La amistad como aventura

(prólogo a Aventura de una amistad de Jean-Paul Sartre)

 

Episodio XCVIII

Ariel Pennisi*

 

Se tiene amistades como se tiene lenguaje, sentimientos o capacidades. La amistad, que bien podría definirse como un fenómeno de la sociabilidad o una de las posibles derivas del amor, es decir, en cualquier caso, una posibilidad humana que oscila entre el hecho históricamente determinado y el tópico filosófico aparentemente ahistórico, es, antes que nada, un fenómeno antropológico y una posibilidad existencial. La antropología filosófica desarrollada por Paolo Virno, al menos en los últimos veinticinco años, contiene, entre los diversos ejes que abre, premisas imprescindibles para pensar la amistad. De hecho, en su último libro, Avere, dedica un capítulo a la amistad como aquella figura que concierne inmediatamente a un animal indefinido y problemático en la relación consigo mismo y con el ambiente. Por la misma razón por la que tenemos lenguaje, sentimientos y capacidades, tenemos amistades: la separación respecto de las propias pulsiones y afecciones, la no coincidencia con nosotros mismos, hacen posible el tener, en última instancia, el tenerse a sí mismo, como modo de existencia específico de nuestra especie.

Es el punto en que dos pensamientos que no comparten época ni orientación, el de Virno y el de Sartre, se cruzan. Ambos sostienen, contra el principio de identidad, que de permanecer en el plano del en-sí no habría apertura posible, ni amistad, es decir, existencia (e insistencia) de una vida en otra, incluso el “otro-de-sí” presente en el mundo antiguo. Por eso, ni el tener de Virno se parece a la posesión, ni el para-sí de Sartre se parece a la relación instrumental. La relación de posesión presupone un sujeto sintético a priori amurallado ante los demás y atravesado por el dispositivo de la propiedad o algún otro artilugio de la voluntad de dominio; por su parte, la relación utilitaria es el teatro de una razón instrumental que aplica una vida vivida como cálculo. En cambio, Virno piensa en procesos de subjetivación históricos que actualizan la no coincidencia bioantropológica del animal humano (no hay síntesis a priori, sino composiciones como puntos de llegada no definitivos); mientras que Sartre pone en escena sin cesar el drama de un sujeto que, presa de una libertad maliciosa y exigente, debe hacerse a sí mismo cada vez, apostar o ser presa de las apuestas de otros.

De lo que se trata, entonces, es de darle forma a ese común extrañamiento que ambos, de diverso modo, llaman amistad. En el conmovedor texto de Sartre, entre el ensayo, la confesión y la celebración de su amigo Merleau-Ponty, se leen frases como: “juntos encarnábamos, el uno para el otro, la ambigüedad”, “fuera de él, fuera de mí”, “cada uno era para el otro la desviación inesperada de su propio trabajo”… Esa suerte de intimidad que se teje entre dos afueras, echando por tierra cualquier fantasía de una interioridad sustancial, es también la invención de una familiaridad en la excentricidad; de algún modo, una dimensión de la experiencia vital que Sartre convierte en concepto de su existencialismo ácido. La vida de alguien, la propia, iluminada, perturbada, incluso salvada por la amistad, es tan importante como poco importante, es tan seria que mejor no tomársela tan en serio –como suele decir Miguel Benasayag, quien, por cierto, apenas exiliado, tuvo oportunidad de conocer a Sartre. Pero es necesario poder asombrarse, maldecir y reírse de semejante designio con las amistades. 

La biografía común de Sartre y Merleau-Ponty, eso que Sartre define como “aventura de una amistad”, podría haber sido destinada por la pertenencia socioeconómica de ambos: su condición pequeñoburguesa parisina; podría homologarse al contexto geopolítico que, de hecho, los acercó: el avance del nazismo y la ocupación, o bien, por la opción política, la Resistencia; del mismo modo, las lecturas filosóficas que forjaron sus trayectorias intelectuales: principalmente, Husserl; incluso podría identificarse esa biografía compartida al punto álgido de su coincidencia ideológica: la cercanía sin afiliación al Partido Comunista Francés. Pero, si bien todas esas condiciones conforman desprolijamente el mosaico de fondo, el escenario donde hubiera sido posible tanto encontrarse como no encontrarse, no podría deducirse de ahí una amistad, esa especificidad que se confunde con la especificidad misma del animal humano. Antes que la procedencia y los hábitos sociales, pesa la sociabilidad potencial inscripta en lo que cierta filosofía moderna llamó “facultades”; antes que la nacionalidad, se trata de la copertenencia y apertura a un mundo; antes que la opción política por la resistencia, obra la desobediencia común de cualquier cuerpo indómito; antes que la coincidencia intelectual (¿la amistad intelectual?), se expresa la rareza de unas apuestas y sus desvíos impredecibles; antes que la ideología como cemento afectivo, irrumpe el deseo y su campo estratégico. Decimos “antes que”, pero no alcanza; habría que decir “antes y durante”, ya que la anterioridad ontológica se da como simultaneidad de la experiencia histórica.   

La amistad, entonces, no se identifica con tal o cual momento atravesado, o con un escenario que reúne a dos extraños en un destino común –en todo caso, extraña o revela la extrañeza de los cercanos. Es esquiva si pretendemos aprehenderla y explicarla y, al mismo tiempo, es lo más material y certero con lo que contamos a la hora de ajustar cuentas con la contingencia. Es una forma afectiva, incluso amorosa, de elaborar la no coincidencia con nosotros mismos a través de encuentros que, inciertos en un comienzo –justamente, por la falta de comienzo–, se revelan de golpe estrechos, casi imprescindibles. Tal vez por esa relación tan directa de la amistad con rasgos decisivos de la constitución subjetiva, es que por ella transitan las preguntas más vitales, así como en sus recovecos se esconde la daga que nos interpela como totalidad. La amistad, una conversación que puede durar toda la vida, que nos contiene con su “cuerpo de palabras” y, por qué no, también nos persigue, unas veces como fantasma otras como sombra.

La aventura, por su parte, como la piensa Sartre (comentando a Stéphane), se escurre tanto a la lógica burguesa como a las prerrogativas del Partido. El aventurero, se forja por los actos que lo definen, por el alcance de sus dados; por eso lo llama “hombre de acción”. Lo contrapone a la figura del militante, siempre mediado por algo más necesario que él mismo, ya que las estructuras por las que existe son obstinadamente desatentas a los procesos subjetivos, para éstas no hay pliegues ni singularidades que valgan la pena, sólo conductas verificables objetivamente. Mientras tanto, los burgueses no podrían renunciar al Yo en el cual creen, y de ese modo “correr el riesgo de hacerse anunciar a sí mismos por otro.” Pero los jóvenes militantes, que tienen la oportunidad de partir desde otro lugar que ese Yo ensimismado, incapaces de reconocer singularidades, no se forjan amistades, sino compañeros y camaradas, mientras la Causa así lo garantice. Es también en nombre de esa Causa y del Partido que se cometen traiciones y crímenes endogámicos, como la experiencia del socialismo real ha mostrado y, ni Sartre ni Merleau-Ponty lo aceptaron jamás. Esa forma de conducirse respecto de los otros, para beneplácito o maltrato, mediada por la legitimación de una pertenencia es lo que Sartre llamó “mala fe”. El aventurero, en cambio, es como el amigo: “Entre la generosidad más loca y el suicidio egoísta, la acción del aventurero oscila sin detenerse jamás”. Son los actos, en tanto comprenden a los otros y en tanto dicen algo de la imposibilidad del principio de identidad, los que nos definen y configuran así marcos éticos y complicidades que pueden volverse amistades.   

Nunca una amistad interroga sin interrogarse a sí misma, por eso la ética amistosa excluye el juzgamiento, prefiriendo otras operaciones en busca del tono justo, la distancia adecuada, la cercanía dulce y tenue. ¿Cuál es el lugar de la amistad? ¿La ciudad, la correspondencia para los casos de lejanía, los ámbitos institucionales, la militancia, la mera casualidad…? Para Sartre y Merleau (como lo llama en su prosa), ese lugar fue la revista Tiempos Modernos, donde sus desavenencias, sus alianzas, su mutua protección, hasta sus milagros y fracasos, en cualquier caso, contingentes –como quería Merleau-Ponty–, tejieron una temporalidad común. En el existencialismo, como en el feminismo, lo personal es político, a costa de que lo político no deje de ser singularmente existencial.

Finalmente, Sartre describe la aventura de una amistad como la suerte de una vida tensada entre lo retaceado y la total entrega; sin origen y con un final cantado. “Somos historias ambiguas cuyo origen nunca es el saber, sino el acontecimiento”, escribe. En el medio la perplejidad compartida: “se asombró, nada más”. La imagen del amigo como aquel que devuelve el propio asombro. Se trata de una perplejidad no abismada, casi apacible, dibujada en el rostro conocido e indescifrable, al mismo tiempo, de la amistad. El asombro de existir es un rasgo bioantropológico cuyo reverso es la necesidad de seguridad ante el desamparo ontológico de un animal, como insiste Virno, desambientado y escindido internamente. La acentuación de esta necesidad puede volverse un modelo de sociedad basado en la desconfianza compatible, tanto con el Estado policial, como con el mercado de las subjetividades autorreferenciales e indiferentes entre sí. En cambio, la amistad deja ver, aun en un mundo hostil y en estado de derrumbe –donde creemos saberlo todo y nos sentimos igualmente impotentes ante todo– la posibilidad de una confianza compartida en el asombro.

Por otra parte, no hay, no podría haber, modelo de éxito de una vida como de una amistad. Las relaciones familiares, laborales, incluso amorosas, se imponen formas de éxito, se someten al escrutinio del mérito; mientras que la amistad aparece como una capacidad de encontrarse en la consciencia risueña del fracaso. Tal vez por eso, lo chistes de antihéroe, las autocríticas burlonas, el orgullo de ser peores, forman tan naturalmente parte del humorismo amistoso. Tal vez por eso mismo, Sartre bromea con la imagen que lo encuentra en un banco de plaza junto a Merleau-Ponty, como “jubilados de la amistad”. Una amistad que tiene su propio después, que no le debe nada a nadie ni se cobra migajas. Paradoja de encontrarnos para sabernos solos, conocer la soledad última para volver a reunirnos en una suerte de comunidad de los que no tienen comunidad, como alguna vez postuló un enemigo filosófico de Sartre, nuestro amigo.     

*Ensayista, docente, editor. Enseña Historia Social Argentina en la Universidad Nacional de Avellaneda y Comunicación Social y Psicología Institucional en la Universidad Nacional de José C. Paz. Codirige Red Editorial junto a Rubén Mira. Publicó El anarca. Filosofía y polñitica en Max Stirner (junto a Adrián Cangi, en prensa), Filosofía para perros perdidos. Variaciones sobre Max Stirner (Junto a Adrián Cangi, 2018), Papa negra (2011), Globalización. Sacralización del mercado (2001), Linchamientos. La policía que llevamos dentro (comp. junto a Adrián Cangi, 2015). Conduce y coproduce “Pensando la cosa” (Canal Abierto). Integra el Instituto de Estudios y Formación de la CTA Autónoma. 

 

Aventura de una amistad. Jean-Paul Sartre