Notas inmanentes en cuarentena

Episodio XII

Escribimos dos palabras, empezamos a dibujar una idea y… ¡zas! Una pregunta, una demanda, un grito. En ocasiones, la interrupción proviene de los grupos de Whatsapp de alguno de nuestros trabajos que, en tiempos de cuarentena, parecen olvidar los límites de la jornada laboral. Otras veces se trata de grupos de familia o amigues con quienes sentimos la obligación o la necesidad de estar en contacto, saber cómo están, compartir series, películas, recetas. Sin embargo, tenemos aún la posibilidad de “olvidar” el teléfono, silenciarlo, no mirarlo. No podemos desoír la interrupción cuando viene de un cuerpo presente: hijo, hija, padre, madre, pareja, gato, perro y todos aquellos seres con los que convivimos y de golpe estamos obligadas a no separarnos desde hace semanas. Este corte abrupto desarma (nos desarma) nuestras vidas rutinariamente organizadas en base a tiempos y espacios que, aunque frecuentemente superpuestos, mantienen cierto encuadre. 

¿Cómo habitamos esta temporalidad que nos impone la cuarentena a quienes no trabajamos en “servicios esenciales”? ¿Cómo es que el encierro para protegernos se convirtió en una compulsión a seguir produciendo? ¿Por qué esta productividad toma, en muchos casos, ropajes de cuidado? Necesitamos pensarnos desde las preguntas que surgen de nuestra cotidianeidad. 

Productividad a como dé lugar

El tiempo se percibe flexible (en un continuum estar-en-casa), pero seguimos produciendo. La máquina de producir no puede parar. Las instituciones más “progres” (como algunas universidades o ministerios) disfrazan su compulsión a trabajar con discursos de cuidado, de acompañamiento, de contención. Sostenemos actividades –tenemos que inventarlas– en pos de adecuarnos a estas medidas. Pareciera que el mandato de la inclusión está exceptuado de cumplir la cuarentena: “el otre nos necesita, no puede sin la institución”. ¿Prácticas paternalistas y discursos comunitaristas? Si creemos que desde la institución estamos para contener, ¿qué crédito le estamos dando a ese otre? ¡Ojo! “Contener” puede significar sostener, abrazar, pero también puede significar limitar, impedir. El se queda sin potencia, sin capacidad, pareciera que no puede sin nuestro acompañamiento. En el ámbito de la educación se sigue dando tarea, proponiendo lecturas y ejercicios. Ahora bien, en un escenario en el que nunca ensayamos, ¿no es ponerles –y ponernos– la vara muy alta? ¿Por qué hay que seguir produciendo en la virtualidad? ¿No ponemos en falta a quien no puede cumplir con la tarea que consignamos? Miedo a abrumar. 

No sabemos trabajar virtualmente. Sabemos, en cambio, “poner el cuerpo”. Trabajamos en aulas, en villas y conjuntos de vivienda social, con comunidades rurales… ¿Cómo producimos sin el cuerpo? ¿Se construyen nuevas corporalidades? ¿Cómo se inscriben en esta materialidad virtual? Las instituciones nos exigen continuar con la misma lógica, como si nada. ¿Cómo nos bancamos (en) la incertidumbre? ¿Cómo “contenemos”? ¿Quién nos “contiene”? Vulnerabilidad y finitud. Artilugios para sortear la virtualidad. 

También vendemos nuestra capacidad de trabajo a instituciones neoliberales que ni siquiera disfrazan la asimetría que sienten con el otre. Podría no importarles si seguimos trabajando en los barrios populares o no. En esos casos tenemos que defender y justificar nuestro trabajo de contrato precario. No vaya a ser que en este contexto de cuarentena y pantuflas, con “tiempo de sobra”, no hayamos laburado lo suficiente. Y que, en consecuencia, quieran y decidan, no pagarnos el sueldo. 

Una temporalidad distinta nos atraviesa. Un tiempo que fuerza a sostenerse inmóvil pero que a la vez nos exige más y mayor productividad. Un tiempo que obliga a la obediencia, al control de los cuerpos y a convertir, en definitiva, nuestra subjetividad en algo inútil.

Tomadas por la casa

La densidad de la vida doméstica también se nos revela en toda su crudeza. Este encierro obligado pone descarnadamente en evidencia esa sobreexplotación que, como hace años alerta el feminismo, organiza y garantiza la vida colectiva a partir de las tareas de reproducción que llevamos adelante las mujeres y cuerpos feminizados.  

Se imponen el hogar, los cuidados, la educación, las crianzas. ¿Cómo convive esta imperiosidad doméstica con las exigencias de la máquina de producir? La alteración de los espacios –repliegue al hogar– altera los tiempos. Criar, cuidar y vender la fuerza de trabajo podrían ser tareas incompatibles: ¿cómo hacemos cuando no estamos “encuarentenadas” para compatibilizarlas en nuestros tiempos y espacios? ¡Lo hacemos todos los días de nuestra vida!

Sin embargo, a lo doméstico también se le puede hacer trampa: salimos con la bolsa de las compras debajo del brazo para burlar la cuarentena (esto ya es convención); hacer una hora y media de fila en la verdulería (lo que nunca) se transforma en sacar la cabeza del estanque para respirar; sacamos la basura caminando a paso de tortuga para disfrutar cada segundo de aire y sol. Para quienes tenemos espacios amables donde pasar esta cuarentena, este exceso de domesticidad nos descubre también en otros nuevos posibles en las tareas de reproducción: (re)politizar esta cotidianidad hecha de cocinar, limpiar y hacer tareas escolares; inventar nuevas formas de organización y cuidado que nos permitan crear mundos domésticos no extractivos ni explotadores. 

Se nos hace difícil bancar la incertidumbre. Mientras tanto –y para aprovechar el tiempo–, los mandatos se sientan en nuestra mesa: “la crisis como oportunidad”, “ser felices con lo que hay porque otres que la están pasando peor”, “hacer todo lo que dejamos suspendido”, “ordenarnos y limpiarnos por fuera y por dentro”, “hacer ejercicio físico y meditar”. ¿Y si no podemos? ¿Y si no queremos? Hay una información que todavía estamos procesando. Tramitar esto y atravesar la angustia lleva su propio tiempo. 

Hoy más que nunca pareciera que no podemos caernos, ¡otro deber ser instalado desde la productividad! Sí, podemos caernos y también podemos alojar esas caídas. Inventando otro modo de estar. Podemos mirar al mundo desde este lugar donde nos caímos, viéndolo todo desde otra perspectiva, contemplando, inhibiendo. 

Y ahora…¿quién podrá cuidarnos?

¿Qué está pasando con el cuidado? Volvemos a preguntarnos por su sentido y significado. Vemos cómo se abre un gran paraguas en torno al cuidar que abarca desde actitudes solidarias entre organizaciones comunitarias, gestos amorosos de amistad para sostenernos, hasta prácticas vigilantes tanto a nivel macro como micro social. El número disponible para denunciar al vecine que no está cumpliendo con el aislamiento, quien se asoma a la ventana como espiando cada vez que escucha que se abre la puerta del edificio, los linchamientos a la pareja que rompió la cuarentena… algunas postales de estos tiempos.  

Cuerpos atravesados por el miedo, miedo de salir a la calle, miedo a que te miren mal si estás con otra persona conversando a menos de un metro de distancia, miedo al que puede ser posible “portador” del virus, miedo a tocar las cosas y contagiarse, miedo a la soledad, al poco contacto cara a cara. Miedo a que esta distancia y virtualidad se queden para siempre.

Hashtag Quedateencasa. “Si no entendés castellano, te lo decimos en guaraní”, reza un spot de la TV Pública. ¿Medidas igualitarias para todes? ¿Obediencia de un país entero?¿Es lo mismo una gran metrópoli que un pueblo pequeño? ¿Es igual el efecto de estas medidas en una economía familiar que mantiene su salario a pesar de la pandemia que en otra, dependiente de changas de laburo? La fórmula parece significar lo mismo para un barrio porteño, para el conurbano bonaerense o para una provincia. ¿Significa lo mismo para quienes viven hacinados, sin ventilación y agua potable? ¿Igualar o profundizar las desigualdades de siempre?     

Hacerle trampas a la cuarentena

Esta situación no elegida, en tanto que impuesta, se padece. No deseábamos: el encierro, la paranoia, la policía de balcón ni la uniformada vigilanteando los cuerpos, la moralina con la salud pública, no abrazarnos por semanas, aprender a usar Zoom. ¿Cómo actuar –y no padecer– en tiempos de cuarentena? ¿Es posible transformar estas vivencias en experiencia colectiva?

Nos esforzamos en construir otro registro. ¿Qué vemos? ¿Qué registramos? ¿Qué se movió para que podamos ver de otra manera? Observamos que hay más abejas, más mariposas, mariposas distintas, pájaros enormes en la plaza enrejada del barrio. ¿Es que hay más mariposas? ¿O no las estábamos mirando? Dudamos… 

Intentamos hacerle trampa al distanciamiento social y nos buscamos para estar juntes. Mate por videollamada, charlas contando el cotidiano preguntándonos qué nos interpela y cómo nos sentimos. Ensayamos nuevos modos de contacto afectivo entre amigues. Dirán que los afectos ya estaban formateados en la virtualidad por las redes sociales. Pero la angustia en el cuerpo por la falta de cuerpos nos habla de que tan virtualizado no estaba el afecto.

¿Se puede pensar en “más allás” de la cuarentena?, insiste nuestro compañero de ruta Pablo Hupert al releerlo (Esto no es una institución, 2019).¿Cuál podría ser su deriva? ¿Cómo sería esa desviación? ¿Qué operaciones necesitamos poner en marcha para “devenir otre con otres” en este contexto? Un “más allá” se verificaría ahí donde hubo complicidad para forjar encuentros, nuevos “entres”, es decir, un nuevo común propio de la emergencia.

No importa si las mariposas son nuevas o si solo son nuevas a nuestra vista. Importa que ahora es posible verlas. ¿Será posible un “más allá” en este acá?

* Colectivo de reflexión, de inscripción feminista, que se interroga en forma situada por sus propias prácticas laborales y vitales a partir de lecturas filosóficas. Forman parte del libro Mujeres colectivas (90 Intervenciones, Red Editorial, 2019).


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