“Palabra de maestro”: Pedro Castillo y la emergencia popular

Gabriel Moreno*

Episodio C

En el Perú se vive un proceso político insólito, ya que un profesor de escuela rural, sindicalista, rondero, campesino asume la presidencia junto con un proyecto popular que ha puesto en cuestión no solo el centralismo limeño, sino también una forma de gobierno basada en buena cuenta en la alianza entre las élites económicas, mediáticas (prensa tradicional), políticas y técnicas. Este proceso emerge en medio de una de las peores crisis del neoliberalismo peruano. El horizonte democrático abierto en claves inciertas ha creado espacios importantes de disputa a estas élites de poder. Sin embargo, habría que apuntar un matiz a esta crisis del neoliberalismo, porque a pesar de no haber podido sortear con mucho éxito las olas de la pandemia, sí ha podido desplegar una serie de narrativas que le han permitido representaciones parlamentarias, así como una presencia importante en las elecciones presidenciales y por supuesto en toda la maquinaria de los medios de comunicación masivos tradicionales. Con esto quiero decir que la disputa en torno a los imaginarios políticos no está saldada. Todavía queda por recorrer un camino sinuoso para el cual más que aplicar una ciencia que nos pueda develar el futuro, podemos realizar un ejercicio cartográfico que nos permita afinar algunas de nuestras intuiciones, calibrar las fuerzas que se encuentran en disputa, así como los espacios y tiempos que van emergiendo y contraponiéndose en un mapa de sensibilidades todavía en curso. 

La demonización neoliberal

Si bien en el neoliberalismo operan diversos procesos económicos que tienen impactos en los derechos sociales, precarizando la vida de amplios sectores, existe también un factor menos tangible, pero no menos importante como son los procesos de subjetivación. Estos no solo legitiman decisiones públicas, sino también configuran aspiraciones, deseos, miedos, circulando en una serie de discursos que hacen frente a sus propias crisis y, aunque suene paradójico, brindan un oxígeno social a las diversas clases.

Entre los diversos discursos que produjo el neoliberalismo me gustaría destacar dos: el anti-populismo y el anti-comunismo. Ambos pueden darnos algunas pistas no solo para comprender su producción, sino para ver cómo el neoliberalismo responde frente a lo que percibe como una amenaza para su proyecto cultural, político y económico.

El anti-populismo fue una de las narrativas que tuvo una presencia mediática importante en Lima en la segunda mitad del 2020. Este relato circuló con diversa intensidad en los medios de comunicación tradicionales: radio, televisión, diarios. Entre los principales sujetos que aportaron en la configuración de estas narrativas y que fueron configurados por estas tenemos no solo a técnicos, ya sean economistas, científicos sociales, etc., sino también políticos, diversos comentaristas sobre la coyuntura y gremios empresariales como la CONFIEP. Se articuló una atmósfera social en medio de nombres, mandatos “éticos”, observaciones pretendidamente neutrales sobre la realidad económica y las instituciones (todo esto como un entramado material de prácticas). Este relato apuntaba principalmente a demonizar lo que percibía como populista. En este contexto el Congreso era representado de esta forma. Independientemente de las diferentes decisiones que este tomó y del carácter ideológico de cada una[1], todas las acusaciones hacia el Congreso giraron en torno a un solo eje: el peligro que estas decisiones quiebren la “estabilidad económica” alcanzada. Desde mi punto de vista lo central no estriba en ver las pugnas entre el Ejecutivo y el Legislativo o entre los diversos actores políticos y el Legislativo, sino en la atmósfera social que configuraron estas narrativas, sedimentando un campo que sirvió de escudo contra toda posible alteración radical del statu quo neoliberal. Estos arreglos discursivos no diferencian entre posiciones demagógicas que se dieron en algunas decisiones del Congreso y defensas de los derechos sociales que se elaboran en otras. Lo principal fue percibir a lo “populista” como un sujeto que amenaza la “estabilidad” del libre mercado. Lo populista será así remitido a lo caótico, el desorden, la pobreza, la demagogia, el corto plazo, la irresponsabilidad, lo pasional, el pasado, etc. Significantes que atentan contra la “libertad” del libre mercado y las instituciones “democráticas”. El populismo se convertirá en lo otro de la economía y las instituciones “republicanas”. Aquí estaba presente algo que posteriormente se va a complejizar con la narrativa anti-comunista, que fue esa otra respuesta con un carácter más autoritario que se articuló con mayor fuerza en la segunda vuelta electoral.

El relato anti-comunista fue una respuesta al avance del nuevo proyecto popular encarnado por Castillo y los diversos aliados políticos. Este discurso tuvo una mayor presencia en la segunda vuelta electoral debido a que las élites, principalmente limeñas, tomaron una posición más enérgica contra lo que consideraban como la amenaza “comunista”, “chavista” y, de manera mucho más violenta, “terrorista”. Sin embargo, habría que mencionar que este anti-comunismo tuvo diversas modulaciones: desde las posiciones que se asumían más cercanas a un cierto institucionalismo liberal, hasta las más abiertamente autoritarias. Como ejemplo de lo primero podemos ver el relato de Keiko Fujimori, diferentes jugadores selección peruana de fútbol[2] y otros personajes mediáticos. En lo segundo se podría encontrar el empresario y candidato presidencial López Aliaga. A pesar de poder encontrar esta diferencia en los tonos de sus discursos, ambos se articulaban en un campo que pretendía inhabilitar la emergencia popular encarnada por Pedro Castillo.

El anti-comunismo fue una respuesta inmunitaria principalmente comandada por las élites limeñas. Se desplegaron narrativas de odio contra lo percibido como una amenaza a la libertad de mercado y la democracia. En este caso Pedro Castillo y Perú Libre encarnaban para este imaginario ese monstruo que ponía en peligro la unidad de la “patria”. Los medios de comunicación tradicionales jugaron un papel muy importante. Como lo menciona el propio informe de los observadores electorales de la Unión Europea, hubo claramente no solo una cobertura desigual, sino también todo un sesgo en contra de Castillo y a favor de Fujimori. Toda esta maquinaria tuvo impacto principalmente en Lima, ya que en la capital ganó Fujimori en todos los distritos. Sin embargo, las regiones se convirtieron en los principales espacios críticos a estas narrativas neoliberales, y por lo tanto, un elemento fundamental del triunfo de Castillo.

Si bien, como mencionaré a continuación, se inicia un proceso de reconfiguración de los espacios públicos en clave democrático-plebeya, todavía la fuerza del imaginario neoliberal en sus diversas modulaciones sigue disputando el terreno político. Estas narrativas comandadas principalmente por élites empresariales, políticos de derecha, medios de comunicación tradicionales tienen un efecto principalmente en Lima. Este no es un dato menor, ya que la capital sigue concentrando el poder político, económico y cultural. De esta forma los escenarios futuros se tornan inciertos a pesar del avance del proyecto popular.

A continuación, me gustaría mencionar algunas claves que pueden ser útiles para comprender la emergencia de este proceso de democratización en curso. 

Castillo o la emergencia de lo maldito: caminos inciertos hacia una nueva democracia.

La democracia inmunitaria del neoliberalismo se muestra ahora incapaz de articular un proyecto político y cultural de dimensiones nacionales. Frente a esta surge un proyecto alternativo encarnado por Pedro Castillo que no es ya la búsqueda de un culpable, sea este el populista, comunista, terrorista, etc. Este se expresa en la puesta en escena de una serie de conflictos pasados y presentes que buscan afirmar la igualdad de derechos, voces y cuerpos en el espacio público. No es esa culpa neoliberal que mediante la conformación de una identidad cerrada y binaria legitima procesos de precarización social, recortando derechos. La polarización neoliberal no es el conflicto democrático, sino un antagonismo espurio que marca actualmente el rumbo político de las élites económicas y mediáticas peruanas, más precisamente limeñas.

La presencia de Pedro Castillo y el proyecto popular se vuelven así lo otro (dentro del imaginario neoliberal) del gobierno económico eficiente, de los principios conservadores y del diálogo republicano. Del centro derecha a la ultra derecha ven en este una amenaza con mayor o menor intensidad. Los politólogos del establishment institucionalista observan en Castillo una amenaza autoritaria, incapaz de concertar, por otro lado, la ultra derecha un enemigo de la propiedad privada, la familia[3] y los valores. De esta forma la emergencia popular se torna un objeto hostil para las élites donde en un caso habría que domesticar y, en el más extremo, eliminar.

Toda la campaña de odio, miedo y culpa de la segunda vuelta, que tenía como sus principales significantes a la libertad, la democracia y la patria, no pudo con una contraofensiva popular que, a partir de una serie de desplazamientos e intervenciones, llegó a desquiciar a la derecha, como lo sigue haciendo. Podemos repasar algunas narrativas de Pedro Castillo que den algunas claves para pensar los procesos de emergencia democrática y popular

Entre estas claves por ejemplo tenemos una particular temporalidad donde no se anula el pasado, en cambio este activa la acción política. El primero de junio en el distrito de Tinta, en Cusco[4], en medio de una plaza rodeada por los monumentos de Túpac Amaru y Micaela Bastidas, Pedro Castillo realizó un discurso en el cual evocó el pasado de las luchas emancipatorias del curaca: “Compañeros, la voz de Túpac Amaru nunca se ha callado, nunca se ha opacado. Esta es la voz viva que el 6 de junio la haremos realidad”. El lenguaje político reactiva la memoria para operar una transformación en el presente. Una voz que viene de lejos a interpelar la concentración del poder actual. Pero no es solo el pasado que viene como un espectro a interpelarnos en medio de las brechas del neoliberalismo, existe también una dimensión de presente activo: “Hoy el pueblo va a liberar al pueblo”. Esta última frase nos lleva también a otra clave en este nuevo imaginario político, la cual tiene que ver con un llamado a re-instituir el espacio público vía la participación igualitaria. De ahí la centralidad de la figura del pueblo. El pueblo es el sujeto político de este proceso de democratización y con él llega toda esa carga reivindicativa y transformadora. El líder en este contacto con la heterogeneidad popular se vuelve un espacio de inscripción de sus luchas. Esto a partir de la nominación hacia él como “el profesor”, nombre que es apropiado por los diferentes sujetos políticos. De ahí que “el profe” no sea el comandante en jefe, sino el que intenta re-habilitar la capacidad política del propio pueblo. En Sicuani (también en Cusco), por ejemplo, dijo: “[…] Los invoco que aquí, quien tiene que poner la agenda no es Pedro Castillo, no es Perú Libre, es el pueblo organizado”. Este llamado a la organización popular deja ver que esta soberanía no se agota en una dimensión vertical donde el representante tendría la última palabra, sino que hay una dimensión horizontal que también vertebra la propia representación política.

La invocación al pueblo trae una dimensión conflictiva, en la medida que antagoniza contra las élites dominantes. La democracia es esa emergencia popular que quiebra los consensos de las élites. Por ejemplo, poniendo en cuestión la democracia neoliberal, que solo afirma la voluntad del rico e intenta inhabilitar la potencia política de los pobres. De esta forma, el 31 de mayo en Puno menciona que: “Cuando los pobres salimos a buscar derechos nos dicen violentistas y cuando el rico hace lo que quiere, dice que es democrático”. En este proceso popular se quiere quebrar esa imagen del pobre politizado como violento e instalar en el imaginario la legitimidad de su ejercicio político. Hay un doble proceso simultáneo: confrontación contra las élites y creación de espacios de igualdad política. El profesor en sus mítines llama a las “organizaciones vivas” para gobernar junto a él y enfrentar a los adversarios. Las palabras intentan restituir escenarios conflictivos que interpelen al poder, donde se puedan crear, en buena cuenta, espacios igualitarios.

También podemos ver una dimensión cultural-política. Esta dimensión dialoga con elementos del imaginario andino. Por ejemplo, en el mitin en Puno, Castillo ingresa al estrado en medio de la música de sicuris donde una inmensa multitud lo espera. En el estrado al lado de un personaje vestido de inca realiza antes de tomar la palabra un ritual, donde pide permiso a la Pachamama quitándose su simbólico sombrero como reverencia. Algo en esa línea ocurre en la plaza central de Huamanga (Ayacucho) el 19 de mayo, donde recibe un reconocimiento. En el estrado, el presentador antes de realizar el acto protocolar realiza una reverencia al gran consejo inca y a todos los suyos. Luego de esto llega una mujer vestida con motivos de lo que parece la nobleza indígena y rodea el cuello de Castillo con un collar que lleva una imagen del sol y unas palabras en quechua. Un hombre vestido de inca le entrega una credencial al amauta, también en el mismo idioma. Y al final una niña le obsequia una flor de la retama. Esta es símbolo de la lucha política de los maestros y el pueblo de Huanta a finales de los años sesenta. Habría que mencionar también que la canción central de este acto fue “La flor de la retama” que dialoga con la manifestación de docentes ya mencionada. Y así podemos seguir repasando sus diversas manifestaciones principalmente en el sur y centro andino. No es un simbolismo que pretende exotizar la cultura andina, sino que la performance se mezcla con recuerdos de luchas políticas y demandas actuales del sector popular. Hay una politización de lo andino que trabaja en medio de las palabras y los afectos. Esta es una democracia situada que parte de las referencias culturales. No podemos olvidar también la extracción campesina de Castillo, como él mismo menciona en Sicuani:

Luchemos por ordenar la casa […] seremos pobres económicamente, pero no culturalmente. A mí me indigna que cuando vas a otros lugares, en otros sitios, algunos salen a decir cómo es posible que nos gobierne un cholo. Se burlan hasta de mi sombrero. Para mí este sombrero es mi orgullo mi razón de ser. Soy campechano, soy andino.

Otra pista está en la promesa que realiza en la juramentación presidencial de renombrar el Ministerio de Cultura como Ministerio de las Culturas, así como afianzar las rondas campesinas, el pueblo organizado, en el tema de seguridad ciudadana. No habría que pasar por alto que Castillo también pertenece a la religión cristiana-evangélica. Este no es un dato menos relevante, ya que podría dar algunas pistas para rastrear una cierta dimensión teológica en sus narrativas[5].

Una última posible clave es la lógica corporal que se impregna en las narrativas del presidente. Por ejemplo, la alusión, en Puno, a los recuerdos de los cuerpos reunidos en la plaza San Martín reclamando derechos. Esto se muestra de manera patente en su discurso de juramentación presidencial:

Quiero que sepan que el orgullo y el dolor del Perú profundo corre por mis venas, que yo también soy hijo de este país fundado sobre el sudor de mis antepasados […] Que mi vida se hizo en el frío de las madrugadas en el campo y que fueron también estas manos del campo las que cargaron y mecieron a mis hijos cuando fueron pequeños. Que la historia de este Perú tanto tiempo silenciado es también mi historia […]

El país no se funda en las letras de las élites, sino en el cuerpo del trabajador. Castillo vuelve al pasado para dar cuenta de la corporalidad que trabaja en la formación de la nación. Sobre el silencio del país se articula otro país igualitario donde se producen nuevos sentidos. El cuerpo y la historia llegan para escandalizar a una élite limeña que solo sabe de gabinetes y presidentes de “lujo”. Aquí trabaja una particular democracia que no responde a un marco de sentido de un marxismo ortodoxo donde habría una clase pre-establecida como sujeto histórico de la revolución, pero tampoco una idea liberal que presupone ciudadanos racionales capaces de establecer acuerdos sin necesidad de rupturas radicales. Estamos en cambio, a mi modo de ver, frente a un gesto republicano y plebeyo muy difícil de imaginar en Lima. Una democracia donde los sujetos plebeyos con una fuerte marca provinciana disputan espacios de poder a las élites, trazando un posible camino de ruptura en la geografía del poder peruano: las regiones intentando una emergencia política que desestabilice la concentración limeña. Sin embargo, hay también algunos elementos que tendremos que sortear para afianzar estas otras dinámicas democráticas.

Una primera cuestión tiene que ver con resituar el espacio de gobierno. Castillo ha mencionado que no despachará en Palacio (que queda en Lima), a pesar que ya se encuentra haciéndolo por temas legales. Un reto será ver las formas de desplazar la concentración simbólica, económica y política que se encuentra en la capital. Tarea nada fácil.  Otra cuestión tiene que ver con desanudar toda esa maquinaria mediática que no da tregua. Los medios de comunicación tradicionales todavía tienen un impacto y efectos importantes en esta ciudad. Para ello se deberá constituir un amplio debate no solo sobre el rol de los medios, sino sobre la concentración empresarial que opera en ellos. La relación con el Congreso es un tema no menos relevante, ya que el peligro de ser vacado avanza de modo incierto. Una última cuestión, y quizás la más importante, tiene que ver con la re-institución del Estado como espacio de ampliación de derechos y profundización de la participación popular. El camino a esta hora es incierto, por lo pronto estamos asistiendo a un acontecimiento inédito en el país que ha puesto sobre la mesa tareas históricas.

* Magíster en Filosofía por la Universidad de los Andes (Bogotá-Colombia). Licenciado en Filosofía por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya (Lima-Perú), diploma en Interculturalidad y pueblos indígenas por la misma universidad. Actualmente doctorando en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de General Sarmiento y el Instituto de Desarrollo Económico y Social (Argentina). Es parte del comité editorial de Antagonismos. Revista de Teoría Política.


[1] La derogatoria de la Ley de Agroexportación, la Ley que suspende el cobro de peajes, la Ley que elimina el régimen CAS (Contratos Administrativos de servicios), etcétera.

[2] Es importante mencionar que el discurso de Fujimori en la segunda vuelta tuvo como uno de sus ejes centrales la metáfora de la selección peruana de fútbol. El Perú jugando un partido contra el rival (el comunismo).

[3] Básicamente desde los sectores ultraconservadores. Para estos sectores el comunismo es una amenaza también contra determinados “valores”. Para López Aliaga, la familia, por ejemplo, se ve amenazada por el comunismo de Castillo.

[4] Lugar de resistencia de Túpac Amaru.

[5] Agradezco al compañero Elvis Mori por esa clave.