Ariel Pennisi

Primero de Mayo: la fiesta amarga

“Prácticamente somos hombres inútiles, porque a las empresas, a los monopolios, lo único que les interesa es hacerse más ricos, más ricos cada vez, a costa de nuestra vida. Nuestra vida vamos a dar, sí, vamos a dar nuestra vida, pero reclamando lo que tenemos que reclamar, haciendo justicia, pedir que se haga justicia… ¿y la justicia cómo la vamos a hacer?: movilizando…”

(Delegado Villafañe, INSUD, 1974)

1.

En un ensayo de Eric Hobsbawm sobre el 1° de Mayo (publicado por Revista Ignorantes el último 1° de Mayo), compilado en su libro Gente poco corriente, el historiador no esconde la ambivalencia constitutiva de la fiesta amarga, así como la diversa coloratura en relación al modo de llevar adelante la medida de protesta, entre la huelga y la proclamación desde el lugar de trabajo.

En principio, existe una diferencia importante entre las primeras veces que el 1° de mayo movilizó al proletariado internacional en tanto tal –en realidad, movilizó deteniendo la maquinaria del trabajo–, y los aniversarios más lejanos. Dos efectos simultáneos no necesariamente desconectados entre sí tuvieron lugar: por un lado, lo que al comienzo fue reclamo, duelo y catarsis, recién a partir de determinado momento se volvió celebración e incluso felicitación. En términos estrictos, lo que se celebra es el hecho mismo de haberse dado el trabajador (ya no se usa el término “proletariado”, salvo en reductos de distintas izquierdas) un día internacional para un reclamo central, es decir, en algún punto, se festeja haberlo hecho posible. Por otro lado, el efecto desgaste parece inevitable, quedando atrás lo que pudo haber de combativo, osificándose el ritual e incluso banalizándose el saludo. A caballo del desgaste retorna el aspecto más doloroso de la ambivalencia: ¿hay que felicitarse por ser un trabajador en estas condiciones, es decir, por pertenecer a la clase de los que están obligados a vender su fuerza de trabajo para producir mercancías y beneficiarios (capitalistas), redundando ese beneficio en mayor capacidad aun para seguir obligando al resto a vender su fuerza de trabajo? Si pensamos, además, en los modos contemporáneos de formación de valor y obtención de plusvalía a partir del trabajo social no reconocido, las conclusiones podrían ser más penosas aún.

Sin embargo, en la felicitación vibra también un reconocimiento entre iguales en, al menos, dos sentidos: por un lado, es posible reconocer una potencia común en las capacidades que compartimos como seres afectivos, inteligencias abiertas, animales lingüísticos, personajes de un teatro social, existencias tensadas por lo posible. Por otro, nos liga como trabajadores un dolor común que, por cierto, no está disociado de la potencia común, ya que, en realidad, tiene que ver con la tragedia que media entre lo que podemos (incluyendo el hecho de que no sabemos plenamente lo que podemos) y sus frutos, entre la actividad que logramos desplegar, más las potencialidades siempre a punto de abrir un despliegue, y las formas de captura, evaluación e incluso obturación interna, que explotan, juzgan y truncan el desarrollo de la potencia. De ahí que la felicitación no pueda no suponer un grado de cinismo. ¿Será el cinismo del impotente que, mientras más consciente de su situación más cómodo descansa en su impotencia, o bien, existirá entre nosotros la posibilidad de un cinismo más provocador, como venido de Sinope, a remover la consciencia resentida para reinstalar una incomodidad algo más vital? Por ejemplo, un humor ácido que nos deje en el centro de la desgracia a partir de un ‘streap tease’ descarnado de la situación: “Me matan si no trabajo y si trabajo me matan”. Raymundo Gleyzer narraba en su documental “de base” el asesinato, por parte de la Triple A, de Ortega Peña, un abogado de presos políticos, intelectual ecléctico, coeditor de la revista Militancia peronista, diputado díscolo del peronismo… El director de cine que valoraba en la figura de Ortega Peña la incómoda cohabitación de un clasismo combativo y la tradición del peronismo como movimiento popular, es decir, la cultura del trabajo afirmada y cuestionada al mismo tiempo, fue desaparecido por la dictadura el 27 de mayo de 1976.

2.

¿Cuáles fueron las discusiones que diferenciaron a las distintas corrientes de ese proletariado movilizado? Hobsbawm registra las posiciones y matices de esa hora. El fervor creciente entre los obreros y la capacidad que demostraban en términos de organización asustaba a las burguesías y sus representantes en los gobiernos, legitimando discursos agresivos en consonancia, a su vez, con las expectativas de las policías de justificar su existencia una vez más. En ese juego de fuerzas y expectativas que parecían inclinar el miedo en la dirección de quienes, gracias a esa pasión que Hobbes calificó como primaria, venían gobernando y manteniendo su dominio en términos capitalistas, algunos referentes socialistas preferían no azuzar a las fieras. Así, desde Liebknecht y Bebel hasta Engels preferían evitar el enfrentamiento (en Alemania la coyuntura de las leyes antisocialistas de Bismarck aun dejaban marca).

El hecho de que ese 1° de Mayo de 1890 cayera un jueves contribuía a poner en evidencia el carácter disruptivo de la decisión: por un lado, reclamo enunciativo en el sentido profundo, ya que no se trataba tanto de gritar a los cuatro vientos la necesidad de reducir la jornada laboral, como de constituir un lugar de enunciación, una Internacional de los trabajadores con capacidad de tomar la palabra, de sostener un punto de vista irreductible; por otro, una posible medida de fuerza, una huelga general internacional que apostara a la superposición de la medida con el horario de trabajo, justamente, para que el reclamo enunciativo acentuara su componente performativo. Ese aspecto dividió aguas. Hubo 1° de Mayo, pero hubo también 4 de mayo, protesta dominical, más cercana a la misa que a la posibilidad de entorpecer la jornada laboral. Hobsbawm interpreta la escena en términos de una dicotomía entre el símbolo y la razón práctica… Sin embargo, entre las tendencias más cautelosas y las corrientes combativas, no hay dicotomía, sino disputa de la razón práctica, mientras que la apuesta simbólica cobija a todos por igual. El punto era, y no pocas veces vuelve a serlo, ¿de qué lado está la practicidad? Si el ejercicio de una fuerza determinada corre el riesgo de despertar una fuerza contraria inusitada al punto de frustrar los objetivos de la lucha en curso, o si la atenuación de la medida o incluso la suspensión provisoria se vuelve postergación reiterativa frustrando de antemano las necesarias pequeñas victorias o incluso la emergencia de nuevos posibles.

Victor Adler, que estuvo entre los fundadores del Partido Socialdemócrata de Austria, apostaba a la agudización del conflicto, como lo hicieron partidos socialistas de otros países, que prefirieron la acción directa. El resultado fue alentador y la Internacional, en 1891, votó por continuar con un 1° de Mayo que detuviera el trabajo. Es decir, que la fuerza demostrada a nivel internacional había desbordado la cautela inicial o conjurado el temor de algunos partidos y referentes. Sin embargo, algo de la ambivalencia de las fuerzas en juego y, en parte, un instinto de supervivencia vuelto inercia, contribuyeron a circunscribir el 1° de Mayo entre el límite tolerable por gobiernos y patronales y el mínimo deseable por parte de los trabajadores.

En algún punto, el 1° de Mayo importa por el hervidero histórico que significó. Se cocinaron ansias de revuelta permanente, como ocurrió con los anarquistas, tan afectos al martirologio como al desborde vital callejero –vida y muerte a la vuelta de la esquina; deseos de un nuevo orden con transición ordenada por obreros autoconscientes, como quisieron los comunistas referenciados en el mismísimo Marx, para quienes revolución y largo plazo no se contradecían; incluso hubo sectores que se conformaban con mejoras en la legislación laboral, como los socialdemócratas y algunos sindicatos, capaces de ampliar las bases de consenso, mientras que de plazos no decían demasiado –en un lenguaje que nos es afín y que aún resuena en los oídos cegetistas, se dice: “poné la fecha, la puta que te parió”. También se manifestaron las obreras y obreros de entonces contra la guerra –pacifismo de base que, a la luz de los hechos, resultó lúcido y premonitorio– y a favor del sufragio universal, escaso entonces –¿la idea de la “dictadura del proletariado” vino de arriba, mientras las bases aspiraron intuitivamente a una democracia del proletariado? Pero, más allá de las diferencias que se procesan todo el año, en distintas instancias, con diálogos al borde de la ruptura y rupturas que sinceraban la ausencia total de conversación, el 1° de Mayo supo también ser fiesta.

Hobsbawm destaca tanto el rol de las tabernas, como la cercanía a las festividades religiosas en varios países, o la participación por la mañana y la tarde de mujeres y niños –generalmente, hasta entonces, fuera de todo marco político–, que, podemos imaginar con ayuda de documentos y relatos, se integraban en encuentros tornasolados por una alegría amarga. Reconocerse celebrando, celebrar el reconocimiento entre pares, pares en la desgracia de una condición nada venerable, como la del explotado… iguales, finalmente, por deseosos de otras vidas posibles… Además, la sensación de una sincronía feliz de las energías sociales, el redescubrimiento de la propia capacidad justo ahí donde los cuerpos parecen encasillados y subyugados, son variables que, procesadas políticamente, huelen a novedad. Y la novedad alegra.

La ambivalencia que encarna el 1° de Mayo, como tantas otras instancias en que el trabajador se define y se organiza como tal, tal vez haya alcanzado su momento irreconciliable en el contexto de la Segunda Guerra. Los dos movimientos por los que la figura del trabajador –el trabajador como pensado como “figura”, decía Jünger– busca escapar de la matriz burguesa que la precede, la habita y la mantiene discriminada entre contratos y negociaciones, suponen la organización violenta de un salto: revolución en un caso, guerra total en el otro. Los comunistas lucharon descarnadamente contra los nazis y los fascistas, pero en ambos casos hay una zona de transposición entre el soldado y el trabajador. Y, por otro lado, el trabajador aparece como “un ser en la entera y unitaria plenitud de su vida”, quien, a partir de concebirse como figura, abre dentro de sí la posibilidad de señorear desde el tiempo histórico que le toca un fragmento de eternidad junto a otras “figuras” que alcanzan algún dominio. Ernst Jünger publicó en 1932 su libro El trabajador, dejando ver las fuerzas contradictorias que asomaban en su potencia y peligrosidad, analizándolas y saludándolas al mismo tiempo (como él mismo admitió en un prólogo a la reedición de la obra, treinta años después).

Al año siguiente de la publicación del libro de Jünger, tras la supresión de los sindicatos, se fundaba el DAF (Deutsche Arbeitsfront: Frente Alemán del Trabajo), una especie de sindicato único que respondió al Partido Nacional Socialista de los Trabajadores durante su existencia. De ese modo, los nazis concretaban una triple operación: se apropiaban del símbolo socialista, nacionalizaban lo que había irrumpido constitutivamente como parte de una Internacional e integraban la figura del trabajador como parte central del pueblo alemán, es decir, le quitaba al proletariado su carácter universal y reemplazaba la lucha de clases por la reconciliación y la unidad del pueblo, en todo caso, jerarquizado hacia adentro.

El 1° de Mayo de ese año los trabajadores marcharon hacia el aeropuerto de Tempelhof (en Berlín), donde Hitler pronunciaría su discurso. Lo hicieron con disciplina sobreactuada, partiendo directamente desde las fábricas, como si entre el trabajo y la vida, el espacio fabril y la ciudad se formara una continuidad, en realidad negada por el régimen de la fuerza trabajo y problematizada por los obreros en lucha durante todo el siglo anterior y lo que iba del corriente. Más allá de que ese 1° de Mayo no dejó de ser una fachada sostenida bajo la amenaza tácita del gobierno y mal cosida por los gritos del Führer, prefiguraba la coreografía ideal que el Tercer Reich venía preparando. Ya Marx había anticipado (¿a Foucault?) la transitividad disciplinaria entre organización militar, trabajo fabril y organización social. Sin embargo, más allá del consenso electoral (no necesariamente mayoritario), la espectacularización del 1° de Mayó también generó rechazo o incluso agobio… El historiador Peter Fritzsche sostiene que “la indiferencia a los acontecimientos públicos y un retraimiento hacia la esfera privada caracterizaron gran parte de la vida cotidiana de Alemania.” Que la politización por arriba se correspondiera con una despolitización por abajo tampoco es una novedad solo atribuible al régimen nazi.

El nazismo concibió al trabajador como un espíritu con rasgos que iban desde la fortaleza física y la pureza racial hasta la obediencia obstinada como una suerte de disponibilidad a toda prueba para la construcción de una nación que no sólo debía liberarse de la humillación europea, sino que debía poner a prueba toda su fuerza de dominio para asegurar su destino. De ahí su afán imperialista. Simultáneamente (los nazis siempre preocupados por las “sincronizaciones”) el trabajo forzado en los campos de concentración, reactualizaba el viejo parentesco entre trabajo y esclavitud. El primer campo de concentración (Dachau) escenificó la deriva más brutal y hasta paródica de la contradicción; construido sobre una fábrica de pólvora, iniciando su funcionamiento como cualquier otro espacio productivo y decorando la entrada de la trampa con una frase que sigue produciendo escozor: Arbeit macht frei (“El trabajo libera” o “El trabajo los hará libres”). Aunque, claro, la economía no explicaba en lo más mínimo a esos “trabajadores” de los campos, sino que el sentido de esa economía venía dado por una finalidad supremacista propia, en todo caso, de otro tipo de economía.

Pero, por otro lado, fueron los y las trabajadoras de las distintas resistencias, e incluso el Ejército Rojo en plena guerra, quienes contribuyeron en gran medida a acabar con ese infierno. Más allá de que el cielo rojo no tardó en desmoronarse hasta fundirse tristemente con la vida en la tierra, para los propios trabajadores, obligados, o bien a hacer el personaje que engrandece al Espíritu y al Partido, o bien a “trabajos forzados” como antesala de la muerte en un infierno de nieve.

*Ensayista, docente, editor. Enseña Historia Social Argentina en la Universidad Nacional de Avellaneda y Comunicación Social y Psicología Institucional en la Universidad Nacional de José C. Paz. Codirige Red Editorial junto a Rubén Mira. Publicó Filosofía para perros perdidos. Variaciones sobre Max Stirner (Junto a Adrián Cangi, 2018), Papa negra (2011), Globalización. Sacralización del mercado (2001), Linchamientos. La policía que llevamos dentro (comp. Junto a Adrián Cangi, 2015). Conduce y coproduce “Pensando la cosa” (Canal Abierto). Colabora con el Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas.

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