Massimo De Carolis*

La amenaza del contagio.

Episodio V

(10 de marzo de 2020)

Ahora que la tempestad mediática sobre el coronavirus comienza a aplacarse, dejando transparentar al menos algún dato razonablemente cierto, mientras el territorio nacional entero es sometido a un régimen de excepcionalidad nunca experimenbtado hasta ahora, quizás se pueda aventurar alguna consideración sobre el cruce entre el plano biológico y aquel político de la emergencia en curso, sin miedo a mezclar los dos niveles y contribuir así a la confusión general. 

El primer dato que no parece contestable es el ritmo exponencial de aumento de hospitalizados y fallecidos, duplicándose en número cada dos o tres días. El contagio epidémico, entonces, no es una ilusión, sino un dato real que podría saturar la capacidad de nuestro sistema hospitalario en el lapso de un par de semanas, con consecuencias sociales dramáticas en regiones como Campania o Sicilia, donde el ataque a los presidios sanitarios es ya un fenómeno frecuente, por causas mucho más fútiles. 

Un dato, en cambio, mucho más tranquilizador, aunque no del todo cierto, es que el número de personas que contrajeron el virus con síntomas leves pueda ser más alto de lo que resulte de los controles efectivos. Es posible, en suma, que el virus resulte menos letal y que el “pico” de reducción de los contagios esté mpas cerca de lo que se pueda temer, como, por otra parte, confirman los datos positivos de China. Se puede, entonces, esperar que la epidemia se agote sin cosechar los millones de muertos de la peste española o de la asiática. 

Obviamente, la esperanza es reforzada por la mayor eficiencia, respecto al pasado, de las tecnologías y de los sistemas sanitarios. Sin embargo, es más difícil medir la utilidad real de las medidas políticas adoptadas. Da la impresión de que se inspiran en un principio que no carece de sentido común. En abstracto, si en las tres semanas siguientes a la aparición del virus nadie en Italia se acercaba a nadie más (si, de forma absurda, las esposas y los maridos dejaban de dormir juntos, los padres ya no acariciaban a sus hijos y los médicos no se acercaban a los pacientes), el contagio se habría hecho imposible y la emergencia habría desaparecido. Las medidas del gobierno parecen apuntar a acercarse lo más posible a este ideal. Su objetivo es, si no cancelar la vida social, al menos suspenderla hasta nuevo aviso, canalizando la comunicación hacia los mecanismos remotos de las redes sociales y el teletrabajo. Correcto o incorrecto, el razonamiento parece ser compartido por la gran mayoría de la población, que se adapta a las nuevas reglas con un celo sorprendente. Puede que no todos lleguen a considerar «criminales» e «irresponsables» a los niños que, a pesar de todo, se reúnen para celebrar un cumpleaños o a los ancianos que insisten en tomar café en el bar. Pero ciertamente, en este momento, la obediencia a las reglas se ve reforzada por la desaprobación social que afecta severamente a los infractores. Exigir una mitigación o incluso la revocación de las medidas sería, por lo tanto, en este momento, un ejercicio inútil e impopular, especialmente porque nadie parece tener recetas alternativas. Sin embargo, lo cierto es que se trata de medidas perturbadoras que pulverizan el vínculo social e imponen a toda la población un régimen de soledad y control policial demasiado similar a las experiencias más oscuras del pasado político reciente. La cuestión crucial, por lo tanto, es si esto es realmente y sólo un simple paréntesis, o si estamos siendo testigos de un ensayo general de lo que podría convertirse en el estado de vida ordinario de la sociedad en un futuro próximo.

La duda se justifica por el hecho de que la destrucción del vínculo social y la obsesión por el control en nombre de la «salud pública» no nacen ciertamente con el coronavirus. Durante al menos un siglo, los mecanismos sociales modernos han tendido a generar una sociedad basada en el aislamiento, en la que la espontaneidad de la vida social se percibe como un obstáculo o incluso una amenaza para la estabilidad del sistema. El punto es que, en el pasado, el sistema productivo no podía prescindir de cuerpos, voces y manos trabajando juntos: podía limitar y controlar la promiscuidad, pero no eliminarla completamente. Hoy, en cambio, e sposible gracias a las maravillas de la tecnología. Por lo tanto, por primera vez, por paradójico que parezca, la máquina que reproduce la sociedad puede deshacerse completamente de la exquisita sociabilidad humana, sin pagar un precio demasiado alto. ¿Qué garantiza, entonces, que no se esté reacondicionando a este ritmo?

Para evitar malentendidos, dejemos claro desde ahora que en ningún caso nos sacará la duda una conspiración, un Espectro o alguna personificación más o menos oculta del Poder. Los fenómenos sociales no tienen dirección, sino que son el resultado de un número indeterminado de fuerzas e impulsos independientes. No hay titiriteros, sino sólo títeres que empujan el teatro, cada uno a su manera, con más o menos fuerza, en una dirección u otra, a menudo a pesar de sus propias intenciones conscientes. Cuando la epidemia termine, ciertamente habrá un regreso festivo a la sociabilidad, que ningún gobierno democrático soñará con prohibir. Seguramente, sin embargo, muchas empresas decidirán que, en el fondo, el teletrabajo es más conveniente y pedirán a sus empleados que no desmantelen las estaciones de trabajo de emergencia más o menos dispuestas en el dormitorio. Los bienpensantes notarán que el cierre de los locales de ocio nocturno es una ventaja para la seguridad pública, siempre y cuando no perjudique los intereses de los restaurantes y del turismo. Y, ciertamente, muchas fuerzas políticas de «identitarias» nos recordarán que los contagios, en general, son particularmente frecuentes entre los vagabundos y los inmigrantes (aunque, excepcionalmente, no en este caso) y que la salud pública requiere una higiene inflexible. En términos más generales, todos descubriremos que, al fin de cuentas, no hay vida social que no implique un riesgo de contagio, al igual que no hay vida orgánica que no corra riesgo de enfermedad y muerte. Y así nos encontraremos ante una cuestión política básica: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a poner en peligro, aunque sea de forma mínima, nuestra seguridad biológica para cenar con un amigo, abrazar a un niño o simplemente para charlar con la gente ociosa que anda por la plaza? ¿Dónde colocaremos la vara según la cual nuestra felicidad social se convertirá en una prioridad para nosotros por sobre la protección de nuestra salud?

¿Es la existencia política más importante que la supervivencia biológica? 

Es bueno que el coronavirus nos obligue de un día para otro a hacernos preguntas similares, porque a partir de la respuesta que demos en los hechos (no solo con la spalabras) podría depender el ordenamiento de la sociedad futura

* Filósofo, es docente de filosofía política y filosofía social en la Universidad de Salerno (Italia). Estuvo entre los fundadores de las revistas “Luogo comune” y “Forme di vita”, colabora con el periódico “Il manifestó”. Es autor de La vita nell’ época della sua riproducibilità tecnica (Bollati Boringhieri), Il rovescio della libertà (Quodlibet) y, en español, La paradoja antropológica (Contemporáneos, Red Editorial, 2017) y ¿Qué es el neoliberalismo? (90 Intervenciones, Red Editorial, 2020). 

Imagen: Piazza del Popolo. Gentileza de Valerio Bispuri

Traducción: Ariel Pennisi


IGNORANTES es una revista de contenidos en formatos imprevistos ligada con la actualidad desde la incertidumbre y la pasión política.


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