Urgencias y medidas de fondo

Economia I

¿Ocurrirá que la crisis epidémica Covid-19 haga precipitar el fin de la globalización mercantil y liberal haciendo emerger un nuevo modelo de desarrollo más equitativo y más duradero? Es posible, sí. Pero no todo el terreno está ganado.

En el estado en que nos encontramos, la urgencia absoluta es tomar la medida de la crisis actual y hacer todo para evitar lo peor; es decir, para evitar la hecatombe masiva.

Recordemos las predicciones que dan los modelos epidemiológicos. Sin hacer absolutamente nada, el Covid-19 habría podido causar la muerte de unos 40 millones de personas en el mundo (de ellas, unas 400.000 en Francia). O sea, cerca de 0,6 % de la población; ésta alcanza en el mundo los 7.000 millones y en Francia unos 70 millones. Esa cantidad de muertes corresponde, de no muy lejos, a un año de mortalidad suplementaria (hay 550.000 muertes anuales en Francia y 55 millones en el mundo).

En la práctica, esto quiere decir que para las regiones donde ha ocurrido más decesos, y en los meses más sombríos, el número de ataúdes requeridos habría podido alcanzar entre cinco y diez veces más de lo ordinario (algo que, desgraciadamente, se ha comenzado a ver en ciertos lugares de Italia).

Las inmensas disparidades

Esas predicciones, con todo lo incierto que conllevan, son las que han convencido a los gobiernos de que, en este caso, no se trataba de una simple gripe y de que había que confinar la población de manera urgente. Es cierto que nadie sabe muy bien cuánto puede crecer el monto de pérdidas humanas (ya por los 100.000 en el mundo, y de los cuales cerca de 20.000 en Italia, 15.000 en España e igual en Estados Unidos y 13.000 en Francia) ni tampoco hasta dónde llegaría sin el confinamiento. Los epidemiólogos esperan que, en relación con las previsiones iniciales, el balance final se alcance a dividir por diez o por veinte; no obstante, la incertidumbre es considerable. De acuerdo con el reporte publicado por el Imperial College el 27 de marzo, sólo una política masiva de tests y de aislamiento de las personas contaminadas permitiría reducir fuertemente las pérdidas. Dicho de otro modo, el confinamiento no será suficiente para evitar lo peor.

El único precedente histórico con el que resulta lícito una comparación es el de la gripe española de 1918-1920. De esa gripe sabemos que no tenía nada de española y que causó cerca de 50 millones de muertes en el mundo (cerca del 2 % de la población mundial en la época). Al analizar con minucia los datos del estado civil, los investigadores han mostrado que esa mortalidad promedio oculta disparidades inmensas: alcanzó entre 0,5 % y 1 % en los Estados Unidos y en Europa, mientras que en Indonesia y en África del Sur fue del 3 %; en la India, más del 5 %. Eso indica claramente lo que nos debería preocupar en este momento. La epidemia actual podría alcanzar sus máximos en los países pobres, allí donde los sistemas de salud no están en situación de enfrentar semejante choque; máxime cuando esos países han sufrido las políticas de austeridad impuestas por la ideología dominante de los últimos decenios.

Algo más. El confinamiento aplicado en ecosistemas frágiles podría resultar totalmente inadaptado. Piénsese en los más pobres que, en ausencia de un ingreso mínimo, deberán salir muy pronto a buscar trabajo, lo que relanzará la epidemia. En la India, el confinamiento ha consistido sobre todo en expulsar de las ciudades a la gente de origen rural y a los inmigrantes; eso ha conducido a violencias y a desplazamientos masivos con el riego de agravar la difusión del virus. Para evitar la hecatombe, hay necesidad del Estado social y no del Estado carcelario.

En la urgencia, los gastos sociales indispensables (salud, ingreso mínimo) no pueden ser financiados sino por el préstamo y por la moneda. Es ahora la ocasión, en África del Oeste, para repensar la nueva moneda común y colocarla al servicio de un proyecto de desarrollo fundado en la inversión en la juventud y en las infraestructuras y ya no puesta al servicio de la movilidad de los capitales de los más ricos. Todo ello debería apoyarse en una arquitectura democrática y parlamentaria más exitosa que la opacidad siempre con tanto vigor en la zona euro. Aquí en Europa se continúa el entretenimiento en reuniones a puerta cerrada de los ministros de finanzas, y con la misma ineficacia que en los tiempos de la crisis financiera.

Una regulación mundial

Rápidamente, ese nuevo Estado social exigirá un régimen fiscal justo y un registro financiero internacional con el fin de poder lograr la contribución de los más ricos y de las grandes empresas en la cantidad necesaria. El régimen actual de libre circulación del capital, puesto en acción a partir de los años 1980-1990 bajo el influjo de los países ricos (y singularmente los de Europa), favorece de hecho la evasión de impuestos por parte de los multimillonarios y de las multinacionales del mundo entero. Ese régimen impide a las administraciones fiscales frágiles de los países pobres implantar impuestos justos y legítimos minando gravemente la construcción del Estado siquiera en su forma más ordinaria.

Esta crisis puede ser la ocasión para reflexionar sobre una dotación sanitaria y educativa mínima para todos los habitantes del planeta que sea financiada gracias a un derecho universal de todos los países de recibir una parte de los aportes fiscales entregados por los actores económicos más prósperos. ¿Cuáles actores? Las grandes empresas y las familias de más altos ingresos y patrimonio (por ejemplo, aquellas que sobrepasan diez veces el promedio mundial de ingreso y patrimonio; o sea, el 1 % de los más ricos del mundo).

Después de todo, esa prosperidad se ha apoyado en el sistema económico mundial y accesoriamente en la explotación desenfrenada de los recursos naturales y humanos planetarios practicada desde hace varios siglos. Esa prosperidad requiere entonces una regulación mundial para asegurar su sostenibilidad social y ecológica; y muy especialmente la puesta en acción de una exigencia sobre el carbono que permita prohibir las más altas emisiones.

Es obvio que tal transformación exigirá cuestionar unas cuantas cosas. Por ejemplo, ¿estarán dispuestos Emmanuel Macron y Donald Trump a anular los regalos fiscales que dan a los más ricos desde el inicio de sus mandatos? La respuesta dependerá de la movilización tanto de las oposiciones como del campo de ellos mismos. De algo podemos tener certeza: apenas comienzan los grandes trastornos político-ideológicos.

Artículo publicado por Le Monde (10 de abril), traducción libre de Jorge Dávila, retitulado del artículo: Revista Ignorantes. 

* Economista. Director de estudios en laÉcole des hautes études en sciences socialesy en laÉcoled’économie de Paris. Después de obtener su doctorado, Piketty enseñó de 1993 a 1995 en el Instituto de Tecnología de Massachusetts; luego se desempeñó como investigador al Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS). En 2002 obtuvo el premio al “joven economista” de Francia y desde 2003 es miembro de la junta de orientación científica de la asociación À gauche, en Europe (fundada por Michel Rocard y Dominique Strauss-Kahn). ​


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