Simone Weil, fallecida hace 77 años. Para una biografía crítica.

Episodio LV

La geometría,
como cualquier pensamiento,
 es hija del coraje obrero.
(Simone Weil)

Qué hicieron de ella

Con una loca se logra un plus: la academia puede excluirla del canon filosófico y su pensamiento deja de ser un problema. Desde la perspectiva política, sus planteos pueden considerarse sintomatología patológica. Así no cuestiona las instituciones ni la función de los intelectuales. La locura es el camino más alto y más desierto. Mejor dejarla sola.

Convertirla en mística y ubicarla junto a María Zambrano y Edith Stein es otra estrategia de neutralización haciendo de las tres mujeres personajes que, en  comunicación directa con lo trascendente, postularían una especie de teología negativa opuesta a lo mundano. Interpretación despolitizada, que no logra explicar su  ataque a la institución de la Iglesia ni da cuenta de su radical negativa al bautismo y a los sacramentos, que la incorporarían a una grey y a la obediencia dogmática.  Lecturas  religiosas que rechazan todo lo humano en su conjunto y que, por lo tanto, no cuestionan nada en particular. Mejor sacralizarla para que no perturbe.

Antisemita es otra de las acusaciones por la que es expulsada del campo de lo políticamente correcto. Sus diatribas contra el nacionalismo tribal presente en el antiguo testamento, y su comparación del imperialismo romano con las monarquías israelitas, la negación a ser contenida en la etnicidad de un pueblo, sumada a su problemática y tardía conversión al cristianismo, la excluyen del pensamiento judío. Claro que los católicos tampoco la quieren. Se convierte,  es cierto,  pero se niega a bautizarse, está al borde del marcionismo, cree que la revelación se da en textos en otras tradiciones no cristianas como el Libro de los Muertos o el Bhavagad Gita, y no se interesa en la resurrección sino en la cruz. Mejor sacarla del panteón, de la sinagoga y de la iglesia.

Heredera del pensamiento de Alan, ataca ferozmente a todo colectivismo: el de los nacionalismos, el stalinista, los partidos y las masas artificiales de la iglesia y el ejército.  Aún más profundamente a todo conjunto social. Ese animal social, despreciado como “los muchos” por Platón, la opinión pública, la masa totalitaria, ese todo que no discierne tampoco es superado por la acción individual. El individuo tampoco es garantía, pero decididamente, los colectivos donde el prejuicio toman el lugar del pensamiento, las emociones admitidas y la sensibilidad domesticada, no tienen ninguna posibilidad. La persona tampoco alcanza, es un concepto lastrado de derecho romano y teología sustancialista. Pensamiento inaceptable para el marxismo, el cartel de anarquista tampoco le sienta: renunció a su afiliación anarco sindical. La acusan de  pequeño burguesa reaccionaria  pero la nombran la Virgen Roja.  Pensar es pasar por las mismas experiencias corporales que el otro. Y es imposible hacerlo afincado en las instituciones que siempre tienden a aumentar su poder, incluso los partidos políticos o los sindicatos. No hay vanguardia que represente a nadie. Más aún, es imposible la representación porque no se puede jamás estar en lugar del otro. Mejor pensar sin cuerpo.

Anorexia es el diagnóstico que se aplicó retrospectivamente a Simone Weil. No cabe duda de que el hambre estimula sus reflexiones. Sus trastornos de alimentación en la infancia, su negación al final de sus días a consumir más que la ración que comían quienes estaban en los campos de concentración, sus terribles dolores de cabeza, son verdaderos, pero ¿bastan para explicar su obra? A no ser que consideremos la anorexia, como la forma más pura del ideal: Antígona, que después de todo es condenada a morir de hambre y sed, forja como ella, una idea de amor que va más allá de la justicia de Creón. Comer de la nada de Dios para señalar lo imposible. Mejor  hacerla caso clínico y psicoanalizarla post mortem.  

Loca, Mística, Antisemita, Pequeñoburguesa, Anoréxica: mejor olvidarla a ella y a sus malditos libros.

 

Qué hizo ella

1909, 3 de febrero. Nacimiento de Simone Adolphine Weil en París, segunda hija, luego de André su hermano tres años mayor, de madre agnóstica y de padre ateo. Educación naturista y deportiva fuera de los ámbitos institucionales.

Empiezan los trastornos alimentarios.

  1. 1912. La familia sigue al padre transferido como médico del ejército francés, quien itinera por diversas ciudades.
  2. 1919. Ingresa al Liceo Fenelon. Disparidad en el rendimiento escolar. Funda con sus compañeras una asociación para “deshacer entuertos”. Siguen los fuertes dolores de cabeza y los trastornos alimentarios.

“No echaba de menos los éxitos exteriores, sino la imposibilidad de acceso a ese reino trascendente, en el que habita la verdad y en el que sólo las personas auténticamente grandes entran. Preferiría morir a vivir sin esa verdad”[1]

 

  1. Aprueba el ingreso al bachillerato, estudia con Alain, cuyo verdadero nombre era Emile Auguste Chartier.

Colabora en cursos de educación para ferroviarios.

…. ¿En qué consiste la situación del pueblo? En que hay una clase de personas que tiene en sus manos todas las riquezas que la humanidad ha creado mediante su trabajo, ya sean objetos fabricados o conocimiento. Esta clase dispone de medios de acción inmensos y complicados, que abruman la imaginación, como aviones,  telecomunicaciones, fábricas formidables. Dispone de conocimientos no menos abrumadores, tanto que cada científico se ve obligado a escoger, para su trabajo, una pequeña parte que constituye su especialidad. ¿Cuál es la participación del pueblo en todo esto? La participación en las riquezas que le deja la clase dirigente consiste en hacerlas productivas mediante su trabajo, la participación que tienen la ciencia consiste en creer lo que pronuncia la elite de las personas competentes. ….
Aquí no se dirá nada que sean obligados a creer…[2]

  1. Trabaja en faenas rurales en Normandía, en la casa del agricultor y filósofo Lettelier.
  2. Aprueba el ingreso a la Escuela Normal Superior. Escribe los esbozos de su teoría del trabajo, que son publicados por Alain, en la revista que dirige.
  3. 1929. Trabaja en el campo, en casa de unos familiares en el Jura. También participa durante unos meses de la vida de los pescadores.

Hay organizaciones en la vida de la sociedad que, al estar como encerradas en sí mismas, no tienen otro objetivo que existir, y existir cuanto más mejor. Tales son las iglesias, tales son los partidos, tales son, de la manera en que se entienden en nuestros días, las patrias. Para una iglesia, el fin supremo es extenderse; para un partido, tener poder. Y el fin, puesto que iglesias y partidos están compuestos por hombres, es dirigir toda la acción de esos hombres hacia la iglesia o el partido, transformarlos, de manera que no sean ya más que creyentes, hombre de partido, y no los hombres que ellos se esforzaban en ser…[3]

  1. 1931. Se diploma con una monografía sobre “Ciencia y percepción en Descartes” e inicia su primera cátedra en el liceo de señoritas de le Puy.
  2. Como consecuencia de su participación en una manifestación por los desocupados, las autoridades educativas la transfieren al liceo de Auxerre. Convive con una familia obrera alemana. Escribe sobre la Alemana nazi.

Aunque el partido hitleriano niega la lucha de clases y utiliza a menudo sus tropas de asalto para romper las huelgas, también puede perfectamente publicar artículos de extrema violencia a favor de una huelga, lanzar consignas que implican una encarnizada lucha de clases o tratar a los reformistas de traidores…  En cuanto a los socialdemócratas, hay entre ellos y el partido nacionalsocialismo un punto en común, que es importante: el programa económico. Para ambos el socialismo no es más que la dirección de una parte más o menos considerable de la economía por el Estado, sin transformación previa del aparato estatal, sin organización de un control obrero efectivo, es, en consecuencia, un simple capitalismo de Estado.  Sobre esta comunidad de ideas se basa la tendencia hacia un gobierno que se transformaría en un engranaje esencial de la economía, apoyándose a la vez en los sindicatos socialdemócratas y en el movimiento nacionalsocialista[4].

  1. Por su participación en una marcha de mineros, esta vez la transfieren al liceo de Roanne. Funda una protouniversidad obrera para los mineros estudiantes en Saint Etienne. Recibe varias amonestaciones por parte del Ministerio de Educación.

Decide no afiliarse al Partido Comunista Francés.

Escribe artículos críticos contra los partidos y los sindicatos. Cambia de sindicato, sin buena recepción.

Apoya a los refugiados alemanes y a las minorías comunistas de oposición.

Conoce a Trotsky y lo esconde en su casa. Discute arduamente con él, y anota sus palabras. 

Es usted completamente reaccionaria.

Los individualistas (demócratas, anarquistas) no defienden jamás integralmente al individuo (no es posible), sino que combaten solamente lo que estorba a su individualidad.

El proletariado ruso sigue todavía al servicio del aparato de producción. Algo inevitable hasta que Rusia alcance a los países capitalistas. Revolución de Octubre equivale a una revolución burguesa.
…Tiene usted un espíritu jurídico, lógico, idealista.
(Usted es el idealista, que llama clase dominante a una clase dominada.)
¿Y por qué duda usted de todo?  [5]

1933-1934 Escribe Reflexiones sobre las causas de la opresión y la libertad que nunca  pública.

Se retira de toda actividad partidaria institucional.

La fuerza y la opresión son dos cosas. Pero hay que comprender ante todo que no es la forma en que se usa cualquier fuerza sino su naturaleza misma lo que determina si es o no opresiva. Es lo que Marx percibe claramente en lo que respecta al Estado. Comprendió que esta máquina de triturar hombres no puede dejar de triturar en tanto funcione, sean cuales fueren las manos en que esté. La organización de los cambios en la producción se convierte en monopolio de algunos dirigentes desde que ésta alcanza un cierto grado de complicación, y la primera ley de la ejecución es entonces la obediencia.  [6]

  1. 1934. Deja la docencia y trabaja como operaria en la Alsthom Electrical Works en París.

Mucho mal ha surgido de las fábricas, y hay que corregirlo en las fábricas. Es difícil, pero tal vez no es imposible. En primer lugar, sería necesario que los especialistas, ingenieros y otros, se empeñasen suficientemente no sólo en construir objetos, sino en no destruir a los hombres. No hacerles dóciles, ni tampoco hacerlos felices, sino solamente no obligar a ninguno a envilecerse.[7] 

  1. 1935. Trabaja en la fábrica de Carnaud y Foges, en Billencourt, como estampadora, y luego como fresadora, en Renault de Boulogne.

Escribe sobre  sus experiencias laborales y elabora su teoría del trabajo.

Trabajamos a destajo, las normas son duras, como es normal en tiempo de crisis, nada en mi vida pasada me había preparado para este tipo de esfuerzos y el troquelado es, creo, una de las cosas más duras entre los trabajos de las mujeres. Todavía estoy muy lejos de alcanzar los estándares de producción establecidos, que son muchas veces rigurosamente imposibles,…. Lo paso aún peor que lo normal, es que estando aquí, como estoy, para observar y comprender, no puedo procurarme ese vacío mental, esa ausencia de pensamiento indispensable a los esclavos de la máquina moderna.[8]

1935, en setiembre viaja con sus padres a España y Portugal, y se conmociona frente a una procesión de pescadores: concibe al cristianismo como una religión de esclavos.

Escribe sobre la relación fuerza, necesidad y participa en las marchas obreras.

  1. Se une al frente republicano en la Guerra civil Española, en la columna Buenaventura Durruti, grupo unido a un sindicato anarquista de Aragón. A las pocas semanas, tiene un accidente y se quema con aceite hirviendo cuando está trabajando en la cocina. La cura su padre en Stiges.

Una atmósfera así borra el objetivo mismo de la lucha.  Pues no se puede formular el objetivo más que reconduciéndolo al bien público, al bien de los hombres, y los hombres tienen un valor nulo.  En un país en que los pobres son, en su gran mayoría, campesinos, el mayor bienestar de los campesinos debe ser un objetivo esencial para todo grupo de extrema izquierda; y esta guerra fue tal vez, ante todo, al principio, una guerra por  la repartición de tierras. Y bien, esos míseros y magníficos campesinos de Aragón, tan dignos bajo las humillaciones, no eran para los milicianos siquiera un objeto de curiosidad.  Sin insolencias, sin injurias, sin brutalidad –al menos yo no vi nada de eso, y sé que robo y violación eran merecedores , en las columnas anarquistas, de pena de muerte – un abismo separaba a los hombres armados de la población desarmada, un abismo semejante al que separa a los pobres de los ricos.  Se sentía en la actitud siempre algo humilde, sumisa, temerosa de unos, en la soltura, la desenvoltura, la condescendencia de los otros. [9]

  1. Resuelve pedir licencia en el año 37 de sus actividades docentes por motivos de enfermedad. Viaja a Italia en primavera y en Asís, donde se acerca al cristianismo.
  2. 1938. Enseña en el liceo de Saint Quentin, en una ciudad obrera cercana a París. Pide otra licencia por enfermedad.

Escribe sobre política internacional y colonialismo.

Con vergüenza y dolor yo, una joven francesa que jamás ha dejado Europa, me dirijo, por medio de este periódico, a los indochinos. Mi dolor y mi vergüenza vienen de lejos. De hace más de cinco años. Desde hace más de cinco años que no han dejado de pesarme en el corazón. … Desde entonces, jamás he podido pensar en Indochina sin avergonzarme de mi país. Incluso hoy que tenemos un gobierno del Frente popular. [10]

  1. Otro momento extático en la abadía benedictina de Solesmes.
  2. 1939. Permanece durante seis meses de vacaciones con su familia. Al iniciarse la guerra, regresa a París. Lee el Bhagavad Gita.
  3. 1940. Va con su familia a Vichy y después a Marsella donde escribe en la revista Cuadernos del Sur. No la aceptan como docente probablemente por su condición semita, aunque ella escribe a las autoridades dando cuenta de sus escasos vínculos con el judaísmo.
  4. Estudia sánscrito. Conoce a J. M. Perrin, sacerdote dominico que la ayuda a encontrar trabajo en una granja con el escritor católico Gustave Thibon. Participa de la vendimia.

Deja sus papeles a Thibon.

Decide no bautizarse.

El final del libro de Job y los primeros versos que pronuncia Prometeo en la tragedia de Esquilo muestran una misteriosa relación entre el dolor y la revelación de la belleza del mundo. …Naturalmente, la alegría es también una manera que tiene la belleza de metérsenos dentro, aún las alegrías más vulgares, siempre que sean inocentes. [11]

  1. 1942. Pasa dos semanas en un campo de refugiados en Casablanca. Luego parte a New York. En Estados Unidos, milita por la situación de los negros.

Le presenta un proyecto a De Gaulle para sumarse a las labores de la resistencia francesa: enfermeras que en paracaídas caen en las primeras líneas para atender a los heridos de ambos bandos. El proyecto es rechazado por De Gaulle como una locura.

En noviembre, parte a Liverpool luego de quedar retenida en un campo de detención. Escribe informes para la organización de Francia Libre en Londres que luego agrupa en  Raíces del existir.

  1. En abril ingresa a un hospital donde se le diagnostica tuberculosis, pero se niega a alimentarse más que con las raciones que comen los refugiados.

El 24 de agosto muere en Kent, Inglaterra.

 

Qué hacer con ella 

No a las instituciones

Weil da tres razones para no afiliarse a un partido:

Que incita a las pasiones colectivas;

Que despierta un deseo de aumento de poder ilimitado;

Que implica la adhesión a una doctrina sin lugar a la duda.

Da también varias razones para no bautizarse, es decir, no afiliarse al partido eclesial:

Que la iglesia como institución ha sido responsable de prácticas inquisitoriales;

Que articula un cuerpo de prohibiciones, anatema sit, que demarcan un adentro/ fuera de la comunidad que debe ser aceptado ciegamente;

Que hay verdades por fuera de los textos canónicos, como el Libro de los muertos, o el Bhagavad-gītā, no incluidas en la revelación cristiana. Nadie es propietario o administrador de las palabras divinas. Más aún, nadie representa a los dioses; 

Que es mejor hablar del sentido del cristianismo para los que están fuera de la Iglesia que para quienes ya están incluidos en ella. Afuera todavía hay inocencia.

La razón última es que las formas más normalizadas propias de las instituciones, degradan cualquier contenido y ponen siempre a la policía a cuidar los altares, las legislaturas, los centros cívicos.

El cristianismo que le interesa a Weil es el de  una multitud de pescadores y prostitutas siguiendo a un carpintero  que  echar a los fariseos del templo, predica el amor  y muere muerte de esclavo. La subyuga esa historia fantástica narrada por un hacedor de toldos, que pelea contra el imperio y la sinagoga, y que finalmente también es crucificado. Cuando se hace religión imperial, iglesia del estado, poder sobre los cuerpos y glorificación de un dios de los ejércitos que vuelve resucitado a reinar sobre todos, para Weil, se trata de otra religión. O peor aún, el modo en que devienen todas las empresas: religiosas, políticas, humanas. También el comunismo originario se vuelve stalinismo. Porque las instituciones tienden a ponerse en el lugar del Bien. Eso es  totalitarismo. Entonces,  ¿qué puede hacerse con ellas sino disolverlas? Partidos, sindicatos, iglesias, escuelas, son solo lugares de expansión ilimitada de una verdad que se sustancializa y se toma a sí misma como única. La verdad, el bien, la belleza,   están más allá de cualquier instancia dogmática y son indefinibles. No entran en ninguna categoría. Se distancian respecto de cualquier realidad. No por impotencia política, sino como marca de imposibilidad de alcanzar lo puro, lo que jamás se puede encarnar completamente. Posición contraria a todo idealismo absoluto. Lo ideal nunca se realiza, se conserva en esa tensión respecto de lo que es. ¿Se podría pensar en una Weil kantiana? No, porque el ideal nunca sirve para regular los cuerpos, ni morar sobre las costumbres. El ideal solo puede ser pensado desde un cuerpo que experimenta el dolor, como pura lejanía para hacer crítica del presente. Por eso un idiota puede conocer el bien, no tiene que pasar por las horcas caudinas de la antropología racionalista y racista de Kant. Para pensar la lejanía del bien se requiere la atención absoluta de un pensamiento que no se distrae con las habladurías ni los reglamentos.

El totalitarismo es la pérdida de toda distancia, es la superficie sin pliegue, es una justicia pseudotransparente que oculta un núcleo de oscuridad. ¿Teología en medio de la política? Después de todo, ninguna de las dos es una ciencia. La teología fue desplazada como padre de todas por el positivismo, y la ciencia política es una invención contemporánea para formar expertos y excluir a los muchos del debate público.

La propuesta weiliana es mostrar la raigambre teológica de todos los conceptos políticos, al desenmascarar lo que hace límite en ellos. Su núcleo duro, traumático.  Revelar la matriz imaginaria del mal es descompletar en cada caso la situación política del momento. Lo imaginario acota las diferencias, acerca, asimila, identifica. El Bien es la distancia sideral que no puede recorrerse con la imaginación. Solo se lo puede pensar por un instante.

No a la filosofía de la historia

¿Qué es participar en un sindicato? Denunciar que introduce el espíritu de partido en la organización, que expulsa la libertad de opinión y la posibilidad crítica. Dirigentes apartados de la función de producir, que es la dignidad propia  de la clase trabajadora, incapaces de sentir la menor empatía con los sufrimientos de los que trabajan, sostienen con rigor el anquilosamiento de las instituciones (que es su condición entrópica espontánea).  Todo  colectivo se pervierte  en una maquina brutal, porque es un conjunto de fuerzas ligados a la necesidad. Y la necesidad es la fuerza ciega  de los mecanismos: la gravedad. Creer que se ha desteologizado el mundo por el sencillo recurso de matar a Dios, es propio de la ingenuidad positivista y de la ideología laicisista (que no quiere polemizar sobre el carácter religioso del ateísmo, como si fuera el grado cero de la razón). Alguien ha asumido las funciones del dios abandonado: pensar el devenir como progreso hacia lo mejor, diseñar el futuro,  adueñarse del tiempo, justificar el dolor del presente, dotar de sentido a la muerte.  El mito del progreso tiene una función de ocultamiento de las causas de la opresión, y el sindicato o partido que “venda” que los sacrificios del presente, o  las concesiones a los poderes, tienen como finalidad un bien mejor, (instalando el principio de razón suficiente como operador racional) elimina al azar de la historia, la dimensión del acontecimiento y equipara otra vez la revolución al paraíso. A los paraísos mejor perderlos, a las revoluciones no esperarlas. Interrumpir el presente agónico es la única potencia. De lo contrario, habría que coincidir con una de las más equívocas versiones del marxismo. Aquella en la que el proletariado, la más alienada de las clases sociales, nos desalienará a todos. Nuevamente se confunde la ilusión con la esperanza.  ¿Es que podríamos creer que la tecnología, buscando con obstinación fuentes de energía inagotables, controlará alguna vez completamente, eso que la modernidad llamó naturaleza?

La experiencia del cuerpo impide la mirada idílica sobre el proletariado. Weil experimenta lo que es la rutina, el cansancio, el hambre, la servidumbre del pensamiento que no puede despegarse del dolor físico. Es necesario hacer de ese dolor,  concepto. No hay pueblo elegido para Weil, tampoco una clase, ni aun la que más sufre.

No a la ampliación indefinida de derechos

Extraña una conversión mística que termina denunciado a la Iglesia como una inmensa maquinaria de control y opresión, aunque haya surgido de ese cristianismo desgraciado de los primeros siglos. Todavía más inquieta la construcción de una política como atención absoluta no hacia el sufriente, sino hacia el que está atrapado en la desgracia, ese mecanismo triturador de almas. Esa cosa desgarrada y sanguinolenta que es el cuerpo tomado en la maquinaria de capitalista  y la  conciencia desvanecida en el horror de la rutina sin fin no pueden ser el espacio desde donde se imagine la revolución. Paradojalmente, es necesario el pasaje por la humillación más pertinaz, para que pueda surgir algo de lo nuevo. Es desde ese fondo oscuro de la carne, donde surge la pregunta más honda: ¿por qué se me hace daño? No se trata de reivindicaciones, ni de derechos, una palabra que el liberalismo ha puesto en boca de todos. Un sujeto, incluso colectivo, clase, género, sindicato, no es más que una turbamulta de griteríos, pura sustancia con pretensiones de autonomía, sin lazo alguno con los otros, que reivindica para sí una cantidad creciente de derechos. No se trata de satisfacer esa infatuación, sino de prestar atención a lo inaudible. Ahí se juega una justicia que no es la inherente a la libertad urbana, mero narcisismo en expansión. Es necesario dar un cauce lógico a esas reivindicaciones, pero solo una profunda atención es la que podría diferenciar ese griterío del silencio de la desgracia. Eso que no tiene palabra, lo que no accede al nivel del significado y que pulsa en los bordes del cuerpo.

Aquí surge una concepción distinta de lo que son derechos. Una ética para Weil se funda más bien en una versión de los deberes. Los deberes ligan, los derechos aíslan. Cada vez los castigados por el capitalismo obtienen más derechos jurídicos, sin embargo,  ese incremento no implica que alguien se sienta obligado a alimentar a los niños que están en la calle, o a proporcionar vivienda a los sin techo, o salud a los desahuciados. Nadie duda de que están todos munidos de su identidad como persona, concepto equivoco y transido de legalidad romana, y teología sustancialista, devenidos  en individuo moderno, átomo de conciencia solitaria, sin sensaciones ni mundo, pero también es evidente que no hay modo de obligar a nadie a cumplir con esos otros, porque el lazo social está roto en el individualismo liberal. Solo hay identificaciones identitarias que crean colectivos de reivindicaciones, y ahí pueden unificarse las formas más libertarias con los reclamos más fascistas.

No al trabajo como liberación         

Pensar el trabajo en una línea evolutiva, donde el esclavo sometido terminaría adquiriendo un saber y transformando a la naturaleza, oponiéndose con una conciencia creciente a un amo que solo goza de una  libertad abstracta, dependiendo de la plusvalía que le arranca a su sometido, es el modo hegeliano de sacralizar el concepto y de no variar las condiciones de explotación. Marx va más allá y diferencia el trabajo alienado del que no lo es. Weil ahonda en el elogio del trabajo manual, pero considera que es el único, no hay trabajo intelectual opuesto a él. La división en el trabajo es el mal, porque aumenta la productividad al precio de desconocer los procedimientos por medio de los cuales se produce. Mecanismos ciegos una vez más. Es que si se quita la racionalidad de la medida, el trabajo no solo pierde su sentido, sino que se transforma en una actividad válida en sí misma. Así toda la sociedad, la marxista incluso, por eso devenida estalinista, se convierte en una sinergia productiva general cuya única función es reunir los tiempos singulares de los cuerpos de los trabajadores mecanizados.  

Claro que habría que renunciar a la técnica cobijada por la ciencia moderna. Todavía más profunda que la crítica heideggeriana, para Weil no sería posible sostener ningún proceso cuyos pasos no pudieran ser seguidos mentalmente uno por uno, como si fueran los momentos de un teorema matemático. Esto demandaría una renuncia enorme a la capacidad productiva de la humanidad, porque se disolverían los procesos tecnológicos de alta escala. La pregunta surge de inmediato: ¿para qué producir tanto? Y además, ¿no supone esa perspectiva que las fuentes de energía son inagotables? Pero  como no lo son,  la muerte de la naturaleza, en la que está incluida la especie que somos desaparecerá inevitablemente, para que produzcamos la chatarra letal que ha esclavizado seres vivos y no vivos, si es que semejante taxonomía no forma parte de las viejas biopolíticas disfrazadas de metafísica.  

 

No obedecer

La opresión[12] procede exclusivamente de condiciones objetivas provenientes no de las relaciones sociales sino de la naturaleza misma de las cosas. Ciertas fuerzas se interponen entre los seres vivos y sus propias condiciones de existencia, entre el esfuerzo y el fruto de ese esfuerzo. La fuerza, inherente en la naturaleza a todos los procesos, se replica en la vida colectiva, porque los seres humanos somos parte de ella, aun cuando fantaseemos con dominarla. En nosotros como especie, estaría la violencia inherente a la  vida que nos enfrenta a nuestras condiciones de existencia, y a las que solo el pensamiento resiste. Resistimos a la colectivización, a la fragmentación, a la división social, a la alienación del trabajo. Nuestra esclavitud consiste en que somos juguetes de esa necesidad ciega de las fuerzas. Solo pensar  permite interrumpir el puro orden de la necesidad, aun cuando sea imposible abatirla por completo. Cuando esta fuerza maquínica  de la naturaleza se transfiere a la relación con los otros humanos, o de otro modo, cuando el poder ha sido trasladado de la materia inerte a la sociedad, entonces, los mecanismos de dominación natural han sido internalizados en el todo de la colectividad social. Es ahí cuando “nos sentimos fuera del mundo, y lo único que nos queda es obedecer”[13]. La sumisión de la mayoría a la minoría, lo que arrodilla a los esclavos, humilla a los pobres, subordina a los espíritus libres, no es más que la fuerza brutal homóloga a la natural. Lo más pesado asfixia a lo más ligero.  También en los vínculos que nos ligan. La dificultosa explicación del sometimiento a partir del elemento paradojal del número de los excluidos o coaccionados que son las inmensas mayorías parece difícil de hallar. El número no constituye una fuerza. Al contrario, el pueblo no está sometido aunque sea mayoría, sino porque es mayoría. Hay  pocos momentos en la historia, en que se produce un acontecimiento en que las masas se levantan y se mueven unánimemente sin estar conducidas por otros, y en ese momento son poderosas y su capacidad de cambio es enorme. Pero esos instantes son breves. Luego hay que incorporar la acción metódica del pensamiento, ése que se aplasta cada día, en la rutina del trabajo alienado, en la cháchara infernal de los medios de comunicación, en la palabra que vacía y aísla los cuerpos. Pero además los poderosos se encargan rápidamente de disiparla en una impotencia irremediable.

 Ciertas teorías  rompen con la idea de que la opresión es una condición natural. Pero el pensamiento en la medida en que puede conceptualizar lo que no es, se vuelve contrario a las fuerzas que dominan la sociedad. Por eso, el genio, el amor y la santidad son las figuras destructivas del sistema cuando señalan justamente que el verdadero orden no es nunca el efectivamente realizado.

Pensar es hacer diferencia respecto de la ciega necesidad. Es el modo de resistir al sometimiento.

Otra vez no a las instituciones. Contra la idolatría de los partidos, los sindicatos, las iglesias, las universidades, las escuelas, los manicomios, los hospitales, las cárceles, los ejércitos, los estados, las naciones, los imperios, las etnias, las masas totalitarias, los individuos autónomos…

Entonces finalmente olvidar a Simone Weil,  si se pretende agotar su pensamiento en  una vertiente afirmativa. Solo negatividad de lo existente. Potencia de lo negativo. No platonismo o kantismo anacrónicos. Una justicia con mayúscula que habría que pensar mucho más allá de la liberal, de la justicia ciudadana de Creón. Quizás seguir vacilantes a Antígona que responde: “Quién sabe si en el mundo de los muertos, estas leyes tienen valor”. ¿Sería posible una más dura crítica al fascismo?

Comprender que el mal no proviene de lo político sino como reflejo de la ciega necesidad, lleva a Weil a la comprensión de que es imposible el bien absoluto en las cuestiones humanas, porque habría que impedir que la necesidad formara parte de lo que hacemos. Uso de una teología negativa para establecer una noción de mal que horada lo político, lo descompone y muestra su fatalidad. ¿Puede acaso la política terminar con la guerra? ¿No está destinada fatalmente a convertir los cuerpos en cadáveres y a los cadáveres en cosas?  Por eso ir con el instrumento del bien puro para estudiar las situaciones políticas concretas, dirimir en cada caso, lo que acorta por un segundo la distancia con el bien, siempre contemplar su lejanía.

Los conceptos nacen del cuerpo, de las experiencias que tocan lo real donde estalla lo simbólico. Y el pensamiento surge de la complejidad de esa instancia gozante o dolorosa. No puede surgir el pensamiento prolífico de una abstracción, separada del cuerpoalma donde nace.  La disputa de Weil con  Simone de Beauvoir, termina en un: “Es que usted no sabe lo que es pasar hambre”. Los conceptos emergen en tanto  gesto de libertad surgido de los cuerpos sufrientes que somos. Por eso la necesidad de trabajar en una fábrica, una vendimia, un barco pesquero, en la agricultura, en una mina… Experiencia de una labor que implica una tal degradación, cansancio, rutinización y dolor físico que no permite  pensamiento alguno. Es el pasaje del trabajo en las fábricas el que le permite diferir de la posición marxista. Se pregunta cómo es posible que el proletariado, la clase más alienada de todas, pueda desalienar al resto. Al contrario, ella encuentra que luego de las jornadas de labor extenuante, (hace ochenta años en la Renault) es imposible que alguien pueda pensar. Una carne completamente mortificada es dudoso que pueda sublevarse. Pero el pensamiento solo puede surgir de ahí, del coraje de esos cuerpos. Y para eso, es necesario levantarse contra la rutina. No obedecer. Amar más la libertad que la vida encarnizada que se cuela entre los andamiajes de las máquinas. Por eso, la revolución es el opio de los pueblos, como lo sigue siendo toda promesa de un futuro mejor. Partidos e Iglesias no dejan de pronosticar porvenires inciertos a costa de presentes funestos. ¿Cómo terminar con la lógica sacrificial? Los partidos no dejan duda: todo sacrificio vale la pena si sirve para engrandecer la agrupación, el colectivo. Si las instituciones son los bordes que estabilizan las psicosis ciudadanas, los individuos  pagamos el precio de la servidumbre, atados a la fría necesidad, las fuerzas de los mecanismos, los engranajes ciegos, todo ese conjunto de procedimientos en que la biopolítica ha convertido a los cuerpos y a la vida.

El bien, la verdad, la justicia, no son posibles en ninguna estructura, no anclan nunca, no se desmembran en legislaciones, ni se sustancializan en identidades. Toda identificación del Bien con alguna ley, persona, o institución es totalitaria. Solo resta entonces, hacer las instituciones para luego destruirlas. La negativa a afiliarse al partido comunista, la  renuncia a los sindicatos o la postergación indefinida del  bautismo se sostienen sobre el mismo supuesto: la  crítica a la institución.

Pero, ¿es posible mantenerse en tal posición? ¿Cuál es el problema? El catarismo. Los cátaros, la herejía más estudiada y valorada por Weil, es un movimiento del siglo XI que fue totalmente extinguido, todos sus miembros asesinados. El ideal de pureza implica la imposibilidad de un compromiso con cualquier figuración humana del poder. Lo que puede llevar a un escepticismo militante. Tal vez podamos pensar no en términos de una impotencia política surgida de la decepción sistemática respecto de la realidad, sino del impoder como momento eficaz de todo acontecimiento.

El modelo del conductor político no es el que tiene todo el poder en sí mismo, si no el que renuncia a él. Es el Cristo en el instante en que duda de su condición divina, y muere sin saber ni concepto. Es la figura del héroe en las antípodas de la versión épica, no se destaca, se pierde, y en su derrota, en la de Antígona, algo se teje para todos. Es un modo de ser por sustracción, que Weil encuentra en la kénosis, un concepto teológico, que alude al momento de mayor humanización del dios. Duda de la propia condición, acción sin certeza. Abandono al dolor. No se trata de prometer paraísos ni sociedades sin clases, después de la revolución. Sino de una inmensa retirada, de una praxis de la sustracción.  

“En cuanto a mí: he decidido retirarme totalmente de cualquier tipo de política, excepto en lo que se refiere a la teoría. Y aunque esto no excluya en absoluto mi eventual participación en un gran movimiento espontáneo de masas (como simple soldado), no quiero ninguna responsabilidad, por pequeña que sea, y ni siquiera indirecta, puesto que estoy convencida de que toda la sangre que se vierta se verterá inútilmente, y de que estamos vencidos de antemano” [14]


* Alejandra Adela González. Doctora en Filosofía (Universidad del Salvador) con la tesis “Voluntad de servidumbre y deseo de libertad. Una paradoja política en Simone Weil y Etienne de La Boètie” (Tercer Premio nacional de Ensayo Filosófico, 2012). Magister en Análisis del Discurso (Universidad de Buenos Aires). Actualmente es docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires, de la Universidad Nacional de Avellaneda y de la Universidad del Salvador. Se desempeña como Coordinadora Académica de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas (UNDAV) y está a cargo de la cátedra de Filosofía del Ciclo Básico de la UBA. Autora de varios libros y numerosas publicaciones en el campo de la filosofía política. 


[1] Weil S., A la espera de Dios.  Madrid, Trotta, 1996, p. 38-39

[2] Weil S., Introducción a los cursos destinados a los obreros en Escritos históricos y políticos. Madrid, Trotta, 2007, p. 37-38

[3] Weil S. Sobre un intento de educación del proletariado. Fragmento inédito en  Escritos históricos y políticos, o.c., p. 47

[4] Weil. S. La situación en Alemania (I) en Escritos históricos y políticos, o.c., p. 432

[5] Petrement S., Vida de Simone Weil, Madrid, Trotta, 2007, p. 297. Carta a George Bernanos en , o.c., p. 105

[6] Weil S., Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social. México, La nave de los locos, 1977, p. 48-49

[7] Weil S, Experiencia de la vida de fábrica.  Carta abierta a Jules Romains en Escritos históricos y políticos, o.c.  p.144

[8] Petrement S., Vida de Simone Weil. Madrid, Trotta, 1997, p. 363.

[9] Weil S.,  Carta a George Bernanos en Escritos históricos y políticos. O.c., p. 525.

[10] Weil S., Carta a los indochinos en  Escritos históricos y políticos. O.c.,  p. 477.

[11] Weil S., Intuiciones precristianas. Madrid, Trotta, 2004, p.  35

[12]Simone Weil escribe Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión social como un artículo para una revista y termina considerándolo su testamento. Lo hace entre el verano y el otoño de 1934, el mismo año en que traduce un pequeño artículo de Maquiavelo sobre la sublevación de los ciompi florentinos. En 1935 lo envía a Alain quien epistolarmente le demuestra su admiración por ese artículo, y lo considera digno de iniciar la serie los Cudadernos de Crítica.  Weil  lo acepta en principio y habla de él como de su gran obra, pero nunca lo publicó, debido a que quería responder a algunas de las críticas de un amigo. Un poco antes  escribe “Perspectivas: ¿Vamos hacia la revolución proletaria?” que sí será publicado en Revolution proletarienne nº 158, del 25 de agosto de 1933. Junto con otros artículos serán compaginados en un único volumen que será publicado luego de su muerte con el título de Opresión y libertad, recién en 1955.

[13] Primo Levi.

[14] Petrement S., o.c. p. 631


Nota sobre la supresión general de los partidos políticos
Weil, Simone

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