La República sadiana en las calles

Episodio LXIII

Alejandra González*

Los ciudadanos de la república de Sade han tomado las calles. Se pronuncian, gritan, ahorcan imágenes de dirigentes opositores, claman por la libertad.  Son republicanos, es verdad. Pero de la extraña república soñada por un marqués que en pleno siglo XVIII –el de la revolución francesa, sí– planteó una utopía para esa época y algo que se corresponde con estas muchedumbres sin bozal de ninguna índole. Se trata de una comunidad de criminales, jerárquicamente situados en un espacio público regido por la obediencia. Respeto por un imperativo que vale por sí mismo, ley sin ningún objeto, que comanda acciones y elimina sentimientos. Estos ciudadanos son capaces de morir en el cumplimiento del mandato. Y la pretensión última de esta comunidad de asesinos, no solo es la negación del otro, sino finalmente su propia negación (¿negar el virus, contagiándose y contagiando? ¿Con barbijos puestos, quemar barbijos?). La negación de la negación. Una sociedad de verdugos que respetan con fervor el uniforme policial y que esgrimen los estandartes de una democracia homogénea comandada por el dólar, en la que no habría disensos pasionales. Es cierto que nuestros humildes conciudadanos terraplanistas y anticuarentenas, libertarios violentos y fascistas de todas clases, lejos están de tan virtuoso desapasionamiento.

No practican un fiel cumplimiento de la ley ligados por el respeto racional hacia la norma. Más bien parecen exacerbados en sus pasiones. Pero su reclamo, por la libertad de viajar a países donde no los dejarán entrar, o su desesperación por una vacuna obligatoria que los volvería zombies o “putos”, o por el encierro frente a un virus que no existe más que en la imaginación del afiebrado presidente actual (aunque la pandemia haya sido declarada como tal por la Organización Mundial de la Salud), deja pocos márgenes para la condición más o menos dialógica de la política tumultuosa. Pero no se trata de un fenómeno local. En todo el mundo un republicanismo que cuesta asociar al liberalismo clásico, nos reenvía necesariamente a la forma más oscura del siglo de las luces, que no resultó ser únicamente el totalitarismo del siglo XX, nazismo o estalinismo, ni tan siquiera el franquismo, sino este otro paradigma: el de las subjetividades modeladas por el neoliberalismo del que hablaba Foucault. No es una expresión política, sino más bien un modo de vida, decía, al explicar el nacimiento de la biopolítica. Tampoco estamos frente a un individualismo racionalista que negocia sus fracciones de representación en la Asamblea de los comunes. Como aquellos verdugos, nuestros vecinos no pertenecen a la sociedad argentina ni a ninguna otra, sino al mercado interplanetario regido por un capitalismo global. Y a él dirigen su movimiento para calar su sed en la quietud de un primer mundo al que aspiran, pero que también está en ruinas. Estas formas convulsas de aparición en el espacio público remiten más bien a la desaparición de las particularidades, el insaciable goce de romper todo vínculo político, o de otro modo, la incapacidad para construir debates argumentativos. Si el discurso es lazo social, acá no hay más que contradicciones de las narrativas conscientes, y pura pulsión itinerando sin rumbo por una ciudad/mercado que ya no los hace libres, sino consumidores de vacíos finamente empaquetados.       

Sade precisa con claridad en su manual pedagógico: se trata de una educación que hace de un mal bicho que disfruta jodiendo al prójimo un verdugo apático que arrasa con deseos, inclinaciones, pasiones. Solo quedará el automatismo de la sumisión hasta que todo nombre sea borrado. La libertad es, entonces, la de golpear otros cuerpos donde aún anida el deseo. Hasta extinguirlos aun cuando eso implique la propia muerte.  No hay nada del orden del placer en la república de criminales o en la comunidad de santos kantiana. Hay que dejar atrás la vida cotidiana de los encuentros y los afectos, solo se trata de Libertad con mayúscula. Libertad de unos seres descerebrados y ya sin cuerpo transitando por un mundo de mercancías fetichizadas.   

¡Un esfuerzo más y seréis republicanos!, arenga el Marqués. Tanta pulsión de muerte desatada en el centro de la escena política deja a los pobres neuróticos sin habla, encerrados en sus casas, esperando la vacuna, mientras buscan pasar la malaria que ya vino o acecha inminente. No se trata de oponerse en un cuerpo a cuerpo con estos ángeles caídos, porque no hay posibilidad de enfrentarlos con la fuerza de la argumentación, ni con el tiro de un fusil. Quizás como los zombies o los vampiros necesiten una bala de plata o algún artilugio que los traiga de nuevo a la multiplicidad de una vida donde las diferencias entre las singularidades no sean pasibles de ser registradas por el algoritmo de Google o Big Data, ni registradas por los uniformes canales de noticias.   

La inversión de la comunidad de santos kantiana, su perfecto calco negativo, es esta conjunción de alucinados que golpean las puertas de un castillo que nunca los admitirá. Sin embargo, estos pobres verdugos que no pueden ser apáticos, sirven a los intereses de quienes sí disfrutan de los placeres de la buena mesa. Esos, sus ídolos, son los que esperan jubilosos que desaparezcan cuando hayan cumplido su misión. En pleno colapso de lo simbólico, que permite diferenciar la dimensión de lo real respecto de lo imaginario, los sustantivos con mayúscula llenan las bocas violentas en un paroxismo. Las palabras se han vuelto cosas. Pero no se trata de odio sino de puro dolor. No hay lugar para ellos en el país imaginado. Porque su ética no se trata más que de una topología binaria: lo bueno es lo mío, lo malo es el Otro. Lógicas del yo y del no yo, y de su exclusión mutua. Frente a una república de autómatas ciegos seguidores de una ética vacía, abogamos por una política de la negociación instantánea, tumultuosa, provisoria que culmina en un asado hecho con el parquet de una casa que nunca tendremos. El futuro de la república de los puros es muerte. Preferimos la fiesta siempre polifónica y equívoca de una democracia cachivache.

* Doctora en Filosofía, Coordinadora de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas (UNDAV), dicente en la Universidad Nacional de Avellaneda. Coutora de Globalización. La frontera de lo político (1997), coeditora de Meditaciones sobre el dolor (Autonomía en Red Editorial, 2019) y de Meditaciones sobre la tierra (Autonomía en Red Editorial, 2020). Escribió el epílogo del libro Nota sobre la supresión general de los partidos políticos (Simone Weil, 90 Intervenciones, Red Editorial, 2018).