Edgar Morin*

La crisis sanitaria del Covid 19 y el riesgo de Estados neo-totalitarios

Preludio editorial (Revista Ignorantes)

En Argentina, quienes alertan sobre las posibles derivas autoritarias o incluso, quienes, haciendo uso de una enorme desproporción entre micrófono o pantalla e inteligencia, revolean impúdicamente significantes altisonantes (“comunismo”, “Venezuela”, “Gueto de Varsovia”) o neologismos ridículos (“infectadura”), convalidaron un gobierno profundamente autoritario como el de Cambiemos.

Un gobierno que pretendió meter por la ventana dos nuevos jueces a la Corte Suprema, que vetó leyes votadas con amplio consenso, que eliminó por decreto leyes anteriores surgidas de largos debates públicos, que impuso por decreto el blanqueo de capitales de procedencia opaca (para familiares y amigos del presidente y sus funcionarios), apenas después de haberse votado la ley de blanqueo gracias a una cláusula que expresamente impedía semejante incompatibilidad, un gobierno que de manera prepotente impuso como mandantes a quienes debían ser controlados por el Estado (los grandes capitales), un gobierno que, como ningún otro en democracia, presionó jueces espió a opositores y propios, dispuso de los fondos reservados de los servicios de inteligencia para fines que aún se están investigando, un gobierno que, en el plano de la seguridad se alejó de los estándares democráticos y utilizó a las fuerzas para amedrentar voces disidentes, reprimir manifestaciones pacíficas, infiltrar agentes en las marchas e incluso asesinar militantes y luego dedicarse al encubrimiento a cargo de la propia ministra Patricia Bullrich… De hecho, el gobierno de Cambiemos batió el récord de prácticas ya existentes en nuestro país, como las prisiones preventivas, el gatillo fácil y el fortalecimiento de las fuerzas de seguridad como parte del delito organizado.

En definitiva, los sectores menos afines al control público de lo privado y al control ciudadano de lo público, ahora vociferan. Más allá de la desconfianza prudente ante cualquier gobierno y del estado de alerta que nos debemos ante la violencia institucional –que en nuestro país tiene una larga historia–, el problema principal que hoy limita el desarrollo democrático en Argentina no es la cuarentena, seguramente debatible y discutible desde distintos puntos de vista, sino el autoritarismo que impone la lógica de la concentración de la riqueza. Los oligopolios en sectores sensibles como alimentos, medicamentos, energía, o grupos poderosos como Techint o Clarín-Telecom, imponen su poder de facto, tanto para desobedecer medidas de gobierno, como para presionar a éste en detrimento del bien común; el autoritarismo de los acreedores de una deuda ilegítima, que operan de manera descarada contra el país. Incluso el de una burocracia sindical rancia que acuerda con las patronales la rebaja de un 25% del salario de los trabajadores que deberían representar, o el Gobierno de la Ciudad que, desconociendo fallos judiciales, y requisitorias de organismos de control deja sin agua a una parte de la población (a los más pobres, claro). Es curioso que los más quejosos son los más silenciosos respecto del autoritarismo real y se conforman con estereotipos burdos o incuso con memes con la tapa del famoso libro de Orwell, hoy inservible para pensar las formas contemporáneas de dominación.

En ese sentido, es interesante contrastar el diagnóstico del admirable Edgar Morin que, a sus 99 años, sigue atento a lo que nos ocurre y, de algún modo, se concentra en los casos de Brasil, Estados Unidos e Inglaterra. Pero, podríamos agregar desde América Latina a Chile, Perú, Colombia, Ecuador y Bolivia, gobiernos profundamente autoritarios, con crímenes de Estado muy graves en su haber los cuatro primeros y un feroz golpe de Estado el quinto. En Venezuela, en cambio, gobierna una relación de fuerza entre los restos del chavismo, confundidos en ocasiones con autoritarismo pseudoiluminado, que mata en nombre de una revolución ya inexistente y la impotencia del golpismo oligárquico que representa la peor tradición autoritaria y hambreadora del país hermano: por el momento, parece no haber salida.     


La crisis sanitaria del Covid 19 y el riesgo de Estados neo-totalitarios

Edgar Morin*

Es evidente que una situación excepcional requiere medidas excepcionales y que una situación de emergencia requiere medidas de emergencia. Sin embargo, cabe preguntarse si el concepto de “estado de excepción” no rigidiza lo excepcional al implicar esencialmente la suspensión del derecho común, y si, en ese sentido, el estado de excepción no tiene un componente represivo ausente en el concepto de urgencia. De hecho, el poder político ha impuesto el confinamiento para frenar la propagación del contagio, pero esta medida (que podría haberse evitado o acortado si hubiéramos tenido un número adecuado de testeos, máscaras y posibilidades de hospitalización) no es concentracionaria y no puede sino ser provisoria. Del mismo modo, una imposición de máscaras, aunque sea generalizada, no puede ser vista como una medida totalitaria.

Sin embargo, la ley sobre el estado de emergencia sanitaria ha prescindido, en su mayor parte, de las consultas jurídicas y los debates parlamentarios. Las ordenanzas habían modificado el derecho penal restringiendo la publicidad de los procedimientos judiciales y ampliando la detención preventiva y el arresto domiciliario. ¿La prohibición de salir en confinamiento incluía la prisión en caso de reincidencia? ¿No dio lugar eso a varios abusos, el más grave de los cuales implicó a personas sin hogar, refugiados, agredidos en calles desiertas de testigos? Entre estos abusos, estaban las multas impuestas a las personas que salían para sus necesidades básicas. Finalmente, ¿la vigilancia de las salidas clandestinas requería drones?

Más allá de la actual epidemia, sólo se puede ser sensible al temor expresado por muchos abogados y expertos jurídicos de una contaminación legal duradera que vaya mucho más allá de la contaminación viral. Para situar el peligro, necesitamos proyectarnos río arriba y también río abajo, por muy incierto que esto sea.

Río arriba

La instancia “río arriba”, es decir, el pre-virus, si lo consideramos desde un punto de vista nacional, nos muestra que una ley de emergencia aprobada durante la guerra de Argelia en 1955 podría ser retomada como reacción a los ataques yihadistas en 2015, y luego actualizada fuera de cualquier contexto bélico, si no metafórico.

También hemos visto, en los dos años anteriores al virus, la revuelta de los jilets jaunes (chalecos amarillos) y luego la de la reforma de las pensiones y, como reacción, el empeoramiento de los métodos y medios utilizados contra los manifestantes.

También, en las últimas décadas, los avances en la tecnología de la información y el desarrollo de la inteligencia artificial, que posibilitan procesar enormes masas de datos, han creado condiciones que permiten a Gafa conocer todos los elementos de la vida personal de una persona, pero también permiten que los satélites desde muy arriba y los drones desde muy abajo vigilen todo el comportamiento de un individuo. Las condiciones para el control total del ser humano en sus pensamientos expresados –aún no los pensamientos secretos, aunque desde las neurociencias, se buscan los medios para leer los pensamientos no expresados–, en sus acciones, incluyendo el secreto y lo sacro de la privacidad, están ya instaladas.

Todo lo que se necesitaría es que las palabras y escritos controlados por la Gafa, a través de teléfonos inteligentes, ordenadores y tabletas se confiaran a los Estados, que a su vez pueden ejercer la vigilancia de los individuos mediante aviones no tripulados, satélites, vídeos y control facial en la vida cotidiana, de modo que a partir de ahora todo lo privado se vuelva transparente, al mismo tiempo que todo en el ámbito del poder se vuelve cada vez más opaco para los ciudadanos, limitando o eliminando todo control parlamentario o judicial.

China se ha convertido en «ejemplo» al integrar todos estos controles y vigilancia en su ya totalitario sistema. Había abierto una brecha en su totalitarismo del siglo XX al permitir que la ganancia capitalista se desatara en casa. Fue capaz de cerrar esta brecha introduciendo en ella los elementos de un totalitarismo propio del siglo XXI, basado en la electrónica y la informática, sin por ello, sin embargo, eliminar del viejo sistema la falsa denuncia, el chivo expiatorio, la delación, el uso de espías, los arrestos arbitrarios y la censura.

Aún más arriba, si consideramos la evolución del planeta en los últimos veinte años, hemos sufrido una crisis general de las democracias, desprovistas de la savia del pensamiento político, con la política a la zaga de la economía y la de la ideología neoliberal, que reduce al mínimo el Estado de bienestar y, al mismo tiempo, maximiza el estado policial.

Hemos visto el surgimiento y la consolidación, y luego la generalización en todos los continentes, incluida Europa, de los estados neo-autoritarios. También hemos visto extraños y preocupantes demagogos llegar al poder en países potencias.

Río abajo

Así que miremos río abajo, hacia el post-virus. Podemos temer una enorme crisis económica mundial y que ésta, como la de 1929, precipite la crisis de las democracias que se derrumban, y dé lugar a Estados neo-autoritarios, y que, más allá de eso, estos Estados neo-autoritarios se conviertan en Estados neo-totalitarios con todas las técnicas de control y vigilancia cada vez más disponibles y sofisticadas.

Este es el verdadero peligro y, obviamente, también concierne a nuestro país. En cualquier caso, sufrirá los efectos de una crisis económica mundial y, en cualquier caso, sufrirá disturbios políticos y sociales, tanto más cuanto que la epidemia habrá puesto de manifiesto una política económica defectuosa para el servicio de salud pública y las deficiencias del Estado.

El futuro del país podría verse amenazado por el desarrollo de la enorme corriente regresiva que ya se percibe en la mayor parte del mundo. Para frenar estos movimientos amenazadores, debemos abogar por una revisión y refundación del pensamiento político, la unión inmediata de todas las fuerzas democráticas dispersas y el fortalecimiento y progreso de todas las fuerzas de renovación que la crisis del coronavirus ha despertado.

* (París, 1921) Filósofo, sociólogo. Director de investigación emérito del CNRS (Centre national de la recherche scientifique). Habiéndose vinculado cuando estudiante al Frente Popular, se unió a la Resistencia como integrante del Partido Comunista Francés en 1941. En 1956 fundó la revista Argumentos. En la década del ’70, críticamente atento a las teorías bio-genéticas, informáticas y cibernéticas desarrolla una epistemología de la complejidad. En 1983 fue condecorado con la Legión de Honor y en 1994 obtuvo el Premio Internacional de Cataluña. Entre su prolífera obra se encuentran: El espíritu del tiempo (1962), Introducción a una política del hombre (1965), El paradigma perdido: la naturaleza del hombre (1971), Para salir del siglo XX (1981), Introducción al pensamiento complejo (1990), La inteligencia de la complejidad (1999), Breve historia de la barbarie en Occidente (2007), La Vía. Para el futuro de la humanidad (2015).

Publicado en Le club des juristes, 25/5/2020

https://www.leclubdesjuristes.com/blog-du-coronavirus/libres-propos/la-crise-sanitaire-du-covid-19-et-le-risque-detats-neo-totalitaires-par-edgar-morin/

Back To Top