Economía

Plusvalor hoy: por una crítica de la deuda impagable

Economía IV

Antonio Di Stasio*

Este texto oficia como prólogo de la próxima publicación del libro ¿Qué es el plusvalor? (Christian Marazzi), en 90 Intervenciones, Red Editorial. Valga su publicación como adelanto. 

Christian Marazzi está entre los que, junto con Negri, Virno y Lazzarato, más insistieron en el giro lingüístico de los circuitos de producción. Con esta expresión queremos decir básicamente dos cosas. En primer lugar, con la crisis del sistema industrial fordista, la producción se vuelve mayormente inmaterial: lo que se valora es la subjetividad de los trabajadores, es decir, su capacidad creativa y de diferenciación, la máxima expresión del hecho de que el hombre, siendo un animal lingüístico, tiene una naturaleza abierta. Si en la fábrica la subjetividad del trabajador debía ser, en la mayor medida posible, anulada y obligada a homologarse en la línea de montaje, en el capitalismo cognitivo es precisamente la singularidad, en su diferencia, lo que debe ser valorada independientemente de si se trata de una obra física o intelectual. De ello se deduce que el cambio lingüístico no alude a una especie de pasaje pacífico y lineal hacia la primacía del trabajo intelectual a expensas del trabajo manual. Nos referimos, más bien, al hecho de que el modo de producción capitalista en la fase actual se convierte en antropogenético, pone a trabajar las facultades lingüísticas, cognitivas y comunicativas incluso en áreas clásicamente fordistas o que requieren mucho trabajo manual. El énfasis no sólo está en lo que se produce, sino también en la transformación del modo de producción. Una forma de producir que se organiza en torno a las facultades lingüísticas y cognitivas para optimizar su potencia productiva, para obtener el mayor beneficio de la especificidad humana. 

En segundo lugar, la hegemonía de la producción inmaterial se determina en un contexto en el que la fuerza de trabajo ha incorporado gran parte del capital fijo, es decir, cada vez tiene más habilidades y herramientas para producir valor cooperativo, en redes, sin pasar por el mando directo del capital. «Cada vez más tenemos dentro de nosotros las fórmulas, los conocimientos, las teorías, los lenguajes y los modelos que en el pasado estaban encerrados en el capital fijo, en la máquina», dice Marazzi. Con esta transformación de la forma de producir, el capital, por un lado, descansa en el intelecto general (General intellect) –es decir, en la capacidad generalizada de los sujetos de producir autónomamente– absorbiendo el valor y corrompiendo el Comuna a través de la lógica del valor, y, por otro lado, a través de la retórica del empresario de sí mismo y el “capital humano”, estimula e impone la incorporación de los saberes necesarios para una economía cada vez más basada en el conocimiento. Este énfasis en la autonomía productiva de la fuerza de trabajo no es la expresión de un supuesto capital más «bueno» en comparación con aquel capital fordista; al contrario, se estimula la autonomía, imponiéndose a veces el individualismo, precisamente para maximizar las facultades lingüísticas y creativas propias del animal humano en el marco de un sistema productivo basado en relaciones de explotación. 

Toda reflexión actual sobre los conceptos de plusvalía y valor debe, por lo tanto, tener en cuenta esta transformación de las relaciones de producción y de la subjetividad. Marazzi deja claro este método desde el principio, ya en las primeras páginas subraya que «cuando se habla de valor y plusvalía debe hacerse siempre al mismo tiempo que la configuración social y tecnológica dentro de la cual se produce la riqueza». Precisamente, la configuración que acabamos de esbozar ha favorecido la aparición de dispositivos de control exógenos e indirectos, los cuales pueden asumir una brutalidad de mando de envidiar por los sistemas disciplinarios fordistas. No obstante, la transformación de los dispositivos de explotación debe entenderse a la luz de la transformación de la composición técnica y social de la mano de obra, así como de su potencial político. 

En cuanto a los dispositivos de control indirectos, Marazzi considera que el dinero, especialmente en su forma desmaterializada, es una tecnología social de producción de deuda como dispositivo de control más adecuado para una mano de obra cada vez más autónoma y productiva. La financiarización de la vida, lejos de ser una especie de capital ficticio, es una expresión directa de la necesidad del capital de extraer valor del Común, es decir, de la productividad difusa que atraviesa toda la cooperación social. La renta vitalicia del beneficio –para utilizar la expresión de Carlo Vercellone, retomada por el propio Marazzi– señala exactamente el carácter indirecto de los dispositivos de extracción de valor: «si analizamos la forma empresa y la manera en que las empresas se han reestructurado en los últimos treinta años, vemos cómo el valor se produce cada vez más fuera de lo que antes se consideraban los lugares clásicos de producción». 

El resultado es una profundización de la explotación de la fuerza de trabajo paralela al aumento del poder y la autonomía productiva de la cooperación social. Dos procesos en los que Marazzi insiste a lo largo de sus planteos y que, aunque a primera vista puedan parecer paradójicos en su coexistencia, son en realidad una expresión directa de ese poder biopolítico puesto de relieve por Foucault. Si, por un lado, el biopoder «se ocupa» de la población estimulando el desarrollo de sus fuerzas productivas, por otro lado, canaliza este desarrollo con vistas a profundizar la tasa general de explotación precisamente por su mayor productividad. El operaismo siempre ha insistido en esta ambivalencia y en las posibilidades políticas de conflicto inherentes a ella. El capital depende de la fuerza de trabajo y de su poder productivo, la acumulación aumenta donde el trabajo es más productivo y donde se produce por deseo, de manera autónoma, independientemente de la coacción de la fábrica; pero, al mismo tiempo, este aumento de la potencia productiva, el capital debe desactivarlo en su dimensión política: debe impedir el salto de la capacidad de producir autónomamente a la autogestión y al cuidado de la riqueza social producida. La forma valor, es decir, la reducción del Común a la propiedad privada y al valor de cambio es, por lo tanto, necesaria para desviar (y capturar) la riqueza producida por la cooperación hacia los circuitos de acumulación capitalista. Al profundizar en este método, el neo-operaismo ha contrapuesto el concepto de biopoder al de biopolítica desde abajo, aludiendo a la capacidad de la fuerza de trabajo para desarrollar una intelectualidad de masas interna (C. Vercellone – F. Brancaccio – A. Giuliani – P. Vattimo, 2017), es decir, para incorporar las competencias y destrezas de tal modo de arrebatarle, cada vez más, al capital y al Estado su capacidad (delegada) de encargarse del «cuidado» del Común. 

Esta operación de sustracción del cuidado del Común es tanto más urgente en tiempos del capitalismo cognitivo para salvaguardar al Común de la corrupción a la que sometido, una vez subsumido en la forma de valor. En esta fase la lógica del beneficio ha dejado de colisionar con el desarrollo de las fuerzas productivas. Tanto por razones internas, como, por ejemplo, la tendencia del capital a crear escasez donde habría abundancia (piénsese en la economía del conocimiento, donde se crean patentes que terminan bloqueando el flujo de crecimiento de la riqueza social de tipo cognitivo); como por razones externas a su lógica, como, por ejemplo, las crisis ecológicas cada vez más inminentes. Este doble proceso, puesto de relieve por el neo-operativismo, pone en primer plano el desafío político de nuestro tiempo: un uso de la inteligencia colectiva, del General intellect, destinado a ocuparse de las condiciones de producción y reproducción del Común, cada vez más alejado de las formas de chantaje a las que la lógica del valor lo somete.

El déficit estructural de la demanda

Lo que hace que el libro ¿Qué es el plusvalor? resulte particularmente útil hoy en día es la claridad con la que pone de manifiesto el vínculo entre las relaciones de explotación, la generación de una demanda estructuralmente insuficiente y los dispositivos gubernamentales puestos en marcha para responder a las crisis provocadas por el déficit de demanda.

La breve reconstrucción que realiza Marazzi, combinando la crítica de la teoría económica clásica y neoclásica y el análisis de la historia del capitalismo, tiende a subrayar la inevitabilidad de la crisis en la continua reconfirmación de la plusvalía. La relación entre plusvalía y valor es contradictoria porque la primera es explotación, disimetría, desmesura, mientras que el segundo es igualdad, simetría y equivalencia. El capitalismo, su crecimiento, según la tesis de Marazzi, se basa exactamente en esta contradicción. Esta contradicción tiene una traducción monetaria precisa bien explicada por la teoría del circuito monetario: el plusvalor no puede tener una contrapartida en términos de demanda, ya que la demanda está formada, en primer lugar, por los ingresos. La renta y la ganancia dependen de la venta de los bienes producidos por el trabajo vivo, por lo tanto, la demanda depende de los salarios. Pero los salarios, considerados en su totalidad, deben ser necesariamente inferiores a la suma de los precios de los bienes producidos, sólo para que sean posibles las ganancias. Si no existiera esta diferencia, las mercancías no producirían plusvalía y el modo de producción y circulación capitalista sería concretamente imposible porque, sin rentas y ganancia, desaparecería la condición de posibilidad de una relación de dominio entre el capital y el trabajo. El resultado es una insuficiencia necesaria de la demanda monetaria, no hay suficiente dinero en circulación para comprar todos los bienes al nivel de precios apropiado para asegurar la producción de plusvalía. 

La producción y reproducción de las relaciones de explotación en el curso de la historia capitalista generan inevitablemente un «déficit estructural de la demanda». El Estado, tanto en su fase colonial como en la keynesiana y neoliberal –con sus especificidades históricas–, ha funcionado como un dispositivo indispensable para que el capital haga avanzar la contradicción e intensifique su control sobre la fuerza de trabajo. Todo el plusvalor, es decir, toda la mercancía producida por un trabajo no remunerado, deben ser adquirida, pero al no encontrar una salida en el mercado, precisamente por la relación de explotación que garantiza el plusvalor, necesita estructuralmente una institución que funcione como mecanismo de compensación. 

El Estado, históricamente, como afirma Marazzi con extraordinaria precisión, ha resuelto el problema del déficit estructural de la demanda a través de tres modalidades: el imperialismo, el keynesismo y la financiarización de la vida. La producción de una deuda de valor incalculable permite vender los bienes producidos por el excedente de mano de obra, por lo tanto, realizar plusvalía, y, al mismo tiempo, atar a los individuos y comunidades al chantaje derivado de la condición del endeudamiento. Un conjunto de deudas que, es bueno subrayar, son aritméticamente impagables. El dinero en forma de deuda representa uno de los principales dispositivos utilizados para patear hacia adelante el problema del déficit de la demanda. La plusvalía sólo es posible frente a una acumulación de deudas públicas y privadas objetivamente impagables, pero vinculadas de hecho a una obligación subjetiva –jurídica, moral, social, geopolítica– de pago. Esta contradicción parece ser la principal fuente de las crisis capitalistas. Partir de la génesis ex-nihilo del dinero nos permite ver en los procesos de acumulación de deudas impagables la condición necesaria para la acumulación de capital. El Fondo Monetario Internacional, el BCE, el Banco Mundial y el mundo de las finanzas en general son los organismos encargados de ejercer este poder basado en la producción de una deuda de valor incalculable. En el momento del devenir renta de la ganancia, este sistema basado en la deuda parece ser el más apropiado para extraer valor del bios, de formas de vida productiva inmediata y autónomamente productivas. 

Las subjetividades capaces de producir autónomamente riqueza social, es decir, valores de uso, se insertan en dispositivos de control cuyo efecto debe ser el de hacer regresar su capacidad autónoma de producción Común, dentro de la lógica del valor de intercambio en la forma valor. El aumento del costo de la vida –privatización de la asistencia social, aumento de los alquileres, aumento de los impuestos para las clases media y baja, etc.–, asociado a la retórica del emprendedurismo, fuerza a un endeudamiento masivo. De ello se desprende que, por una parte, los sujetos tienen que trabajar realmente de forma autónoma en un mundo cada vez más ligado al trabajo autónomo y precario, mientras que, por otro lado, esta capacidad productiva suya debe orientarse necesariamente hacia la forma valor, porque si no realizan de forma monetaria el fruto de su trabajo, si no lo venden, si no comercializan sus bienes y servicios, acaban por no disponer de suficiente capital monetario para sostener el costo de sus vidas. De esta manera los sujetos son, de vez en cuando, estimulados, canalizados y, a menudo, obligados a insertarse dentro de la forma valor, incluso a costa de ver el sentido de su trabajo distorsionado (que a menudo termina coincidiendo con una pérdida de sentido de su forma de vida) y mortificada la propia potencia productiva.

El paradigma reproductivo, el ingreso universal, la moneda del Común

Cuatro años después de la aparición del libro de Christian Marazzi, el mundo se ha visto abrumado por un terrible acontecimiento, la pandemia causada por el covid-19. Además de hacer frente a los desastres sanitarios, también tenemos que hacer frente al gigantesco impacto en la economía mundial. El desafío será no repetir lo que ocurrió en 2008, sino asegurar que no sean los pobres y la clase media quienes paguen los costos de la crisis. En este contexto, los aciertos de este libro emergen con mayor evidencia y fuerza. La exigencia de una Quantitative Easing for the People, es decir, de la intervención de los bancos centrales destinada a proporcionar liquidez directamente a los ciudadanos, es hoy una medida esencial a nivel mundial. Un nuevo welfare universal es necesario y apropiado para la composición social de la fuerza de trabajo actual. No sólo para lograr o preservar un nivel de vida digno, sino también para generar un mínimo de demanda capaz de funcionar como una salida para la producción de las empresas. 

Sin embargo, esta medida encerraría (a nuestro favor) una ambición mucho mayor: se intentaría cambiar el estatus del dinero, pasando de ser signo de una relación social conformada por una deuda impagable, fundada en una relación de mando, a un signo de crédito recóproco, basado en una relación de cuidado. En lugar de una sociedad formada por individuos que siempre endeudados, una sociedad formada por individuos a los que, antes que nada, se les da crédito. 

El paradigma productivo se organiza en torno a la idea de que toda actividad social, para ser considerada productiva, es decir, digna de reconocimiento social, de recompensa por haber contribuido a aumentar la riqueza social, debe ser socialmente validada por el intercambio. La presunción es la coincidencia entre el aumento de la riqueza social y la valorización del capital. El salto de una mano de obra potencialmente productiva a una mano de obra viva que se reconoce como actualmente productiva se valida por el salario, es decir, por la disponibilidad de capital para reconocer una actividad como productiva. De la misma manera, una empresa se considerará productiva en función de la cantidad de bienes que realmente consiga vender (no simplemente por lo que produce). La realización del valor es lo que certifica de hecho la utilidad social de una actividad. Esto significa que el reconocimiento debe ser individualizado, debe haber un propietario responsable de la venta de un producto. El reconocimiento se da como convalidación ex-post

Sin embargo, como el feminismo siempre nos ha enseñado, sabemos muy bien que, para producir, primero hay que reproducirse (Silvia Federici, 2015). Y la reproducción, desde el nacimiento de cada uno de nosotros, es algo que requiere, en primer lugar, una economía de crédito sin deudas, una economía del don y del cuidado. La producción de un sujeto productivo requiere que se pongan a disposición los medios para poder reproducirse de manera autónoma y, así, producir en cooperación. La erogación de dinero, la acreditación ex-ante, es siempre necesaria. Lo que no es necesario en absoluto es considerarlo como el signo de una condición de endeudamiento natural. Para que la sociedad se reproduzca, es necesario dar crédito a cada niño antes de nacer, es decir, tener confianza en que se convertirá en una parte virtuosa de la cooperación social. La idea judeocristiana de que el hombre nace pecador y en deuda siempre ha sido útil para forzar la cooperación a través de la culpa. Dado que se supone que las masas son incapaces de producir un orden social por sí mismas, la moral, el Estado y las finanzas deben encargarse de generar «buenos ciudadanos» –el cuidado del biopoder.

La infancia es sólo el momento en que esta condición de interdependencia es más visible y evidente, pero es constitutiva en cada fase de nuestras vidas (Judith Butler, 2017). En un momento en que el bios es directamente productor de riqueza, es preciso dotar al bios de los medios, incluidos los monetarios, para que pueda reproducirse de forma universal. El paradigma reproductivo se abre a una biopolítica desde abajo, en la que el cuidado de las necesidades reproductivas comunes, dando crédito al Común, es el punto de inflexión en el que se pueden abrir caminos hacia un Común como forma de producción cada vez más independiente e irreductible a la forma valor. La autonomía productiva de las subjetividades contemporáneas debe ser estimulada y reforzada, la sustracción a la delegación y la lógica de la deuda/falta va exactamente en la dirección de producir subjetividades capaces de salvaguardar al Común. 

Un ingreso básico incondicionado que reconoce la potencia productiva ex-ante cambia el estatuto de la moneda porque corroe su poder de comando. Precisamente hoy, cuando cada vez resulta más difícil distinguir la producción de la reproducción, cuando el capital funciona más como un bloqueo del desarrollo de las fuerzas productivas que como un motor, el dinero como medio de producción a priori puede actuar como motor propulsor de una nueva forma de producir liberando a las subjetividades de la obligación de someterse al trabajo asalariado o, más en general, a la forma valor. 

Me permito interpretar la propuesta final de Marazzi de una Quantitative Easing for the People hoy, en la crisis generada por Covid-19, no como un intento de introducir un subsidio en tanto forma de redistribución social, ni, me atrevo a decir, como una forma de salario social; sino, más bien como un primer intento de superación de la forma-salario. Esta medida abriría una nueva forma de producir dinero, una moneda del Común que ya no funcionará como un sistema de control a posteriori, sino que, precisamente por la productividad inmediata de las formas de vida y con el fin de aumentar la capacidad de la cooperación social de ocuparse del Común, debe comenzar a funcionar como un presupuesto útil para liberar las potencialidades de esa producción biopolítica del “hombre para el hombre”, como dicen los operaistas

* Magister en “Sociología y políticas para el territorio”, Sociólogo (Universidad de Salerno). Desarrolló investigaciones sobre la Plataforma de Afectados por la Hipoteca: “PAH y las nuevas formas de sindicalismo social”, el dinero como institución social, la relación entre valor común y el par valor de uso/valor de cambio, y el surgimiento del fascismo en Italia. Publicó numerosos artículos sobre sus temas de investigación.

Traducción: Ariel Pennisi 


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