Las tumbas abiertas de Argentina

Ariel Pennisi

Episodio LVI

“… como la guerra es lo único que produce gloria en Sudamérica, el objeto de tal gloria es amontonar ruinas, ruinas gloriosas, ruinas monumentales, pero ruinas. Los huesos humanos son el adorno ilustre de esos territorios yermos.”

Juan Bautista Alberdi (1870)

 

1.

Tierra de los padres (2011), de Nicolás Prividera, es un documental, una instalación y un audiovisual pedagógico de historia argentina. ¿Qué pasa si se monta un set de filmación en un cementerio y se convocan lectores y lectoras con disposición a leer en voz alta citas de textos, proclamas, discursos y hasta una marcha, que alguna vez fueron producidos por quienes, muertos, ya no mueren, sino que insisten como tormento sobre una consciencia nacional (si tal cosa fuera posible), justamente, desde las fosas vueltas monumento de ese mismo cementerio? El Cementerio de Recoleta, construido en 1822 a instancias del brigadier general Martín Rodríguez, quien respondía al entonces Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Bernardino Rivadavia, fue pensado de entrada como formato de eternización de gobernantes, agentes de un Estado que era imaginado como glorioso punto de partida de una civilización vigorosa. Pero el país que surgió del largo y tedioso proceso posterior no resultó especialmente vigoroso, sino frágil. La podredumbre de los cuerpos es apenas disimulada por la monumentalización de los nombres, los cargos, las posiciones sociales, incluso el beneplácito popular de unos pocos ahí sepultados.

El cementerio de próceres fue la imagen de un Estado que, en realidad, requirió para nacer que un territorio entero se volviera cementerio. Eso que David Viñas llamó “proyecto conquistador burgués” –tal vez una definición más precisa que la de “bando unitario”– se erigió sobre la convicción del aniquilamiento de toda vida que se opusiera a su avance, de cualquier insolencia que desafiara sus jerarquías. Ese “proyecto” no sólo reprodujo internamente la voluntad de conquista que había sido antes desplegada por los godos, sino que inventó una clase para desclasar al resto, fue ofensivo en el doble sentido del ataque y la ofensa. Algunos de los fragmentos seleccionados y leídos en Tierra de los padres, dejan ver de manera cabal cómo los “propaganditas de la civilización por todo oficio y estado”, esos liberales que, según Alberdi, solo gozan con “el monopolio del gobierno”, explicitaron con tinta el texto real de su historia, escrito con sangre. Antes de no ahorrarse “sangre de gaucho”, no se ahorraron discursos de dominador.

Suenan en esos pasillos inconducentes las voces de los conquistadores internos, dueños de un ejército puertas adentro, y hacen oír los lectores a los pocos portavoces de quienes nunca tuvieron ni tendrán muertos el espacio que no se les concedió en vida. Se hace el perplejo José Hernández ante la escuela de sangre de Sarmiento, la escuela antes de la escuela, sus discursos y cartas y algunos de sus libros, como seña de una pedagogía de la crueldad dedicada a los indóciles a los tenidos por irrecuperables, los que ni para abono debían ser considerados, ni para alumnos. Son elocuentes los reproches de Alberdi, el liberal que no fue, ya que los liberales que sí fueron… fueron, en realidad, oligarcas. Fueron los responsables de una violencia que ningún simple bandolerismo podría equiparar, su fanatismo hizo coincidir su ideología supremacista con sus intereses más burdos, entre el amor al poder y el acaparamiento de tierras y bienes. La acumulación originaria del capitalismo argentino tuvo en esos discursos, estrategias militares y construcción política su base de sustentación. No escondieron su brutalidad y desprecio por el resto; muy cultos (a diferencia de los garcas de hoy) lo expresaron con destreza. La saña se lee espejada también en las contestaciones, una vez más leídas en algunos tramos del documental, unas veces asombradas, otras asustadas, pero casi siempre tendientes a morigerar los posibles efectos terribles de esos escupitajos civilizatorios.

¿En qué momento lograron instalar que los violentos eran los de abajo, los laburantes, los pueblos indígenas, los tenaces en sus ideas políticas? Lo hicieron, en realidad, casi siempre. Como es lógico, en un país cuyo ejército se dedicó a una supuesta conquista interna y luego a la represión ordenadora, cuando no directamente asesina, la figura es casi inalterablemente la del “enemigo interior”. Por eso, es éste un momento interesante para ver o volver a ver Tierra de los padres. Por razones ajenas a las medidas e intenciones de un gobierno que, en principio, debería resultar adverso a los intereses de los herederos de esas oligarquías, por mor de una pandemia que colectiviza a la fuerza condiciones (de malestar, de solidaridad, de incertidumbre), se inquietan y se violentan. Cuentan con los esbirros de siempre, caricaturas de una fauna antipopular dispuesta al ridículo televisado o beneficiaria de la impunidad de las redes sociales. Propietarios de grandes medios y decisores sobre capitales con potencial desestabilizador, vuelven a encontrarse en la situación de tener que legitimar su violencia, aunque ya no lo puedan hacer en nombre de la grandeza de la nación, sino que esta vez apelan a consignas débiles sobre la propiedad privada, la libertad individual… derrapando, incluso, en la defensa de empresarios delincuenciales (Vicentín) o jueces impresentables.

Al mismo tiempo, mientras éstas líneas intentan no arruinar la potencia de esta gran pieza del documental argentino, se confirma que la desaparición forzada de Facundo Astudillo Castro, se siguió, efectivamente, con su muerte. La principal sospechosa es, una vez más, la policía bonaerense. Y, una vez más, el Estado nos desasna sobre las continuidades que expresa, ya no a nivel de las elites, sino de un modo más capilar: la policía y las fuerzas de seguridad en general, cosechan víctimas de juventud, piel oscura, condición socioeconómica frágil, unas veces indiada, otras habitantes de barriadas populares, sin preguntarse quién gobierna. ¿De qué manera se conecta esa trama textual expuesta por el documental con estos dos niveles de violencia elitaria y estatal?

 

 

2.

La costura de La tierra de los padres puede seguirse entre el argumento (en este caso, y seguramente algo apresurado, el propio argumento recién insinuado) y recortes con consistencia propia, a modo de constelación que la, ahora, instalación hace posible.

Esculpido en una tumba vertical, sobresale el relieve de David Alleno, según reza la placa, “Cuidador en este cementerio del 1881 al 1910”. Su fallecimiento coincide con el año del primer Centenario, expresión de la fachada que la oligarquía buscaba construir, como siempre, a costa de seguir alimentando cementerios, seguramente más modestos que éste, en el que se permitieron hacerle un lugarcito a los restos de quien experimentó desde una posición muy singular, clarividencia forzada, la relación entre trabajo y muerte.

Entre lectura y lectura, la cámara se detiene en los cuidadores y algunos trabajadores que se encargan con refacciones del mantenimiento. Caminan cansinos, aparecen por sorpresa, lidian con muertos no elegidos, entran y salen de las tumbas de rutina… ¡Qué rutina la muerte! Son figuras entre la desafección y la mirada última, esa sí, afectiva. Tal vez, lo que nos distingue de ellos es solo la ilusión de mantenernos a distancia de la muerte por el simple hecho de experimentarla aun como algo excepcional, dramático y, a veces, hasta espectacular. Y, sin embargo, no hay historia que no sea también una historia de la muerte, de las formas de morir, de las razones de muertes específicas e incluso de la muerte como razón última en algunos pasajes límite.    

Frente a la tumba de Eva Duarte, tres momentos se componen sin sucederse en la secuencia propuesta, más bien aparecen escandidos entre el resto de las intervenciones.

En un primer momento, el peronismo como sentimiento: se ve un grupo de unas seis personas cantando la marcha peronista, entre el luto y cierto resto de festividad. El más vivaz es un señor de aproximadamente sesenta y cinco, con una especie de boina de paño estilo italiana y anteojos marrones, que entona la marcha lo más afinado que las hermosas ventanas de su dentadura le permiten. Austero, digno, emitiendo la música que, siente, es capaz de cobijarlo.

Segundo momento, el peronismo como pedagogía: un contingente de escolares escucha a la maestra que, junto a una empleada del cementerio, informan sobre la importancia del personaje y las fechas de su ciclo vital. La escena deja ver el desgaste de la escuela y el poco entusiasmo de quienes enseñan, a pesar de esos rostros curiosos a los que todo ahí les resulta lejano.

Tercer momento, el peronismo como venganza amorosa de clase: “… no he podido vencer todavía el resentimiento con la oligarquía que nos explotó ni quiero vencerlo, no entiendo los términos medios ni las cosas equilibradas, solo reconozco dos palabras como hijas predilectas de mi corazón: el odio y el amor. Nunca sé cuándo odio ni cuando estoy amando, y en este encuentro confuso del odio y del amor frente a la oligarquía no he podido encontrar el equilibrio que me reconcilie con las fuerzas que sirvieron antaño entre nosotros a la raza maldita de los explotadores. ¡Quiero rebelar a los pueblos, quiero incendiarlos con el fuego de mi corazón!, quiero decirles la verdad que una humilde mujer del pueblo aprendió en el mundo de los que mandan: solamente los fanáticos, que son idealistas y son sectarios no se entregan; los fríos, los indiferentes, no pueden servir al pueblo; para servir al pueblo, hay que estar dispuesto a todo, incluso a morir.” (recorte nuestro sobre la lectura de un pasaje de Mi mensaje)

Tal vez sólo un cementerio puede hacer convivir sin apariencia de conflicto irreductible la memoria de la carta del General Juan José Valle a su fusilador Pedro Eugenio Aramburu, antes de que se continuara el golpe asesino del 55 bajo la forma de ejecuciones ejemplares; con un guion anónimo del ajusticiamiento montonero a un ex dictador golpista ya sin armas de ningún tipo, un 1° de junio de 1970. ¿Será la paz de los cementerios? Sin embargo, la carta de Valle aun conmueve y aquel debut de Montoneros sigue azuzando discusiones interminables. Sus tumbas inconmovibles conviven del único modo posible para actores de una historia que fue pensada como cementerio desde un comienzo.        

La cámara, entre planos para coleccionar, no se ahorra imágenes de la ciudad que bordea las tumbas, algunos departamentos de menor lujo y valía, otros opulentos como la zona manda, los vivos que se miden con los muertos. Los edificios que le miran el culo al cementerio parecen manchados por su caca gris, y grises se quedan, como vivos petrificados, como muertos no avisados. Un edificio más moderno pretende zafar con sus vidrios oscuros, pero no zafa, solo espeja. La ciudad paneada no parece hacerse eco del escarmiento, ni de las proezas, finalmente efímeras, ni siquiera de los descendientes que nos gobiernan con sus tropelías, apellidos que guardan en esas tumbas toda la miseria de la que fuimos capaces. Sostienen su legado los Bullrich, los Arrieta, los Azcuánaga, los Anchorena, los Gómez de Álzaga, los Zuberbühler, los Blanco Villegas, los Etchevehere, los Peña Braun, los Larreta, de hoy, entre tantos otros de ese mapa genealógico, apellidos que alimentaron cuanto golpe pudieron, defraudaron a las cuentas públicas y conspiraron de todos los modos posibles contra cualquier cosa que se pareciera al bien común…

Quienes actúan las citas, lectoras y lectores que se hacen cargo con aplomo de las citas escogidas parecen buscar una comodidad imposible. Se posan delante o al lado de los mausoleos, algunos se apoyan, otros incluso se sientan, hay quienes encuentran una blandura inexplicable y hasta inquietante. ¿Cómo se pone el cuerpo en esta historia pensada, ejecutada y contada como cementerio? El único aspecto que permite identificarnos con lo que vemos ni siquiera es una identificación, tal vez se trate de una vibración común con esos cuerpos de quienes leen. ¿Cómo nos sostenemos frente a esas imágenes, frente a esas frases que se recortan del interminable acervo de escritos y pronunciamientos mezclados con el polvo de hueso bajo tierra, apenas escondido por esa presuntuosa y, a la vez, decadente arquitectura?

De las imágenes de archivo de la represión callejera, los bombardeos en la Plaza, las detenciones ilegales… al Río de la Plata que dio nombre a nuestro lugar y lugar a nuestros desaparecidos por el terrorismo de Estado. Entre una secuencia y la otra, el cementerio de la historia.