Neoconservadores en Madrid: la victoria de Ayuso

Episodio XCIII

 Pablo Carmona*

 

En los últimos meses, la descripción de Isabel Díaz Ayuso por parte de las izquierdas, se ha basado en algunos tópicos un tanto simplistas. Centrados en la irracionalidad, la locura o las “tonterías” de la presidenta de la Comunidad de Madrid, la izquierda ha dado por hecho que existía un amplio sentido común que hundiría al Partido Popular por su gestión de la pandemia.

Por el contrario, como si Madrid viviese en dos sociedades paralelas, las encuestas de la prensa afín al ayusismo llevaban meses anunciando un crecimiento electoral importante para el PP. Al final, aquellas encuestas de la derecha, empujadas por el descalabro de la moción de censura en la Región de Murcia, les llevaron a obtener unos resultados históricos.

Los datos ya los conocemos y son demoledores. A pesar del aumento de la participación de un 12%, algo que se supone iba a favorecer a la izquierda, el PP ha superado los 1,6 millones de votos. Se trata de datos muy similares a los de las mayorías absolutas que obtuvo Esperanza Aguirre en los años 2007 y 2012, aunque con la gran diferencia de que en aquellos momentos no existía Vox, que en estas elecciones ha sumado otros 330.660 votos.

A partir de aquí, debemos hacernos algunas preguntas ¿podemos tener una imagen un poco más fría y desapasionada del proyecto de Ayuso? ¿Se puede mirar de frente a su propuesta política y entender las razones que mueven a sus 1,6 millones de votantes?

 

El ejército del PP de Madrid

Hace dos años parecía imposible que el Partido Popular madrileño en su versión aznarista-neoconservadora levantase el vuelo. Todas sus figuras y “clanes” de poder habían sido desarticulados y expulsados de la primera línea política por las operaciones anticorrupción.

Por otro lado, una parte importante de los think tanks, fundaciones y organizaciones que dieron aliento a las movilizaciones contra el gobierno Zapatero y que capitanearon una buena parte de la tendencia neocon madrileña y española: Fundación Denaes, Grupo de Estudios Estratégicos (GEES) o la Red Floridablanca eran ahora el núcleo de Vox. Mientras la derecha del partido se iba hacia Vox el flanco liberal del PP estaba siendo atacado y descompuesto por Ciudadanos.

Ante la crisis, al PP aznarista solo le quedó tirar de la tercera generación de jóvenes criados en el neoconservadurismo. Su apuesta estatal, en principio la ganadora, se centró en Pablo Casado, el que fuera pupilo de Aznar como presidente de las Nuevas Generaciones. Pero Pablo, que había sido llamado a superar el legado del “moderado” Mariano Rajoy, tampoco cumplió las expectativas. Su ruptura con la línea aznarista acabó con una sonada batalla interna que llevó a la destitución de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del PP en el Congreso de los Diputados.

Ahora, el proyecto neoconservador quedaba reducido a unas pocas apariciones en medios del musculoso expresidente y a los raquíticos resultados electorales de Madrid en 2019 con sus escasos 720.000 votos.

Con el futuro del partido en manos de Isabel Díaz Ayuso, conocida por haber sido la Community Manager de Esperanza Aguirre y de su perrito, muchos dieron por perdido el feudo madrileño y con ello, las posiciones del PP como partido nacional.

Sin embargo, tan solo dos años después, el bloque neoconservador de los populares ha resurgido de sus cenizas. Ayuso aparecía en campaña resucitando la chulería y los gestos de Esperanza Aguirre, mientras Pío García Escudero, compañero de Aznar desde sus gobiernos en Castilla-León y hombre clave de la formación en Madrid, cerraba la campaña anunciando que “el ejército de 90.000 afiliados del PP madrileño” había vuelto y era imparable. Junto a ellos, Miguel Ángel Rodríguez, el que fuera portavoz del gobierno de Aznar y ahora jefe de gabinete de Ayuso, había lanzado una línea de gobierno arriesgada pero exitosa que a priori era difícil de entender.

 

Algunas incógnitas sin resolver

Nadie sabe explicar muy bien las razones de esta victoria del PP. Lo más lejos que se ha llegado es a señalar la apertura de la hostelería durante la pandemia como signo de distinción de Ayusismo. Según esta idea, su apelación al hedonismo y a la irresponsabilidad colectiva le habrían dado supuestamente la victoria. Más allá de la tesis de “las cañitas y las tapitas” que tanto ha circulado por Madrid, de nuevo una banalización que no termina de explicar lo sucedido, es importante hacernos algunas preguntas más de fondo.

Como punto de partida, no se puede olvidar que el Partido Popular ha sido artífice de buena parte de los modelos de reproducción urbanos, económicos y sociales de la región madrileña. Desde el urbanismo hasta los servicios públicos, todo está diseñado dentro de un complejo engranaje donde lo público ha sido subordinado a los intereses de los sectores privados.

En un profundo sistema de segregación de clase, sexista y racista, las clases medias y altas madrileñas, también buena parte de las que votan a la izquierda, han usado la “libertad de elección” que propone el PP para llenar los colegios concertados, contratar seguros de salud privados, depositar sus ahorros en fondos de pensiones o sacar al mercado del alquiler convencional y turístico sus segundas y terceras propiedades inmobiliarias. El modo de vida neoliberal y la democracia de propietarios operan con enorme transversalidad.

Sin este modelo político y económico de más de cuarto de siglo, no podríamos entender nada de lo sucedido en las pasadas elecciones. Pero sin duda, sobre esa realidad han descansado otros muchos elementos que están asociados a la aceleración política que ha traído la pandemia. Y de hecho la gestión de la pandemia y el choque de trenes que Ayuso provocó contra el mandato del gobierno central han estado en el centro de la campaña. Pero, muy lejos de lo que podría parecer a priori, Ayuso ha ganado la batalla. De manera astuta, el PP ha entendido que la campaña no se ganaba en la superficie ruidosa de la confrontación fascismo-antifascismo. A partir de ahí el PP, buen conocedor de la sociedad madrileña, sabía que quienes ocuparan las posiciones más al margen de la tensión serían premiados en las urnas. Y es que las cuestiones de fondo de estas elecciones se jugaban más en los términos de una democracia liberal del siglo XXI que en la Europa de los años 30. Desde ahí, Ayuso extrajo de esta batalla los dos ejes centrales de su campaña: el nacionalismo español y la idea de libertad.

El primero lo lanzó sin recurrir a imágenes nostálgicas del pasado, sin las referencias a los tercios españoles ni a las “glorias” del siglo XVII. Muy al contrario, en un juego de sombras turbio pero efectista, España ha aparecido en campaña como sinónimo de Madrid. Y a su vez el nacionalismo español y Madrid han sido presentados como víctimas de la moda nacionalista catalana, de los fanatismos y de las izquierdas radicales.

La singularidad madrileña: abierta, alegre, liberal estaba siendo atacada y debía ser defendida. Madrid aparecía en su discurso como espacio de libertad de elegir educación y sanidad pública, privada o concertada, como una región diversa e incluso “gayfriendly”, teniendo presentes en muchos mítines las banderas arcoiris.

Es a partir de ahí desde donde se ha producido el contexto que explicaba la medida central de Ayuso: la gestión y el discurso alternativo en torno a la pandemia. A pesar de los muertos provocados por las privatizaciones sanitarias y de las residencias, Ayuso apostó por atacar al inconsciente de la pandemia. De un lado, las ganas de buscar alternativas a los cierres, los confinamientos y las medidas de excepción, del otro, el miedo a sufrir las consecuencias de la crisis económica asociadas a la parálisis pandémica.

Lo cierto es que el Partido Popular conecta con las clases medias y altas madrileñas porque cuando gobierna garantiza que los mecanismos de acumulación y reproducción de clase tengan prioridad absoluta y funcionen como una maquinaria perfectamente engrasada. Mientras las medidas del gobierno progresista no han garantizado los recursos y los derechos más básicos a las personas que se veían cara a cara con la crisis, las salidas neoliberales ofrecidas por Ayuso, aquellas que vinculaban el mantenimiento de la actividad económica con la conservación del empleo y por tanto de un salario a futuro, han ganado en efectividad. Algo que debe llevar a la izquierda a una profunda reflexión.

Por el momento, todo indica que este terremoto derechista es difícil que se extienda con estas características más allá de la singularidad madrileña, pero la reconstrucción del PP de Madrid en tan solo dos años no es buena señal para nadie. Tenemos la obligación de pensar sobre lo sucedido al margen de los lemas y las estrategias de marketing de la campaña, sin olvidar el avance de la extrema derecha, pero centrándonos en desmontar la realidad material y política mayoritaria de Madrid, que es la que permite que el poder de las élites permanezca casi intacto década tras década.

 

 

* Historiador, activista; Concejal del Ayuntamiento de Madrid por el partido Ahora Madrid, miembro de la Fundación de los Comunes y editor de Traficantes de Sueños.

 

 

Publicado originalmente por El Salto (España)

 

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