Maradona o del flujo incapturable

Episodio CIII

Adrián Cangi

Hay géneros de vida. Uno de ellos se expresa como pura pérdida. Es la imagen del flujo incapturable que nunca para. Esos instantes en movimiento, que pasan, que fluyen, nunca se viven como “buenos” momentos, como un presente que se deja saborear, pero aunque inestable dura al menos un poco. Todos estamos dentro del deseo, Maradona también. Encarnó la potencia de un deseo, aunque lo hizo forzado como un Dios entre mortales, empujado como devorador entre los ricachones y como un cuerpo menesteroso entre la corte de los milagros. Su cuerpo al fin se volvió insaciable. Dice para sí y para el mundo, como una declaración del excedente, que si “no me hubiera drogado ¡no saben el jugador que hubiera sido!” Drogarse no es un duende malicioso de las vidas alegres, se parece aún más a un ogro intratable en la vida como en el juego. Goce y sufrimiento se confunden en el álgebra de la necesidad como indiscernibles. El cuerpo-droga nos muestra la fuerza ejemplar de un deseo. No hay dialéctica ninguna allí, no hay descenso y tampoco pendiente. El deseo es insaciable, se parece a un tirano que desconoce la medida y esquiva el límite, se expresa como una materia fluida y como una continuidad de surgimiento. El cuerpo es un abismo sin fondo. Las células sedientas no buscan solo un “quitapenas”, sino el sosiego del dolor de vivir. ¡El dolor de encarnar un Dios vivo! ¿Qué otra gloria y dolor conjunto puede pedirse a un mortal? Pero si se reclama sosiego para el deseo, es porque hay voluptuosidad instantánea y sin condiciones. Voluptuosidad y anestesia acompañan el movimiento de una danza interminable en el juego de los elegidos, llamados desde antaño “los mejores”. Mote y nombre difícil de cargar, por su excedente y singularidad, que deparan el camino de una soledad extrema. Cada instante de una toma fotográfica, entre centenares de miles de fotografías, muestra un momento privilegiado en los bordes de lo inhumano en cada gesto de Maradona. La quintaescencia del movimiento del bailarín es la de exceder cualquier pose y cualquier truco. Pose y truco son para mortales sin magia. Pero el movimiento de Maradona es un gesto inventor que se deshace. Evanescente ademán tan singular como irrepetible, que al fin se inscribe reuniendo lo inconciliable: la heterogeneidad y la continuidad de un cuerpo que se arma y se desarma en el juego.

Aunque en la mayoría de las fotografías de juego, al de los pies alados se lo enfrenta a seis jugadores o la mitad de un equipo rival cuanto menos. Puede verse que las trayectorias de su cuerpo responden a momentos cualquiera, o momentos de un conjunto de miembros tan articulados como dispersos en direcciones incalculables. Como si dijéramos que se descompone en multiplicidad de direcciones simultáneas sin desarmar el vector de la contracción que el movimiento arrastra. Cada fotografía que ha girado el mundo entero, pretende ser un instante elegido de poses cuidadosamente seleccionadas que dejan una impresión de continuidad de juego vuelto una hazaña memorable. Vuelos, contorsiones, suspensiones, atajos, zigzagueos, encastres, instantes aéreos suspendidos, todos movimientos que pretenden una continuidad mientras su figura está siempre deshaciéndose en su trayecto. Culminaciones en saltos de gloria, gritos lanzados a la leonera y al cosmos sin distinción, enseñas de un paroxismo inevitable. Solo parece posible una palabra para evocar estos gestos: “terateia” o maravilla natural de una sobrenaturaleza que toca el suelo y camina en los aires. En el reino de las imágenes, el gran poeta cubano Lezama Lima opone “terateia” a la “unidad corpuscular” cerrada sobre sí. El cuerpo de Maradona es una singularización nebular del orden de una maravilla natural. Una sobrenaturaleza de aceleraciones, desaceleraciones, sedimentaciones, irradiaciones, trampas, chamuyos, gambetas, que hacen de su movimiento un enlace de una duración pura en un espacio liso.

Maradona es una boda contra natura que atraviesa los reinos del movimiento. Y lo es por una diferencia de naturaleza frente a cualquier movimiento esperable y por una variabilidad de intensidades que invoca una continuidad de surgimiento. Se dirá que su cuerpo se dispara en fugas y en flujos fuera de códigos esperables y de moldes perceptivos aceptables, que le valieron el nombre de “cometa cósmico”. Máscara bogavante que compone pinzando juegos como joyas y pases como bordados. Allí radica la continuidad de surgimiento propia de los magos que trabajan un latido íntimo y tónico, desde donde brota para el pueblo la miel que se derrama en alegrías del gran panal tierra-cielo. Pero el movimiento de Maradona es inusual, una singularidad tan difusa como incalculable, lo que escapa a cualquier inoperante metáfora que quiera darle nombre como a cualquier control analógico que quiera reducirlo a calculable. Maradona es un hiato en las lindes de la naturaleza, más líquido que sólido, más aéreo que terrestre. De capacidad mutante y de impulso intermedial, ejerce la teúrgia de los habitantes del umbral. El corsé del juego no lo ve moverse. Los grandes movimientos de Maradona no han podido ser registrados por ningún fotógrafo, porque su magia se movió entre las cosas. Muchos de los registros pasaron a la historia de los gestos como actualización de formas o poses trascendentes al servicio de una épica o de una tragedia. Pero lo que resulta más extraordinario en Maradona son los instantes cualquiera: esos que preparan velocidades y lentitudes incalculables de un salto cualitativo de la intensidad.

Las poses se han vuelto eternas o inmóviles. Sólo basta con mirar cualquier selección de imágenes fijas sobre Maradona. Pero se yerra una y otra vez en nombre de la épica y de la gloria, en nombre del genio o de la eminencia. Maradona es migración o variación continua inesperada de un tiempo propio del deseo. Pero también de un tiempo-droga, de un ritmo que toma otra cadencia, cuando la alternancia de períodos con droga y sin droga se hacen ingobernables, o bien cuando el placer se vuelve analgésico. El deseo del cuerpo-droga se rellena buscando la plenitud. Está llena la existencia, pero socava el cuerpo. Se empieza por descuido, se cae dentro, se tropieza, le confiesa Maradona a Pelé. Pero también se dice de un tormento: ser el elegido de una “droga celeste”. Una exigencia ha tomado forma insensiblemente, en la más pura contingencia. Y la curiosidad se vuelve sostén de la motivación. La onda relajante, casi rosa, permite fluir en la danza del juego. Es el período feliz de la euforia y de la vitalidad inagotable: el éxtasis portátil. Es la ambrosía de los moradores del Olimpo al que perteneció Maradona. Es la liberación de todas las imperfecciones y de una inagotable vitalidad. Pero este gesto encuentra su reverso, allí donde se esconde la trampa, la incomodidad banal de la vida y la inagotable periodicidad de la gloria. Los receptores se vuelven químicamente insaciables buscando la resistencia de una módica salud. Pero el brillo y la euforia son el miserable milagro de una humillación en la cuesta descendente. Aunque Maradona fue capaz de sostener la elegancia de la demolición. Y allí comprendemos que la necesidad es la verdad del goce y que la droga actúa como una ley.

Maradona retornaba cada vez de la muerte, de la ruina del cuerpo, de la oscuridad, de la distensión, de la euforia y del éxtasis, pero comprendía cada vez que la “pelota no se mancha”, aunque el apetito insaciable fijara para sí una organización monótona del tiempo, que desconoce progresivamente cualquier otro deseo. La droga cortocircuita el sexo. Crece el impulso de sociabilidad no sexual que procede del mismo lugar que el del sexo. Pero Maradona probó, incluso en su recuperación cubana, el derroche y el desenfreno de un eros tirano. Pero el deseo es cristiano y pagano simultáneamente, aunque cualquier deseo es temible porque pivota sobre una violencia de atracción y conquista. Y esa violencia indica que hay algo que no puede llenarse. Delicuescente y fluido, las sedes corporales de Maradona tocan lo inhumano. Pero todo bestiario tiene sus actos y sus performances. Un entrenamiento y un espectáculo como el fútbol son una performance inorgánica o perversa, todo lo contrario del placer, que al fin culmina en una empresa incomparable. Sus caras son la santidad o el atletismo, ambas son resultado de la excepcionalidad como actuación y presentificación. El cuerpo viviente que la atraviesa extrae excitación de estímulos inadecuados, incluso máximamente inadecuados que se han vuelto inorgánicos. Maradona mostró para la gloria de los pueblos que el cuerpo que busca la superación de sí mismo y de los propios límites, se transforma en una cosa que siente o en un Dios encarnado.


* Ensayista, editor y filósofo. Enseña en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad Nacional de La Plata y en la Universidad Nacional de Avellaneda, donde dirige la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas. Se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de San Pablo, Brasil. Es autor de Gilles Deleuze. Una filosofía de lo ilimitado en la naturaleza singular (2010, 2014); co-autor de Filosofía para perros perdidos. Variaciones sobre Max Stirner (junto a Ariel Pennisi, 2018), y compilador y autor de Linchamientos. La policía que llevamos dentro (junto a Ariel Pennisi, 2015), de Imágenes del pueblo (2015); Meditaciones sobre el dolor (junto a Alejandra González, 2019); Vitalismo. Contra la dictadura de la sucesión inevitable (en colaboración con Alejandro Miroli y Ezequiel Carranza, 2019) y Meditaciones sobre la tierra (junto a Alejandra González, 2020).

*Ilustra: Micaël