Voces abandonadas

Episodio L

No dejemos pasar gato por liebre. Las voces abandonadas insisten. Para que exista la “vida feliz” de unos pocos, nuestro mundo tuvo que haberse convertido en vigilancia estadística de la población, de la circulación de personas y bienes, de la salud pública en esta época de peste, de accidentes de la vida pública y de la disciplina de la circulación de los pobres, mendigos y vagabundos.

¿Qué resta de aquella fraternidad mítica en esta Buenos Aires de los costosos carriles exclusivos vendidos como “metrobuses”, del cemento sobre cemento, de los tachos de basura “inteligentes”, de las obras públicas proselitistas, la ciudad maquillaje, la ciudad que vende maceta por árbol, suerte de parque temático de mampostería que hace del negocio inmobiliario y del endeudamiento en dólares sus principales formas de circulación dineraria de los flujos del capital neoliberal?

I

Eva otra vez en la hoguera

Por Ariel Weinman

La información dice que una mujer que rancheaba debajo de la Autopista en la calle Virrey Ceballos fue quemada viva el sábado 4 de julio por la noche. La imagen fotográfica, tomada por un testigo de la tragedia y reproducida en el muro de la Asamblea Popular por los Derechos de las Personas en Situación de Calle, muestra una bola de fuego junto a la pared de una edificación y en la parte superior dos terraplenes de cemento. La imagen que irradia luminosidad, acompañada de un epígrafe que indica que allí ardía un cuerpo, aunque imperceptible, contrasta con la oscuridad de la noche. La representación, a pesar de constituir una escena escalofriante para la consciencia visual de quien la contempla, jamás podrá relatar la sensibilidad del cuerpo de la víctima. Frente a esa irreductibilidad entre las figuras en la pantalla y el dolor de un cuerpo, de todos modos, el suelo en el que piso se astilla en mil pedazos y se hunde en un abismo. Bronca, perplejidad, impotencia. Pero, ¿qué sé del sufrimiento ajeno?

Muy cerca de ahí, hace 43 años un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada secuestraba al periodista, intelectual y activista peronista Rodolfo Walsh. San Cristóbal nuevamente se levanta como teatro del horror. Sin embargo, hay un hiato entre ambos episodios: a Walsh lo detiene y lo desparece la violencia estatal como parte de un plan sistemático de desaparición de personas, y el cuerpo del autor de Operación Masacre es parte del martirologio que pagan quienes se han rebelado contra la explotación, la opresión y la injusticia hecha sistema. La mujer que no conocimos, ni siquiera sabemos su nombre ni su historia personal, fue rociada con nafta y hecha fuego por uno de nuestros semejantes, de esos que nos cruzamos habitualmente por las calles porteñas. Quien ejecutó este acto es un prójimo que paga sus impuestos, que vive entre nosotros y cumple con la ley, según el manual de la corrección ciudadana.

Cuando los “azules” llegaron al lugar de los hechos llamaron a los Bomberos para apagar el principio de incendio. Para la policía y la Fiscalía Criminal y Correccional 52, a cargo de Romina Monteleone, se trata de una “muerte dudosa”, porque dicen que “no saben las causas” que provocaron su muerte. No resulta extraña la apelación a “la duda” por parte de las autoridades que cuando actúan siempre lo hacen después de los hechos. Expresan las incertezas de una investigación supuestamente en curso. Para ellas, lo dudoso es quiénes son los responsables, porque la ley que nos unifica y homogeneiza ante ella, nunca se ocupa de causas, desde el momento que su función estatal es la de gestionar el castigo.

La mujer era una “sin techo”, dice la crónica periodística, pero sin ánimo de restarle responsabilidad política al gobierno porteño, ¿puede explicarse esta siniestra fogata sólo por las políticas oligárquicas? Si estamos frente a un problema que brota desde el seno de nuestra vecindad, ¿no exige arrancarle el problema a la justicia y a los peritos para transformarlo en el centro de nuestra reflexión y acción antifascistas, mucho más cuando eso que llamamos “sociedad porteña”, salvo contadas excepciones, ha permanecido en silencio? ¿O es que tenemos que acostumbrarnos también a que los “descartados” por el neocolonialismo sean asesinados como si fuera un problema que no nos pertenece? Es que la pandemia ha puesto en evidencia la fragilidad del mundo en el que vivimos, pero no obstante persisten formas de desigualación de la vulnerabilidad, formas desiguales de la igualdad de lo Mismo para que algunos cuerpos estén más expuestos que otros a la violencia arbitraria. El saber empírico tiene esta forma: hay cuerpos más valiosos que otros, no toda vida vale la pena.

La activación de las memorias colectivas de las organizaciones libres del pueblo ojalá obtenga que los funcionarios y funcionarias estatales trabajen para reconstruir los hechos, establecer las responsabilidades y distribuir las penas. Está bueno reclamar justicia y cuestionar las políticas del desamparo de un Estado gestor de negocios, que ve en cada cuerpo a una mercancía ahora con fecha de vencimiento. Pero quizás, la actualidad imponga plantearse preguntas inactuales, anacrónicas, fuera del tiempo, para no dirigirlas sólo a indagar sobre la narrativa policial y jurídica, ni orientadas a saber, exclusivamente, si el crimen será esclarecido e identificada la autoría. Pensar con la lógica punitivista que siempre clama “por castigo” es permanecer bajo la estridencia lumínica del presente, una potencia de luz que ciega por exceso y que se torna inútil para desarmar el accionar fascista.

La escena del horror fue limpiada inmediatamente para eliminar las huellas, pues nos volvemos insensibles ante quien está exento de rostro, se le ha expropiado un nombre y su historia, insensibles hacia su vida, hacia el valor de cualquier vida. La limpieza en la hoguera contabiliza la vida de la parte que cuenta en la vida, qué vidas valen la pena, pero la limpieza de la hoguera continúa borrando los restos para secuestrar el dolor de los que seguimos vivos. Recuperar la basura, lo que queda, el gusto del hollín, el olor de la muerte, el calor del fuego insoportable al tacto es la condición para iniciar el duelo postergado, el dolor puesto en común para ver la parte de nosotros que se fue con la mujer abolida. Pues quien habita en la calle no es un vagabundo objeto de caridad, sino “un cuerpo que camina lentamente entre las sombras, dos ojos que no ven hacia afuera sino hacia adentro”. La condición es el agujero para que tal vez irrumpa el no-ser que se halla aprisionado dentro de cada cual para contar y abrazar a los incontables, a ‘las’ y ‘los’ que cayeron de la cuenta, una pura diferencia que afirma no que las vidas parecidas, no las similares, no las semejantes a las definidas en base a la norma de identidad de “clase media”, sino que toda vida cuenta, que cada vida vale la pena.

Entonces el problema nos pertenece completamente, por eso ahora hablamos de él, para formularnos las preguntas y las acciones imprescindibles que desarmen esta “normalidad” que ve y habla sobre la necesidad de eliminar a los “miserables”. Y devolverle, aunque sea siempre tarde, el nombre a la mujer quemada, restituirle su historia y procurarle la compañía que no supimos brindarle cuando estaba viva.

Pero estas interrogaciones de ningún modo son pedagógicas porque no pretenden hallar lo todavía no sabido, lo que supone que es objeto de error o equivocación. El peligro que nos acecha no se deriva de no saber algo. El saber no libera nada, no más que la contemplación para una consciencia, desde todos los puntos de vista posibles, pero de lo que existe. Quizás los recuerdos, las rememoraciones, el ejercicio de buscar en la memoria lo que hemos olvidado ya no sirva. Y nos haga falta una memoria sin imagen, memorias de todos los tiempos entrelazados, memorias de humo, de olores nauseabundos que no nos dejen dormir tranquilos, para llegar a ver junto a Roberto Arlt que cada cuerpo envuelve un problema dentro de la noche. “Y para poder pensar en él ha tomado la calle, porque la calle da la sensación de distancias, de camino, vaya saber hacia qué país mejor”.

Para que esta práctica no retorne como la repetición de lo mismo, más que despertar confianza en el sistema penal y el deseo de hallar culpables “que se pudran en la cárcel”, antes bien hacer algunas preguntas humanas, demasiado humanas: ¿qué afecciones actuaron en las manos que ejecutaron esta monstruosidad? ¿Qué porteñeidad es la nuestra que tolera con indiferencia un crimen cuyos enigmas están develados desde el principio? ¿De qué están hechos los hoyos de “vecinas y vecinos” desde el que brota tanto odio social? ¿Cuáles son las  intensidades que ejecutan la “caza de brujas”, sobre mujeres condenadas a morir en la hoguera, ya no “porque entregan los niños al Demonio” o porque ejercen el control de la natalidad y de la sexualidad no-procreativa, sino sencillamente porque fueron condenadas al desamparo y la pobreza?

Entonces preguntas urgentes lanzadas desde el llano, preguntas para que emerja el no-saber que desmonte esta forma no metafórica del arder: “los pobres como pasto”.

II

Las heridas son nidos de flores

Por Adrián Cangi

“Mi corazón se duele a mí” escribe el poeta. No, hoy no podía creerlo. Un florista murió y las heridas son nidos de flores. Cuando los pobres arden como pasto, cuando los anónimos son voces abandonadas para morir, “hallo tan grande a la miseria que temo necesitar de ella”. Un florista murió. Murió en la esquina de un barrio cajetilla como reza un viejo tango. En la esquina de San Benito de Palermo y Soldado de la Independencia murió un florista que trabajó treinta años allí. Dicen que lo mató la peste, pero no. Lo mató su necesidad y su trabajo en tiempos de peste. Podrían retornar aquellas voces de Boedo para decir del dolor obrero. Comprenderían mejor las palabras de despedida escritas en servilletas y cartulinas de colores como ofrendas y epitafios: “Buen regreso a casa, chispa divina” o “En el jardín de mi corazón tengo los mejores bouquets de bellas flores”. Entreacto del fin: pompa fúnebre hecha de restos, de ofrendas de papel-servilleta. Tu cuerpo cayó, florista. Y cuando tu cuerpo cae, la humanidad levanta tu cuerpo. Pero la bondad no es vida si no hay dolor que llame. La primavera del florista floreció en invierno.

No tengo la cabeza vuelta al cielo sino hacia las provisiones en tiempos de muerte seca. Me importan los vientres de hoy y de mañana, porque muestran a las mujeres y hombres de nuestras necesidades y deseos. Lo que manda en la esquina, para jugarse la vida, es una necesidad del vientre objetivado. Necesidad del florista colgado del barrio cajetilla, el de la  comunidad sin comunidad donde la sensación de inseguridad vale más que el conjunto de los hechos de un vientre y donde las ventanas desembocan en la gestión mediática de peligros, riesgos y catástrofes. Muere un hombre en la calle de peste. Muere de pie y sin épica alguna. Su local de alambre verde en la esquina fue por días epitafio y tumba de la amistad perdida. Imperceptible, desapareció un día de entre nosotros.

Crecí viéndolo desde joven. Tenía casi mis años pero distinta suerte de la baraja. Crecí viéndolo en la misma esquina vendiendo las mismas flores por treinta años. Flores que regalé una y otra vez a mi madre como un matiz afectivo, hoy yacen recostadas sobre el sentimiento de fracaso de una muerte. Muerte de cualquiera sin nombre, muerte de todo el mundo aunque con nombre. Gabriel Torranto murió. Murió querido por sus vecinos, pero murió en una esquina, murió en un baño de mala salud de coraje obrero. Porque en esta peste, como en otras, mueren los pobres. Su pequeño local sobre la vereda de alambre tejido verde desbordaba de flores. De cuerpo presente, de pocas palabras, de gesto amable y distanciado, sonriente pero anónimo, autónomo y solidario. Saludos, chanzas y amor por el club de sus amores, River Plate. Sobrevivió al 2001 y acompañó al barrio con flores después de la primavera alfonsinista, en las épocas de Menen, cuando se apuesta a la transformación pulcra e inmobiliaria de algunas ‘perlas’ de la ciudad en el nombre fallido de una “revolución productiva” que nunca llega. Su oficio de florista viene de lejos, emparentado con lustrabotas y canillitas, preparado para sobrevivir en los bordes del barrio vuelto cajetilla.

Rostro visible de una Buenos Aires de antaño donde ese oficio viene de muy lejos. Aún en tiempos no muy lejanos, cuando el barrio no era el de una burguesía acomodada, los floristas recorrían la zona desde el bajo Belgrano. Y a pocas cuadras las hilanderías aún no eran shoppings o edificios de lujo. No. La imprenta tuvo muchas trabajadoras mujeres como hilanderas y se llegaba a ellas por el tranvía 22 de Oliverio Girondo. A las cuatro del alba se daba el turno de recambio. Convivía aquel recambio con burreros del hipódromo y borrachines de los studs a la caza de las trabajadoras. No lo sé por segundas voces sino por la de mi madre en primera persona que trabajó allí. Más tarde crecieron los edificios de milicos, los talleres mecánicos, las mercerías. Luego llegó al barrio su vestirse de pretensión inmobiliaria. Un florista murió. Gabriel Torranto murió el 30 de junio con 57 años. A pocas cuadras de esa esquina vivió el mítico Irineo Leguisamo, el jóquey que conquistó a Gardel. Aún dicen los que saben que lo ven pasar en el Lunático, su caballo estrella federal. Muy cerquita vivió Piazzola en su época dorada del bandoneón de Libertango.

Los medios dejaron registro del instante de su muerte como si allí pudieran decir toda una vida. Gustosos del epitafio escriben en Crónica, MSM noticias, Infobae, Telefé: “a principios de junio se evaporó, en un cuadro de neumonía y con un final inesperado”. El arte de decir la vida del otro en tres frases, siempre en tres frases que dicen al otro sin decir del otro. Y un final inesperado en el Hospital de Vicente López. Tres semanas de junio estuvo en terapia intensiva, y cuando parecía que mejoraba, estalló en fiebre y sufrió una sucesión de infartos. Los cronistas de hoy escriben como médicos o juristas sobre la muerte del otro. Dicen sin decir para evitar el modo colectivo y político de una vida, para quedarse con la gota de “emoción” familiar por la que una vida, por un instante, se vuelve noticia solo en el momento de su muerte. Noticia pulcra de plena emoción prestada para tocar a los vivos con una vida anónima. Porque toda persona anónima es perfecta, y lo es más aún en el momento de la muerte.

Murió el amigo florista, muerto de pura peste. Trajo su vida de San Luis a las tierras burreras dispuesto de voluntad y de humor. Vaporosa la vida de algunos cuerpos: queman como pasto en el anonimato de una bola de fuego y mueren en la memoria de los lirios, de las calas y de las rosas que crispan las pasiones desatadas de misteriosa suavidad en el silencio. El amigo muerto de pura peste, mientras en los balcones insisten las fiestas, aun cuando aquel esté muriendo y las palabras de congoja pregunten por él. Las flores que quedaron parecen conservarse más allá de su muerte. En el comienzo de la cuarentena las calas ya estaban allí y continuaron hasta ayer.

“Mi corazón se duele a mí”, porque la esquina ya no es más mi corazón. Camino algunas cuadras, atravieso la esquina, y allí lo veo cada día. Treinta años de pie en una esquina no se borran ni de la retina ni de la memoria. Son una cicatriz de carne. Y tal vez nuestra actitud ante la muerte acepte que el duelo no es un proceso de sustituciones. Las vidas no se deshacen como los objetos, nada sustituye un cuerpo parado por treinta años en la insistencia de un modo de vida. Nada de romanticismo por el objeto perdido, más tarde remplazado. El duelo hoy tiene la forma de la muerte salvaje o de la muerte seca. Se trata de muertes invertidas, porque hoy estamos habitados por los muertos anónimos. Por los quemados bajo los puentes o por los evaporados por la peste. Hemos perdido trozos de nosotros mismos, hemos perdido trozos de vida para aquellos que seguimos viviendo. Uno no está de duelo porque una vida ha muerto, sino porque el que ha muerto se llevó consigo en su muerte un pequeño trozo de sí. Y por ello se lo despide. Se despide un resto que falta del mundo de los vivos.

Nada puede reemplazar el recuerdo en el bullicio de una conversación musitada, chapoteada entre flores. Nada. Sólo queda en la memoria una presencia nítida por treinta años de pie, ahora abrupta ausencia en un campo magnético de flores secas. Continuaron las ofrendas improvisadas entre el 30 de junio y hoy, ofrendas de ornamentos fúnebres con epitafios de los vecinos. Un modo de despedir, de amortajar, de proseguir el rito de despedida para la manifestación de una presencia fantasmal que insiste allí entre los vivos. El corazón ya no es esquina, es la tumba de aquellos amados y de aquellos otros que se llevaron un trozo de sí que hacía de materia común a nuestras vidas.

A muerto, lo llevan a enterrar solo…

…lo llevan a enterrar…

Y en letra dibujada de molde infantil se confirma la virtud del elogio fúnebre y se vuelve a  nombrar al nombre tras la muerte:

“Para Gaby

por 30 años

el mejor florista

y gran vecino

Y amigo de

San Benito y Soldado”

Nuestro poeta es hoy tan humilde como forjado a silencios. Antonio Porchia, admirado por  Bretón, Miller, Queneau, aunque nunca escuchado por los anfitriones, profesionales de la crítica y de la enseñanza, cercanos a Victoria Ocampo, salvo por el oído atento y extranjero de Roger Caillois, quien al fin lo traduce al francés y lo da a conocer al mundo. “Mi corazón se duele a mí” es una gran invención de la lengua para tiempos de muerte salvaje o de muerte seca. Recuerda a otras de Roberto Arlt cuando describe la “gusanera humana”, porque sus oídos saben escuchar la herida de manera nítida y permiten dibujar las aguafuertes del ahora de las voces abandonadas.

III 

La necropolítica, es hoy un modo de gubernamentalidad neoliberal, que ha tomado la forma de potencia disolutiva de los cuerpos democratizando el “poder de matar”. Hoy todos podemos hacerlo. Estamos envueltos por el gerenciamiento de la muerte, se administra qué cuerpo muere y cómo muere. Por ello hoy un modo de vida deshecha lo que cree dispuesto para el descarte. Esta forma de tramitar los cuerpos individuales tiene una directa relación con la disolución del cuerpo social, espacio vital para la política como querella, que ahora se instala como posibilidad del “contagio colectivo”.

Hoy el cuerpo social es sujeto político solo en tanto potencia de contagio o portador de impulso de muerte. La necropolítica ha venido a quedarse para imponer el “aislamiento” como dispositivo de gobierno, como control y administración de la salud instala una trama sensible compleja en el “blindaje” necesario de la propia vida como condición y reaseguro de la higiene y salud colectiva. Los pobres son quemados como pasto o se desvanecen anónimos  en las tierras bárbaras de nuestro tiempo.

Ariel Weinman. Periodista de Radio Gráfica y Docente extensionista de la Universidad Nacional de Avellaneda.

Adrián Cangi. Ensayista y Filósofo. Director de la Maestría en Estéticas Contemporáneas Latinoamericanas de la Universidad Nacional de Avellaneda.



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