Pensamiento arbóreo*

Episodio XLVII

El lado bueno de la pandemia (en colaboración con Pedro Cazes Camarero)

21de junio de 2020. Comienza el invierno en Buenos Aires. Afuera, en la calle helada y vacía, campea la sorpresa, el emergente, como un viento amarillo y viscoso. El imaginario futuro retrocede, se desvanece como la ilusión de una historia con sentido. La teleología deja paso a la única producción de sentido posible: la que trata de resolver el emergente. El resto es religión.

Algo bueno tiene la peste, y es que es democrática, y en más de un sentido. Ante todo, visitó preferentemente a los viajeros prósperos, que frecuentan China, Milán o París. En el fordismo, el poder era la certeza. Ahora, el poder de la Elite Financiera Global (EFG) acampa cerca de la incertidumbre, el nuevo “lugar” del poder, cerca de la creciente volatilidad de un “Swap”. Desesperadamente, la EFG intenta retroceder, pero detrás ya no hay nada. Las representaciones políticas de la Elite no vacilan en aplicar el rigor del Estado para yugular la epidemia. Como observa Miguel Benasayag, los mismos que consideran las jubilaciones dignas y el control ecológico como dispendios insensatos, en esta ocasión no trepidan ante el gasto.

Pero la angustia de los dominantes deriva de la incertidumbre de no saber cuándo y qué emergente llegará. La fuerza de la EFG deriva de su ubicuidad, frente a la debilidad granítica de las grandes mayorías, que funcionan aún en lentas secuencias de conciencia y de acción. Sin embargo, los emergentes también sorprenden a las representaciones políticas de la Elite, arrastrando a la humanidad de una meseta precariamente estable a otra, cuyo fugaz equilibrio nadie sabe cuánto durará, al decir de Deleuze y Guattari. Entre una meseta y otra, el torbellino de un agujero de gusano, un no- lugar donde no funcionan los teléfonos celulares ni se acumulan las finanzas electrónicas.

La especulación virtual maneja veinte veces la cantidad de dinero equivalente al producto bruto mundial, así que era cuestión de tiempo para que cualquier disparador hiciera saltar por el aire el festival fantasmático de las finanzas. Travesuras del virus. Pero las transacciones especulativas en tiempo real se realizan con humo, y poseen una escala enorme, similar a las sombras proyectadas en el atardecer. Ya se sabe que luego del atardecer viene la noche. Así que la pandemia se le presenta a la EFG como un peligroso emergente. Las deudas corporativas y soberanas del mundo no se podrán pagar, no por decisión de nadie, sino por el emergente sanitario.

La fortaleza de la EFG ante las viejas generaciones humanas consiste en el abandono de la pirámide (lugar del sistema) y funcionar como una red plana, un contra-lugar, una heterotopía, diría Foucault. Pero no puede codificar a las nuevas generaciones, que son cada vez más rizomáticas. La potencia inmediata está en disputa, ya que los jóvenes funcionan en tiempo real, en términos instantáneos y con memoria corta en los emergentes; a diferencia de la humanidad todavía fordista, que lo hace en volúmenes de tiempo, con secuencias y memoria larga institucionalizada. La emergencia sanitaria, a pesar de la desgracia causada, obligó a la humanidad a un ejercicio de pensar en red y tiempo real, quizás uno de los emergentes más peligrosos para la EFG. La “red distribuida” es el verdadero lugar de la humanidad, y ya no las estructuras piramidales.

Cuando vuelvan a brillar las estrellas y la marea de la peste se retire, mientras lamemos nuestras heridas y contamos nuestras bajas, pasado el pánico, ellos nos interpelarán acerca de la eficacia demostrada por el régimen de excepción y la conveniencia de mantenerlo para domeñar la lucha política de la multitud en red. Allí nos tocará recordarles que los coronavirus se forjan entre el pus y la mugre de los criaderos de cerdos y de aves de corral, y en los laboratorios bioquímicos secretos de las potencias. Pero que no hay estado de excepción que pueda disciplinar al General Intellect que pulula y borbotea en el común.

 

Pensamiento arbóreo (agosto, 2017)

La conducta política actual de las personas no resulta para nada sencilla, y esto se debe a la complejidad que adquirió la subjetivación humana al ser atravesada por la lógica digital. Siempre será necesario el olfato político para interpelar a la sociedad, pero “una buena nariz” ya no es suficiente. Más que nunca resulta necesario acometer el aspecto teórico de la política, si nuestra decisión es modificar con eficacia la situación planteada por la Élite Financiera Global.

La forma clásica del sistema capitalista se expresó con madurez en el fordismo industrial de comienzos del siglo XX. Allí desplegó al máximo su equilibrio, hasta mediados de la década de 1980. El fordismo se caracterizó por sus grandes fábricas con miles de obreros, donde el tiempo y el espacio eran lineales en todo sentido: tiempo de trabajo, tiempo de producción, máxima producción en determinado lapso. Asimismo, el espacio como lugar físico formó parte de esta estructuración del sistema.

En el fondo siempre vivimos en un mundo fluido, al decir de Heráclito, pero la Era Fordista, industrial-sólida-territorial-nacional-estatal, nos convencía con la ilusión de un mundo de verdades objetivas, de cosas sólidas, llenas de certezas, estructuradas, piramidales, jerárquicas, autoritarias. El fordismo edificaba estos entes graníticos a través de sus instituciones, ya que lo sólido nunca fue intrínseco a las cosas. El fordismo era un sistema de crear realidades a partir de lo instituido; la realidad se confundía con la institución, con lo estructurado.

Los dueños de los medios de producción se hallaban por entonces prisioneros, al igual que los obreros, en una misma “jaula de hierro” –al decir de Bauman–, ya que ambas clases se necesitaban mutuamente para mantener el sistema. Pero en la actualidad una de ellas escapó hacia la globalización, se des-territorializó y dejó a la otra encerrada en el lugar primigenio, en el territorio, en la jaula. Sin trabajo, o con trabajo precarizado. La estructuración del sistema, no sólo codificó en sus propios agenciamientos a los que se oponían a él a nivel organizacional; sino que –y esto es lo más grave– codificó a nivel epistemológico un pensamiento arbóreo en la propia oposición al sistema, que se hace muy pesado deconstruir. Un pensamiento que fue parte constitutiva de la era industrial fordista.

La noción de pensamiento arbóreo corresponde a una metáfora para describir una ontología convencional, fundacionista, con raíz, tronco y ramas.  Una ontología lineal, de memoria larga, en la que todo concepto responde al centro de una idea fundacional respetando una jerarquía. En ella nuestros sentidos están ordenados, la experiencia misma de la vida está estructurada, segmentada. Visión orgánica: “la vida orgánica es así una sustancia formada, plegada y replegada por estratos, sedimentos y coagulaciones, y una organización jerarquizada de órganos según funciones. Desde esta perspectiva el ser viviente interpreta el mundo” (Deleuze-Guattari. 1988:159).

Las estructuras convencionales de las distintas disciplinas cognoscitivas atravesadas por tales características reflejan los rasgos de su objeto de estudio, pero al mismo tiempo van reflejando y creando la distribución del poder, autoridad, organización y jerarquías del cuerpo social donde operan. Para analizarnos a nosotros mismos en la vida cotidiana, reproducimos el sistema en cada enunciación. En cada pensamiento, en cada creación de un contraste, construimos una jerarquía, reafirmando el concepto de poder enunciado por Foucault. 

No sólo la estructura social mantiene la opresión, “las distintas disciplinas cognoscitivas traducen a nivel epistemológico una estructura social opresiva” (Deleuze-Guattari. 1980: 531) Esta traducción hace mucho más daño a la sociedad que cualquier represión física. Por su carácter hegemónico, esta manera de acometer el conocimiento resulta más poderosa cuanto más imperceptible. Todo esto resulta estructuralmente análogo a las organizaciones piramidales y jerárquicas, tanto estatales como gremiales, políticas o sociales. ¿Cómo escapar de este enjambre asfixiante que mantiene al pensamiento arbóreo incrustado en nuestros cerebros? Podríamos planear esta huida desde un concepto de Deleuze y Guattari: la línea de fuga. Concepto tal vez hurtado del dibujo arquitectónico, esta expresión ahora nos permite urdir nuestra evasión respecto de este fatal formato jerárquico.

Para darse una idea: uno transita satisfecho por la vida, estructurado y lleno de certezas y previsiones, con horarios, trabajo, cada cosa en su casillero. De pronto se enamora –el amor en tiempos fordistas adquiere esta característica debido a la extrema estructuración de la vida–  y todo se da vuelta, todo se relativiza. Lo importante deja de serlo, y viceversa. Hay una completa desestructuración en la vida, uno anda por las nubes. La línea de fuga lo ha depositado en otro concepto: uno se ha vuelto rizomático. Tanto la línea de fuga como el pensamiento rizomático, no son en sí buenos ni malos. La muerte de un hijo puede transformarse en una línea de fuga. Un cáncer o las favelas de Río de Janeiro son también rizomas. Como enunciados, son agenciamientos que carecen de ideología. Son más abstractos que el concepto de hegemonía propuesto por A. Gramsci.

En los inicios de las sociedades socialistas, el sistema capitalista perdió la hegemonía política, pero no así sus agenciamientos: el valor, el trabajo abstracto, las mercancías, el dinero, las estructuras piramidales, las jerarquías sobre la base de la delegación del pensamiento del sujeto, el trabajo en el centro del proceso productivo. Son las razones por la cuales estas naciones “retornaron” fácilmente al capitalismo, en realidad nunca se fueron. Tales formaciones económicas sociales socialistas fueron una parte constitutiva del fordismo industrial del modo de producción capitalista. El fenómeno revolucionario iniciado en 1917 con la revolución Rusa y extendida durante el siglo XX, demostraría que el sistema capitalista es inmodificable si se encara la lucha desde sus propias codificaciones agenciadas. Ejemplo: una estructura piramidal jerárquica no puede ser revolucionada desde otra estructura piramidal jerárquica, por más buena que se autocalifique. No existe una jerarquía “buena”. La jerarquía en sí misma es una codificación del sistema.

Los agenciamientos son conceptos lógicos, planos, no ontológicos: “es una multiplicidad, que comporta muchos géneros y establece uniones, relaciones con ellos, a través de edades, reinos diferentes etc. Lo importante no son las filiaciones sino las alianzas y las aleaciones; ni tampoco las herencias o las descendencias sino los contagios, las epidermis, el viento. Un animal se define menos por el género y la especie, por sus órganos y sus funciones que por los agenciamientos de que forma parte. Un agenciamiento del tipo hombre-animal-objeto sería: hombre-caballo-estribo. Hay como dos caras, pero también como enunciados, regímenes de enunciados, no son ideología. No son ni infraestructura ni superestructura. Lo único que hace es agenciar signos y cuerpos como piezas heterogéneas de una misma máquina. No hay sujeto, en los enunciados siempre hay agentes colectivos. Son como variables de la función que no cesan de entrecruzarse sus valores” Deleuze-Guattari. 1988: 234)

Hubo pioneros que comenzaron a deconstruir esta forma piramidal del pensamiento. Friedrich Nietzsche cuando se refiere a los edificios filosóficos que lo precedieron; Antonín Artaud, un adelantado, proponiendo su cuerpo sin órganos. Deleuze y Guattari, en la crítica al pensamiento arbóreo, llegaron al concepto de pensamiento rizomático. “Un rizoma es un modelo descriptivo o epistemológico en el que la organización de los elementos no sigue líneas de subordinación jerárquicas –con una base o raíz dando origen a múltiples ramas de acuerdo al conocido modelo del árbol de Porfirio–, sino que cualquier elemento puede afectar o incidir en cualquier otro” (Deleuze-Guattari 1972:13).

“En un modelo arbóreo o jerárquico tradicional de organización del conocimiento –como las taxonomías y clasificaciones de las ciencias generalmente empleadas– lo que se afirma de los elementos de mayor nivel es necesariamente verdadero de los elementos subordinados, pero no a la inversa. En un modelo rizomático, cualquier predicado afirma que un elemento puede incidir en la concepción de otros elementos de la estructura, sin importar su posición recíproca. El rizoma carece, por lo tanto, de centro, un rasgo que lo ha hecho de particular interés en la filosofía de la ciencia y de la sociedad, la semiótica y la teoría de la comunicación contemporáneas” (…) “La noción es adoptada de la estructura de algunas plantas, cuyos brotes pueden ramificarse en cualquier punto, así como engrosarse transformándose en un bulbo tubérculo; el rizoma de la botánica puede funcionar como raíz, tallo o rama sin importar su posición en la figura de la planta, sirve para ejemplificar un sistema cognoscitivo en el que no hay puntos centrales –es decir, proposiciones o afirmaciones más fundamentales que otras– que se ramifiquen según categorías o procesos lógicos estrictos (Deleuze-Guattari 1972: 35) 

Esta metáfora nos permite acercarnos a la idea de lo que es un pensamiento rizomático: un concepto de multiplicidad que se conecta con el resto de los conceptos mediante una red, sin definiciones previas, sin centro ni idea fundacional. Esto no significa que el rizoma sea lábil o inestable, existen en él líneas de organización y cierta solidez, llamadas “mesetas” por Deleuze-Guattari.

Observemos que el concepto de rizoma excede el plano conceptual, invadiendo la organización misma de la existencia de los entes: “no se trata de un pensamiento que refleje mejor la realidad; parte de la teoría antifundacionista es la noción de que los modelos son herramientas, cuya utilidad es la mejor parte de su verdad. Una organización rizomática es un método para ejercer la resistencia contra un modelo jerárquico” (Deleuze-Guattari. 1980)

La teoría clásica de los sistemas en equilibrio se asienta en cierta concatenación de las variables. Es importante saber qué sucede más allá de ese equilibrio. La termodinámica, por ejemplo, se centra en equilibrios donde predominan los determinismos. Desde este punto hasta cierto umbral, el equilibrio puede amortiguar las fluctuaciones, hasta llegar al no-equilibrio. A partir de este punto de no equilibrio, las fluctuaciones no pueden ser amortiguadas.

Ilya Prigogine observó que, pasado el umbral del equilibrio, aparecen espontáneamente nuevos tipos de estructuras. En ese punto, el desequilibrio se transforma en caos desde donde surgen nuevas estructuras ordenadas que exigen un nuevo aporte de energía al sistema, para que se mantenga un nuevo orden en el caos. (Nuevo aporte de energía = línea de fuga, al decir de Deleuze y Guattari) En este punto el no-equilibrio se estabiliza: se ha formado una estructura disipativa. Estas novedosas estructuras entran en unas zonas de teorías de la creatividad, donde la termodinámica se conecta con las disciplinas humanas y se ocupan de las mismas cosas: ¡estructuras creativas! Por primera vez se puede plantear el intercambio teórico interdisciplinario, creando una ontología iterativa, novedosa. Las estructuras disipativas tienen relativa estabilidad lejos del equilibrio original y dentro de estos parámetros son previsibles, pero no lo son en su desarrollo.

Por lo general, los sistemas tienen un punto de equilibrio y cierta tolerancia en torno a él. El punto de equilibrio del sistema capitalista es el fordismo industrial desarrollado, es donde el capitalismo toma, al decir de Marx, su plena madurez y forma clásica. El eje de este equilibrio, el sostén de las estructuras del sistema, está conformado por la teoría del valor: trabajo abstracto, fetichismo y carácter bifacético de la mercancía y lo que más conocemos en la vida cotidiana: el dinero, como elemento de equivalencia general. El General Intellect (GI) constituye una línea de fuga deleuziana y produce una ruptura en la equivalencia antes sostenida en el sistema. Pero esta ruptura del equilibrio no se da sólo en el plano de las mercancías, sino que a su vez produce una disolución de las pirámides jerárquicas en la producción, distribución, cambio y consumo, tanto en lo social como en lo político, desmenuzando el pensamiento arbóreo. El GI, emergente del sistema capitalista maduro, se está estableciendo y generalizando en la sociedad. Como dice Marx “las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo el control del General Intellect y remodeladas conforme al mismo” (Marx K., Grundrisse, T.2), produciendo una disolución de todos los lazos creados por la sociedad fordista tan arraigados conceptualmente en la militancia, como las ideas de pueblo, Estado, nación, trabajo, clase, lucha de clases, solidaridad (aquella que surge de la ubicación en la pirámide productiva, gremial o política, hoy en plena desintegración). A medida que el GI se expande en las sociedades, éstas se van alejando de su punto de equilibrio y las distintas estructuras sociales y sus conceptos se pueden observar más afectadas y disueltas. Se vuelven “estructuras disipativas”, en zonas rizomáticas, ya completamente no- jerárquicas. El General Intellect, el concepto revolucionario más avanzado creado por Marx, transformó al propio marxismo a partir de él.

Lo estructurado y el caos conviven en su existencia. El elemento organizativo del caos es relativo, siempre precario. Pero tales estructuras momentáneamente formadas, permiten un breve equilibrio para pensar los miles de fenómenos conectados entre sí en lo que Deleuze y Guattari denominan mesetas.  Mil mesetas. La vorágine del caos nos protege del pensamiento arbóreo, pero también oblitera todo pensamiento. Las miles de mesetas dan un relativo reposo para ejercer desde allí el pensamiento, con memoria corta, no solo negando lo arborescente, sino creando una iteración ontológica, o sea una vinculación con otras disciplinas que rompieron también el equilibrio.

Deleuze también habla de un cuerpo sin órganos, concepto tendiente a desordenar los sentidos y enfrentar a la experiencia estratificada. El primer paso para comprender a Deleuze es estar dispuesto a abandonar la estructuración arbórea que hay en uno, una cuestión difícil pues mucha de nuestra autoestima personal está basada en ella. Los libros de los antisistémicos, en particular los de Deleuze, en realidad no fueron escritos para leerlos, sino para “cumplirlos”, experimentarlos. De allí que M. Foucault diga: “un día, el siglo será deleuziano”. Ahora podemos observar cómo las predicciones comenzaron a cumplirse (quizás el último acto arbóreo de los antisistémicos).

Las nuevas generaciones atravesadas por distintas líneas de fuga, la lógica digital, la falta de codificación del sistema desde la pirámide obligada a una red por el G.I., el producto sin valor, el alejamiento del trabajo abstracto, el predominio del GI en el proceso productivo y la negativa a delegar lo que se piensa, van ejerciendo cada vez más un pensamiento rizomático. Son deleuzianos, aunque quizás nunca lean un libro de Deleuze.

Ejercer masivamente el propio intelecto por las personas del común constituye algo nuevo en la historia de la humanidad y estamos recién en el inicio de su desarrollo. De allí su extrema debilidad. Pero siempre será preferible una reflexión propia por más precaria que sea, a la simple adhesión a una opinión de un delegado de fábrica, por más querido y prestigioso que éste sea, pues la del delegado constituye una subjetivad que ha comenzado a morir y la reflexión propia tiene todo un universo para desarrollarse.

Quienes produjimos este escrito, los estructurados lineales, formados en la era industrial-fordista, a diferencia de las nuevas generaciones, sí necesitamos leer a Deleuze y Guattari, e intentar por todos los medios deconstruir el pensamiento jerárquico, aunque nos cueste buena parte de nuestra “autoestima”, o pereceremos abrazados a los dinosaurios y los trilobites, como objeto de la paleontología del saber humano… crucificados en el Árbol.

 

* Texto escrito originalmente en agosto de 2017.



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