“Tengo la esperanza de que los afectos sean más fuertes que el temor”

Crónicas y entrevistas III

¿Cómo vivís este proceso inédito para nuestras vidas de cuarentena? ¿Cómo te informás? ¿Cómo te relacionás con la amenaza del virus y cómo con la autoridad? 

Desde un comienzo me fortalecí, sobre todo al ver amigues más jóvenes que entraron en pánico. Traté de sobrellevarlo con la mejor disposición y con la filosofía, que es lo que siempre me salvó la vida. Estaba escribiendo un libro sobre el deseo y justo unos días antes de que se declarara la cuarentena, me habían convocado para hacer un trabajo en el CCK con la directora de cine Albertina Carri. Estábamos intercambiando mails sobre la cuestión de la memoria para ser leídos a fines de marzo, pero cambió la situación y se pasó a la modalidad virtual. Fue muy arduo, cada meil nos llevaba entre tres y cuatro horas a cada una, nos pasaba un poco como a los docentes actualmente en ejercicio, que no les alcanza el tiempo, o a los chicos haciendo la tarea. En medio de ese trabajo me convocaron para escribir en Las 12 (Página 12), con una columna fija… O sea que, en términos personales, no me alcanza el tiempo, estoy trabajando como cuando tenía treinta o cuarenta años, con la diferencia que mi cuerpo no es el mismo y me duele mucho la cintura. Tuve la suerte de tomarme este momento con cierta calma, de no entrar en pánico y de asumir los cuidados del caso. 

Acuerdo con las medidas que se tomaron a nivel nacional. Fui una de las primeras críticas a la posición de Agamben, que, al parecer, se quedó prendido de un pensamiento de hace treinta años (Estado de excepción, etc.). No lo veo de esa manera, no creo que se trate de una avanzada del poder médico asociado a los poderes financieros en función de un proyecto de dominación. Él estaba repitiendo conceptos que venía usando y que tomó de Foucault (que, a su vez, tomó de Schmitt). Los conceptos tienen que ir modulándose o incluso reinventarse de cero ante cada situación. Siento que Agamben –filósofo al que respeto mucho (incluso un libro que publiqué, Las grietas del control, le debe mucho a su pensamiento)– pifió seriamente esta vez. Si se tratara de un complot no lo sabremos en esta vida. Así que estoy más cerca de pensar que había que hacer lo que se está haciendo acá, en lugar de la reacción que hubo en Brasil o en Estados Unidos. Ya que la experiencia está demostrando que, si se toman medidas a tiempo y la población responde, el daño es mucho menor.

Agradezco que tengamos un gobierno a nivel nacional con sensibilidad social. Hubiera sido terrorífico estar pasando este momento fétido con un gobierno neoliberal. Pero vivo en la Ciudad de Buenos Aires, así que tengo la desgracia de vivir bajo la jefatura de gobierno de un gobernante (Rodríguez Larreta) de derecha que ya ha demostrado desde hace muchos años no tener ninguna sensibilidad social.

Da la impresión que el modo local de procesar este fenómeno global no escapa a cierta matriz sensible que distribuye la realidad entre oficialismo y oposición. Como si no hubiera otros modos de pensar o alojar lo que pasa… Por un lado, el “quédate en casa” que oscila entre una advertencia sanitaria razonable y una moral excesiva; por otro, el pataleo individualista y el malestar antipolítico. ¿También en cuarentena nos ganan los binarismos?

El tema del binarismo oficialismo/oposición a veces se supera, como cuando vemos las encuestas sobre las medidas que está tomando el gobierno nacional y se ve un nivel de aprobación muy alto (como 75%), lo que muestra que mucha gente que no votó al gobierno y aprueba la forma inteligente en que el gobierno está llevando la pandemia. Hoy en Página 12 leímos el testimonio de un prestigioso epidemiólogo brasileño (Naomar Almeida Filho), con quien tuve el gusto de trabajar, donde dice que Argentina es el país que menos cantidad de muertos tiene por millón de habitantes. 

Por supuesto que en las redes se ven barbaridades, una grieta inventada más ligada a lo que dijo Maquiavelo en el siglo XVI, “dividir para reinar”. Las clases que se quedan con la mayor parte de la riqueza, las que no distribuyen, escandalosamente acaparadoras, que fugan y encriptan fortunas para no pagar impuestos… están reencarnando a Hitler. Si pagaran sus impuestos no tendrían que hacer esto que están haciendo. ¿Cómo reencarnan a Hitler? Con el manejo de los medios de comunicación hegemónicos –los mismos que ayudaron a que el neoliberalismo se impusiera en las elecciones de 2015–, llegando a la perversidad de desear la muerte de más personas para que le vaya mal a este gobierno. Estos medios, en lugar de comportarse como buena parte de la población que es solidaria más allá de las banderías partidarias, juegan a agravar la crisis.  

A nivel mundial también se ve esta diferencia entre los gobiernos neoliberales (Estados Unidos, Brasil, Francia, Reino Unido) y los gobiernos que muestran sensibilidad social, salvo en el caso de México, donde al comienzo actuaron guiados por el pánico y los costos son altos. Pero los gobiernos con sensibilidad social son los que se manejan con prudencia en el sentido filosófico, de un “saber hacer”, aunque es muy difícil saber hacer en este momento en que todo hay que hacerlo de prisa. Aun así, nosotros, contando con los ejemplos de lo que había sucedido en China y en Europa, lo supimos capitalizar muy bien por lo que las medidas que tomó el gobierno de Alberto Fernández están dando resultado –más allá de que todos sabemos que falta el famoso pico. Eso no lo perdona la oposición, que está metiendo inquina y odio, porque la derecha es odiadora por naturaleza. Acumulan tanta ganancia y con tanto desprecio por el que les sirve que, la única manera de seguir acumulando esas fortunas que no gastarán en miles de vidas, es haciendo desaparecer a partes de la población; Hitler lo hizo con los judíos y otros grupos, mientras que acá pretenden hacerlo con lo que llaman “grupo de riesgo”. Las derechas crean la grieta para que seamos cada vez más los discriminados y seguir explotándonos de la manera que nos explotan.

Leímos algo que publicaste llamando la atención sobre el destrato por parte de la Ciudad de Buenos Aires a los adultos mayores –lo que suena a una concepción de origen en ese espacio político–, que adquiere ribetes fascistoides. Quienes conocemos tu vitalismo podemos imaginar la incomodidad que te genera esa imagen burda y estereotipada de un adulto mayor. 

Encontrándome muy bien, haciendo algo de gimnasia para trabajar el dolor de cintura, pero estando muy activa y manejándome con total responsabilidad, tener que soportar que este personaje nefasto (Larreta) tome las medidas que toma metiéndose en mi vida personal y me trate de irresponsable, poniendo policías para que no pueda cruzar la calle a llevar mi ropa a lavar… es algo que no puedo aceptar. Esto me indignó y me perturbó más que la pandemia, por al que no se puede culpar, en principio, a nadie. Esto no se lo tenemos que dejar pasar. 

  Cuando el gobierno de la Ciudad comenzó a perseguir a las personas mayores a 65 años, quedó sin anestesia su fascismo y su capacidad para reprimir antes que para cuidar. Como todos sabemos, se les rebajaron las viandas a los chicos más pobres, tratándose de la ciudad más rica del país (en algunos casos, según denuncian los docentes, las viandas se redujeron a la mitad). O sea que no tiene dinero para invertir en que la gente no se muera de hambre, pero, como nos enteramos ahora, tuvo dinero para pagar barbijos con sobreprecios escandalosos. Pero, más allá de un caso de corrupción, que los hay en todos los gobiernos, lo que no puedo de ninguna manera digerir es el dineral que se gastó para comprar armamentos anti-saqueos. Es increíble: le saca la comida a la gente, empujándola al saqueo y después tiene plata para comprar armamentos en plena pandemia, previendo posibles disturbios y saqueos. Se habla de brigadas vestidas de negro, con borceguíes, con armas de última generación para reprimir supuestos hambrientos que el propio gobierno genera.

Retomando lo anterior, el hecho de plantear que un grupo determinado es un peligro para la sociedad (en este caso, los mayores de 65 años) es un gesto fascista. Yo estoy en ese grupo. Una doctora en filosofía que está ejerciendo su profesión a los 80 años, que está escribiendo, dando clases virtuales, que está produciendo y que, como otras personas ligadas a la cultura, he salido a decir “somos responsables”. Me enteré por los medios de gente joven que violó la cuarentena y de ningún caso “escandaloso” por parte de las personas pertenecientes a este grupo. Y no se trata de la defensa de un grupo etario, estaría igualmente indignada si se tomara del mismo modo a cualquier grupo, y trataría de “micro-militar” en contra de eso como creo que lo he hecho siempre desde mi lugar de profesora, de escritora o de quien da entrevistas. Y es de conocimiento público, que desde el anuncio hasta hoy que se implementarían las medidas fue bajando el tono, justamente, por la resistencia que hemos demostrado.  El presidente lo avaló hasta cierto punto, hasta que le dio una palmada en la espalda y le pidió que bajara la intensidad con estas cosas. Pero entiendo que son cosas de la política, donde a veces hay que tragarse sapos.

En ningún momento pensé en suicidarme, tal vez si me enfermara, estaría de acuerdo con implementar la eutanasia, porque no quisiera llegar a la situación de morirme sin poder respirar. Pero la perturbación que no tuve ante el tsunami de la pandemia, la tuve por las medidas contra quienes seguimos activos, trabajamos, vivimos. Solo esta derecha cruel que mandaba camiones para juntar cartones antes de que pasaran los cartoneros y así dejarlos sin su sustento, se le ocurren este tipo de medidas.  

¿Cómo lidiás con este contexto tan propenso a las palabras de orden, a los aires aleccionadores, a una desconfianza generalizada entre las personas que parece inversamente proporcional a la confianza en el principio de autoridad? Es decir, más allá de acatar consciente y responsablemente una medida asociada a la salud pública, o, más allá de desconfiar con el mismo grado de responsabilidad, ¿qué margen nos queda para cuestionarnos, resistir los aspectos más represivos e imaginar posibles?

Me gusta comparar lo que está pasando al momento en que, cuando estamos frente al mar, baja la marea. Por ejemplo, en Río Negro, en la costa atlántica, hay una playa que se llama Las grutas, donde me di un gran susto cuando fui. Cuando llegué, al mediodía, el mar estaba cerca y muy bello frente a mi ventana. Cuando me levanté el mar había desaparecido; estaba tan azorada que bajé y vi que aparecían cosas bellísimas y cosas horribles. Había una caracola con unos colores de diamantes, y también se encontraba un agua viva que si te tocaba el pie te hería. Algo parecido pasa ahora con esta bajada de marea que fue una caída de máscaras. Por ejemplo, en el edificio donde vivo dos personas me ofrecieron su ayuda en el caso de necesitarlo. Pero también vemos que se discrimina a personal médico o en las filas mucha gente se brota y pareciera que el enemigo pasó a ser el otro. Tengo muy presente esa imagen sartreana (fue el aniversario de los 40 años del fallecimiento de Sartre) en la que el otro puede ser el infierno. Las mezquindades del vecino, lo siniestro en lo más cercano. 

Pero debo decir que también estoy muy enojada con algunos médicos que cuando sacaron la medida contra los viejos –falta que nos lleven a un pogrom–, repitieron el mismo discurso fascista que Larreta. Cuando escribí en contra de eso salieron en las redes a repetir ese discurso. Yo creo que los médicos son fundamentales y deberían ganar más dignamente y soy la primera en defenderlos. Pero algunos de ellos, desgraciadamente, nos tratan, de nuevo, como boludos, tontos, que a los viejos hay que mandarnos como a bebés que lloran y se hacen encima. 

Foucault fue a estudiar el poder a las cárceles, lo que algunos periodistas le reprochaban: ¿cómo iba a estudiar métodos de libertad con gente que no tiene libertad? Lo que él contestaba es que ese era el mejor lugar para estudiar eso, ya que ellos habían pasado un límite que el resto no. Nosotros no estamos en esa situación, pero para algunos es lo más parecido que conocemos el encierro que estamos viviendo. Entonces, ¿cómo aun en esta situación podemos caer en delatar a un vecino? Hay personas que tiene actitudes hostiles al punto, como ha pasado, de hacer bajar a una persona de un micro porque estornudó… ¿Cuáles eran sus máscaras antes de la peste? Lamentablemente estamos en esa bajada del mar, hay gestos horribles y hay solidaridades que emocionan (como las maestras que les llevan los cuadernillos a los estudiantes o incluso comida cuando se trata de familias muy pobres).     

¿Pensás que esta irrupción dejará marcas, resabios en el cuerpo, y/o nuevos desafíos para la vida colectiva y el pensameinto?   

Pienso en la famosa frase de Hegel, quien había dicho que la filosofía no es futurología: “El búho de Minerva solo levanta el vuelo al caer el día”, es decir, que la filosofía solo puede expedirse con propiedad cuando los hechos ya ocurrieron. No tengo el poder de predicción, a pesar de mis muchos años de estudio. Mi mínimo conocimiento del ser humano, no solo porque estudié, sino porque he vivido una larguísima vida, me hace pensar que la condición humana no va a cambiar demasiado después de esto. Sí pienso que, en cierto modo, se está cumpliendo lo que dijo Nietzsche en el siglo XIX, respecto de la transmutación de todos los valores. Los valores ya se han transmutado en muchas personas, por lo que dijimos antes, se han trasmutado incluso algunos gobiernos. Por ejemplo, un gobierno de factura neoliberal como es el de Merkel ha mostrado sabiduría y sensibilidad, incluso en relación al “grupo de riesgo”, no lo han tratado como estos miserables y chiquititos y mezquinos seres que están gobernando la ciudad más rica de la Argentina. Cuando termine todo, la gloria y la mierda, esa condición humana va a seguir. 

Con cautela, me atrevo a decir –si somos puro proyecto, como decía Sartre y no podemos dejar de proyectarnos–, que en lo que me pregunto si va a haber cambios es en algunas costumbres nuestras… En la vida que me queda, ¿llegaré nuevamente a abrazar a mis amigos?, ¿llegaré a estar sentada en un teatro con cientas de personas o en una fiesta bailando como me gustó hacerlo toda la vida?, ¿podremos volver a besarnos sin miedo? Creo que con el tiempo posiblemente se rehagan… Pero el distanciamiento nos va a quedar incorporado durante mucho tiempo, el miedo mutuo. ¿Cómo van a ser inmediatamente el contacto sexual y el contacto social? Cuando el deseo o el amor es muy grande uno se puede llegar a olvidar del coronavirus. Tengo la esperanza de que los afectos sean más fuertes que el temor. Terminemos esta conversación con una pregunta: ¿volveremos a besarnos, a abrazarnos, a estar juntos?       

* Filósofa, fue la primera doctora mujer egresada de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA). Fue profesora en el CBC, dictó seminarios de posgrado en distintas universidades del país y de América Latina. Dirige la Maestría en Metodología de la Investigación Científica impartida en la Universidad Nacional de Lanús. Publicó, entre otros: Una historia de la verdad (1985), Hacia una visión crítica de la ciencia (1992), Michel Foucault, los modos de subjetivación (1993), La sexualidad y el poder (1993), El himen como obstáculo epistemológico (2005), Las grietas del control. Vida, vigilancia y caos (2010), Filósofa punk (2019). Filmó una película sobre su vida Mujer nómade (Martín Farina), por la que recibió el premio Cóndor de Plata 2019 en la categoría de “revelación femenina en Ficción y/o Documental”.

Esther Díaz en Pensando la cosa (Canal Abierto): 


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