonio Fernández y Pirrón. Y como ellos, no hizo escuela en sentido estricto, dejó un legado, una especie de maestría para tratar con la provisoriedad, abstenerse de juicios últimos y habitar el vértigo de un pensamiento vacilante. Como lo hace una existencia generosa.

* Ariel Pennisi: Ensayista, Docente en la Universidad Nacional de José C. Paz y la Universidad Nacional de Avellaneda, codirector de Red Editorial (y Revista Ignorantes), publicó El Anarca. Filosofía y política en Max Stirner y Filosofía para perros perdidos (ambos con Adrián Cangi), Papa Negra y Globalización. Sacralización del mercado, entre otros. Conduce y coproduce “Pensando la Cosa” (Canal Abierto)

Texto publicado originalmente el 30/6 en la revista La Tecl@ Ñ, ligeramente retocado para este especial.

[1] Horacio González, Perón. Reflejos de una vida; ed. Colihue, 2008, Buenos Aires.

[2] Maurice Merleau-Ponty, Las aventuras de la dialéctica, Leviatán, Buenos Aires, 1957 (traducción de León Rozitchner).

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Otro más por Horacio…

Miguel Benasayag*

Ya sé, en el momento de comenzar algunas líneas de afecto, de amistad, de homenaje a Horacio, ya sé que soy, es claro, otro más… Es que Horacio González tuvo tanta vida, tanta potencia, tanta alegría, que sí «todo pasa y todo queda… », lo que pasa queda en tantos y tantas de nosotros.

Pero en mí, ¿qué queda?, en mí queda, si tuviera que nombrar una dimensión en especial, de este hombre multidimensional, sin dudas ese carácter tan particular, tan escaso en nuestro mundo y aun más en la Argentina.

Horacio fue una de esas rarísimas personas que supieron articular compromiso, principios, ideales, con la complejidad de la vida, con la complejidad de las situaciones. En nuestro país, donde todo se juega en términos de Boca – River, el que no está conmigo está en contra mío, en nuestros pagos donde entre los dos supuestos polos no debe haber nada, en nuestra sociedad de la bipolaridad total, donde entre dos polos opuestos solo habría «tibios despreciables», en este lugar del mundo existió un hombre que asumió compromiso y complejidad.

Entre dos polos no hay simplemente la nada, la tibieza, la mojigatería, entre dos polos de un enfrentamiento está TODO, lo único que no existe son los polos, como lugares puros, de identidades saturadas, sin dudas, sin claros oscuros.

Horacio ese muy grande intelectual fue sobre todo un sabio, un hombre que tuvo el valor, el raro coraje de pensar, de pensar sin concesiones, en cada momento de su vida; cuando la mayoría parecía decir “no hay nada que pensar… quien duda es un traidor…”, Horacio siempre tuvo la valentía de pensar, de dar su punto de vista, de ser libre.

No sé si este perfil de Horacio será el más evidente, el más identificado, en todo caso es el que quería evocar para que no sea olvidado, para que tratemos nosotros también de ser capaces de asumir los compromisos que la época y las situaciones nos imponen, sin caer en el maniqueísmo donde los otros pueden aparecer como el enemigo total a eliminar.

Horacio, gracias por todo

* Filósofo, investigador en neurofisiología, psicoanalista. Doctor en Psicopatología en la Universidad de Paris VII, HDR (Diploma en Investigación de Tercer ciclo en Biología, Neurofisiología) en la Universidad de Montpeliér (Francia). Cofundó e integra el colectivo Melgré Tout. Autor de más de treinta libros propios y en colaboración, publicados en doce idiomas. Algunos títulos son: La singularidad de lo vivo (2019), Elogio del conflicto (2018), La vida es una herida absurda (2013), El mito del individuo (2013), Che Guevara. La gratuidad del riesgo (2012), Pasiones tristes. Sufrimiento psíquico y crisis social (2010), La fabricación de la información (2001), La fragilité (1999), Pensar la libertad (1996), Crítica de la felicidad (1992). Fue miembro del PRT-ERP.

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De Horacio aprendí de la amistad

Senda Sferco*

De Horacio aprendí de la amistad. Y tanto más también, podría escribir sobre el tiempo de la facu, donde sus clases en Rosario eran, a mis ojos de hace 25 años, aunque también a los de ahora, un lujo barroco y litoraleño inaudito. No había conocido a nadie, ni creo que exista en verdad, que en la cadencia que imprimía como musical humildad a su enorme caudal de lenguaje, tuviera el arte de hilvanar así planos de realidad, inquietudes a las que nosotros no llegábamos a poner nombre, enseñándonos que la angustia es puerta para formular preguntas.

Vos nombrabas personajes que no conocía la mayoría de las veces, y que con zozobra buscaba después en los anaqueles de Homo sapiens, como si fuera posible soñar con seguirte el tren. Los invitabas a formar parte de un encuentro inaudito y sin jerarquías, dejando que se toquen por los puntos donde quisieran encontrarse. Tu voz, esa voz ronca y dulce que voy a extrañar tanto, nos abría la posibilidad de un mundo más grande que el que podíamos avizorar en ese momento de fábricas tomadas y ángeles tirados de sus bicicletas. ¿Cómo entender lo que nos pasa? ¿Cómo decir quiénes somos? Vos empezabas a hablar sin buscar responder, sino haciendo muy seriamente estas preguntas. A medida que empezabas a volar –porque eso hacía tu mente de colibrí cuando tu boca le pedía palabras– nos compartías el aleteo, la premura, la urgencia, de que una fabricación de claves literarias, sí, pero sobre todo sociales, éticas y políticas, era necesaria elaborar colectivamente, más que nunca. Frente a la monumentalidad de los respondedores, vos dejabas que se cayeran las columnas para mirar de cerca la arena y tierra de sus piedras y escuchar, como el viejo Caillois, las historias que no han podido juntar, aunque las arquitecturas se ufanen de su unificación estética. A mis 20, si el tiempo parecía quedarnos sin futuro, vos, cual damon nietzscheano o angel benjaminiano, hacías retornar la posibilidad afirmativa del amor a lo que tenemos, a lo que nos hace, a las contradicciones que nos permiten mantener en apertura lo intempestivo como gesto vital, como juego necesario para forjar nuestra débil fuerza, así como quien se empecina en despertar a los peces del río haciendo rebotar piedras por la superficie del agua.

Años más tarde tu gestión en la Biblioteca dio prueba de cómo es posible abrir agujeros de gusano adentro de las instituciones, de esos que nombran los físicos y tienen un espacio-tiempo propio, incubadora de nuevos nacimientos dentro de la larga historia de cansancios burocráticos. Hicimos muchas cosas en esos años, nos dimos cita en varios desopilantes proyectos, libros y escenas con muchos queridos amigos que hoy están tan tristes como yo. También discutimos, un par de veces, el kairos y el a-kairos de cuando cae el juicio del momento oportuno de decir, o de callar, en los momentos en que la política vuelve a erigir columnas reclamando narraciones unificadas. Sé que te quiero todavía más por la franqueza con la que siempre nos escuchamos los propios tiempos y destiempos.

La mayoría de esas escenas, las de estos últimos 10 o 15 años, me encontraron con vos y con Patrice. Por eso decía que me enseñaste sobre la amistad. No porque ese don no haya estado presente en todas las otras experiencias –es la misma fuente–, sino porque junto a Patrice se disponían a bailar filosóficamente una especie de samba franco-gauchesca que sólo había dispuesto como centro un fogón y echaba a pañuelazos a cualquiera que preguntara antes que suene la música cuáles iban a ser los pasos de la coreografía. Durante años tuve el privilegio –no solo yo, también Elena, Martin, Sole, los amigos– de ‘traducirlos’ a uno y a otro, cuando se daban cita alrededor del fogón. Mon meilleur ami, Horacio, repetía Patrice a quien le preguntara, sea de la nacionalidad que sea. Vos también. Y se reían, y se miraban con ternura, queriéndose más allá de las palabras porque varias veces no se entendían un carajo. Eso no era un problema. En realidad, era divertido y muy muy tierno. Sé que no me pasaba solo a mí, eso de sonreír como quien sabe que cuando esos dos se juntaban a pensar y me llamaban como testigo, me invitaban a asistir a lo que entiende mi alma laica es lo más parecido a un milagro, un pedazo de maravilla de lo que el humano amor puede tejer sin saber que puede hacerlo. Nos reíamos con los amigos, sintiendo que eran escenas blanchotianas, de esas que marcan las paradojas que juntan en más de un punto a las polarizaciones que atrincheraron el siglo XX. Blanchot, al que los amigos festejaban el cumpleaños sin que hiciera falta que él asistiera, porque ya la presencia/ausencia había soltado su necesidad para abrirse al más simple afecto, el más elemental, el que es sin que haga falta empujar. Patrice nos metió en las más interesantes y desopilantes aventuras, entre París y Santiago, Buenos Aires y Rosario, Córdoba, Viña, Argelia, Haïti. Vos le mostrabas Argentina, con la elegancia tranquila y sinuosa de los canales del Sena o de los senderos de los Valles Calchaquíes, era lo mismo. También contabas historias de malevos de Montmartre que ningún francés conocía. Verlos juntos era testimoniar la hospitalidad. Sí, esa que Derrida definía casi imposible en su carácter incondicionado, solo dable tal vez a la instancia de una ocasión de gracia, o al don descalzado y recíproco de la amistad. Entre ustedes no era la lengua el puente de una comprensión que quisiera constelar su hermenéutica sino la ocasión para amar el paisaje mismo donde el puente, las orillas, el río, la gente, los ruidos, iban pintando con crayones una problematización de las cosas y una tonalidad del amor que hasta el momento no existía. Siempre dejando un pedacito del cuadro sin terminar (algún día debería hacerse una muestra con los puzzles de mil piezas que empezaron entre los dos y que casi terminaron, porque era una política empecinada, a propósito, la de perderles siempre alguna ficha para que el cuadro final no se completara). Tengo grabada en la retina el brillo pillo de tus ojos pardos, y los azulados de Patrice, cuando se sabían pintando a cuatro manos, haciendo temblar a Quinquela y a Courbet.

Vos, que sos un caballero de las letras, me enseñaste de la amistad, porque tampoco dejabas que el miedo llene todo de palabras. Sabías que, así como el sonido, también era importante el silencio con su respiración de poros abiertos para recibir lo que vaya queriendo mostrarse. Esa confianza, ese respeto, esa paciencia, tu generosa espera y galante cortejo a la importancia del mundo del otro, me la llevo, la atesoro, te la agradezco. Ojalá pueda practicarla así más no sea con la mitad de la bonhomía que has tenido, Horacio, que no se nos cierre la escucha capaz de inquietar y amar lo que vamos haciendo entre todos.

* Licenciada en Antropología por la Universidad Nacional de Rosario, Máster en Estudios Culturales y Artísticos la Escuela de Artes de Indonesia (STSI Denpasar), Doctora en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina) y Doctora en Filosofía de la Université Paris 8 (Francia). Investigadora Adjunta del CONICET (IGG-UBA).

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La cátedra

Horacio, el mago que hacía hablar a los libros vivientes.

Gastón Salcedo*

Hace rato que no escribo y solo escribo porque es Horacio, porque es hablar de él y porque él se ponía contento cuando escribíamos. Siempre insistía, tiene que haber un texto. Una clase no se puede dar sin por lo menos cinco libros leídos. Son muchos años, muchas cosas en la mente. Me acuerdo de la última charla y de las cosas que quedaron por hacer y que ya no serán iguales de ninguna manera. La magnitud del vacío es enorme porque no es solo todo lo que lo queremos sino también lo que significaban sus interpretaciones para nosotrxs. Con cada amigo que nos encontramos siempre la pregunta: ¿sabes algo Horacio?

Tantos kilómetros de lectura tenía, que preguntarle por algo era una aventura hermosa. Insondable, colgaba su mirada y empezaba a hilar, su forma de frasear, sus palabras, pienso en alguna al azar y la primera que me viene es “anaqueles”. Me emociono. Era una conversación que se iniciaba porque la próxima vez él nos preguntaría sobre lo que habíamos hablado así que teníamos que leer para hablar con él. Nos enseñó a dar clases, a leer, nos contagió ganas de leer porque nos mostró los libros argentinos más hermosos, pero también la clave gonzaliana para leerlos. No es lo mismo leer cualquier libro de, por ejemplo, Ingenieros, Lugones, Ramos Mejía, que los libros de ellos propuestos por Horacio y sus propuestas de rescate. Porque esos libros estaban ahí en las ofertas y saldos de la calle Corrientes esperando para ser leídos y Horacio nos mostró posibles formas de hacerlo. Por eso, debo también a Horacio la “acumulación originaria” y los primeros pasos de la construcción de mi biblioteca. El saber qué libros tenía que comprar y a buen precio, ese saber de librero, algo que nos ayudaba mucho a nuestras vapuleadas economías de estudiantes.

Pero fue, en esos momentos, a poco de empezar el año 2000 mientras cursábamos y militábamos en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA con nuestra legendaria Agrupación John William Cooke, que sucedió el hecho que cambió para siempre nuestro destino. Nosotros, con La Cooke, veníamos criticando que en nuestra formación académica estaba ausente el Pensamiento Argentino y proponíamos que debía existir una materia, también una orientación sobre Política Latinoamericana y varios otros seminarios con problemáticas necesarias ineludibles según nuestra mirada de estudiantes. Hubo unas elecciones, hicimos alianzas y logramos contar como director de la carrera de Ciencias Políticas a Tomás Varnagy, otro gran profesor nuestro, que aceptó la propuesta pero que proponía a José Pablo Feinmann como titular de la misma. Eso era un problema para nosotros pues, si bien sabíamos que era un compañero, temíamos que la dirección nos mediara la relación y se desvaneciera nuestra idea de una cátedra militante atenta a los problemas de la facultad con una figura de esa talla.

Entonces nos pusimos a contra-reloj en la búsqueda de un titular para nuestra cátedra y en la escritura del programa de la misma.  En el grupo, había quienes cursaban con la entrañable Alcira Argumedo, quien también nos dejó hace poco lamentablemente, y tenían relación con Carla Wainstok, que era ayudante, quien con la buena onda de siempre aceptó transmitir la propuesta. La repuesta Carla no tardó pero Alcira no podía. –Y vos Carla, ¿no podrías ser?, –No chicxs, yo tampoco puedo y tampoco me alcanzan los papeles para ser titular. ¿Por qué no le preguntan a María Pía López que es cercana y trabaja con Horacio? ¿O a Horacio? Fuimos a la búsqueda de Pía pensando en alguien más accesible… para esa época vivíamos en la universidad. Estábamos construyendo el bar-comedor de la facultad para paliar los efectos de la crisis y tener comida barata para que lxs estudiantes se alimentaran bien. Sabíamos todos los horarios de todas las materias y de todas comisiones y todas las actividades. Tecnologías de pasar por los cursos. Así que la encontramos en un pasillo del edificio de Ramos a la salida de una clase y le contamos la propuesta y ella nos escuchó cariñosa como siempre y nos dijo, que tampoco creía poder.

-Porque no hablan con Carla?
-Venimos de hablar con ella! Ella nos propuso que hablásemos con vos. Nos reímos de la ridícula situación. Pero los nervios crecían pues entrábamos en una vía muerta.
-¿Y porque no hablan con Horacio? Nos dice Pía
-¿Te parece? Es muy groso, ¿nos dará bola?
-Hablen con él, no tiene problemas, van a ver.

Fue así que nos fuimos al edificio de Marcelo T, al tercer o cuarto piso, subimos por las escaleras y doblamos a la derecha y esperamos en el pasillo antes del aula de la punta, la 301 o 401, nerviosos con el programa hecho un tubo (porque nos obligamos a ir con el programa terminado para que viera que iba en serio). Llega Horacio con un portafolio lleno de libros, sus pelos largos y su bigote. Más setentoso no podía ser.

-Hola Horacio, ¿que tal, como le va?, somos de la Agrupación John William Cooke y queríamos hablar con usted, hacerle una propuesta.
-Si no hay problema muchachos, pero ¿podrá ser a la salida? Tengo que dar una clase ahora.
-Si claro.
-Después de la clase, vamos con unos amigos a La Cigüeña a tomar algo, pueden venirse y conversamos. John William Cooke… qué interesante. Pueden quedarse a escuchar la clase si quieren, quizá diga algunas cosas que les puedan servir.

Entramos y el aula abarrotada gente por todos lados, sentada en el piso. Y ahí empezó esta aventura que lleva 20 años. La clase llena de chistes y guiños. Nos sorprende que lee los libros en clase en voz alta y parece que los que hablan son los libros. Llega una chica, pide para hablar y lo critica fuerte, lo corre por izquierda, lo trata de conservador, él recoge el guante y hablándole de igual a igual le dice como dicen los chicos: “el que lo dice lo hace”. A esa altura nosotrxs ya estábamos embelesados. Pensábamos, “es justo que nos llamásemos Cooke, es la primera vez que no tenemos que explicar quién es Cooke”.

Vamos al bar, pedimos cervezas, se la toma de un sorbo como el profe de Madagayo, la película de Akira Kurosawa, y nos pide que le contemos la propuesta y le contamos nuestro periplo y le mostramos el programa que tenía bastante de Alcira, empezaba con Bartolomé de las Casas y terminaba con el MTD de Solano, que era con quienes militamos en ese momento.

-Y nos dice: este es un programa más para Alcira, ella trabaja Bartolomé de las Casas por qué no le proponen ella.
-Ya le dijimos, pero no puede.
-¡Pero me vienen a hablar de última! ¿Soy yo el último orejón del tarro? Está bien que mis clases no son ya las mejores…

Nos gasta, se gasta y todos nos reímos a carcajadas. Creo recordar la risa estruendosa de Jack. Nos dice que si Feinmann acepta él no competirá con un amigo. Y nos hace otro chiste: “me dicen que me traen una propuesta y al final me quieren hacer competir con un amigo… así no va”.

-Además, ¿ustedes de verdad creen que hay relación entre el Mtd de Solano y Bartolomé de las casas? ¿Están seguros? ¿Parece la historia dividida en dos bandos que pelean y así llegamos hasta hoy, no creo que eso sea así…
-No, por supuesto Horacio es solo un programa tentativo (retrocedíamos, para que vea que estábamos leyendo)

“Bueno”, dijo, “yo lo que podría dar es esto”, y sacó su lapicera del bolsillo y empezó a armar el programa en las clásicas servilletas de los bares de Buenos Aires; nosotros no la podíamos creer. “Piénsenlo y me vienen a ver al Británico el martes a las 15”.

Llegué a casa, pasé las servilletas a la compu, y ese fue el primer programa histórico que año a año fuimos cambiando.

En el bar Británico arreglamos la dinámica, los jueves él daba los teóricos y los martes invitados. Guille David, Jack, Matías Rodeiro, Gerardo Oviedo, Jorge Rulli, Pía, Guille Korn, Eduardo Rinesi, Galasso, Tarcus y muchos otros fueron de la partida y todxs tan generosos como él. Nosotros coordinábamos, pues no podíamos dar clases porque no teníamos ni el 80 por ciento de la carrera aprobada. Creo que nos pusimos a estudiar para poder dar clases con él y para estar en la cátedra que para nosotros era sagrada como lo eran para él las clases, por la energía que le ponía. Nunca dimos el mismo programa. Cada comienzo de cuatrimestre, reunión de cátedra y armado del nuevo programa implicaba nuevamente estudiar. Ya irán alrededor de 20 programas construidos con mucho esfuerzo, llenos de chistes, intervenciones, jornadas, presentaciones de libros y sobre todo con la larga risa de todos estos años.

* Director del Centro de Transferencia de Conocimiento y Tecnología. FSoc-UBA. Docente de Pensamiento Político Argentino Cátedra Horacio González y del Seminario La gestión y el desarrollo tecnológico en la carrera Ciencia Política- UBA. Docente en la Universidad Nacional Arturo Jauretche y la Universidad Autónoma de Entre Ríos.

Brasil

Borde

Samuel León*

Para Horacio González (in memoriam)

La mirada
En súplica tenaz
Deshaciendo al verdugo
Y su secreto de penumbra.

Sólo la lluvia
Para nombrar al dolor,
Vacío para llenar los días
Que agonizan.

Veneno del instante,
De ruina irrefutable
Presagios que permanecen.
Hábitos circulares.

Lenta luz
Que va por encima
De la desnudez de tu
Delicada nobleza.

De la tarde y su sombra,
Queda el recuerdo dulce
De tu sueño
nunca rendido.

 

* Es editor de Iluminuras, en San Pablo, Brasil. Amigo de Horacio desde 1973.

Traducción: Nahuel Croza

*

Borda

Samuel León

            Para Horacio Gonzalez (in memoriam)

O olhar
Em súplica tenaz
Desfazendo o verdugo
E seu segredo de penumbra.

Só a chuva
A designar a dor,
Vazios a preencher os dias
Que agonizam.

Veneno do instante,
De ruína irrefutável
Presságios restam.
Hábitos do círculo.

Lenta luz
Que vai por cima
Da nudez de tua
Delicada nobreza.

Da tarde e sua sombra,
Fica a lembrança doce
De teu sonho
nunca rendido.

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Memoria y contingencia: reflexiones a partir de Horacio González

Márcio Seligmann-Silva*

«El ideal de la experiencia del shock es la catástrofe» (Walter Benjamin)

«La cultura toma entonces forma de recuerdo» (Horacio González)

Pensando en la contingencia hoy

Pensar hoy la contingencia implica reflexionar sobre una serie de otros conceptos, como azar, accidente, ruptura, choque, catástrofe, caos, fortuna, suerte, infortunio, indeterminación, libertad, y confrontarlos dialécticamente con otros muchos como necesidad, destino, experiencia, racionalidad, continuidad, progreso, historia magistra vitae, teleología, orden, determinación. Desde Aristóteles hasta Derrida, pasando por poetas como Mallarmé, con su «Un coup de dés» que termina con la frase: «Toute Pensée émet um Coup de Dés», son innumerables los autores que han pensado en la cuestión de la contingencia. ¿Hasta qué punto nuestras vidas están determinadas por la dialéctica del destino y el azar, tyche y ananke? Desde Aristóteles se distingue entre los acontecimientos necesarios y los que ocurren «por casualidad». (Física II, 5-6). A partir de estos últimos distinguió además la buena y la mala fortuna. Lo importante es su definición: «El azar y lo que resulta del azar son propios de los agentes capaces de la buena fortuna y de la acción moral en general. Por lo tanto, necesariamente el azar está en la esfera de las acciones morales». La «intención deliberada» es decisiva en este caso. También estableció una jerarquía que se ha convertido en norma: «ninguna causa accidental puede ser anterior a una causa en sí». El azar, tyche, es un tipo de causa eficiente, es decir, incidental, que difiere de la «espontaneidad», donde no hay elección racional. Ya para los atomistas, como en el caso de Epicuro, la fortuna se asocia con la ananke, la necesidad ciega, que no opera teniendo un fin específico. Los hombres actuarían con libertad para ir en contra de esta regla fija. Esta contingencia la entendió bajo el concepto de tyche.

Este modelo antiguo será en parte seguido y en parte criticado por los teólogos del cristianismo. Entre los dioses paganos, la Fortuna era precisamente la que tenía una vida más larga. San Agustín lo ironizó en su Ciudad de Dios (IV, 18) al preguntarse: «¿Cómo es, pues, que los dioses de la Fortuna son a veces buenos y a veces malos?» Para Santo Tomás de Aquino «aunque no hay causas inmediatas de los acontecimientos fortuitos, hay una causa final». (Bolwin, 9) Aquino argumenta, para salvar el aspecto moral de la acción, «que no podemos temer que el conocimiento de Dios sobre el futuro fije su carácter. En cambio, sólo podemos decir que Dios conoce lo que nosotros conocemos como futuros contingentes, junto con todas las demás cosas pasadas y presentes, de un vistazo, en un instante intemporal.» (Id. 10) Y además, «la contingencia, la casualidad y la fortuna son características del mundo porque Dios las quiso allí». (Id. 11) Estos argumentos eran similares a los de Agustín (De civ. Dei XI, 21) y Boecio (De Consol. V 2-6).

En la modernidad esta perspectiva teológica es sustituida gradualmente por una teleología progresiva que proyecta una razón y un sentido de la historia. El optimismo ilustrado de Leibniz y Alexander Pope, todavía cooptado por los modelos teológicos que daban sentido a la Teodicea, se tambaleó después de 1755, fecha del terremoto de Lisboa (cf. Weinrich) y sobre todo después de 1789. Voltaire aprovechó aquella catástrofe natural para ironizar en su Poème sur le désastre de Lisbonne tanto con las doctrinas cristianas que veían en ella un castigo divino, como con los optimistas que creían vivir en el mejor de los mundos. No dio un sentido a lo ocurrido y esta apertura de sentido fue una novedad. En este cambio de perspectiva histórica también fue importante la Guerra de los 7 Años, que comenzó en 1756. Si Voltaire todavía hacía a veces una lectura moralizante de la historia, con la nueva historiografía se instauró poco a poco la voluntad de abarcar todos los hechos, en un intento por comprender la historia racionalmente (más allá de cada hecho aislado).

Como ya se ha demostrado (cf. Koselleck) en este periodo y en el siglo XIX hubo un compromiso por parte de la historiografía para superar la noción de azar y contingencia. Si Raymond Aron pudo escribir en el siglo XX que «Le fait historique est, par essence, irréductible à l’ordre: le hasard est le fondement de l’histoire» (apud Id., 158), en los siglos anteriores ocurrió lo contrario. Ya el joven Federico el Grande había escrito en el siglo XVIII: «La fortune et le hasard sont des mots vides de sens» (Id., 162) y Montesquieu y Gibbon no fueron menos críticos con esos conceptos. La teleología de la naturaleza, en Kant, y del espíritu, en Hegel, fue sustituida paulatinamente por la preocupación por una historiografía «científica» que fuera imparcial ante los hechos. Por otro lado, podemos pensar con Koselleck que la diferencia entre experiencia (Erfahrung) y expectativa (Erwartung) ha aumentado tanto desde la modernidad que tendemos a quedarnos sólo con lo que se modifica. La experiencia ya no es suficiente para fundamentar las expectativas. Benjamin teorizó este hecho con su concepto del fin de la experiencia. Hoy en día, en medio de la pandemia del Covid y los neofascismos podemos pensar que el horizonte de las expectativas también se cierra y nos atrapa en nuestras casas-prisión…

Walter Benjamin no utilizó directamente la noción de contingencia, pero podemos considerarlo como el teórico de la historia que llevó más lejos la posibilidad de pensar este concepto. La teoría de la alegoría que Benjamin desarrolla en su libro sobre el drama barroco alemán pone de relieve el papel de ese tropo en la destrucción de la «falsa apariencia de totalidad» (Benjamin, I 352) que precisamente la historiografía y el historicismo de la Ilustración intentaron garantizar. Esta destrucción se correlaciona con el «culto a la ruina» (I 354) y al fragmento. “Cuando, con el drama barroco [Trauerspiel], la historia entra en escena, lo hace como escritura. En la cara de la naturaleza está la palabra «historia», con los caracteres de la transitoriedad. La fisonomía alegórica de la naturaleza-historia, que se pone en escena con el Trauerspiel, está efectivamente presente como ruina. […] Lo que yace allí roto en escombros, el fragmento altamente significativo: esta es la materia de la creación barroca” (I 353 s.).

No sólo el mundo del teatro barroco está dominado por la triste figura ambigua del soberano que «tiene en sus manos el acontecimiento histórico» (Benjamin 1984 88). De hecho, en el siglo XVII el escenario también entra en la Historia y una de las formas de entender este fenómeno consiste en observar el nuevo concepto de soberanía de esa época. El hombre barroco «está obsesionado por la idea de catástrofe, como antítesis del ideal histórico de la Restauración. Sobre esta antítesis se construye la teoría del estado de excepción. […] si el hombre religioso del Barroco se adhiere tanto al mundo, es porque se siente arrastrado con él hacia la catarata. El Barroco no conoce ninguna escatología; lo que existe, por sí mismo, es una dinámica que reúne y exalta todas las cosas terrenales antes de ser entregadas a la consumación» (Benjamin 1984 89 s.). Es esta dinámica la que subyace a la alegoría barroca como ejercicio de resignificación infinita de un mundo/(in)significante desencantado de cualquier significado totalizador.

La alegoría en el siglo XIX, o más bien la alegoría baudeleriana, ya que esta forma no era en absoluto la predominante en ese siglo, nace del sentimiento de fugacidad y contingencia que se radicaliza con el advenimiento de la ciudad moderna. La ley de la ciudad -la ley de Hausmann, el alcalde de París que quería rediseñar la cara de su ciudad- es la de la destrucción y la construcción constantes. El fotógrafo Eugène Atget -cuyas fotografías de París, en las que la ciudad aparece deshabitada, encantaron no sólo a los surrealistas, sino al propio Benjamin- documenta y es testigo de una ciudad convertida en la ruina de sí misma: en los textos que acompañan a las impresiones de sus fotos anotaba «va disparaître». El culto baudeleriano a las imágenes es precisamente la respuesta a la constante pérdida irreparable: «Aquello que uno sabe que pronto dejará de tener delante se convierte en una imagen», afirmaba Benjamin en su «El París del Segundo Imperio en Baudelaire» («Das Paris des Second Empire bei Baudelaire») de 1938. Este sentimiento de lo efímero del mundo genera la melancolía, el «spleen«, que Benjamin define como «el sentimiento que corresponde a la catástrofe en la permanencia» (V 437). Nada mas actual.

Y, sin embargo, también afirma que: «La experiencia de la alegoría, que la detiene en los escombros [Trümmern], es propiamente la de la eterna fugacidad» (V 439). En lugar de la sensación de continuidad del tiempo, uno tiene la sensación de estar ahogado en la avalancha de segundos: “los minutos cubren al hombre como copos de nieve”, dice. Y continúa: «Este tiempo no tiene historia» (Benjamin 1989 136 s.). El individuo moderno como si hubiera perdido el tranvía de la historia: se quedó en la estación, paralizado. «¿Por qué hablar de progreso», se pregunta Benjamin, «a un mundo que se hunde en la rigidez cadavérica? Hay que basar el concepto de progreso en la idea de catástrofe. Que todo «siga así», esta es la catástrofe. No es lo siempre inminente, sino lo siempre dado» (V, 592, I 682 s.). El historiador/alegorista benjaminiano es el que va a las ruinas de la historia/catástrofe para recoger sus fragmentos. Frente a esta visión de la historia, ya no hay lugar para la historiografía tradicional –representacionista–, que presuponía tanto una «distancia» y una «imparcialidad» entre el historiador y su «objeto», y la figura correlativa del historiador como alguien presente a sí mismo y que llevaba firmemente las riendas de su conocimiento.

En el ensayo «Sobre algunos temas de Baudelaire» (1939), Benjamin desarrolló una concepción del tiempo del presente como un tiempo de choque. En la modernidad, lo que antes era la excepción –el shock– ahora se convierte en la regla. A partir de una lectura del texto de Freud «Jenseits des Lustprinzips» (1921), Benjamin destaca la incompatibilidad en nuestra economía psíquica entre el sistema de percepción/conciencia y la memoria. Citando a Freud, afirma que «‘la conciencia surge en lugar de una impresión mnémica'» (Benjamin 1989 108). No sería oportuno aquí retomar la teoría freudiana del trauma, sino sólo constatar cómo Benjamin traduce en términos proustianos la ecuación que de ella se deriva: «Sólo lo que no fue expresa y conscientemente ‘experimentado’ puede convertirse en un componente de la mémoire involontaire» –afirmó– «lo que no le sucedió al sujeto como ‘experiencia'» (Benjamin 1989 108), Erlebnis, término que opone a Erfahrung, experiencia. El mundo moderno sería el mundo de los shocks, y sus habitantes estarían plenamente movilizados para recortarlos y, de este modo, evitar la fragmentación del yo. Esta vigilancia atenta impide también, para Benjamin, la construcción de la experiencia auténtica, en la que «ciertos contenidos del pasado individual entran en conjunción, en la memoria, con otros del pasado colectivo» (Benjamin 1989 107). Detecta la experiencia del shock en el transeúnte de la multitud, así como en la experiencia del trabajador frente a la máquina, o del peatón en medio del tránsito. De ahí que para él «la catástrofe [debe ser vista] como el continuo de la historia» (I 1244), o incluso más secamente: «La catástrofe es el progreso, el progreso es la catástrofe» (I 1244). Si da una «definición del presente como catástrofe» (I 1243) es porque precisamente: «El ideal de la experiencia del shock es la catástrofe» (I 1182). Por otra parte, para Benjamin, el tiempo de la experiencia es el que se infiere de la rítmica del trabajo artesanal; en el universo de Benjamin, las actividades que corresponden a la experiencia son, además de la artesanía, la agricultura y los viajes. La mémoire involuntaire, sin embargo, no puede restaurar este tiempo orgánico del mundo de la experiencia; también es «sin historia» (Benjamin 1989 136).

Para Benjamin el lenguaje es a la vez abismal –nacido de una carencia– y sobreviviente de una catástrofe. El lenguaje es el sobreviviente de la catástrofe y es el único que porta tanto lo que ocurrió como la posibilidad de traerlo a nuestro presente. Esta actualización es en sí misma violenta. «La intervención segura y aparentemente brutal [Zugriff] pertenece a la imagen de la ‘salvación'» (I 677). Esta salvación es el corte en el continuo de la historia que se ve como el continuo de la opresión (I 1244): «Marx afirma que las revoluciones son las locomotoras de la historia mundial. Pero tal vez eso sea totalmente diferente. Quizá las revoluciones sean el freno de emergencia de la humanidad que viaja en este tren» (I 1232). A esta interrupción de la historia corresponde el gesto del historiador/alegorista que también congela el pasado en imágenes. El famoso concepto benjaminiano de la imagen dialéctica es el resultado de esta concepción de la historiografía como destrucción de la «falsa apariencia de totalidad»: «Tanto la parálisis [Stillstellen] como el movimiento de los pensamientos pertenecen al pensamiento. Allí donde el pensamiento se paraliza en una constelación cargada de tensiones aparece la imagen dialéctica. Es la cesura en el movimiento del pensamiento [Es ist die Zäsur in der Denkbewegung]. Naturalmente, su ubicación no es arbitraria. Hay que buscarla, en una palabra, allí donde la tensión entre los opuestos dialécticos es máxima. Así, la imagen dialéctica es el propio objeto construido en la exposición histórica materialista. Es idéntico al objeto histórico; justifica su extracción del continuo del curso de la historia» (V 595). Así como para el alegorista el mundo despojado de todo significado ontológicamente determinado se transformaba en un conjunto de imágenes que debían ser re-investidas de significado, el Historiador/coleccionista ve cómo la historia se derrumba en imágenes cargadas de tensión: las despierta desde su ahora (V 578.).

Las imágenes dialécticas son definidas además por Benjamin como «la memoria involuntaria de la humanidad redimida» (I 1233). Es decir, el ahora que está en la base del conocimiento de la historia estructura, para Benjamin, el reconocimiento de una imagen del pasado que, de hecho, es una «imagen de la memoria». “Se parece», afirma, «a las imágenes del propio pasado que aparecen ante las personas en el momento de peligro» (I 1243). En lugar de la búsqueda de la representación (mimética) del pasado «tal y como fue», tal y como lo postulaban los historicistas y positivistas tradicionales (en una palabra: cultores de la representación y contrarios al concepto de contingencia), Benjamin quiere articular históricamente el pasado apropiándose de «una reminiscencia». El historiador debe tener presencia de ánimo (Geistesgegenwart) para captar estas imágenes en los momentos en que se ofrecen: así puede salvarlas paralizándolas (I 1244). Esta historia construida a partir de la memoria involuntaria desprecia y liquida el «momento épico de la exposición de la historia», es decir, su representación según una narración monológicamente ordenada. «La memoria involuntaria nunca ofrece […] un curso sino una imagen. (De ahí el «desorden» como espacio-imagen de la memoria involuntaria)» (I 1243; cf. «: «La salvación se adhiere al pequeño salto [Sprung] en la catástrofe continua». I 683). Esta imagen es leída por el Historiador y es, por tanto, una imagen jeroglífica, una escritura: «Leer lo que nunca fue escrito» (I 1238), estas palabras del poeta Hofmannsthal citadas por Benjamin bien podrían figurar como lema en su obra.

A esta lectura que se guía por el ritmo caótico de la memoria involuntaria corresponde una historiografía fragmentada (que no es una simple mímesis de la omnipresencia del shock y del trauma en la Modernidad, pues el historiador orienta su conocimiento hacia una intervención política en su presente). Benjamin incorpora a esta historiografía –guiada por el principio de similitud que ordena la memoria– el principio artístico central de la vanguardia, el montaje (V 574). Lo que cede bajo la fuerza destructiva del principio de montaje es una determinada modalidad de la tradición, a saber, la de Würdigung als Erbe, la apología del pasado como herencia y continuidad, que Benjamin denomina modalidad catastrófica de la tradición, en la medida en que encubre los momentos frágiles a partir de los cuales se puede romper la continuidad (V 591s.; I 1246).

Encuentros y catástrofes I: San Pablo

Conocí a Horacio González el 11 de septiembre de 2001. En un breve ensayo titulado «Reflexiones sobre la temporalidad revolucionaria», Horacio escribe: «si miramos las efemérides y las estatuas de los revolucionarios desde un pasado de cristal, tampoco consideramos el futuro como el recinto de lo que ya ha pasado. Lo consideramos como una imprevisibilidad que incluye todas las versiones modificables de un pasado que juega al escondite con su actualidad.» Esta reflexión, con los movimientos propios del pensamiento de Horacio, arroja la sospecha sobre la capacidad de las revoluciones de ir más allá de un giro de trescientos sesenta grados –que mantiene la historia al mismo ritmo– en la misma medida en que desvela la temporalidad como un vórtice abierto: la potencialidad total. La imprevisibilidad es la marca de nuestro ser en el mundo y la historiografía el ejercicio de racionalizar este estado de apertura. En el mismo breve y brillante texto, Horacio contrapone dos modelos de revolucionarios, quizás, interpreto, el revolucionario historicista y el entregado a esta apertura del tiempo: «La historia de las revoluciones es la historia de la contraposición del revolucionario profesional y del revolucionario reconstituido y restablecido por el abismo de un tiempo imprevisible.» La contingencia como apertura es la plomada de este revolucionario al que Horacio llama el «ocasionalista», es decir, el adepto del Jetztzeit, el tiempo-ahora. La astucia de este revolucionario consiste en revertir el abismo de la contingencia en una apertura para la institución de lo «enteramente otro», el giro revolucionario que no nos devolvería al mismo mediodía de la historia. Esta revolución, más que el modelo cósmico o el reloj, es la ruptura de estos relojes y la estructuración de nuevas constelaciones. De ahí el énfasis benjaminiano en la ruptura, el estallido, término que aparece numerosas veces a lo largo de sus tesis «Sobre el concepto de historia». La explosión como condición previa para el establecimiento de lo nuevo:

«Desencadenar las fuerzas destructivas que subyacen a la idea de redención» (Benjamin 2020 182);

«Función de la utopía política: iluminar el sector digno de destrucción» (Benjamin 2020 175);

«Mientras que la idea del continuo lo destroza todo, la idea de la discontinuidad [die Vorstellung des Diskontinuums] es la base de la auténtica tradición. Es necesario mostrar la conexión entre el sentimiento de un nuevo comienzo y la tradición» (Benjamin 2020 148);

«El momento destructivo: desmantelamiento de la Historia Universal, eliminación del elemento épico, sin empatía con el vencedor. Hay que rozar la historia a contracorriente». (Benjamin 2020 143)

Aquí, en Benjamin como en el pequeño gran texto de Horacio, el gesto revolucionario y el del historiador se superponen. Revolucionar la historia es válido en los dos sentidos del concepto de historia: la tradición y el viaje en el tiempo. Lo imprevisible, lo abierto, se convierte en el lugar de una epifanía ya que «cada segundo es la pequeña puerta por la que puede entrar el Mesías». (Benjamin 2020 189) Pero esa misma contingencia radical que la astucia mesiánica de Benjamin y el pensamiento sociológico de Horacio transforman en apertura, puede revelar un abismo. Conocí a Horacio González el 11 de septiembre de 2001, y ese día la contingencia no resultó ciertamente revolucionaria. En aquel «fatídico» día entramos en un nuevo tiempo histórico, marcado por la radicalización de la necropolítica que aún nos persigue y actúa en nuestras sociedades. Incluso pensar que lo que a muchos les pareció el resultado de un rayo fortuito caído del cielo azul, era en realidad el resultado de décadas de políticas de exclusión y matanza en Oriente Medio. Pero esta acción que se produjo como un ataque sorpresa no trajo ninguna redención, quizás sólo una insignificante catarsis para los autoproclamados enemigos de un país que falocéntricamente pretendía guiar al mundo con su «big stick».

El día que conocí a Horacio, el había llegado a São Paulo por invitación mía para participar en un evento que estaba organizando en el Instituto Goethe. El tema era una derivación de mi investigación que había dado lugar a la publicación de una obra colectiva titulada Catástrofe y representación (editorial Escuta, 2000) el año anterior. El acto en el Instituto Goethe que trajo a Horacio a Brasil el 11 de septiembre de 2001 se denominó «Memoria del Arte – Arte de la Memoria» y propuso a los invitados reflexionar sobre los límites de la representación de los acontecimientos extremos. La conferencia que Horacio presentó entonces se titulaba «La materia iconoclasta de la memoria» (publicada en 2007 en el libro colectivo Políticas de la memoria, editado por Sandra Lorenzano y Ralph Buchenhorst, colección en la que «casualmente» nos reencontramos porque yo escribí para ese mismo volumen el artículo: «La catástrofe de lo cotidiano, la catástrofe apocalíptica y la catástrofe redentora: sobre Walter Benjamin y la escritura de la memoria»). Otros invitados al acto de septiembre de 2001 fueron artistas, como el fotógrafo Marcelo Brodsky, el brasileño Nuno Ramos, los alemanes Horst Hoheisel y Andreas Knitz, y profesores como Siegrid Weigel, Annette Wieviorka, Marc Jiménez, Olgaria Matos, Luis Roniger y Mario Sznajder. Otro invitado, Jay Winter, que intentó el día 11 tomar el vuelo que le habría llevado a dar la conferencia de clausura del encuentro en el Instituto Goethe, no pudo embarcar, porque ese día el aeropuerto de Boston estaba cerrado debido a los atentados contra las torres. Sacudidos por la repetida transmisión de los choques de los aviones sobre las torres gemelas de Nueva York ese día (las imágenes del «segundo avión» estrellado), decidimos trasladar la inauguración del acto en el Instituto Goethe al día siguiente y nos fuimos en un bar para intentar exorcizar las imágenes de terror que nos impedían cualquier reflexión «académica» esa noche.

La reunión sobre la (i)representabilidad de las catástrofes fue en parte silenciada por los acontecimientos «contingentes» de nuestra historia. Quizás hubo una actualidad exacerbada en ese encuentro. O simplemente, en la era del capitalismo radicalmente neoliberal estos hechos «contingentes» se convierten en la regla, literalizando, de nuevo, otro dicho benjaminiano de sus propias tesis demasiado actuales: «La tradición de los oprimidos nos enseña que el ‘estado de excepción’ [Ausnahmezustand], en el que estamos viviendo, es la regla». (Benjamin 2020 37-38) O, de nuevo, podríamos pensar que la acción del ataque a las torres gemelas fue también, a su manera, la realización catastrófica de otra tesis: «La conciencia de hacer estallar el continuo de la historia es propia de las clases revolucionarias en el momento de su acción.» (Benjamin 2020 54) Aquí, en esta vertiente, pasamos de la contingencia como el abismo sobre el que palpamos el camino histórico a la noción potenciadora de la contingencia como una puerta abierta y revolucionaria. La pregunta sigue siendo si, de hecho, estos ataques han alterado el curso de la historia de manera positiva para los subalternizados, y la respuesta es, me parece, negativa.

En su discurso presentado en la reunión de septiembre de 2001 en São Paulo, Horacio destacó el «carácter escaso» como «consustancial a la memoria». Y añadió: «Pero la escasez es la amenaza nunca conjurada por el arte. Es esta insuficiencia lo que realmente la funda». Todo arte, pues, sería un arte de la escasa memoria, marcado por su insuficiencia, o por un elemento que Horacio denomina en su ensayo como sacrificial. El arte quiere sustituir la memoria por una ofrenda simbólica. Las imágenes en las pantallas de televisión de los participantes en el evento se repetían incesantemente, reproduciendo técnicamente el doble real de las torres gemelas atacadas. Imágenes hechas de puntos electrónicos, imágenes de traumas y también imágenes que querían una redención catártica. Horacio se preguntó en su discurso: «¿El horror puede ser representado?» El iconoclasta, con su gesto radical de negación de la posibilidad de representación, desplazaría el campo artístico a lo teológico, a lo sagrado, y afirmaría el arte como el campo de la falta y no de la presencia, o sólo de la indicación, índice, añadiría yo. Todavía teológico-política. En su ensayo, Horacio se ocupa de la “Carta a mis amigos” de Rodolfo Walsh, que trata de la muerte de su hija, para recordarnos que este escrito tendría un componente de hagiografía martirológica que lo ubicaría también en el campo de lo teológico-político. Escribe: «Decir ‘soy yo quien renace en ella’ supone introducir una vitalidad resurgente en un nuevo presente dramático y restituido, que no precisa de los íconos del arte». Esta teología negativa a la que se desplaza el arte y su reflexión a la hora de pensar en la representabilidad del «poder desaparecedor» (Pilar Calveiro) y la violencia estatal parece haber quedado en la memoria de Horacio de este encuentro paulista.

Encuentros y catástrofes II: Buenos Aires

Ese mismo año, 2001, Horacio me invitó a Buenos Aires para participar en el evento que organizó sobre el tema «Permanece lo Teológico-Político», que tuvo lugar en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires del 12 al 15 de diciembre de 2001. Era la primera vez que tenía el placer de estar en Buenos Aires. Pero conocí esta ciudad prácticamente en estado de sitio por las nuevas políticas de contención de la liquidez monetaria que llevaron a Fernando de la Rúa a adoptar el llamado «corralito»: piqueteros con sus palos en las principales calles de la ciudad; frente al edificio del entonces ministro de Economía Domingo Cavallo una multitud de revoltosos gritaba consignas y lanzaba huevos. El taxista que me llevó al hotel me dijo que se estaba recuperando de un infarto debido a los acontecimientos de esos días.

Si Horacio se preguntaba por lo teológico-político (y con razón, en vista del giro fundamentalista que se estaba produciendo entonces y del tema de la iconoclasia que había tratado en São Paulo) yo ya me preguntaba por el tema de la tyche y del destino que aparentemente se cruzaba en nuestros encuentros. Pensaba en la dimensión trágica de nuestra relación que parecía destinada a reproducir esquemas conocidos en el ámbito de la tragedia. Basta recordar los sentimientos de phobos y eleos que la tragedia suscitaría buscando un efecto de purificación, kátharsis, en el espectador. Recordando que el sentimiento social de piedad «se produce respecto a quien es desgraciado sin merecerlo, y el terror, respecto a nuestros semejantes desgraciados» (Poética, Aristóteles), parece a primera vista que podemos encontrar, en este punto, sólo similitudes entre la tragedia y uno de los temas centrales del encuentro paulista, es decir, el discurso testimonial. De hecho, no se puede negar el componente de piedad por aquellos que no merecían el mal que se les infligió (las cámaras de gas a los judíos, el genocidio contra el pueblo armenio, las masacres de campesinos en América Latina, las desapariciones, etc.) cuando se habla del testimonio de las catástrofes del siglo XX. Lo mismo puede decirse, aunque con mayores matices, del terror frente a nuestros desafortunados compañeros. Pero no podemos olvidar que en la tragedia las causas del paso de la felicidad (eutychia) a la infelicidad (atychia o dystychia) son precisamente una cuestión de tyche, de fortuna. Aristóteles hace hincapié en la hamartia, la falta o el error del héroe (que hace que el mal se produzca inconscientemente y sólo se revele en el momento del reconocimiento). En el escenario histórico de Auschwitz, de las injusticias cometidas por las colonizaciones y explotaciones de clase, en las masacres y genocidios no se puede hablar de «error inconsciente».

Pero hubo una astucia del destino que hizo que mis encuentros con Horacio tuvieran lugar bajo el signo de las catástrofes: el giro «hacia abajo», parte esencial de las tragedias para Aristóteles. Nos perseguía Tyche y no la esperanza revolucionaria, el tiempo de la vuelta hacia arriba. Recordé que Spes, la esperanza, también se considera junto a la bella diosa Némesis, responsable de destruir toda desmesura, como el exceso de felicidad. Herder escribió: «Adoro a Némesis y a Spes en un mismo altar; ‘ten esperanza’, llama esta; y aquélla: ‘pero nunca demasiado'». La esperanza anida en nuestra fantasmagoría siempre cambiante, con cada época, es decir, con cada nueva era tecnológica. En nuestra época de pantallas cada vez más grandes que nos engullen poco a poco, Spes y Némesis parecían haberse fundido en un animal kafkiano paralizado por la mirada de Medusa.

Ese verano de 2001 en Buenos Aires tuve el placer de conocer a algunos de los interlocutores de Horacio González, como Nicolás Casullo, Ricardo Foster y Diego Tatián. En 2009, en un nuevo encuentro bajo los auspicios de Némesis, tras la amable invitación a editar un dossier para ser publicado en la revista Pensamiento de Confines, organicé el dossier «Relatos de la violencia en Brasil», publicado en el número 23 / 24, de abril de 2009, que fue, casualmente, el número dedicado a la memoria de Nicolás Casullo, quien nos había dejado en octubre de 2008.

Por último, recuerdo uno de mis últimos encuentros con Horacio. En 2010 fui invitado de nuevo a Buenos Aires, esta vez para participar en el «III Seminario Internacional Políticas de la Memoria: Recordando a Walter Benjamin: Justicia, Historia y Verdad. Escrituras de la Memoria», celebrada en la Biblioteca Nacional, entonces dirigida por Horacio, y en el Centro Cultural Haroldo Conti de Buenos Aires. Hablé en una de las primeras secciones del evento, en la propia Biblioteca Nacional, el 26 de octubre. A la mañana siguiente fui a visitar a Horacio y Liliana Herrero a su agradable apartamento de entonces en un edificio art-nouveau. No hace falta ser adivino para «adivinar» que cuando estaba en casa de la pareja sonó el teléfono con la terrible noticia: Néstor Kirchner había fallecido. En pocos minutos se formó una fila de reporteros frente al apartamento, periodistas y equipos de diferentes cadenas de televisión querían conocer las palabras de Horacio y Liliana sobre la muerte del ex presidente y el significado de esa muerte prematura. Tuve que despedirme de la pareja, ambos sumamente conmocionados, y me fui caminando por una Buenos Aires de luto. Al día siguiente, una gigantesca fila frente a la Casa Rosada no dejaba dudas sobre el significado de esa muerte para el pueblo argentino. Mi hotel estaba a pocos metros de la Plaza de Mayo y seguí de cerca el movimiento popular de esos días. Grupos de jóvenes peronistas de toda la Argentina se reunieron allí en esa fila. Bailaron y corearon consignas políticas con connotaciones revolucionarias que hablaban de una América Latina unida. Para un brasileño todo eso era desconocido. Mi país no sabe que está en América Latina y los jóvenes de entonces estaban bastante alejados de las calles y de la lucha política. En estos días, pensando en Horacio, en las innumerables «casualidades» asociadas a nuestros encuentros, en las contingencias, en los accidentes y en el destino, así como en su evento de 2001, comprendí finalmente por qué más que nunca tenemos que repensar hasta qué punto, en realidad, «Permanece lo Teológico-Político».

Que la «casualidad», la mala fortuna, lo haya convertido en víctima del Covid sólo demuestra cómo la necesidad con cara de Tanatos guía nuestras vidas. Formulando una pregunta a Héctor Schmucler, Horacio afirmó una vez que «hay estructuras políticas correlativas al Mal». (Horacio apud Schmucler 466) En la misma ocasión afirmó: «si el Mal se esconde, puede revelarse con la forma de la técnica, también». (Horacio apud Schmucler 468) Ahora, bajo la pandemia, la técnica se muestra como el imperio de la muerte y su mercantilización. La técnica (la primera técnica, tal como la conceptualiza Benjamin, en oposición a la segunda técnica poiética y liberadora de la fotografía y el cine) se muestra asociada a Tanatos y al imperio del Mal. Los políticos que agencian esta tragedia también forman parte de este macabro teatro del Mal que mata. No parece haber una simple salvación de esta aporía en la que nos encontramos, pero tengo la impresión de que palabras como las de Horacio, que podemos leer en sus numerosos y generosos ensayos y ver en sus vídeos en las redes permiten una robusta resistencia del pensamiento crítico. En sus palabras de «La materia iconoclasta de la memoria»: «La cultura toma entonces la forma de una rememoración». Recordemos también a este enorme intelectual.

* Doctor en Filosofía (Universidad Libre de Berlín), becario postdoctoral de Yale y profesor titular de Teoría Literaria en la UNICAMP. Ha sido profesor visitante en universidades de Argentina, Alemania, Inglaterra y México. Autor, entre otros, de El lugar de la diferencia (segunda edición 2018)

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Horacio González con Camus en Brasil

Manuel da Costa Pinto*

«¿A quién le puede importar que el autor de este libro haya nacido en Villa Pueyrredón, un barrio cualquiera de la ciudad de Buenos Aires? Non parla molto di te«. Es en esta forma resumida, entre modesta y autoirónica, que Horacio González se presenta a los lectores brasileños en la página reservada a la biografía del autor en su libro Albert Camus. El libertinaje del sol. Y fue a través de este pequeño gran libro, como suelo definirlo, que conocí no sólo al escritor de El extranjero (empezando a estudiar su obra en paralelo a mi trabajo como periodista y crítico literario), sino al propio Horacio y su peculiar forma de situarse, en los discursos públicos, siempre al margen de las discusiones y de sí mismo para observar e iluminar mejor los movimientos e impasses de los temas que preocupan a la sociedad, a la política, a la literatura.

El presente texto no pretende ni remotamente contribuir a una mejor comprensión del legado de Horacio González, sino que es un homenaje personal mezclado con algunos recuerdos de su presencia en Brasil en el período posterior a su exilio en São Paulo. Exilio del que el sociólogo Gabriel Cohn extrajo, en el prólogo de Los asaltantes del cielo. Política y emancipación (Editorial Gorla), una especie de método antimetódico manifestado tanto en la práctica de llevar a sus alumnos de la Escola Livre de Sociologia e Política por las calles de la ciudad para recoger impresiones como en su estilo alusivo, con digresiones aparentemente erráticas; un método antimetódico que consiste en flagrar «la tensa relación entre la metamorfosis, ese proceso siempre impulsado por referencias extrínsecas, y la dialéctica, regida por un dinamismo intrínseco, lo que está en juego».

Cohn identifica un hilo conductor en este «juego» de figuraciones y transfiguraciones recíprocas que modifican la comprensión del hecho histórico en el momento en que se cosechan sus efectos. En palabras del sociólogo brasileño, «hay un núcleo duro en los escritos de Horacio: Argentina, en todas sus formas y metamorfosis». Curiosamente, Cohn hace tal afirmación cuando presenta, al público argentino, la reunión de tres de los libros que Horacio publicó para la editorial Brasiliense y que no tienen a la Argentina como tema central: La Comuna de París.  Los asaltantes del cielo (de donde se toma el título del volumen publicado por Gorla), Karl Marx. El recolector de señales y el ya mencionado sobre Albert Camus. Los primeros formaron parte de la colección «Tudo é História»; los dos últimos, de la colección «Encanto Radical», destinada a la presentación biográfica de diferentes personalidades históricas y artísticas, y para la que Horacio también escribió Evita. La militante en el camarín (posteriormente publicado en Argentina por la Editorial de la Facultad de Filosofía y Humanidades – UNC). Horacio también publicó otros dos libros por Brasiliense: O que é subdesenvolvimento y O que são intelectuais, ambos en la colección «Primeiros Passos», que significó una pequeña revolución en el mundo editorial brasileño al llevar a grandes intelectuales al formato de libro de divulgación cultural, logrando equilibrar, en los mejores casos, la profundidad y la claridad en la exposición de temas académicos al gran público.

Observando estos títulos en su conjunto, es evidente que los reunidos en Los asaltantes del cielo se diferencian temáticamente de los demás por no abordar temas argentinos, a diferencia de los otros, que lo hacen de forma directa (Evita Perón) o indirecta (subdesarrollo, lugar del intelectual). Pero llama la atención, sobre todo, la presencia del libro sobre Camus, un autor que no parece frecuentar el resto de la producción de Horacio González. Pues fue precisamente a través de este libro, singular en la obra de Horacio y en la propia bibliografía camusiana, que entré en contacto con su reflexión. Más que eso: conocí a Camus a partir del libro de Horacio y, después de haber dedicado libros e investigaciones a Camus, conocí al ensayista personalmente, invitándolo a una serie de debates que precedieron al estreno de Los Justos por el teatro Ágora, de São Paulo, en octubre de 2003.

Más tarde, volví a traer a Horacio a la ciudad, en diciembre de 2008, para una «lectura dramática» de L’Impromptu des philosophes, una farsa inspirada en Molière que Camus escribió en 1947 bajo el seudónimo de Antoine Bailly, satirizando el existencialismo y a sí mismo antes de la famosa ruptura con Sartre. El manuscrito de la obra ya era conocido por los biógrafos del escritor francés, pero sólo se ha publicado su texto en la última edición de las obras de Camus realizada por la Bibliothèque de la Pléiade. De esta edición traduje el texto para la lectura dramatizada a la que pudo asistir Horacio tras retomar, en el debate que precedió a la lectura, el hilo de sus reflexiones sobre el autor de La peste.

Si recuerdo este vínculo entre Horacio González y Camus es porque, más allá de nuestra afinidad común con el escritor, el nombre del ensayista argentino se ha asociado, en Brasil, más a la literatura que a cuestiones políticas o sociológicas, al menos entre el público no académico. A esto contribuyó también el hecho de que Horacio escribiera dos importantes ensayos para Cult – Revista Brasileira de Literatura: «Roberto Arlt: físico y literatura» (abril de 2000) y «Genealogía de los destrozados» (abril de 2001), publicados en dossiers sobre Arlt y sobre «La nueva literatura argentina» organizados por Samuel León, creador de la editorial Iluminuras, a petición de la publicación de la que yo era entonces editor. Obviamente, no se puede separar la estética y la política en los libros y ensayos de Horacio, pero es natural que, dado que sus reflexiones sociológicas están fuertemente impregnadas de cuestiones relacionadas con Argentina, su trabajo como «crítico literario» se haya destacado en Brasil, aunque sus lecturas sean inseparables del efecto social (o de la perturbación social) que produce el texto de ficción.

Y aquí entra lo que me parece la singularidad de Camus en el ensayismo de Horacio. Porque si Arlt realizó lo que Horacio describió como «pasaje (…) de lo psíquico a lo físico», introduciendo un «dardo venenoso» en la carne del lector para «despertar estremecimientos en el cuerpo» con inequívocas consecuencias políticas, Camus siguió siendo ese escritor que –incluso al extender la noción de lo absurdo (una categoría existencial, individual) al campo histórico (el absurdo como «peste colectiva», como escribe Camus en El hombre rebelde, vinculando así este ensayo a su novela alegórica)– siempre ha mantenido la tentación de negar la historia, para estupor de la mirada sociológica.

Por eso mismo, en más de un momento Horacio González se muestra crítico y hasta despiadado con Camus, señalando, por ejemplo, cómo la perspectiva del absurdo –»punto cero» por el que convergen sus obras literarias y ensayísticas– queda «carente de historicidad», aunque él «siempre aparece donde las causas de los pueblos y del hombre hacen oír su llamada». Para Camus, escribe, «debe haber una ‘reserva’ de valores, estrictamente individuales, ligados a un heroísmo personal, a un estoicismo de las almas aisladas» que se apoyan en una noción difusa de «honor, que puede entenderse como un valor ‘aristocrático’ y como una compulsión individual para suplir la falta de reflexiones políticas inmediatas». En otra parte del libro, al analizar la atormentada parálisis de Camus ante la guerra de la independencia de su Argelia natal, cuando el escritor «está pensando en una identidad ‘mediterránea’ que aglutine las diferentes tradiciones culturales en un estado no confesional», Horacio señala que «el colonialismo no podía desaparecer como sistema –lo que Camus siempre quiso– sin arrastrar consigo su red cultural concreta», y concluye: «Aquí Camus vacila, confunde, se equivoca”.

Este contraste entre Arlt y Camus en la obra de Horacio González puede no ser significativo en Argentina, donde la fuerza de la tradición literaria se hace dominante en su ensayismo, pero sí lo es en Brasil, en virtud de los textos que Horacio dedicó aquí a los dos autores. Sin embargo, mientras Arlt está en el epicentro de la operación de lectura de Horacio (en la que la forma ficcional produce temblores sísmicos que migran de la lectura del libro a la lectura de la tradición literaria y de ésta a la lectura política de la sociedad), Camus parece un extranjero aristocrático o estoico, que sin embargo ejerce sobre él un insidioso poder de seducción, provoca en él una especie de fidelidad. De hecho, el propio Horacio lo sugirió en las admirables páginas que dejó sobre las tensiones que atraviesan la obra del escritor, para reflexionar: «La fidelidad a Camus sólo exige pensar si no vale la pena ser ‘contemporáneo’ más del espíritu humano que de la Historia”.

Durante los debates que tuvieron lugar en São Paulo, con motivo de la puesta en escena de Los justos, Horacio expuso su ambigua relación con la obra del escritor francés, formulando sus reservas políticas y expresando sus afinidades con el carácter trágico y libertario de Camus. De paso, deslumbró a los reverentes estudiosos camusianos que asistieron al evento, sorprendidos por la forma vital en que Horacio se mostró un compagnon de route de Camus, con todo lo que esto implica de acuerdo y disenso.

Hubo en estas intervenciones de Horacio una apertura a las contradicciones de quien contempla y a la vez participa activamente –como Camus, como él mismo– de las configuraciones precarias de la vida y de las luchas políticas y literarias. Tal vez también había en él una esperanza melancólica (y camusiana) de que llegue un momento en que cesen estas luchas. En todo caso, esta apertura al diálogo con lo diverso y la duda en relación con las propias representaciones, que me parecen un rasgo del carácter de Horacio, se resumían ya en aquella discreta presentación que hizo de sí mismo, en el libro sobre Camus, como alguien nacido en «un barrio cualquiera de Buenos Aires», y la misteriosa cita en italiano cuya fuente nunca pude localizar: Non parla molto di te –frase que funciona como Ex-libris del gran lector y como modesto emblema del gigantesco escritor que fue Horacio González.

* Periodista brasileño, autor de los libros Albert Camus. Um elogio do ensaio e Paisagens interiores, presentador de los programas “Arte 1 ComTexto” y “Dois Pontos”, en el Canal Arte 1.

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Horacio, la gran conversación

Elena Donato y Valentín Díaz

Sociólogo, crítico cultural, docente y exdirector de la Biblioteca Nacional, Horacio González fue un referente indiscutible del pensamiento argentino. Aquí, una serie de registros inéditos que muestran su lucidez y ambición crítica.

 

Mientras la muerte esté sucediendo, y no suceda nada más, lo que se escribe no es un pensamiento ni tiene otro destino que el de un destello perdiéndose en la espiral de imágenes que comienzan a girar en torno al centro de vacío, como un instante de horizonte luminoso que hiciera visible la oscuridad. Lo que podamos pensar con Horacio González, lo que podamos pensar todavía, es una incógnita que nos espera en el futuro que sea capaz de interrumpir su muerte. Ahora sólo necesitamos seguir escuchando su voz, con esa cadencia que parece alejarse cuando se aproxima, alejarse ferozmente como montado en las resonancias que escuchaba en la ironía de una palabra de la lengua literaria o popular, del acontecimiento cultural, potencias libertarias que esperan en los desvíos de los sentidos impuestos, potencias insurreccionales en actos de resistencia desconocidos u olvidados, actos de imaginación sublevada que agitan la lengua y resuenan en la literatura, en la escritura de la historia, para volver al presente en que lo escuchamos estremeciéndolo, interrogando esos misterios, aventuras de quienes alguna vez se entusiasmaron con la posibilidad de una humanidad no humillada.

 

 

Lo que perdemos con Horacio es una memoria entera del mundo en la que un detalle de la vida desemboca en la palabra, en la intervención que ante cada torsión del presente esperamos de Horacio –¿viste lo que dijo Horacio?, ¿leíste el texto de hoy de Horacio?– y que luego de un par de giros desembocó tantas veces en un libro. Cada uno de esos detalles es condición, experiencia que da peso y poder de evocación a cada una de esas palabras meditadas y elegidas, menos como palabra justa que como palabra necesaria y urgente. Eso es algo de lo que vibra en sus textos y en su voz, en la pausa que se oye no sólo como recomienzo del pensamiento sino también como proceso en el que ese pensamiento se pliega sobre sí mismo para poder leerse, una ética que logra medir todo lo que se pone en juego en cada elección, en cada nombre, en cada conexión. Así Horacio sostuvo durante tantos años un discurso sin perder nunca de vista lo que está en juego en el acto mismo de sostenerlo y en la tradición que retomaba al intentar sustraer ese discurso a la reproducción de un poder y a la arrogancia tecnócrata.

 

 

Por eso elegimos publicar dos registros de video de conversaciones que mantuvimos con Horacio en los últimos años, como un modo de seguir escuchándolo. Su participación en junio de 2018 en París, en un coloquio sobre la Universidad como acontecimiento y que se proponía conmemorar en conexión el centenario de la Reforma universitaria de 1918 y el medio siglo de mayo del 68. Diálogo con Senda Sferco y Martín Cortés, que vale como anticipo de un libro que aparecerá en los próximos días en Francia, La philosophie interrompue: venir après. La Reforma Universitaria de 1918 et mai 68, bajo edición de Patrice Vermeren, Alexis Chausovsky, Elena Donato y Agostina Weler, por la editorial l’Harmattan (colección «La philosophie en commun») y en el que se incluye esta entrevista traducida al francés, episodio de una conversación que, a lo largo de casi cuatro décadas, Horacio sostuvo con Patrice. Escuchamos la voz del profesor universitario, el profesor no profesoral, que lee el Manifiesto de la Reforma de 1918, lee la escena y los nombres, los atrevimientos, y sale de él para recordarnos las preguntas que no se hace hoy la universidad, que no se hacen quienes la gobiernan, y sin embargo son las que deberíamos poder hacer.

 

 

 

En el segundo, grabado a fines de junio de 2019, Maximiliano Crespi, Sebastián Hernaiz y Fernando Alfón dialogan con Horacio sobre su entonces recientemente aparecido Borges. Los pueblos bárbaros. Horacio había escrito en julio de 2016 una contratapa en Página/12 titulada “¿Cuál Borges?” en la que un gesto que una lectura apresurada podría considerar, a esta altura, intemporal –escribir un libro sobre Borges–, revela haber estado, por el contrario, y aún cuando en ese libro confluyeran lecturas de toda una vida, inscripto radicalmente en una disputa en la que se superpone la coyuntura política y los más antiguos debates argentinos. Allí, sin embargo, Borges no es un puro medio para hablar en realidad de otra cosa ni tampoco un botín de guerra, sino un modo de tomar posición y seguir sosteniendo un pensamiento situado. “Todo hecho, acto o elemento cultural –escribió Horacio a propósito de Viñas pero bien vale como exposición del propio método– es interrogado según el amplio mundo al que pertenece, la secuencia que lo contiene, la derivación a que da lugar, la serie que integra, el reemplazo que produce, el desplazamiento hacia la fachada o hacia el corazón de las ideologías de dominio. En fin, ningún acontecimiento cultural está estable y quieto en la gran conversación”, en Horacio.

 

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