Vala Kier*

Pensamientos para tocar un cuerpo en cuarentena.

Episodio III

 “Lo que está en juego es qué clases de yoes colectivos y personales serán construidos en esta semiosis orgánico-técnica-mítica-textual. En tanto que cyborgs en el terreno de los significados, ¿de qué manera podremos nosotras, occidentales de fines del siglo XX, crear imágenes de nuestra vulnerabilidad como una ventana sobre la vida? 

Donna Haraway, 1991 en Ciencia, cyborgs y mujeres

“En el escribir como un arte del intersticio, se horadan las palabras al andar por la travesía difamatoria del delito de preguntar ¿puede ser de otro modo?”

val flores, 2016. “La intimidad del procedimiento. Escritura, lesbiana, sur como práctica de sí”. 

Una semana de cuarentena total obligatoria. ¿Parece más, no es cierto? No se trata de una ilusión cualquiera. El tiempo y el espacio están hechos de nuestras experiencias corporales, psíquicas y sociales cotidianas, al faltar esas experiencias, todo pierde dimensión. 

Podés tener el privilegio de estar haciendo yoga en tu casa, cocinando y mirando todas las series y películas que querías, pero algo de este paraíso de ocio no se siente bien. Entrás a tu pantalla preferida y haces una historia sobre tu próximo movimiento. Escroleás con la mirada perdida el streamin maníaco de la vida de otres que, como vos, comparten (si es que esa palabra, hermosa como pocas, sirve acá) lo que comieron, el ejercicio que hicieron, la peli que vieron, la videollamada que tuvieron. Algunes trabajadores que, como yo, tienen “la suerte” (se me dijo que era una suerte) de poder trabajar a distancia, lo hacen. Lo hacemos. Bajamos apps y probamos nuestra suerte. Pero no se siente bien. Me escribe una amiga con un ataque de pánico. Otra deprimida siendo obligada a trabajar igual o más que antes, desde su casa. Salgo a comprar algo al súper (y también a respirar) pero me miran mal porque fui con mi novia. Empiezo a extrañar la lesbofobia. Ahora nos odian pero por salir de a dos, no importa que convivamos y durmamos juntas todos los días. Internamente se activa una alarma que me dice que algo estoy haciendo mal. Esa alarma es el monitor interno, ese aspecto superyoico violento del que se sirven las sociedades industriales para el adoctrinamiento. Salgo sola, pero vuelvo siempre con dolor de cabeza. Mi hermana va al súper con su hija de 5 años. Luego de explicarle que no tenía que tocar nada ella va feliz “por lo menos podemos ver el sol”, le dice la chiquitita mientras caminan media cuadra al súper del barrio. Al entrar, la cajera llama al repositor y éste (quien las conoce hace años) le dice que se tiene que ir, que no puede estar ahí con la nena. Se lo dice con desprecio y no le ofrece ni una sola alternativa ante la única respuesta que pudo dar: “no tengo con quién dejarla”. Se van con mi sobrina llorando en brazos diciendo angustiada: “no me gusta nada lo que está pasando”. A mí tampoco. Otra amiga tuvo un ataque de pánico y quiso ir a lo de su madre. Tuvo miedo de que la parara la policía y no salió. Se quedó sola. En un edificio se organizan para denunciar a los vecinos que salen “sin motivo aparente”. Somos Gilead. Nos hemos convertido en una gran secta en el plazo de una o dos semanas. ¿Cuándo empezó esto? ¿Alguien se acuerda cómo fue? Así empiezan los cuentos, nunca sabés cuándo es. Hasta tenemos un líder/padre/Dios que nos lleva por el camino indicado demostrado científica occidental y superblancamente aunque nadie, nadie sepa qué significa eso. Y quien lo discuta es un locx, irresponsable, asesinx, o peor: trosko. Hay un nuevo binarismo que cerró la grieta y de nuevo (oh sorpresa) quedamos afuera algunes: o estás con las medidas (al 100% y sin discutir nada) o mereces la cárcel o el karma químico. 

Un amigx quiere ver a su compañerx y sale con bolsa de mandados hasta su casa. Una amiga pasea a su perro (lo pasea, sí señor que atrevidah) en un radio mayor al permitido. Una parejita hétero pasa cada mañana por enfrente de mi casa con su perro. Van tomando mate. Hoy vi gente en el parque, era poca, pero iban todes caminando con bolsas vacías. Haciendo sus pequeñas revoluciones. Pude ver a estas personas porque en el plazo de una semana cambió el código con el que decodifico la realidad. El régimen escópico ha sido cambiado para todes. Ahora vemos, literalmente, otras cosas. Me da tanto miedo el adoctrinamiento, mucho más miedo que el virus. Me da tanto miedo el pensamiento único, quizás por haber estado varios años en lo que luego entendí que era una secta política. Me da tanto miedo el que no haya espacio para ser o pensar otra cosa, que todas estas pequeñas rebeliones, así como hablar en grupos de whatsapp con los que llamo “amigues del bien”, me dieron la alegría que necesitaba para escribir. No puedo escribir cuando estoy triste. 

Escribo esto para tejer redes por fuera de las redes sociales. Para hablarle a los cuerpos entumecidos, no tanto por el encierro (el cual puede ser necesario y hasta inevitable) sino sobre todo por los discursos, las narrativas represivas, violentas y bélicas con las que estamos conviviendo permanentemente. El enemigo no es invisible. Lo escuchamos en cada discurso y lo vemos en cada medida, en cada expresión facial, en cada movimiento. Lo veo en la esquina con su uniforme. O en la ventana con su mirada inquisitoria. Los cuerpos, nuestros cuerpos, son atravesados y moldeados dramáticamente rápido por la emoción primaria del miedo. Ese es el hilo que tensa (como los que se usan en las marionetas) dentro nuestro al monitor interno/externo que dice: estás haciendo algo (o todo) mal. Ese hilo no lo conduce nuestra voluntad, sino siempre, el poder. Si hay algo invisible son esos “mecanismos psíquicos del poder”, pero lo son sólo para nuestras consciencias. Nuestros cuerpos captan el poder y podemos, con elaboración psíquica, empezar a reconocerlo y a hacerlo consciente. Como psicóloga analítica me abriga la idea de que mi tarea ayude a romper o -al menos- torcer esos hilos.  

La fantasía moderna se sostiene en la era postmoderna: un yo es perfecto en tanto está totalmente defendido y en la medida en que pueda vencer a aquello no-yo, en este caso, un virus. ¿Dónde empieza y termina el yo? La fantasía es tan objetiva que podemos llevarla desde el territorio nacional o hacia los límites abstractos de nuestros interiores corporales: ¿Dónde termina mi cuerpo: en mi piel, a un metro, a dos metros de mí? Podemos ver la confusión en las medidas higiénicas de los supermercados, por ejemplo, que no saben cómo hacer las colas más asépticas. ¿Dónde termina mi país si me encontró la pandemia “afuera”? ¿A quién le pertenece mi enfermedad potencial?

No es nuevo el discurso bélico empleado para el sistema inmunitario. El sistema inmune en sí mismo es una construcción semántica (esto no quiere decir que no exista biológicamente… ¡calmaos!) basada en narrativas de campos de batalla. Haraway en el texto que tomé para el epígrafe dice que “la inmunidad y la invulnerabilidad son conceptos que se entrecruzan, una cuestión de consecuencias en una cultura nuclear incapaz de acomodar la experiencia de la muerte y la finitud dentro del discurso liberal disponible para la vida colectiva y personal”. ¿Notaron qué pasa cuando le preguntas a alguien a qué le tiene miedo? En general la respuesta que he obtenido es –con más y con menos- la misma (lo que habla de una hegemonización del discurso realmente impresionante): “el miedo no es a contagiarme yo, sino a contagiar a otros, y que los más vulnerables (ancianos e inmunodeprimidos) mueran”. Superficialmente podemos decir que se ha construido un miedo “solidario” y no habría nada de malo en eso, al contrario, podría decir. Pero… no sé, algo no se siente bien. En general, cuando hago algo por el otro algo se activa una suerte de sensación de satisfacción que sí, es egóica pero satisfactoria al fin. Sin embargo, miro más allá de la respuesta de la consciencia colectiva (y miro dentro de mí) y encuentro otro miedo silenciado: el miedo al contagio. Si se observa la cantidad de información que circula para “evitar el contagio”, los números inflados y caras babeantes frente a los nuevos infectados, la expectativa puesta en la cantidad de muertos mucho más que en los tratamientos efectivos… bueno, podemos decir que es bastante ajustado el temor. 

Si las imágenes y narrativas que utilizan los gobiernos más o menos progres son las de guerra o batalla contra el virus y las medidas son estrictamente asistenciales y fundamentalmente represivas, el mensaje consciente de la solidaridad va a parar al tacho. Mientras, lo que queda fijado en el cuerpo, inscripto sobre otras marcas de vivencias previas, es el miedo. Y se desliza como una serpiente sigilosa hacia el miedo al otro. O como sintetizó con humor Rechimuzzi en uno de sus últimos videos: “el riesgo es el otro”.

El miedo en sí no tiene nada de malo. Es una emoción primaria que está allí adaptativamente para prevenirnos de posibles males. Y si hay un virus dando vueltas, que puede ser en algunos –pocos- casos grave, está bien (¿acaso podría estar mal?) tener miedo. Pero no se habilita. Se lanza la directiva de “dar pelea”, “plantarse firme” y ser el héroe o heroína en este lío, que además no puede dejar de producir como si nada de esto estuviera pasando. Especialmente en educación fue y es llamativo que se fomente desde el gobierno una reacción maníaca donde ni docentes ni niñes ni adolescentes tienen permitido dejar de producir, de estudiar y de enseñar. ¿Cómo sigue produciendo un cuerpo que a la vez que está dando batalla? ¿Cómo se estudia, se enseña, se vende y se produce en cuarentena? ¿Cómo están trabajando los empleadxs del súper? ¿Lxs del delivery que continúa funcionando? ¿Podemos siquiera pensar en esto cuando la polarización maníaca es la única respuesta posible al discurso esquizoide del gobierno? ¿Podremos contener el polo depresivo si siguen restringiéndose las libertades a la par que crecen las exigencias productivistas, sin espacio para nada más?

La narrativa tipo película distópica postapocalítica domina nuestro lenguaje últimamente. Estamos todes en una peli. Netflix nos atiborra las psiques con imágenes de pandemias, apocalipsis, guerras químicas y nucleares hace ya cuánto tiempo. Estamos llenxs de historias que nos contamos y que funcionan en este momento como mitologías sobre las que se monta un aparato mediático-político que, más allá y más acá del virus, nos construye una forma monolítica y unívoca de cómo sentir, hacer y pensar en este momento. Nos entrega mártires (los médicos que son aplaudidos pero pésimamente pagos), héroes (presidente, gobernador) y ayudantes abnegados (la población general). Desde el punto de vista político, quien tenga en su administración la menor cantidad de muertos y de infectados, gana. Las medidas represoras muestran “mayor efectividad” que las no represoras. Me atrevo a preguntar, como ignorante en la materia: ¿mayor efectividad EN QUÉ? ¿De qué se está hablando cuando se habla de efectividad? Si es verdad lo que dicen casi todos los expertos que leí en relación a la mortalidad y gravedad del virus, y si es verdad que el problema está en el sistema sanitario y su incapacidad de dar respuesta a la atención, no tenemos un problema de un virus mortal tipo “the mist” (como dijo un amigx) que se cuela en el aire: tenemos un problema político. Y tendríamos que exigir medidas políticas como más recursos en salud, detección precoz y en hogar de la enfermedad. 

En este país, por ejemplo, se gestaron proyectos de salud comunitaria y preventiva sin precedentes como fue el ATAMDOS del enorme Floreal Ferrara influido por la experiencia de Ramón Carrillo (ya me salió lo peronista, ¿vieron?). Este proyecto que duró sólo 4 meses en 1987 es aún recordado por lo que significó, una verdadera revolución sanitaria. Googleenló. No paré de pensar en esta semana, sobre todo antes que el presidente dijera que las medidas iban a ser de “mano dura” (lloré como nunca ese día) y que esa mano dura vendría -de quién más- sino de la policía, en qué bueno sería tener una salud primaria fuerte en este momento. Hacer los recorridos que hacía el ATAMDOS con enfermerxs, medicxs, psicologxs, trabajadores sociales y otrxs profesionales o no que no tengan, por supuesto, factores de riesgo. “Patrullas sanitarias” que den información apropiada a la población, brinden elementos de higiene a quienes los precisen y hagan controles sanitarios, no policiales. (Sí, quizás me escapo a vivir en “un mundo ideal”, pero ¿por qué no, si todos viven en The walking dead?) ¿No vieron la cantidad de ancianos dando vuelta por sus barrios? Hay unos niveles de desinformación solamente comparables a los que se dan, en efecto, en guerra. Nadie entiende nada. Cada comercio toma las medidas que quiere o puede. Hay números del gobierno para denunciar personas sólo por el hecho de salir de sus casas. Hay personas pidiendo estado de sitio con la sincronía siniestra de pedirlo un 24 de marzo. 

Volviendo a la política -de la que nunca me fui: la medida de aislamiento es la más efectiva ¿para qué salud? ¿La salud mental no es salud? ¿Qué hacemos con las consecuencias conocidas y aun desconocidas de la cuarentena por tiempo indefinido? (porque ponen fechas pero en verdad, sabemos que no las tienen… otra vez, el discurso consciente va al tacho, y al cuerpo, la angustia). La incertidumbre es una oportunidad para practicar el aquí y ahora, es verdad. El enclaustramiento es una oportunidad para la introspección, también es verdad. Pero proyectado a gran escala: ¿no es también una herramienta amansadora de movimientos sociales? Es que no dejo de ver dos cosas: una, la depresión y la ansiedad que ya está causando el encierro en sólo una semana (¿cuántos de ustedes extrañan dar un abrazo?); y dos, que es una medida extremadamente desigual e injusta. Cuando se establecen medidas “igual para todos” eso significa una sola cosa: desigual para todos. Porque la sociedad es desigual, la medida que para mí es cómoda para otro puede ser la muerte. Y no estoy exagerando. ¿Qué pasa con la policía en los barrios? ¿ya todos vimos los videos de la violencia institucional? ¿qué pasa con la violencia de género? ¿llamamos al 144? ¿Qué pasa con las economías informales? ¿con los marginales, con los que no nos sentimos seguros con la policía en la cuadra? ¿qué pasa con los excomulgados del estado nacional? ¿qué pasa en un país pobre con la economía parada durante un mes? ¿durante dos meses? ¿a cuántos va a matar todo esto? ¿Hay epidemiólogos de renombre haciendo estos números? ¿esos también son tragedia?

Leyendo a expertos en la materia encuentro (y me alivian) otras opciones al aislamiento total y forzado que estamos cumpliendo. No voy a describirlas acá porque mi intención con este escrito era llegar a conectar con otrxs y sus cuerpos encerrados, a través de abrir al pensamiento crítico y realizar la pregunta delictiva de val flores: ¿podría ser de otro modo?

Creo que hacer la pregunta ya habilita otros posibles en el cuerpo y en el colectivo. Y en relación a esto, una última referencia a Haraway. En ese mismo capítulo ella retoma una novela de Octavia Butler, una escritora de ficción negra estadounidense, llamada “El arca de arcilla” (1984). En esta novela, Butler explora las consecuencias de una enfermedad extraterrestre que invade la tierra transmitida por astronautas que regresan. El efecto del contagio es que sus yoes se reducen a un nivel muy básico. Los humanos, “luchan por mantener sus propios terrenos de elección y de autodefinición frente a la enfermedad en la que se han convertido”. Mi única recomendación como psicóloga junguiana lesbiana feminista caída de esta grieta, es que no abandonemos esa lucha. 

* (Valeria Kierbel) Psicóloga (UNLP), formada en psicología analítica junguiana. Lesbiana feminista wittigiana. Trabajó en epidemiología comunitaria en el Estado, entre 2013 y 2016.

Imagen de Mane Armando (@manearmando_ en IG)


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