¡Octubre Chileno!

¿Todes somos octubre?

¿En qué medida lograremos apropiarnos de la por ahora tenue, pero no por eso desdeñable, remontada de las aspiraciones populares de un mejor vivir en Nuestramérica? El acontecimiento chileno, por tratarse de un enfrentamiento en el interior mismo del neoliberalismo ejemplificador, ahí donde gurúes y comunicadores señalaron hasta el hartazgo su éxito, nos interpela más directamente como pueblos. Por otra parte, si la soberbia derechista llegó a referirse al “milagro chileno”, la soberbia progresista, menos milagrosa en sus pretensiones, obturó una necesaria crítica que incorpore el punto de vista de vitalidades que la desbordan. 

Bolivia, desde abajo y más allá de la figura emblemática de Evo Morales, el correísmo dependiendo, en buena medida, de los indigenismos para dar la pelea contra la proscripción en Ecuador y la organización de las multitudes chilenas sin referentes verticales, pueden ser leídas en términos de signos vitales para una necesaria repolitización de la vida en nuestra región. Sin exagerar. 

Si en nuestro país experimentamos bajo la forma de una contienda electoral la potencia de impugnación al régimen oligárquico, financiero y en parte neoliberal encarnado por esa maquinaria estética y política llamada Cambiemos, el comienzo del gobierno de Alberto Fernández, entre la plaza del 10 de diciembre y el decreto de cuarentena, no ofreció una versión institucional del conflicto. Más bien, atento a una idea de región desmovilizada, pareció adoptar una estrategia de no confrontación con los sectores dominantes e incluso insinuó consensos que no habían sido depositados en las urnas. Si bien es conocida la capacidad que, bajo ciertas circunstancias, las urnas tienen de licuar intensidades, la irrupción de la pandemia reorientó por completo las agendas. Sin embargo, los desafíos de la plaza del 10 de diciembre no sólo están vigentes, sino que cuentan ahora con resonancias regionales que llaman a una construcción latinoamericana por abajo, entre pueblos. Los sectores más dinámicos del Frente de Todos, pero también los dinamismos que ofrecen opciones vitales por fuera y las izquierdas no sectarias no tienen excusas. Quienes apostamos al puro efecto de esa impugnación y a la fiesta de esa plaza, quienes resistimos la tristeza pandémica y la mezquindad de los sectores más conservadores de nuestro gobierno, nos permitimos alegrarnos, disponibles al contagio político.    – Revista Ignorantes 

A continuación, presentamos el texto de Rodrigo Karmy Bolton montado sobre el triunfo electoral constituyente de las mayorías chilenas, y la introducción de Andrea Fagioli al libro Octubre chileno, que publicaremos en las siguientes semanas en el marco de Red Editorial.


El pueblo

Rodrigo Karmy Bolton*

Ni siquiera el COVID 19 pudo con nuestra sublevación. La policía y sus millones de balines, los empresarios y sus millones de dólares, la prensa y sus millones de espectáculos. Nada pudo. El 18 de Octubre sobrevivió porque atravesó despiadadamente los muros desplegados. Porque una sublevación o atraviesa o no es nada. Cuando el sol baja por las calles, impregna la mezquina ventana que contempló nuestra agonía durante el confinamiento, y el aire sopla un poco más fuerte en la levedad con la que trae las epifanías trenzadas en Octubre del 2019, las multitudes abrazan el cielo, como si el firmamento cayera sobre ella y la intensidad de los peligros dejaran el temor que la democracia había prometido abandonar. El pueblo deviene una multitud desgarrada por el cosmos. Cuando él se lo somete al humanismo político-institucional, a esa pertenencia al Estado al que una cierta derecha parece estar apuntando, entonces no hay pueblo, tan solo una oveja más de un rebaño domesticado. El pueblo es, por ese motivo, no el remanso de los perdedores, sino la fiesta de los cualquiera; el Estado moderno quiso abrazar al pueblo domesticándole en la forma del “poder constituyente” o de la “soberanía popular”, pero Raúl Ruiz tuvo razón al contemplar al pueblo en el desobramiento que le compromete, en la intensidad que no se deja docilizar, en la ingobernabilidad de la an-archía imaginal incapaz de subsumirse en la tranquilidad de la representación. 

Por eso el pueblo no puede ser “telúrico”, si por tal se entiende lo relativo al “espacio” y, en último término a la pertenencia originaria a la tierra. El pueblo es precisamente el devenir desterrado, un “lugar” por cierto, pero que carece de todo lugar territorial, digno de la representación estatal. Mahmud Darwish siempre canta a la “tierra”, pero no al “territorio”. Diferencia decisiva sino queremos sucumbir a un “paisaje” maltrecho y mas bien proveernos de la multiplicidad de jardines de los que aún, alcanzaba a tocar Guadalupe Santa Cruz. Experiencia nómade es lo que define a la potencia popular y no el lugar de una territorialización o subjetivación propiamente estatal. Jardines necesitamos, no ciudades: ésta es la consigna popular. Así como el jardín prolifera en los bordes citadinos (plazas, casas, departamentos), el pueblo en el fondo es un jardín, un “manchón” distendido en algún sitio eriazo abandonado por ahí. Atria y Herrera son dos hermanos de leche: para ambos el pueblo deviene el sujeto político propiamente estatal. Ambos lectores de Schmitt, ambos prendidos aún de la sombra guzmaniana. 

Pero pueblo está lejos de ser el sujeto estatal que le reserva la tradición filosófica moderna; se trata de un “pueblo menor” si se quiere, de una “intifada”, pero sobre todo de un jardín que bordea los espacios no pertenece al nómos y experimenta la fidelidad al nomadismo. Es “máquina de guerra” dirá Deleuze, el pueblo molecular no es más que un jardín abandonado al sol y la lluvia, al aire y a la soledad de la incomprensión. No hay “hermenéutica” para eso, sino tan solo magma de una imaginación que nos atraviesa. Si la “hermenéutica” intenta “comprender”, es decir, incluir en un esquema categorial lo que deviene constitutivamente destierro, es precisamente porque ninguna hermenéutica pueden aferrarlo. Siempre fuera de lugar solo así el pueblo no puede ser nunca algo que se mantenga estable en el tiempo, sino que su relación con la ciudad necesariamente habrá de ser intempestiva. Incluso cuando la ciudad clama representarlo, hablar en su nombre, el pueblo no ve más que traición. Síntoma, por tanto, de la irreductible  experiencia exílica que porta la potencia imaginal de nunca ser “profeta en su tierra”. Nunca ha habido ciudad para el pueblo, jamás un nómos de la tierra preparado para su irrupción. No puede haberlo. Schmitt (y, por tanto, ni Atria ni Herrera) no comprendió al pueblo porque el pueblo no puede comprenderse, sino experimentarse. En cuanto experiencia siempre trae consigo la disyunción de una topología que no puede estar ni dentro ni fuera de la ciudad. Es el “verdadero estado de excepción” al que Schmitt temía abismarse y frente al cual tuvo que defenderse con la remisión permanente a la “decisión soberana”. 

Por eso, a pesar de la Revolución Francesa (pero desde la Revolución Francesa), los pueblos no tienen nacionalidad, tal como Marx entendió perfectamente respecto del proletariado y como cierta tradición marxista –no toda- posterior abogó con la puesta en juego del internacionalismo. Hoy día no queda ningún resto de lo “internacional” como esa federación de Estados soñada alguna vez por Kant. La asonada global los ha subsumido a poca cosa, a simples comparsas del capital. Por eso, más que nunca necesitamos de la intensidad popular, en la medida que ella no respeta fronteras, ni muros, sino abraza a un cosmopolitismo enteramente salvaje que se halla por fuera de todo registro representacional que pudiera “conducir”, “liderar” su destino. 

El pueblo carece de destino porque deviene ritmo, irrupción que abre secuencias imprevistas, efectos imposibles, lugares inexistentes que, sin embargo, se llenan de multitud. El discurso neoliberal detesta al pueblo, tanto como lo hace el discurso conservador; si para el primero el pueblo no existe sino mas bien los individuos, para el segundo el pueblo se arraiga en un nómos terrestre. Los neoliberales solucionan el problema negándolo, los conservadores fetichizándolo; los primeros no ven pueblo nada más como la retórica de un candidato a “totalitario”; los segundos solo ven al pueblo cuando baila cueca y alaba sus “costumbres”. Por eso el pueblo huye de ambos: de aquellos que lo reducen a individuos y de los que los erigen en monumento; el pueblo deviene una intensidad común que atraviesa los individuos y se burla de las costumbres, en esa experiencia, donde redunda hostil a la ciudad, algo así como un pueblo puede festiva y dolorosamente tener lugar. 

Epílogo constituyente: 

Los análisis del poder parecen medianamente tranquilos con la jornada plebiscitaria del 25 de Octubre. Para ellos, por fin, la institucionalidad “canalizó” la asonada popular. El “participativismo”, discurso entusiasta pero poco crítico, parece satisfecho. Sin embargo, yo vería el asunto al revés: la asonada popular alcanzó un salto cualitativo que terminó devorando a las instituciones. Estas últimas debieron trastornarse, abrir un lugar que permitiera discutir su propia existencia: la filosofía es a los seres humanos lo que una revolución a las instituciones políticas. Cuando irrumpen todo se pone en cuestión. La revuelta devino una intensidad pocas veces alcanzadas devorando a la vetusta institucionalidad y utilizándola a su favor para “constituir” e “iniciar” la tercera fase de su camino histórico. La primera fue la asonada popular del 18 de Octubre del 2019; la segunda el momento del asalto parlamentario del 15 de Noviembre de ese mismo año que diseñó los contornos generales del periplo institucional; la tercera, el momento del plebiscito del 25 de Octubre en que la revuelta ratifica institucionalmente la derogación total de la Constitución vigente. Así, hemos comenzado la cuarta fase propiamente” constituyente” que espera a la elección de Abril del próximo año para la elección de los integrantes de la Convención Constitucional. Esta cuarta fase será, quizás, muy ardua pues la imaginación popular deberá entrar resueltamente a apropiarse de la trampa institucional para no dejar la redacción de la Nueva Constitución a la misma oligarquía de siempre. El pueblo entra como una experiencia, ahora, para imaginar un lugar, habitar un mundo que puede cristalizarse en una Nueva Constitución. Como se sabe; en esta cuarta etapa, será clave impedir que la oligarquía mantenga el núcleo de la racionalidad neoliberal constitucionalizado. Y, para ello, será necesario insertar “derechos sociales”, pero sobre todo garantizar que los bienes habrán de ser dispuestos al uso común resguardándolos de la apropiación privada. La tarea propiamente “constituyente” se inició ayer cuando la revuelta derogó la Constitución de Pinochet en un plebiscito e impuso sus términos a la oligarquía militar-financiera que, siendo el 1%, ha gobernado al 99% del país desde 1973. La revuelta ha desnudado la contextura de clase de la actual coyuntura. Una clase media cada vez más precarizada por las políticas impuestas por la clase financiera (rentista) yace aliada y entremezclada con la clase popular. Por años tuvo la compensación crediticia inoculada por el régimen neoliberal, hasta que el “basta” comenzó a multiplicarse por todas las superficies. 

El plebiscito del domingo 25 de Octubre se da en este año 2020, a 50 años de la elección de Allende como Presidente de la República. El triunfo de 1970 reverbera en el triunfo de 2020; pero este triunfo en realidad es una suerte de efecto tardío del de 1988 cuando en el plebiscito Pinochet le traspasó la banda presidencial a Aylwin. Para 1988 se trató de intercambio de cuerpos físicos, para 2020 de cuerpos institucionales que estarán en una batalla sin cuartel, en una disputa radical que deberá mantener al pueblo en las calles e impedir que el proceso sea nuevamente confiscado. Ahora sabemos qué fue la dictadura de Pinochet: el asalto del capital financiero global contra las posibilidades que habían abierto las luchas del siglo XX y el retroceso de estas últimas por el avance sangriento del primero. El golpe de Estado de 1973 fue el “big bang” de la globalización (Thayer). Así, Chile es solo un fragmento del planeta, una pulsación singular de la multiplicidad mundial que ha destituido a un “modelo” que supuestamente era “exitoso”, que “funcionaba bien” y que pretendía devenir Finlandia siendo el supuesto “oasis” respecto del “resto” del continente. La caída del “modelo” chileno implica, a su vez, la imposibilidad de articular un nuevo “modelo” de gobernabilidad bajo la forma neoliberal. Y eso tendrá efectos políticos muy decisivos, al menos, para América Latina.

Solo la experiencia popular puede trastornar a la institucionalidad. Si el acuerdo del 15 de Noviembre ni siquiera trae consigo el término “Asamblea Constituyente” sustituyéndola por la más ordenada “Convención Constitucional” es porque esta última no está planteada como entidad soberana, sino aferrada aún a un peligroso quórum de 2/3 con el que la oligarquía militar-financiera puede perfectamente ganar. Porque, más allá de la institucionalidad, la intensidad popular es la única que puede obligar a ir más allá, a tocar nudos problemáticos y afectos complejos de una Nueva Constitución desneoliberalizada que se mantenga abierta a los nuevos “usos de los cuerpos”: no se trata de redactar una Constitución que lo imagine todo para siempre, sino de un texto que nos permita imaginar más allá de sí. Un texto que ya no sea texto, sino vida. 

*Ensayista, Doctor en Filosofía. Profesor e Investigador del Departamento de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile y del Centro de Estudios Árabes. Publicó Políticas de la excarnación. Para una genealogía teológica de la biopolítica (2014), Fragmento de Chile (2019), entre otros.


Introducción a Octubre chileno


Andrea Fagioli*

Primera escena: primavera 2011. Un lienzo atraviesa la fachada de la Casa Central de la Universidad de Chile tomada. A través de ese pedazo de tela les estudiantes gritan a quienes transitan por la Alameda Bernardo O’Higgins, frente al emblemático edificio amarillo, que quieren “Educación pública, gratuita y de calidad”. El grito apunta a derribar la LOCE, la Ley orgánica constitucional de enseñanza, promulgada el 10 de marzo de 1990 –último día de presidencia del tirano– y que más de dos décadas después sigue constituyendo un dispositivo de exclusión y extracción, presente y futura, en la vida de aquelles jóvenes.

Segunda escena: 16 de mayo de 2018. Cientos de miles de mujeres rebasan las calles de Santiago y de otras ciudades del país: es la manifestación más masiva de lo que se conoce como Revolución feminista o Mayo feminista. El movimiento incorpora demandas y reclamos de los movimientos feministas regionales y globales contemporáneos, como el #niunamenos o el #metoo, pero exhibe también un vínculo con las luchas feministas chilenas del pasado. En las coloridas pancartas de las millenials –y no solo de ellas– resuenan poderosamente las palabras del Manifiesto feminista escrito en plena dictadura. El párrafo inicial de “Demandas feministas a la democracia”, que se divisa a duras penas entre los bordes carcomidos por el tiempo del folleto de 1983 conservado en el Archivo nacional, muestra una impactante vigencia política. “Ningún proyecto de democratización será viable, sólido ni justo, si no enfrenta los problemas de discriminación que sufrimos el 50 por ciento de la población por el hecho de ser mujeres”. El Mayo feminista reivindica una vez más que lo personal es político, que el modelo discrimina a las mujeres en la política, en el trabajo –remunerado y doméstico–, en la seguridad social, en la educación, en la familia, en lo legal y con la violencia. Y que el movimiento anti-neoliberal será feminista o no será.

Tercera escena: primavera 2019. Una marea de estudiantes secundaries fuerzan las rejas de las entradas del Metro. Las cámaras internas de distintas estaciones captan la impotencia de Carabineros frente a la ola desbordante de adolescentes saltando los torniquetes. Es el célebre “Evade”, que llama a la población a rebelarse contra el nuevo aumento del precio del boleto y a mostrar su indignación contra los dichos del ministro de Economía, Juan Andrés Fontaine, quien sin disimular el desprecio de clase, había dicho cínicamente: “el que madrugue será ayudado con una tarifa más baja”. El gobierno dará marcha atrás. Es muy tarde: “No son 30 pesos, son 30 años”. El estallido ha comenzado.

El 18 de octubre de 2019 marcó un punto de ruptura en el Chile contemporáneo. Un evento en el que convergieron tramas subterráneas que se han tejido a lo largo de cuatro décadas de resistencia, estallándole en la cara a una clase voraz y a sus pretorianos de distintas calañas: ¡bien excavado, viejo topo! Un evento que no es exagerado llamar Revolución, en la medida en que allí se han producido formas de movilización y de subjetivación que exceden todo tipo de ley y de derecho y que ha llevado a la caída de facto de la Constitución. Elegimos esas tres imágenes no solo porque están entre las más potentes del pasado reciente, sino porque muestran a la vez la continuidad del modelo con la dictadura y una genealogía de las luchas que no surgen de la nada. Parafraseando a Edward P. Thompson, quien usó estas palabras para la clase obrera inglesa, podríamos decir que el sujeto que se tomó las calles “no surgió como el sol, en un momento determinado. Estuvo presente en su propia formación”.

También hubiéramos podido tomar la revolución pingüina de les estudiantes secundaries en 2006, las luchas por la tierra de los pueblos originarios, las batallas por la ecología o el movimiento NO+AFP, entre otras.

El referente negativo común, que permite aunar diferentes luchas por demandas y subjetividades involucradas, insertándolas en una genealogía común de resistencia, es el neoliberalismo. Chile –se suele decir con justificada razón– ha sido el primer experimento plenamente neoliberal, unos pocos años antes de que Margareth Thatcher y Ronald Reagan se sentaran en sus escritorios en el 10 de Downing Street y en la Casa Blanca respectivamente.

Si bien es más correcto hablar de neoliberalismos en plural, en la medida en que no existe un modelo único ni una receta que aplicar independientemente del contexto histórico y geográfico, a nivel regional el neoliberalismo ha sido instalado –y esta es la gran diferencia con el norte global– a través de las masacres estatales y paraestatales de las dictaduras. En este sentido la vía chilena al neoliberalismo es muy fecunda para reflexionar. En primera instancia, por ser Chile sinónimo de un modelo extremadamente exitoso, según un relato hasta hace poco incuestionable. Aquel modelo que tanto George Bush padre como Barack Obama han tildado de ejemplo: de transición a la democracia el primero y de democracia en la región el segundo. Un ejemplo que Sebastián Piñera definía “un verdadero oasis con una democracia estable” dentro de una “América Latina convulsionada”, comentando la coyuntura de la región unos pocos días antes de que se le prendiera fuego el rancho.

A diferencia de las lecturas à la Vargas Llosa, muy preocupado por no mezclar los hechos chilenos con las revueltas plebeyas –por ejemplo la ecuatoriana, estallada unos días antes– y, más bien, asemejar las movilizaciones a aquellas europeas, creemos que quien ha protagonizado el estallido no es, en ningún caso, una nueva (o, más bien, supuesta) clase media traicionada en sus expectativas, que, por supuesto, sí la hay. Nos parece más interesante plantear que –posiblemente producto del hecho de que Chile se ha quedado al margen de la ola progresista latinoamericana del siglo XXI– no pareciera divisarse allí un movimiento que pueda ser pensado en términos de estructurador de demandas, que un eventual gobierno no-neoliberal –con todo lo problemático de la definición– debería tomar y conducir, en base a una división del trabajo político entre movimientos y gobiernos. Creemos más bien que, como ha escrito Rodrigo Karmy Bolton, la imaginación popular ha inundado las calles, mientras que lazos y prácticas nuevas han sido inventadas y han abierto nuevos caminos, desajustando los cuerpos respecto del control de la gubernamentalidad neoliberal.

Las preguntas en torno a las cuales se interroga este pequeño texto, que reúne y da organicidad a cuestiones abordada a lo largo de los últimos años, son: ¿cuáles son las características de esto que puede ser definido neoliberalismo desde arriba? ¿Qué tipo de subjetividad se puede vislumbrar en las enormes movilizaciones que se han tomado calles, plazas y parques a lo largo y ancho del país durante meses, atascando el modelo?

Las tres partes del libro se inscriben, en un sentido amplio y con distintas tonalidades, en el campo de la filosofía política, encarando tres problemas diferentes, pero todos con los pies en el terreno de aquella historia que, con Nietzsche y su lector Foucault, llamamos wirkliche. En la primera parte nos enfocamos en el modelo que se cristalizó en la Constitución de 1980, rastreando su genealogía en términos históricos y conceptuales; subrayando, por un lado, las raíces teóricas y, por el otro, las relaciones de fuerza a partir de las cuales se instaló el modelo. En la segunda parte, insertándonos en el renovado debate sobre la categoría marxiana de acumulación originaria, hipotetizamos que el neoliberalismo implica –o, más bien, puede ser pensado en términos de– una acumulación originaria continua, no sólo por lo que concierne al saqueo de riquezas, sino también en cuanto a la producción de una subjetividad que, en una suerte de cortocircuito, es al mismo tiempo fin y condición de posibilidad del propio modelo. En la tercera parte, donde reside nuestra lectura política de la coyuntura, formularemos una hipótesis sobre la subjetividad que ha protagonizado el estallido del 18-O, poniendo a prueba el concepto de multitud, tal y como ha sido elaborado en los trabajos contemporáneos de los autores del así llamado postoperaismo o –como es más común definirlo acá– postautonomismo.

Somos plenamente conscientes del riesgo que implica escribir al calor de una coyuntura como la actual, pero estamos convencidos de que el pensamiento político no se puede eximir de esta tarea que, al fin y al cabo, es la que le da significado. Puede que les lectores encuentren aquí, por decirlo de alguna manera, menos Chile y menos Octubre –con lo que condensa este nombre– de los que promete el título. No pretendemos sustituir los numerosos e importantes trabajos que están surgiendo sobre los movimientos sociales en la región, al contrario, nos proponemos poner a prueba algunas reflexiones teóricas en el terreno de la historia contemporánea chilena, marcada por una doble radicalidad. Primero, por lo radical del modelo en el cual un esquema institucional-económico y una máquina para producir subjetividades han sido implementados y blindados gracias a las prerrogativas de una dictadura militar soberana. Pero también por lo radical del estallido que lo ha sacudido hasta derribar su médula constitucional y antropogenética. En este sentido nos tomamos muy en serio lo que leímos en un pancarta que dio la vuelta al mundo “Neoliberalism was born in Chile and will die in Chile”. Constatación y esperanza. Las luchas que empezaron en Chile en octubre tienen mucho por enseñar porque apuntan al corazón del modelo y a la dimensión micropolítica del neoliberalismo, sin el cual esa nueva razón del mundo no podría desplegarse. Unas luchas donde las diferencias –los maricones dijo alguna vez un poeta– no desequilibran el futuro del hombre nuevo, porque les hombres nueves no son hijes de un proyecto de ingeniería antropológica revolucionaria, sino les que se constituyen en ese espacio de lucha donde les que sobran se autoinvitaron a bailar.

El lenguaje inclusivo que usamos merece una advertencia. Al margen del hecho de que sería sumamente difícil, más bien imposible, adecuar todas las fórmulas en las cuales el masculino ejerce su hegemonía, presentándose como universal –¿cómo podríamos volver inclusivo el sintagma homo oeconomicus? ¿tendría sentido, por otra parte, escribir les neoliberales o les militares?–, tratándose de una subversión simbólica usamos el lenguaje inclusivo solo cuando lo que está en juego en las proposiciones es un nosotres, ya sea en términos de conjunto de explotades –usamos, por ejemplo, empleade-empresa– o de subjetividades que emergen en las luchas. Sin embargo, las citas literales decidimos no modificarlas y le pedimos a le lectore cierta paciencia en este sentido, a sabiendas de que estamos recién frente a los primeros intentos de esta manera de hablar y escribir.

* Politólogo italiano residente en Argentina, Doctor en Filosofía (Universidad Nacional de San Martín, becario posdoctoral del CONICET. Publicó numerosos artículos sobre política y capitalismo contemporáneo y están en prensa lo libros Octubre chileno (90 Intervenciones, Red Editorial) y Lucha de clases y multitud. La subjetividad política desde el punto de vista del marxismo postoperaista (en prensa, Antítesis, Red Editorial).