Marionetas de un dios salvaje. Entre pandemias de significación y síntomas de civilización

Episodio XV

“El virus SARS 2 es un salto de especie, tan ambiguo como inestable, y por eso parece ser de los más contagiosos que conocemos”. Esta es la declaración más precisa hasta hoy del discurso de la ciencia epidemiológica. En este discurso coinciden los científicos e investigadores de buena parte del mundo –del Instituto de Virología de Wuhan, del Robert Koch Institute del Ministerio Federal de Salud alemán, del Instituto Pasteur francés, del Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas italiano Lazzaro Spallanzani, del Instituto Nacional de Enfermedades virales argentino Carlos Malbrán y del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades infecciosas estadounidense. Ante la pandemia viral y de alto contagio del COVID19 sólo podemos recordar la frase más plagiada y menos citada del pensamiento: “el mundo comenzó sin el hombre y terminará si él”. Pero no podemos dejar de reconocer que ésta es una más de las pestes, plagas, epidemias y pandemias de la historia humana que se expandió de lo local a lo global en distintas escalas y con diversos niveles de contagio, como la Peste Antonina, la Plaga de Justiniano, la Epidemia de Viruela, las Pestes de los siglos XVI y XVIII, el Cólera, la Gripe española, la Fiebre amarilla, la Gripe rusa, VIH SIDA, la Gripe asiática, la Gripe de Hong Kong, el SARS 1, la Gripe porcina, y las más recientes hasta nuestros días como el MERS, Ébola y SARS 2. Acabará el mundo pero aún no todavía. Quien sabe, tal vez suceda en un futuro impreciso, que no admite ningún apocalipsis aventurado y menos la llegada de un tiempo mesiánico en la historia. Mientras tanto el “hombre” se siente vencedor en la saga de las pestes, plagas, epidemias y pandemias y, tal vez por ello, imagina de modo acelerado una nueva historia política para el planeta.

Leemos el peso de la “inestabilidad” y “ambigüedad” que produce el virus en el “sentido” de los discursos, en tanto que éstos parecen reproducir la tendencia a aferrarse a los modos descriptivos, analíticos y teóricos conocidos para abordar “el salto de especie” y la “velocidad de contagio”. Vemos en los compilados de artículos Las paradojas del coronavirus y Sopa de Wuhan, y en algunos textos de Lobo suelto y de la Revista Ignorantes, y en tantas otras tramas discursivas locales y mundiales, cómo se abordan de distintas formas la descripción de aquello que podría llamarse una “pandemia de significación” y un “síntoma teórico de la civilización”. “Bienvenidos a la crisis del neoliberalismo”, dicen las compilaciones de pensamiento contemporáneo. “Aventuremos ver caer el capitalismo aquí o allí”, pronuncian los intelectuales del planeta conocido. “Salvemos el pensamiento de Oriente frente a Occidente como una confrontación entre una férrea organización y un derecho de los individuos libres”, describen los filósofos globales. Todos los análisis sociales y políticos parecen guardar cierto desprecio ante la ausencia de novedad que la ciencia presenta frente “al salto de especie del virus”, como determinación natural de la pandemia en la complejidad social de cada territorio en particular. 

Hay discursos de la sospecha sobre la desinformación deliberada de la catástrofe china, algunos otros indican las posibilidades tácticas del mercado en una guerra global de intereses, aparecen los pragmáticos que se declaran serviles a los poderes técnicos del control según las diversas estructuras sociales históricas, irrumpen otros proclives a fábulas racistas o inmunológicas y aquellos otros pesimistas del fin del mundo. No parece ser tiempo de misticismo, fabulación, oración, profecía o maldición; sólo queda un hueco entre el estupor y el silencio para la descripción, el recuerdo y el poema. Todas las interpretaciones guardan a su modo  pretendidas buenas intenciones morales que florecen en el pensamiento bajo el nombre de una “nueva solidaridad” y de una aventurada “fraternidad” para el destino del planeta. Pero ante la imprevisión solo resurgen “épicas políticas” e “indeterminaciones del sentido” entre lo natural y lo social.

Mientras tanto habitamos la demora en el encierro colectivo llamado “preventivo” y nos disponemos de frente ante un tiempo que solo se conjuga para la cura en “potencial”. Pivotamos en el abismo de una “pompa de jabón” entre aquello impersonal que no conocemos suficientemente bien y las retóricas de gobierno sobre la relación entre enfermedad y guerra que han dejado huellas funestas en la historia. En el mejor de los casos somos marionetas de un teatro con cambios acelerados y sin precedentes para la historia “biogeofísica” de la especie. No se trata hoy sólo de lo que se ha dado en llamar “el clima de la historia”, sino mejor aún de lo que se denomina “la biología de la historia”. En ambos casos, “clima” y “biología” carecen de moral alguna, aunque nunca se expresen sin intencionalidad antropológica estos términos a la hora de pensar la historia bajo los efectos de un virus. Enfrentamos en “cuarentena preventiva” el no saber, ante aquello que se presenta bajo la máscara del poder de lo “invisible”, donde reconocemos “retóricas” sobre la guerra y percibimos “conjeturas” políticas que buscan su oportunidad. A nadie parece servirle la pandemia ni en términos de producción ni de salud, aunque emerjan diversas analíticas conspirativas propias de un pensamiento de la sospecha, que señala de distintos modos conceptuales, tipos de “planes” para detener el planeta o cambiar su geopolítica. ¿Qué decir? ¡Nada aún! Lo que está en juego es el “tipo” de lazo social de la especie, sus modos de vida y las formas de producción derivadas entre “arte”, “técnica” y “comunidad”. Entre tanto nos gobierna de modo global el “terror” que articula lo “invisible”, aunque de diversas formas, porque el arte de la política se presenta dramatizado entre los defensores de la “vida” o de la “economía”, con “retóricas” muy conocidas sobre la enfermedad y la guerra, que buscan su oportunidad mientras el miedo se inocula en los cuerpos singulares como un dios salvaje.

Constatamos un hecho vital, igualmente simple que otros que ya experimentamos, y por igual desconocido, por eso llamado “invisible” e “impredecible”. Sabemos que se requiere de un arte especial para interpretar una causa desconocida y no asociarla con retóricas conocidas como las de la “guerra”, aunque sepamos del alto nivel de contagio de la familia del virus, porque la humanidad enfrenta los hechos con la experimentación de los casos y con teorías globales que la mayoría de las veces no dan cuenta de la física de los cuerpos. Parece que estamos dispuestos en un laboratorio inmunológico planetario bajo “juegos de guerra” en la búsqueda de una “inmunidad común”, entre los trazos descriptivos y analíticos de los filósofos francés e italiano, Michel Foucault y Roberto Espósito, describiendo un mundo “biopolítico” bajo “biofilosofías de la inmunidad”. Aunque cada día no resulta posible ignorar el impacto que la contabilidad de muertos produce en los partes informativos de los Estados, y que se acerca más a un teatro “necropolítico”, en el que actores internacionales líderes de Naciones democráticas deciden quién debe morir y quien debe vivir atendiendo a criterios económicos públicos y privados aunque igual empresariales, como lo imagina el filósofo camerunés Achille Mbembe. 

Sólo algunos conceptos complejos parecen sobrevivir el estado de cosas que vivimos como si se tratara del origen de un acontecimiento inmunológico para lo humano, sin causas conocidas y a la deriva en el camino del relato de una fe en la ciencia conocida. Aceptamos en nombre de la “humanidad” convertir a cada cuerpo en la “única vacuna” que sostiene a la comunidad por “aislamiento social”. Estamos dispuestos hoy, ante una fuerza impersonal biológica llamada “bomba biológica”, equivalente a una fuerza geológica. Pero mientras que ninguna fuerza geológica detuvo al planeta todavía, la dimensión activa del virus y su contagio en la era de la circunvalación global ya lo hizo. Por fin llegó la “catástrofe inmunológica” tantas veces anunciada, que nos pone definitivamente a distancia para protegernos en una atmósfera patógena y que formula sin cesar la pregunta urgente por el tipo de cooperación común que podremos llevar adelante.

Con derecho emocional y fragilidad psíquica, ciudadanos del mundo entero enfrentan una “epidemia del sentido”, mientras sienten en sus cuerpos diversos modos del “arresto domiciliario” por un aislamiento compulsivo aunque “preventivo” y por una “suspensión” de los hábitos en nombre de la “vida” pero bajo la fuerza policial o militar de la ley. Algunos están más preparados que otros para este plan forzado de acuerdo a una modalidad sensorial y productiva, a un “trabajo del espíritu” o a una “resistencia ante el aburrimiento”. Es cierto que éste no es sólo un problema de personas sino de poblaciones, hay regiones y países más preparados que otros. La diferencia de clases no define al virus pero sí determina tanto el modo para transitar la espera y las lógicas de protección según niveles de exposición productivos, como también distingue la forma de los recursos disponibles para la duración del aislamiento y los hábitos espaciales para los rituales en juego. Las naciones se medirán por el desarrollo previsor de sus Estados para socorrer al mayor número. En el presente enfrentamos un desequilibrio social y psíquico por una práctica extrema del desarrollo del confinamiento a la intimidad que disuelve la fiesta del contacto colectivo, según experiencias adquiridas de diversa índole para la soledad y capacidades de composición afectiva bajo presión. Las respuestas de la humanidad frente a epidemias y pandemias del pasado han sido diversas pero ninguna escapó del trauma emocional con huellas duraderas. Hasta aquí sólo sabemos que los pueblos que resistieron el embate desplegaron la expresión e indagaron en los traumas, hasta poder distinguir “plaga” como un nombre bíblico de “peste” como metáfora de la epidemia, pero aún no imaginamos que sucederá en la trama afectiva y cognitiva al detener la movilidad global.

Quién puede olvidar mucho antes de la idea de “pandemia”, si aún importan las bibliotecas, a los maestros del trauma de la civilización como Bocaccio sintiendo y expresando la llamada “peste negra”, a Defoe imaginando la “peste londinense” o a Manzoni recorriendo la “peste milanesa”; quién puede desconocer la precisión de algunas páginas de Artaud para concebir el “cuerpo bajo la peste”, de Camus para describir el “estado de guerra de la peste” o de Sontag para historiar “la enfermedad y las retóricas de la peste”. En estas plumas insiste la idea de que los pueblos se viven desde “el cuerpo sensible” y que reciben la “visita inesperada” de las pestes con distintas palabras disponibles para abordarlas y con distintos rituales para conjurarlas. Las pestes ya no tienen el rostro de Gorgo, sino uno más aterrador por invisible, porque llegan desde la circunvalación global, como antaño lo hicieron de mano de los soldados, colonizadores o invasores, y en el presente encarnan bajo la forma del movimiento incesante de la producción y del consumo de turistas globales en el capitalismo mundial integrado. Ya no enfrentamos “el mal”, “la maldición” o “el castigo ejemplar”, pero volvemos a revivir la idea de “invasores externos”, “infiltrados” o “saboteadores” en el discurso de buena parte de los gobiernos del planeta. Las plagas, las pestes o las pandemias no fueron imaginadas a la medida del “hombre” ni de la “especie”; se las “sueña” o “delira” como un fantasma irreal o como un mal sueño, pero descubrimos que la “especie” es tal vez el mal sueño que busca interpretar lo real en un vacío del sentido, como una “pandemia de significación” y como un “síntoma de la civilización”. Entonces, la pregunta es cómo continuar la trama de cada día en el vínculo afectivo, emocional y productivo con vistas a pensar lo común sin signos “épicos” o “agoreros” que esperan una vez más de un “salvador-héroe” de la civilización.

El discurso epidemiológico nació, tal como lo conocemos, entre los siglos XVII y XIX en el fragor de una lucha contra la infección de viruela, gripe y cólera. Sabemos desde el dispositivo de narración médica que la identidad zoológica de un organismo “fuerte” se sostiene en la “identidad inmunitaria” y por ello exige una demarcación frente a los llamados “invasores repelentes” o “agentes subversivos”. Conocemos bien la matriz ideológica de este léxico porque lo experimentamos en “estado de excepción” y en cada “avance colonial” en el planeta. El discurso epidemiológico no abandonó nunca esta lógica retórica que contribuye al miedo fóbico del “otro”, del “extraño”, del “diferente”, siempre homologados sin más a las “hordas de microbios”. La producción de lo común hoy depende sin duda de poder pensar las relaciones más allá del cambio retórico decisivo que confunde la producción de “anticuerpos”, como función de la reacción inmunológica de un organismo, con una tarea táctico-militar, destinada a una guerra declarada a los invasores externos, y por la cual parece necesario “aislarse”, “defenderse” y “combatirlos”. 

Esta secuencia narrativa de la medicina inmunológica, que hoy asesora a los gobiernos del planeta, siempre ha pensado el tratamiento de las células del cuerpo del mismo modo que se vincula con lo común-social. Sus discursos enfrentan a “enemigos”, en “contraofensivas” y en “la tarea de eliminación física”. De las células y tejidos del organismo al campo de las relaciones sociales de producción cooperativa vemos aflorar aquel discurso higienista en la voz de nuestros gobernantes: “primera línea de defensa”, “fuerzas en continuo patrullaje”, “escuadras de contención”, “logística de recolección de cadáveres”, “hospitales de campaña” y “líneas de entierros preventivos a falta de rituales y ceremonias funerarias”. Los gobiernos ejercen el “terror” con “la contabilidad de los muertos”, asesorados por un discurso de la integridad inmunológica, hasta que los cuerpos hayan vencido “la guerra de purificación salvífica”.

Valoramos a médicos y enfermeras como a cada persona que ejerce un trabajo social con su cuerpo, que hoy la administración táctica de los gobiernos llaman “prioritarios” o “esenciales”. Pero dudamos de esta visión centrada en una “ciencia militar” dedicada al control de las poblaciones. Ciencia, en este caso, habituada a oscuras metáforas bajo una compulsión militar desde su génesis, que se presenta como una nueva fe o una nueva religión contemporánea. Ciencia que avanza en la duda ante el “virus impersonal” mientras ejerce la verdad del “encierro antropológico” como única salida en el arte del gobierno social. “Épicas”, “héroes” y “víctimas” son las palabras dominantes de esta guerra contra lo “invisible”, propias de una nueva cruzada mundial con “curvas” y “contabilidades” de curados y cadáveres, con las que se “diseña” y “modula” el miedo de los cuerpos desde el terror de los gobiernos. 

Tal vez descubramos, como en otras pandemias que asolaron al planeta, que al final de la historia de este “cuento de terror” bajo la forma de un “dios salvaje”, los muertos por COVID19 sean menos que los imaginados y que el resto nunca deseado, han muerto por precarias condiciones de vida, de un sistema social desigual con recursos limitados y por la escasez preventiva de fondos de los Estados burgueses destinados a la investigación e invención en salud. Ojalá podamos a corto plazo decir que la invención de una cura es inmanente a la pandemia y que tendremos tiempo para macerar la transformación de los modos de vida en común. Esperamos no haber sido dóciles mientras tanto para que la vigilancia social y la evaluación digital, como fabricación del “teletrabajo” y de la “geolocalización” completa de la vida, sean el resultado cognitivo de este nuevo salto “técnico abstracto de la especie”, que al fin se corresponde con “el salto de especie del virus”, de modo tal de habernos habituado por compulsión para salvarnos, a que el “estado de excepción” se presente como “normal”.

No encuentro mejores palabras para este tiempo que las del poeta peruano César Vallejo en Poemas humanos (1939)

Hoy me gusta la vida mucho menos,

pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.

Casi toqué la parte de mi todo y me contuve

con un tiro en la lengua detrás de mi palabra

(…)

Me gusta la vida enormemente

Pero, desde luego,

Con mi muerte querida y mi café

(…)

Me gustaría vivir siempre, así fuese de barriga,

porque, como iba diciendo y lo repito,

¡tanta vida y jamás!¡Y tantos años,

y siempre, mucho siempre, siempre, siempre!

* Ensayista. Doctor en Filosofía y Letras (Universidade de São Paulo). Enseña en la Universidad de Buenos Aires, en la Universidad Nacional de La Plata y en la Universidad Nacional de Avellaneda, donde dirige la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas. Es autor de Gilles Deleuze. Una filosofía de lo ilimitado en la naturaleza singular (Quadrata-Biblioteca Nacional, Red Editorial 2010, 2014); co-autor de Filosofía para perros perdidos. Variaciones sobre Max Stirner (junto a Ariel Pennisi, Autonomía, Red Editorial, 2018) y compilador de Linchamientos. La policía que llevamos dentro (junto a Ariel Pennisi, Autonomía-Pie de los Hechos, Red Editorial, 2014); Imágenes del pueblo (Autonomía, Red Editorial, 2015); Meditaciones sobre el dolor (junto a Alejandra González, Autonomía, Red Editorial, 2019); Vitalismo. Contra la dictadura de la sucesión inevitable (en colaboración con Alejandro Miroli y Ezequiel Carranza, Ediciones del Signo, 2019).

Ilustración: Sergio Lánger


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