Mi aparatosa proposición (Notas sobre Swift en la efeméride carapintada)

Episodio XIV

Frigorífico Swift (primer apunte)

En 1729, durante una hambruna cuyo fantasma recorría Europa, Jonathan Swift propuso que, para mitigar sus consecuencias, los ricos podían comerse a los niños de los pobres. De esta manera, entre otros ahorros, los ricos tendrían la comida que les faltaba y los pobres menos bocas para alimentar. Es abrumador pensar en la vigencia formal de la sátira de Swift. Logros obtenidos en un género esquivo, condenado por Deleuze por su trasfondo moral, en sus clases sobre Spinoza. En Una modesta proposición, Swift funda la versión contemporánea del género y, a la vez, señala que toda intervención política es un problema formal. Porque el problema, tal como Swift lo encara, no es tanto lo que un género por sí mismo puede potenciar (lo comunicable, un mensaje previo al texto), sino el impacto que se puede crear a pesar de él, lo que el género puede expandir más allá de sí, lo que el género puede, en definitiva, degenerándose. Los logros de Swift, análogos a los de Burroughs, otro satirista mayor –tan admirado por Deleuze–, consisten en transformar el género satírico en soporte de una intervención política y a la risa en un portal, no hacia una verdad predeterminada, sino hacia la revelación de un estado de cosas interpelante e interpelado. Basta releer Una modesta proposición para constatar que la crítica de Deleuze solo puede estar dirigida a la sátira barroca, género que alcanzó su estatus canónico en la misma época en la que escribió Spinoza. Pero Swift es otra cosa.

Salto de rana. Uno.

Hoy se cumple un nuevo aniversario del levantamiento carapintada de Semana Santa. Mientras tanto, el fantasma milico, pura imagen, se vuelve noticia. Las cocinas de campaña suplantan a las ollas populares, la foto se parece a la que antes se sacaba en los comedores: el cucharon, el plato, el foco en leve contrapicado, el pibe que espera… Pero es un milico el que sirve. Los reclutas de los héroes de Malvinas tienen la cara sonriente, el presidente les agradece con una expresión sentida. Reconciliación con dos facetas, una risible y otra seria, pedido de participación en opuestos complementarios. “Plan Eduardo Feimanm”, invitación a la sátira del tipo y las costumbres, manual del pequeño facho argento: estado de sitio, milicos dueños de la calle, impunidad legal. La seria, por el contrario, viene en plan agradecimiento y deuda: subordinación de las fuerzas armadas a la institucionalidad y de la institucionalidad a sus modelos más clásicos y conservadores, moral pre-escrita, letra repetida de lo bueno. El mecanismo se vuelve circular: lo malo, lo risible, vuelve serio y bueno a lo otro, racional, lógico. Ying y yang para que lo dado pueda monopolizar a lo posible. Razonable la cuestión. Pero en la memoria, carapintada mata razón y el recuerdo deviene manual de historia, material de sátira: la trucha de Rico, las boinas blancas, ¡la casa está en orden! ¿Cómo recuperar un análisis que no se convierta en mito o en relato? 

Las efemérides arrastran la historicidad llevándosela por afuera del tiempo de la experiencia hacia la zona de la anécdota, la denuncia o la descripción. La vitalidad de la historia, tanto como la del presente, se trenzan en una encrucijada estilística. ¿No sería necesario repensar un modo de narrar la memoria que reinstale en el ahora el peligro de entonces, que nos vuelva a poner en condiciones de emergencia porque si entonces era cuestión de vida o muerte, ahora lo sigue siendo? Dirimir la cuestión carapintada, pensar su dinámica, es tan urgente entonces como ahora. Pienso: no fue un solo levantamiento, fueron varios. Rico dos veces, Seineldín después, y después nombres que ya ni recuerdo, ¿Barreiro?, ¿Abete? No quiero ir a Wikipedia. Pensar con la panza es también pensar desde la evidencia del olvido, en la sintomatología del recuerdo. Rico, del liderazgo militar a la caricatura del político corrupto. El tipo que pesó un millón de dolores, 10 kilos. Rico y la lata de sardinas afines del menemismo, un tanque arrollando a un bondi, en Boulogne creo recordar, un 60, al principio del menemismo. Entre un recuerdo y otro, a medida que lo carapintada se iba transformado en material risible, por detrás se iba formateando el Ejército serio. Instauración que incluye, pero excede a los carapintadas, y que terminó mucho después de la claudicación alfonsinista, donde no hubo enfrentamiento armado cruento, sino ley de obediencia debida y punto final, en un progresivo escenario de construcción de opuestos complementarios, de Ejército malo y Ejército bueno. Plan en el que fracasa la teatralidad principista radical y triunfa el mutante pragmatismo menemista con indultos, pases, negocios y sangre y fuego.

La revolución productiva cayó tan rápido como el aura nacionalista de Seineldin. La solución final fue en base a relaciones carnales y nueva estrategia mediática: la trasferencia de la figura carapintada a la vida civil política (Rico, en definitiva, se había convertido desde Semana Santa en un mediático, una especie de figura pop de la repre. No era muy distinto a Palito Ortega y un plan de negocios a mediano y largo plazo para los que se quedaban en el club. Visibilidad estratégica para unos, invisibilidad táctica para otros. Y para los que seguían soñando insubordinación y valor, palo y a la bolsa. Mientras los carapintadas se mudaban a las intendencias y los servicios secretos, los golpistas residuales fueron gradualmente cercados y finalmente reducidos por el propio Ejército. Nada de Monte Caseros, acá nomas, en el Regimiento Patricios, en Palermo. Quince muertos, cinco de ellos civiles, y más de cien heridos para comenzar la construcción de un Ejército subordinado a las leyes de la democracia. Los buenos: tráfico de armas, explosión de la fábrica de Rio Tercero. De la visibilidad máxima, los buenos y los malos bailando en un combate cerca de la Sociedad Rural, mientras el General Alais sigue llegando, al proceso de invisibilización nacional de las fuerzas armadas que continuaría con la eliminación del servicio militar obligatorio luego de la muerte del soldado Carrasco y terminaría presentando como hechos aislados venderle armas a un Ecuador en guerra con Perú, y hacer volar casi toda una ciudad. 

¿Historia vieja o historia nueva? ¿Qué forma de relato puede abandonar la causalidad del pasado para reenviar sus urgencias a las conjeturas del futuro, sin repeticiones, sin regresos? Posibilidad, necesidad, todo empezó antes del virus. Aun invisibles, los milicos se volvieron factor de la ecuación, Bolsonaro y su Brasil 70, el golpe en Bolivia ahí nomás del triunfo en las elecciones de Evo Morales, la amenaza fantasma y el virus que vino a atar cabos. Pragmatismo en versión progresista pandémica, clase media recargada, antes de que ellos sean malos con nosotros, seamos buenos con ellos, antes de que se vuelvan visibles, hagámoslos nosotros aparecer. Los milicos a brindar ayuda humanitaria, el presidente en cadena nacional para decirnos que estamos contrayendo una “deuda” con ellos. Estamos en guerra. El problema parece ser la enunciación inicial. Una vez convocada la metáfora de la guerra, actúa como el virus, va generando sus hechos. El Ejército se hace visible, pero también todo comienza a devenir Ejército. Ejercito de enfermeras y médicos, ejército de reserva, ejército de voluntarios. Una movida militarizada abuenada, que al superponerse con la densidad histórica proyecta no solo los riesgos de los daños colaterales de cualquier legitimación de un ejército “bueno”, sino una falla estilística, las consecuencias de una invocación. ¿Qué recursos retóricos, que construcción formal podría desterrar a la metáfora de su lugar de preponderancia? ¿Qué género habría que recrear para que la repetición de campos metafóricos no habilite espacios posibles para el regreso de lo mismo? ¿Cómo golpear con la palabra para que con la fuerza formal de un hecho estético sacuda en el cuerpo inesperadas potencias y en lo común nuevos posibles? 

Frigorífico Swift. (cont.)

Esta sátira es un género de revelación, supone la puesta en visibilidad a través de la escritura de los males sociales, tiene por lo tanto componentes descriptivos y didácticos que comparte con otros géneros, pero su diferencia radica en el uso de lo cómico como articulador indispensable. El procedimiento básico consiste en exagerar tipologías y costumbres, por ejemplo, las mentiras del médico o la avaricia del sastre. Su comicidad depende de la exaltación de tonos, y la risa, cuando ocurre, se basa en la complicidad del auto reconocimiento, de lo ya sabido, tanto por el autor como por el lector, más que una revelación supone una confirmación. De allí que en la sátira canónica predomina el artificio cómico, el chiste, la mecánica de una sintaxis justa o, mejor dicho, ajustada. Puede ser ejecutado con más o menos gracia, pero el chiste es siempre demostrativo, probatorio: el médico terminará transformándose en ejemplo de la mentira y el sastre en ejemplo de avaro; en un campo genérico que reemplaza la pena capital por el señalamiento del mal como risible. Así, el satirista disfrazado de pillo finge robar parte de la autoridad del tribunal para hacerla descender al mercado, y la risa cumple una doble función: garantiza el espejo del auto reconocimiento por lo bajo, mientras que amortigua el peso diabólico de un mundo doliente que aplasta desde arriba. La sátira moral es una zona limítrofe entre lo alto y lo bajo, ligada de alguna manera a los residuos alegóricos y al revés cómico de las vidas ejemplares. Por eso su función reveladora, su potencial de interferencia es casi nulo. En este retrato alivianado de lo malo, la razón del bien moral está presente como trasfondo perdido, pero siempre dado de antemano, pre-escrito, una especie de pre-verdad. Doble moral que se corresponde con una doble escritura, una risible, la mala, escrita en acto y la otra seria, buena, escrita previamente. Este uso de la sátira canónica, es, entre otros, la deriva genérica principal de la comicidad a ambos lados de la grieta. Quien quiera intentarlo pude trasladar valores del barroco al presente y veré que la analogía funciona, casi perfectamente. 

Salto de rana. Dos

Durante años los milicos fueron los hombres invisibles, ahora nos proponen que sean los hombres de rayos X. Ellos tienen la capacidad de hacer visible al virus; el problema es que en ese mismo movimiento los que se vuelven visibles son ellos. El movimiento de las tropas sobre se está desplegando, la artillería metafórica preparo el terreno, ahora la infantería llega a los barrios. Conjurar este problema, a esta altura, implica asumir una acción creativa capaz de reorientar sus riesgos hacia riesgos mayores, pero tal vez mejores. Intentar con una ingenuidad reconstruida plantar posibles como si fuesen árboles que fabrican aire respirable para una ecología política. Insistir en proponer otros abordajes para solucionar una cuestión que es, en gran parte, genérica y formal. Función pública: fabricar un martillo con las manos mientras clavamos el clavo con la cabeza. Va entonces mi aparatosa proposición: si los milicos tienen que estar en las calles, ¿porque no poner los cuarteles en manos de los civiles? Decepción. Swift aún no nos asiste. Me presta apenas una analogía. Pero, a riesgo de la falta de modestia tal vez se me conceda desplegar la aparatosa simetría. Si los militares van a estar en la calle, que así sea. Se nos dice que su potencial es el de llegar a todos lados y que poseen la logística para hacerlo, muy bien. Que lo hagan. Eso dejaría un gran potencial vacío: el de los cuarteles. Alcanza con recorrer la ciudad y ver cuarteles, escuelas militares o de las fuerzas de seguridad, los hay por todos lados, ubicados estratégicamente en puntos de fácil acceso; lo mismo ocurre en todo el país, cualquiera puede comprobarlo. Esos cuarteles, escuelas militares y demás instituciones podrían ser utilizadas de manera inmediata para prevenir y tratar la expansión masiva del virus en los barrios populares. 

Hice la colimba en un batallón de Ingenieros de Combate, el 181 de Comandante Luis Piedrabuena, es de lo que puedo hablar en lo inmediato. Un batallón del Ejército tiene disponibilidad para mil camas, con sábanas y con frazadas, con calefacción y refrigeración, con cámaras frigoríficas, cocinas, comedores, lugares para hacer deporte y para estar al aire libre, enfermería, aprovisionamiento, todas las comodidades necesarias. Esa unidad, esa sola unidad, que a pesar de los años no debe haber cambiado mucho, podría servir de hospital de prevención y tratamiento para toda Santa Cruz. En estos días se vio al presidente junto al intendente de Lanús, Darío Grindetti (del Pro) recorriendo una instalación nueva realizada en la Universidad de Lanús, de unas cien camas. ¡Cien camas para el municipio donde están Villa Inflamable, Villa Fiorito, Monte Chingolo! En las proximidades de Lanús se encuentran las unidades de la Fuerza Aérea de Ezeiza. ¿Cuántas camas, cuánto espacio saludable podría disponerse de manera rápida y efectiva si la movilización fuese reversible? Si los militares van a reemplazar a los movimientos sociales y a las fuerzas populares y liderazgos naturales de los barrios con sus cocinas de campaña, si de sus manos van a recibir los pobres los paquetes de comida que llegan del cielo del Estado, si ellos nos van a alivianar la tarea a nosotros, ¿por qué no alivianarles la tarea a ellos? 

Nombrar como directores para los cuarteles a profesionales médicos idóneos, como los que tienen los hospitales públicos, con equipos interdisciplinarios de profesionales civiles, podría significar poner en marcha esta capacidad ociosa sin mayores costos y con alcances inmediatos, rompiendo a la vez la preservación específica de las Fuerzas Armadas, proponiendo un modelo de integración inédito para la Argentina, disponiendo incluso de un presupuesto asignado no menor por presupuesto nacional para las Fuerzas que podría  redireccionarse en este sentido. Y esto podría hacerse ahora, sin necesidad de esperar al subidón de las curvas de contagios, ahora mismo, y disponer esos recursos para luchar en esta contingencia contra el virus, como también para luchar contra el hacinamiento, la pobreza y la falta de trabajo. ¿O no se trata de distintos aspectos la misma guerra, que deberíamos seguir peleando, más allá de la irremediable vacuna que va a venir? ¿No deberíamos aprovechar lo inédito del virus para redefinir la dinámica que las instituciones deben adoptar para ir más allá de él? Podríamos suponer un futuro venturoso en el cual, terminado el combate contra el “enemigo invisible”, y no teniendo ya una normalidad a la cual volver, porque sus cuarteles se transformaron en viviendas colectivas, unidades productivas, espacios comunitarios y autogestivos, los soldaditos puedan, al fin, ser licenciados masivamente y transformarse en dignos ciudadanos de un país ya libre de ejército. 

Frigorífico Swift (cont.)

La sátira canónica es un género actual, pero no un género contemporáneo. Si bien ambos ejercicios satíricos comparten valores comunes, el afán revelador, el uso de la comicidad, la zona fronteriza entre lo alto y bajo, pueden parecer lo mismo, pero no lo son. El tratamiento satírico contemporáneo, como el de Swift o el de Burroughs, incursiona en el uso del género, pero para degenerarlo. Y es Una modesta proposición la obra mayor de una recreación formal capaz sacudir el esquema moral, no para sacárselo de encima, sino para hacer visible el funcionamiento de sus dos estrategias, la risible y la seria, y su mecanismo de necesaria unidad de opuestos. A partir de este texto, todos los valores del género se trastocan. Lo asertivo se vuelve ambiguo, el satirista deja de ser un pillo colaborador que comparte con el juez un manual legal pre-escrito y el lector ya no encuentra espejos para un auto reconocimiento cómplice; la caída de la sintaxis de lo cómico pone en escena la estrategia de la escritura capaz de hacer visible, no ya lo malo a través de una crítica de los tipos y las costumbres, sino un vacío monstruoso que es, a su vez, un sinsentido risible. La risa deja de ser un amortiguador para la caída y pasa a ser un aparato subversivo, cada vez más oculta en el fondo de una situación. Hay una línea silenciosa que liga a Swift con Kafka, y esa línea puede leerse en Burroughs, quien, ubicado en medio del camino, le debe tanto a uno como al otro. Es la línea del ocultamiento del efecto satírico en la distancia, del desplazamiento de la sintaxis del chiste a la situación, procedimiento que inaugura Swift y que Kafka lleva a su más alto grado de ejecución tanto en El proceso o en El castillo, o en textos aún más cómicos, como La colonia penitenciaria. Es la larga línea de un ocultamiento progresivo de la degeneración satírica que responde a una economía estricta: cuanto más oculta en lo monstruoso está la risa, más potente será la risa cuando ocurra y más contundente será su efecto. 

Salto de rana. Tres.

Hace un par de días apareció un Teniente Coronel retirado pidiendo a sus compañeros de armas que salgan a voltear el gobierno “comunista” que tiene prisionero al pueblo argentino. El video se viralizó en redes, parece de Capusotto. Pero lo más cómico es quién lo denunció por incitación a la violencia: el Ejército. (Puesto entre paréntesis, este fragmento de realidad es superior a cualquier explicación que aspire al todo). Tal vez debemos comenzar a tener cierto cuidado con la vecindad entre política y poesía, asumir los riesgos de la operatividad metafórica. La sátira, en cambio, es un género metonímico, funciona por condensación de sentido en un hecho y escamoteo del Todo, para describirlo de manera tal que el Todo resulte a la vez atrapado en su pluralidad y poéticamente devuelto a su extrañeza y su ambigüedad. La metáfora es algo serio y elevado, la sátira es zona de frontera entre lo alto y lo bajo, y disposición a hacer explotar la risa, modo físico de una apertura creativa hacia lo que se descubre. Si la sátira contemporánea puede jaquear el armado de la moral para poner en su lugar la monstruosa presencia del sinsentido, exponiéndolo a la acción performativa de la risa, entonces nada es verdad y todo está permitido. El monopolio de lo posible se rompió y el cuerpo riente se anima porque siente que cualquier sueño puede volver a ser tan singular como común.

Frigorífico Swift (final)

Risa téster: si el lector es capaz de ejercerla se reirá a la vez de que un cuerpo pueda pensar ese posible, pero también de que su propio cuerpo pueda admitirlo. Se abre entonces un portal liberador, la risa se redescubre a sí misma, como revelación y como antídoto. Pero para que este acontecimiento ocurra, hace falta mucho más que la sintaxis de lo cómico, hace falta el salto formal y estilístico de un degenerado. Esta gracia estilística de Swift se sostiene en un logro mayor, la perfecta simetría de la propuesta, su circularidad prueba de todo, su lógica irrefutable que saca a la razón moral de su lugar colocando allí, donde antes había una evidencia, la moral de la razón. Un pase de magia, un desconcierto abrumador, en el cruce de dos posibles dados, lo moral y lo lógico, lo posible ha sido recreado, liberado por medio de la risa y el sentido escapa hacia todos lados, sin que el esquema genérico pueda retenerlo ni aun después de tantos años, ni aun después de tanto.

* Ensayista, humorista, comunicador, editor, coautor junto a Sergio Lánger de la tira La Nelly (diario Clarín), autor de la novela Guerrilleros (una salida al mar para Bolivia). Publicó Burroughs para principiantes y Cervantes para principiantes (junto a Sergio Lánger).


UNA MODESTA PROPOSICION:
Para prevenir que los niños de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o el país, y para hacerlos útiles al público

Jonathan Swift*

Dublín, Irlanda, 1729

Es un asunto melancólico para quienes pasean por esta gran ciudad o viajan por el campo, ver las calles, los caminos y las puertas de las cabañas atestados de mendigos del sexo femenino, seguidos de tres, cuatro o seis niños, todos en harapos e importunando a cada viajero por una limosna. Esas madres, en vez de hallarse en condiciones de trabajar para ganarse la vida honestamente, se ven obligadas a perder su tiempo en la vagancia, mendigando el sustento de sus desvalidos infantes: quienes, apenas crecen, se hacen ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querido país natal para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos en las Barbados.

Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos miembros cabales y útiles del estado, merecería tanto agradecimiento del público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.

Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra caridad en las calles.

Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.

Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e inhumano.

El número de almas en este reino se estima usualmente en un millón y medio, de éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente: la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual, como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas, mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más pronta competencia en ese arte.

Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de cuatro veces ese valor.

Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.

Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.

Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del público que, de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos; y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.

He calculado que como término medio un niño recién nacido pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará las veintiocho.

Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.

Todo el año habrá carne de infante, pero más abundantemente en marzo, y un poco antes o después: pues nos informa un grave autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en los países católicos romanos nacen muchos más niños aproximadamente nueve meses después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre, porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino: y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas entre nosotros.

Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo (entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño.

Quienes sean más ahorrativos (como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para damas y botas de verano para caballeros elegantes.

En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos para asar los cerdos.

Una persona muy respetable, verdadera amante de su patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos. Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia, que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.

Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este expediente se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla de Formosa que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que conversando con él le contó que en su país, cuando una persona joven era condenada a muerte, el verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un bocado de los mejores, y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue vendido al Primer Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes mandarines de la corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto puedo negar que, si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta ciudad, que sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en coche, y aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca pagarán, el reino no estaría peor.

Algunas personas de espíritu agorero están muy preocupadas por la gran cantidad de pobres que están viejos, enfermos o inválidos, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me aflige en absoluto, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y pudriendo cada día por el frío y el hambre, la inmundicia y los piojos, tan rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, están en una situación igualmente prometedora; no pueden conseguir trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.

He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema. Me parece que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y muchas, así como de la mayor importancia.

En primer lugar, como ya he observado, disminuiría grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, que son los principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y que se quedan en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente, esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes han preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos contra su conciencia a un cura episcopal.

Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de valor que la ley podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al terrateniente, habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el dinero algo desconocido para ellos.

Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de dos años para arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales por cada uno, el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras por año, sin contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán enteramente producidos y manufacturados por nosotros.

Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar ocho chelines anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la obligación de mantenerlos después del primer año.

Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las tabernas, donde los venteros serán seguramente tan prudentes como para procurarse las mejores recetas para prepararlo a la perfección, y consecuentemente ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos caballeros, quienes se precian con justicia de su conocimiento del buen comer: y un diestro cocinero, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará para hacerlo tan caro como a ellos les plazca.

Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o impuesto mediante leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de las madres hacia sus hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían una colocación de por vida, provista de algún modo por el público, y que les daría una ganancia anual en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado al niño más gordo. Los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están por parir; y no las amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan frecuente) por temor a un aborto.

Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas, la difusión de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino, del que tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos, demasiado frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o magnificencia con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un papel considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite público. Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.

Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían compradoras habituales de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones, especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.

No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de hecho mi principal motivo para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que he calculado mi remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no para cualquier otro que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra. Por consiguiente, que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear impuestos para nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar ropas ni mobiliario que no sean producidos por nosotros; de rechazar completamente los materiales e instrumentos que fomenten el lujo exótico; de curar el derroche de engreimiento, vanidad, holgazanería y juego en nuestras mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos hasta de los lapones y los habitantes de Tupinambú; de abandonar nuestras animosidades y facciones, de no actuar más como los judíos, que se mataban entre ellos mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco de no vender nuestro país y nuestra conciencia por nada; de enseñar a los terratenientes a tener aunque sea un punto de compasión de sus arrendatarios. De imponer, en fin, un espíritu de honestidad, industria y cuidado en nuestros comerciantes, quienes, si hoy tomáramos la decisión de no comprar otras mercancías que las nacionales, inmediatamente se unirían para trampearnos en el precio, la medida y la calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se les podría arrancar una sola oferta de comercio honrado.

Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de esos y parecidos expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza de que se hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica. Pero en lo que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años ofreciendo ideas vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin esperanza de éxito, di afortunadamente con este proyecto, que por ser totalmente novedoso tiene algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos problemas, está completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de desagradar a Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la exportación, ya que la carne es de una consistencia demasiado tierna para admitir una permanencia prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un país que se alegraría de devorar toda nuestra nación aún sin ella.

Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a mi propia opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres sabios que fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero antes de que alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi plan, deseo que el autor o los autores consideren seriamente dos puntos. Primero, tal como están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas y alimentos para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en este reino alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas, añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar una contestación, pregunten primero a lo padres de esos mortales si hoy no creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o mayores miserias a sus descendientes para siempre.

Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria, y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.

* Escritor irlandés. Fue autor de Gulivert y de una gran obra satírica que debió publicar muchas veces bajo distintos seudónimos, Isaac Bickerstaff, M.B. Drapier y Lemuel Gulivert.


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